Spanish poem
16 (Paz, mi primer recuerdo será tuyo)
Paz, mi primer recuerdo será tuyo: Mi corazón el último te debe Que al umbral de tu hacienda a mi partida, Me dio tu cariñosa despedida, Y aquel postrer ¡adiós! te restituyo De este errante papel en la hoja leve, Que fía al mar mi alma agradecida. ¡Pronto a tus manos el azar la lleve!
Esta página dulce de mi historia, Este recuerdo triste y delicioso, Ni en la inquietud de la mundana gloria, Ni de una alta fortuna en el reposo Se borrará jamás de mi memoria. ¡Lirio gentil del huerto mejicano, Alma infeliz, hermana de la mía! Aun de tu fría y temblorosa mano Siento en mi mano la presión postrera; Delante de mis ojos todavía Permanece indeleble la hechicera Imagen de tu rostro soberano, Que recatarme tu emoción quería: Y aun siento de tu pecho la agonía Que luchaba tus lágrimas en vano Por tragar en silencio, y no podía. Tengo aún en la mente y el oído Tu última frase y su tremenda idea: Y ¡ojalá de tu mente se haya ido Y ya de tu alma torcedor no sea! Corza de la floresta mejicana, Ahuyenta el genio malo que te inspira Esa fatal tristeza Que aja tu juventud y tu belleza; Tu cabeza gentil levanta ufana, Por tus praderas saludables gira, Y de tu valle espléndido respira La vivífica luz y el aura sana. Enjuga, Paz, tus ojos de gacela, En cuyo globo la serena luna Del cielo azul de Méjico riela, Como sobre la faz de esa laguna Que tiende su cristal movible y fresco En medio de su valle pintoresco. Mata esa idea que en tu contra vela, Desecha esa aprensión que te importuna, Tu llanto enjuga y tu dolor consuela. Es verdad que en el alma estás herida Por el pesar: mas tu robusto pecho No es al aliento que te da la vida Sino a tu ardiente corazón estrecho. ¡Que esa idea mortal no te trabaje El espíritu, Paz, como en la hora De darme tu amistosa despedida! Decírtelo a mi vez puedo yo ahora: De tu hacienda al partir ¡Dios me es testigo! Ya rodaba en los llanos mi carruaje, Y aun tuve impulso de romper mi viaje Y volver de tu hogar al dulce abrigo. ¡Ojalá que ese impulso me arrastrara, Y como lloro ahora no llorara! ¡Dios me perdone la inquietud salvaje Que me arrastró a partir!… ¡Dios y el amigo Que a perecer aquí conmigo traje! ¿Ves, Paz, lo qué es la vida? Nunca lidies Contra el sumo poder del que reparte El placer y el pesar; jamás envidies De pesar o placer la ajena parte; Aquel cuyo semblante más tranquilo Felicidad más íntima aparenta, Lleva en su alma un puñal de doble filo, Que de su vida miserable al hilo Las hebras corta y las que faltan cuenta. Vuelve tus ojos hacia mí un instante. ¿Ves, Paz, lo que es la gloria? Es un castigo Que nos impone Dios; la más brillante Lleva el humo y el ruido por delante, La agitación y la inquietud consigo, Cuando no es un dolor hondo y punzante, Y tras de sí una estela de amargura Que admira como luz la edad futura. ¿Qué es lo que deja, Paz, en tus hogares El trovador errante y vagabundo Que os encantó tal vez con sus cantares? ¿Qué es lo que él en su alma saca de ellos? Solo un recuerdo melancólico: una Memoria triste de los días bellos, Cuya feliz mas fugitiva historia Ignoramos aún si a la memoria Nos es carga halagüeña o importuna. He aquí lo que me traigo y lo que os dejo: Honda amistad entre pesar profundo. ¿Y qué es lo que a buscar salgo yo al mundo A través de peligros y de azares, Hoy que a mi vez de vuestro hogar me alejo? Entre dudoso bien, ciertos pesares.
Mas dejemos ¡oh Paz! hermana mía, De recuerdos tan tristes y esperanzas Tan negras la letal filosofía. ¿Para qué nace el ave en la enramada? Para cantar: y al canto destinada En la infelicidad y en la ventura, Canta lo mismo libre en la espesura Que entre hierros espesos enjaulada. Yo así también: para cantar nacido, No es justo que con torvas reflexiones Atribule tu espíritu afligido. Mi deber es cantar: voy con canciones, Serenatas y amenas narraciones, Hermosa Paz, a regalar tu oído. Apacéntese el alma en su amargura: Reviente el corazón con sus pesares; ¿Que importa al mundo al fin mi desventura? ¿Qué le debe el poeta a la hermosura Más que flores, historias y cantares?
Tú no has visto la mar. Es de la tierra Un ceñidor azul y trasparente Que ha puesto el Criador a su cintura. Tú no has visto una isla. Algún ardiente Y entusiasta poeta del Oriente Te dirá que es una isla una esmeralda, Que el schal azul del mar que nos encierra Plega en su rededor graciosamente: Y yo te digo que es un canastillo De flores, colocado airosamente Sobre mil cerros, cuya verde falda Rodea el turbio mar con el anillo De filigrana de su espuma hirviente. Una isla es el nido de las aves, Es el vivero fresco de los peces, El abrigo amoroso de las naves, Y el cariño del sol que, en el espejo De las aguas templando su reflejo, Ilumina su faz con tintas suaves. Una isla es un kiosko delicioso Que brinda con la sombra, la frescura, El placer, el misterio y el reposo. Es un edén henchido de placeres, Cubierto de plantíos y jardines, Lleno de son de música y festines, Poblado de bellísimas mujeres; Donde place el deleite mas no hastía, Donde el temor del porvenir no afana; Una isla de los trópicos, Paz mía, Es todo eso a la vez, y eso es la Habana. Yo no gozo su encanto todavía: La muerte al arribar llamó a mi casa, Y envenenó traidora mi alegría, Y en mi alma derramó la hiel sin tasa Llevándose al amigo a quien quería; Así que todo ante mis ojos pasa Cual sueño: todavía estoy mareado; El placer y el pesar a un tiempo mismo El corazón me tienen asediado; Y ando cual si entre el cielo y el abismo Viera oscilar mi corazón colgado.
No importa: cada día, de hora en hora, De momento en momento, Mi pobre corazón más libre siento De la pena mortal que le devora. Siento cada vez más que necesito Aire, luz, libertad, ruido, emociones: Ahora echo menos el continuo grito De guerra, el retumbar de los cañones De tu revuelta patria: yo me agito Solo aquí donde no hay nada que agite, Nada que el sueño ni el humor me quite; Porque vengo a agitarme acostumbrado De ese país de tiros y alborotos, En el cual hasta el suelo está agitado Sin cesar por continuos terremotos. Y sin duda eso es, Paz, lo que yo tengo: Es la intranquilidad de estar tranquilo, La falta de costumbre con que vengo De ver en paz de la existencia el hilo Correr: y con la calma no me avengo Todavía a mi vez: porque esta tierra En donde los espíritus no abrasa El espíritu inquieto de la guerra, Donde cada familia en cada casa Gérmenes solo de ventura encierra, Y en envidiable paz soñando pasa En oro y en placer, tiene un aspecto Distinto de la tierra mejicana, En donde el pueblo sin cesar se afana En saber por las noches el efecto De la revolución de la mañana. Aquí donde en los bancos y en las tiendas No se habla de saqueo, y las campiñas Brotan en paz las cañas y las piñas, Sin que haya quien asalte las haciendas, Ni su siembra y sus árboles desmoche, Aquí, Paz, todo es lujo y armonía, Movimiento y comercio por el día, Música, luz y fiestas por la noche. ¡Cuán bellas son las noches tropicales! ¡Cuán poéticas, Paz, las de la Habana! No te hablo de la pompa soberana Que las dan las antorchas celestiales; Del mismo cielo su esplendor emana, Y sé bien que las tiene, Paz hermana, El limpio cielo de tu patria iguales. Yo te hablo de la luz y la hermosura Con que en su capital las engalana En su regia opulencia y su cultura La Antilla del Atlántico sultana. Yo te hablo de la luz, de la alegría, De la voluptuosa poesía, Que en esta ardiente población derraman Los conductores mil que por do quiera El gas esplendoroso desparraman, Y por dó quier profuso reverbera Por paseos, cafés, tiendas, bazares, Teatros y mercados. Te hablo ahora Del aspecto feliz, que me enamora, Que dan a esta ciudad las familiares Escenas que sus calles nos ofrecen A través de ventanas y de puertas, Que a la nocturna sociedad parecen Con cortesía hospitalaria abiertas, Y que a la calle arrojan con franqueza Sobre los transeúntes ciudadanos El casero perfume de la pieza, Las palabras de amor de la belleza, Y el multíplice son de los pianos. Esta vida interior hecha en la calle, Esta familia que en su umbral recibe Y que sus goces íntimos exhibe, Fuerza es ¡oh Paz! que encantadora la halle Mi alma, que solo en la familia vive. Porque aquí el sol y ocupación del día Hacen que solo con placer vivamos De noche, y por dó quiera compañía De amena y franca sociedad gozamos Con libertad, llaneza y armonía Patriarcales; y en verdad, Paz mía, Que para este solaz y este reposo Nocturno, hay aquí un sitio delicioso. Figúrate una plaza cuyo espacio, Acotado por férreo barandaje Y sombreado en redor con el ramaje De tilos y de palmas, da a un palacio Aire fresco del mar y emanaciones De plantas de un vergel por sus balcones. Figúrate que en medio de esta plaza, Tranquila de alma y al placer dispuesta, Hay una multitud que se embaraza El paso por dó quier, y en tren de fiesta Enfrente del palacio hay una orquesta Que bulliciosa, desatada y loca Para placer de los ociosos toca. ¿Comprendes, Paz hermosa, un pueblo fuerte, Tranquilo y rico, que su bien interno Gozando sin zozobra, se divierte A espensas y a placer de su gobierno? Y en esta fresca plaza, compañeros Y sociedad hallando los banqueros, Las artistas gentiles y coquetas, Los yankees de hiperbólicos sombreros, Los marinos de cómodas chaquetas, Los politiqueadores vocingleros, Cuantos aquí en navíos o en corbetas Arriban, nacionales o estrangeros, Y, en fin, hasta nosotros los poetas, Nos damos cita en las primeras horas De la noche en redor de estos jardines, Y escuchamos las músicas sonoras, Los hombres en la plaza, y las señoras Tendidas muellemente en sus quitrines.
Pero tú no conoces la palabra Ni la cosa, y fuerza es que yo a la idea Con una descripción paso te abra. ¡Ojalá clara mi palabra sea! Oye pues. Un quitrín es un carruaje De varas, tan ligero como rico, Entre cuyas dos ruedas va una caja Pequeña, leve, suspendida y baja, Cuyo fuelle se plega entre el rodaje Graciosamente, en forma de abanico. La librea del negro, azul de cielo, Grana, verde o turquí, va de oro henchida, Y va la caja en su interior vestida De raso perla o blanco terciopelo. Es, en fin, la carroza mas lucida Que en tiempo alguno ni país produjo La caprichosa ostentación del lujo. Pues oye ahora, Paz, con qué talento, Para la gracia que el quitrín tenía Por sí, buscó un feliz refinamiento La cubana y gentil coquetería.
El quitrín lleva, siempre en su testero Dos señoras, en traje tan ligero, Tan fresco y esmerado Como las flores que ornan su tocado, Pues no cabe en quitrín francés sombrero: Y en un asiento entre ambas colocado, Invisible y apenas delantero Al que va por entrambas ocupado, Va expuesta de las tres la más graciosa: Punta de aquel triángulo hechicero, A quien llaman la Rosa. Añade que el quitrín es un carruaje Donde luce una hermosa Toda la donosura y la riqueza De su persona y elegante traje, Desde la pudorosa gentileza De la risueña y juvenil cabeza, El cuello esbelto y las ebúrneas manos, Hasta, por bajo del costoso encaje De la falda sutil de su ropaje, Lo primoroso de sus pies enanos. Mas tus esfuerzos, Paz, serán en vano Por querer figurarte desde luego Lo que es este carruaje cortesano: Te lo compararé para que puedas Formar idea del quitrín cubano. Es un ramo de flores, que se arrastra De alas de mariposa sobre un juego: Es la concha de Venus sobre ruedas, Cuya concha, traidor, su hijo el Dios ciego Contra las almas de los hombres lastra De amor, belleza, poesía y fuego. Al pasar un quitrín de esta manera De juventud cargado y poesía, Mi alma salvaje en pos se lleva entera: Y excusa de mi loca fantasía Los delirios, aquella pasajera Trinidad viva de hermosura y gala, Estas tres flores vivas, de las cuales La ardiente esencia del amor se exhala, Y a quienes doy los nombres ideales De Luz, Paz, Almerinda, Aurora o Delia, Me parecen tres rosas de Bengala Llevadas sobre una hoja de camelia.
Dirás, que es demasiada poesía: Mas deja que delire mi cabeza, Y ahogue en sus delirios la alma mía Su inmenso amor y su mortal tristeza. ¿Puede hacer más tu desdichado amigo Que llorar solo por reír contigo?
Pero ya basta, Paz; ves que las llaves Del corazón te di; ya mis placeres, Penas, secretos y delirios sabes: Ahora ¡adiós! ¿Hasta cuándo? No hay seguro Nada en la tierra: Dios acota y tasa La voluntad de los humanos seres. ¡A él encomienda el porvenir oscuro! El llanto siento que mi vista arrasa. ¡Adiós!… y alguna vez piensa en tu hermano. En cuanto a mí, Paz buena, ¡te lo juro! Ni un solo día sin que pida pasa Mi corazón al cielo soberano La bendición de Dios para tu casa, Y la paz para el pueblo mejicano.