Spanish poem
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Si debe temer al cielo quien en nombre suyo jura, por un objeto de tierra promesa mundana y sucia. ¿Qué no ha de temer quien votos á faz del cielo pronuncia, y temerario los rompe y con voluntad segura? Asi los sabios lo dicen, y las sacras Escrituras cuentan ejemplos que muestran de Dios la venganza justa. No hay nadie que á Dios iguale, y con ningun ser en suma, lo que se le ofrece á Dios puede dividirse nunca.
Es la apalabrada noche para la resuelta fuga de Beatriz, y la hora señalada el reló anuncia. Don Cesar está en la calle á la sombra de la única puerta que hay en toda ella, y entre dos postes oculta. Beatriz en la misma hora con planta medrosa cruza del gótico monasterio las galerías oscuras. Su misma accion criminal que su conciencia la acusa, el corazon y la mente la amedrentan y la turban. Flaquéanle las rodillas, y con la congoja suda, y mil temores la asaltan, mil diabólicas figuras presentándola á los ojos que feas sombras la anublan, y de medrosas memorias recordándola ancha turba. Una bujía en la mano lleva, que apenas alumbra sus pasos, porque vacila al soplo del aura húmeda, y cuyo explendor escaso tragan, consumen y ofuscan las jigantes dimensiones de las estancias que ocupa. Llegó por fin poco á poco á merced de su luz turbia, al coro que abandonado yace en soledad profunda. Ante un altar do hay un Cristo de primorosa escultura, una lámpara de plata esparce luz moribunda. Ya sus trémulos reflejos en muchedumbre confusa, cuantos objetos se alcanzan se confunden y se ofuscan. Una llamarada á veces todos los mezcla y los junta, de modo que se recela que las bóvedas se hundan; y otra llamarada á veces con su claridad sulfúrea los aleja de tal modo que se pierden en la hondura de la masa de tinieblas en que los cerca y sepulta. Fuerza es que á la pobre monja respeto y pavor infunda tal lugar, y con el miedo que sus creencias abulta. Mas con un violento esfuerzo sobre su misma pavura, avanzó al medio del coro hácia la puerta que busca. Involuntario respeto, fe que el corazon la impulsa en semejante momento, y antigua costumbre justa, la hicieron arrodillarse ante la santa escultura del divino Redentor. Mas ¡cielos! ¡cuál fue su angustia cuando al querer levantarse sintió que una mano enjuta la asía por los cabellos. Y una voz oyó mas ruda, mas poderosa que el eco que con el trueno retumba, que la dijo: «dónde vas!» enojada é iracunda. Cayó Beatriz en tierra sin sentidos que la acudan, y pagándose la lámpara todo quedó en sombra muda.
Pasaba en tanto la noche, y allá en la calle Don Cesar, hora tras hora aguardando pasaba la antigua seña. Mas nada en torno se escucha, nada en los jardines suena mas que el rumor de las ramas que agita el viento que arrecia. La lluvia cae aumentándose tan furiosa y tan espesa, que aun á pesar del embozo la faz le azota y le ciega. Noche de angustia y de duelo, terrible noche es aquella en que hasta los elementos á sus proyectos atentan. Por fin de esperar cansado, y viento ya al alba cerca, juzgó que para otra noche su fuga la monja deja. Mañana volveré, dijo, en los oficios á verla y explicará este misterio una carta ó una seña. Y asi pensando, embozándose precavido hasta las cejas, á abandonar se dispuso la lóbrega callejuela. Mas al llegar a la esquina otro embozado que llega de la otra parte á doblarla casi por la misma acera: «¿Quién va?» dijo echando mano al estoque.— «Sea quien quiera, »pasad por vuestro camino »que estorbároslo no intenta» —Yo conozco vuestra voz. —Y yo conozco la vuestra. —No me ayuda la memoria á poder reconocerla. —Ni á mi tampoco, aunque siento que la sangre se me altera tan solo con escucharla. —Mas ¡voto á Dios, tú eres Cesar! —Y tu Carlos. —Sí. —Defiéndete. —Y tú tambien, porque acierta mi corazon el motivo porque en tal sitio te encuentras. —Por tu hermana solamente que te maldice en su celda, y que de toda su vida te pedirá un dia cuentas. —No serán mientras yo aliente realizadas sus ideas. —Habla menos y da mas que se agota mi paciencia. —Ven pues. —Voy y Dios te ayude, que pues nos junta lo aprueba.
Chocáronse con estrépito las hojas en las tinieblas, y comenzaron las manos donde acabaron las lenguas. Con ira riñe Don Carlos, y con coraje Don Cesar, y ambos muestran igual brio y entrambos igual destreza. Ni el uno ni el otro ceden, ni pierden un pie de tierra, clavados están los dos por las plantas á las piedras. Cansado Don Carlos ya de ver tan igual pelea, todo á un golpe lo aventura con cólera manifiesta; mas una fiera estocada al tirar contra Don Cesar, y huyendo este, y dando en vago fuésele el cuerpo tras ella. Y el enemigo que á tiempo ventaja tal aprovecha, pasóle de parte á parte, y dió blasfemando en tierra. Brotó espumosa la sangre por las dos bocas opuestas que en la espalda y en el pecho dejó el ancho hierro abiertas, y el espíritu Don Carlos lanzando á la par por ellas, quedó en la calle sin vida, y huyó vengado Don Cesar.