Versos Spanish José Zorrilla 16 (Pasó un año más: van cinco)

Spanish poem

16 (Pasó un año más: van cinco)

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Pasó un año más: van cinco; y en cinco años dan las cosas muchas vueltas y cinco años cambian mucho a las personas. Don Diego anda muy rumboso en un buen potro que monta, haciendo buena figura, buena vida y buenas compras. Tiene en su casa de Andrín emprendidas muchas obras, y anda adquiriendo pomares que paga en muy buenas onzas.

Es claro que allá de su hijo va la suerte viento en popa, y de allá viene, sin duda, el buen viento que le sopla. Mas para poco en Andrín y por Vidiago no aporta jamás: dicen que ha comprado los pastos de las Arriondas y que está metiendo en ellos mucho ganado, que exporta en barcos ingleses por Gijón y Villaviciosa.

La verdad nadie lo sabe: los a quienes siempre enoja y da envidia el bien ajeno, dicen que anda en trapisondas de créditos y de plazos con gentes de baja estofa, de las cuales tanto riesgo como ganancia reporta. Los que con buen ojo y calma ven de otro modo las cosas, dicen que con tino y suerte dinero emplea y coloca en negocios muy seguros, cuyo lucro no deshonra; y que tratando en ganados, con gente baja se roza por necesidad; pues es comercio de gente tosca; mas que por zafia no es vil, maleante ni tramposa.

Charla de pueblos pequeños donde la instrucción es poca, la curiosidad es mucha y la gente es habladora.

Como quier que sea, ello es que la fortuna trasforma a don Diego, el cual parece rico, y como tal se porta. Mas un año ha que don Juan y él no se ven: si a su novia escribe Fermín, don Diego su correspondencia estorba. Don Juan le busca y no le halla, le espera y nunca le topa: aquél no va ya a Vidiago y a Andrín don Juan ir no osa. Ello hay algo que uno esconde y otro busca: y a la corta o a larga, será fuerza que se expliquen o que rompan.

Mariquilla se entristece más cada día, y se enfosca más don Juan; y ya mal ambos su incertidumbre soportan. Andan el padre y la hija, aquél torvo y ésta sola: él de su casa a la iglesia, ella del pueblo a la costa. Cuando ella tarda, su padre va a buscarla, y a deshoras la halla en el bufón cantando y viendo el agua que arroja. Él anda alerta y sombrío como quien algo no logra concertar, y ella tranquila, mas en una idea absorta. Ella ante su relicario se extasía y reza a solas; él limpia a solas sus armas como si tenerlas prontas le interesara: ella vive junto al mar con las gaviotas, y él encerrado en su cuarto con su afán y sus pistolas.

¿Esperan o desesperan? No se sabe: de su boca no sueltan palabra alguna ni uno ni otro: y jamás logran saber su intención, por más que la escudriñan y sondan, ni el simpático interés, ni la malicia curiosa.

Pero hay una circunstancia muy extraña, casi anómala: según decae, se desmedra y se envejece y se encorba don Juan, María embellece y medra y se desarrolla; no haciéndose lo que llama el vulgo una buena moza, sino afirmando la fina delineación de sus formas, según que naturalmente la niña en mujer se torna.

Tenía al irse Fermín quince años: pero era toda espíritu y se nutría el alma del cuerpo a costa. Mas la niña diminuta, en quien la niñez prolonga con su escasez de estatura su candidez de paloma, al sufrir el ya tardío paso de una edad a otra, se transfigura y completa; su vitalidad se colma, su carne se vigoriza, su perfil se perfecciona, sus contornos se modelan y al modelarse mejoran; cambiando, en fin, gradualmente la naturaleza próvida a la primorosa niña en una mujer preciosa.

Lo era tanto aquel capricho del Criador, que si la fórmula de su creación quisiéramos hallar, tan sólo esta loca suposición la planteara: que fundido en su persona hubiera Dios el ser doble de la mujer y la alondra. Pequeña siempre, mas siempre como aquella ave canora, ligera, errante, perdida, suelta, libre y vagorosa, era el tipo más poético, más ideal que en sus hojas pintan de mujer fantástica las caballerescas crónicas.

Una palidez muy suave que apenas la descolora, la da entre el nácar y el ópalo una tinta deliciosa: y más que nunca atractiva, más que nunca encantadora, con su apostura de sílfide pensativa y melancólica, con su acento de sirena, sus grandes ojos de corza, su andar gracioso de antílope, y su tristeza de tórtola, tiene el aire de una ondina que, abandonando las ondas del mar, por algún misterio entre los hombres se aloja; de un ángel que desterrado del cielo en humana forma espera a cumplir su pena para volver a la gloria.

Marica, todos los días va a vagar entre las rocas donde el mar por el bufón ruge y la comarca asorda. Aquel lugar, consagrado de su amor a las memorias, la trae como una vorágine; su tenacidad monómana la lleva allí; y allí el viento la curte, el agua la moja, los pies la hieren las piedras, la enfría el cuerpo la ropa, y allí va y vuelve sin tregua, descuidada, imprevisora, sin razón de sí, arrastrada por recia impulsión recóndita de sí misma, y de algún sino por fuerza dominadora, como va a la sierpe el pájaro y a la luz la mariposa.

Y ya, al ver como va y viene, cómo vuelve y cómo torna alrededor de aquel silo, cuya embocadura cóncava parece que habla con ella, o que ella por allí evoca algún ser que la responde, alguna visión ignota de ignota mitología, una ficción incolora, invisible e impalpable, un espíritu, una sombra, una voz, una fuerza…, algo cuya atracción misteriosa inevitable, fatídica, un día tal vez la sorba… ya nadie la denomina cuando la llama o la nombra Marifina y Mariperla, sino sólo Mariposa; y allí a veces la acompaña su padre, y pasan las horas él sintiendo, ella cantando su fe y esperanzas locas.

De los pueblos en contorno la gente murmuradora, quién sin piedad, quién con lástima, quién con pena y quién con mofa, comenta, critica o siente constancia tan extremosa, a la par calificándola de extravagante y heroica; mas todos al par lamentan que una mujer tan preciosa se pierda por esperanzas, que sin esperanza forja.

La fama de su hermosura, de su constancia la historia y su canción del romero ya popular y famosa, su nombre han por muchas leguas extendido a la redonda, y a verla vienen de lejos los que de su fe se asombran. Y ni en recuerdo de vivos, ni en cuento de muertos consta que se haya visto en Asturias mujer más fascinadora, ¡Ay!, ni más fatal tampoco, porque los que se enamoran de ella, o a los cielos claman o en el infierno se arrojan.

El hijo de un naviero riquísimo de Santoña, ciego por ella, a su padre se la pidió por esposa. Era el mozo más galán que hubo entre la gente moza de la Montaña, y el alma más amante y generosa. Marica le vió, le oyó, comprendió su pasión honda y la nobleza de su alma; mas le dijo, desdeñosa: «—Yo amo a otro: amar es dar a quien se ama el alma toda. ¿Con qué alma he de amaros ya? No tengo más que una sola.» El mancebo, no pudiendo domar su pasión fogosa, se metió fraile, diciéndose: «—O ella o Dios… ¡si Él me perdona!»

Un inglés, a quien en Londres el spleen inglés acosa, tan cargado de guineas que de ellas la cuenta ignora, que de hastío en todas partes nadando en oro se ahoga, y que harto de sus palacios anda en una nave propia buscando un ser que le impida echarse al cuello una soga, la vió al cruzar por Vidiago examinando sus costas. Ella andaba por las breñas del bufón: apercibióla él con su anteojo de mar; un rayo de sol que dora, sobre el cielo destacándola, su silueta luminosa, se la presentó como hada de una leyenda de Escocia.

Imagen de una esperanza mayor cuanto más incógnita, echó detrás de ella, echando del barco a la mar su góndola. Desembarcó, tomó lenguas, dió con ella, contemplóla; quién era indagó, vagó contemplándola horas y horas como un niño el vuelo inquieto de una leve mariposa… y se cegó, y por el ángel de su salvación tomóla.

Nadie más expuesto a hacer una apreciación errónea de la realidad, que un alma positivista y filósofa. El hastío de la vida, la saciedad de su prosa no llevan más que a cambiar la verdad en paradoja. El hombre es carne y espíritu; quien al espíritu ahoga en la carne, vive y medra en la realidad, y goza de la vida real: mas tarde o temprano se ilusiona de algo espiritual, y de algo su espíritu se enamora. Mas como a la realidad al traerlo se equivoca, cuando se le huye el espíritu ve que la verdad es otra. La verdad es Dios; espíritu, luz de quien nuestra alma brota: y el espíritu es el fuego, y la materia la escoria.

Compró el inglés una casa en Vidiago y amueblóla; se instaló en ella, ofrecióse a don Juan: sin ceremonia le recibió éste en la suya, y cordialmente ofreciósela. Trabaron amistad ambos; Marica, siempre obsequiosa con el inglés, platicaba con él, sin la más remota sospecha de su intención, porque era a fe la persona mejor del mundo: hasta que él, con la más noble y honrosa buena fe, y una franqueza y expansión merecedoras del respeto más sincero, pero en frase algo estrambótica por su sintaxis inglesa en su palabra española, pidió a Marica, diciendo:

«Su hija de usté perla en concha, señor don Juan; yo cubrirla de diamantes de Golconda. Yo tengo muchos: he visto de Asia, América y Europa todas las mujeres: ni una me hizo pestañear: ahora yo he visto y amo a su hija: la araña ella, yo la mosca; si quiere ser mi mujer, yo muy rico; y no me importa, si ella me quiere, vivir aquí o en Constantinopla.

Yo muy noble, solo y libre; gentleman con las señoras, la mía reina en mi casa, mi casa templo de honra, yo inglés del honor esclavo: vean si les acomoda.»

Y este inglés, joven, buen mozo, de pura raza sajona, tipo de una lealtad que en hidalgos atesora cuantas buenas cualidades en un país culto abonan al hombre civilizado, para esposo era una joya. Como la de aquel inglés creó Dios almas muy pocas; mas bebió en la agua del Támesis el esplín que le devora. Sólo una mujer podía salvarle de esa diabólica enfermedad suicida, que al rico inglés emponzoña.

Marica le vió con lástima pedirla… (¡horrible limosna del millonario hastiado sobre el oro que amillona!) la vida, el ser, la esperanza, la fe, la salvación póstuma, que ha de perder si sin ella se vuelve a su isla brumosa. La pobre niña, cuya alma de aquella al volcán se asoma, ve que en su lava no puede echar de agua ni una gota. «Milord, le dijo, imposible: buscad de otro árbol la sombra: sondar vuestra alma me espanta, dejarla así me desola; pero yo tengo la mía encadenada con otra, y no sé qué va a ser de ella si Dios y él me abandonan.»

Comprendió el inglés que había dado con la mujer sola digna de él; mas que era estrella que no tenía su órbita dentro de la suya: y trémulo, balbuciente, con zozobra febril, exclamó:«¡Imposible. Imposible!… ¿y una argolla de esa cadena que os ata nada hay ni nadie que rompa? —Nadie, milord: lo que se ata ante Dios, sólo Él lo corta. —¿Y si el azar lo rompiera? —Mi vida fuera la rota. Quedó el inglés sin poder el afán que le sofoca dominar…: mas dominándose al fin, dijo con voz ronca: —Me vuelvo a Londres. —Volveos a Dios, le dijo angustiosa ella a su ver; mas resuelto dijo él: «–No: volvamos hoja.» Y con corrección británica saludándola, volvióla la espalda y partió. Marica por él sintió una congoja profunda y dijo: «¡Que Dios tenga de él misericordia!»

Ante estas dos negativas quedóse la gente atónita: y cuando lo supo, dijo don Diego: «¡Vaya una tonta!»