Spanish poem
21 (Ya toca en la mitad de…)
Ya toca en la mitad de su carrera La noche de aquel día en cuya tarde Con su voz y su guzla llenó Aurora De melodiosa música los aires. No hay en la limpia atmósfera una nube: La luna en el zenit señoreándose, Entre el vapor azul del aura diáfana Vierte su luz por montes y por valles. Es una de esas noches que aparecen En los climas no más meridionales; De esas noches que brillan solamente En las costas de España, Grecia y Nápoles, Que aroma con el ámbar del deleite Un misterioso encanto inexplicable. Noches cuya benéfica influencia Penetra hasta en el fondo de las cárceles, En alas de su ambiente perfumado Y de sus astros en la luz radiante; En las que el mal se aplaca del enfermo, Se adormecen del triste los pesares, Y halla el desesperado una esperanza Que brilla en las tinieblas de sus males.
Noches pobladas de delirios vagos, En las que su existencia miserable Olvidan el esclavo y el mendigo De su pasado bien con las imágenes: Y en las cuales en dulce arrobamiento, Fabricando castillos en el aire, En pereza febril delira el hombre Su porvenir incógnito dorándose.
De esas noches espléndidas, alegres, Cuyo sueño interrumpen agradables El son de las lejanas serenatas Y la animada música del baile.
Una de esas veladas de domingo Que emplea el artesano en las ciudades En festejar contento sus amores, Del porvenir incierto sin curarse: En las que tras el disco de la luna Del Supremo Hacedor se ve el semblante, Y su poder adoran y bendicen, En calma universal y en su lenguaje Misterioso, los átomos vivientes Que componen el mundo inmensurable.
Noche solemne, majestuosa, espléndida, En la cual, de los fulgidos fanales Que tachonan el limpio firmamento Al resplandor vivísimo, elevándose De la contemplación sobre las alas, Concibe el hombre pensador y grave Todo el placer que en su existencia puso La mano del Altísimo al crearle.
Mas ¡ay! que todo en ella está mezclado: Contra ella velan, en su mal tenaces, Enemigos que tornan pestilentes Sus balsámicas auras saludables.
Esas noches preñadas de delicias, También del hombre el corazón combaten, Y en lugar de la calma del deliquio La exaltación del vértigo le traen.
Germina en esas noches la funesta Fiebre del corazón, mal incurable Que con lenta y mortal melancolía Roe en silencio su existencia frágil.
Fiebre que, los sentidos disponiendo Y el corazón a los deleites, hace Que se harten y no gocen los sentidos Y el corazón se hastíe y no se sacie.
Fiebre de los quiméricos amores, Fiebre de los instintos criminales, Que inspira a los fogosos corazones Grandes empresas y delitos grandes.
Fiebre que les hechiza y enamora Con lo maravilloso y lo admirable, Y van tras lo fantástico, y anhelan Lo imposible tal vez de realizarse.
Noches en que los santos, los fanáticos, Los poetas, los héroes, los amantes, La gran resolución acometieron Que a fin condujo sus ardientes planes.
En la mitad de noche tan poética, Mientras que todo en el reposo yace Del majestuoso río de Sevilla Por la extensión de las floridas márgenes, Una ligera lancha, que atracaba Por bajo de San Telmo, en los rosales Silvestres que las orlan encontrando Cómodo abrigo u escondite fácil, Apareció impulsada por dos remos Que mueven con vigor dos brazos ágiles, Y comenzó, a pesar de la marea, Por el Guadalquivir a remontarse.
Si el que emprende esta lancha a tales horas Es misterioso y necesario viaje, O caprichoso y plácido paseo, Los que la montan nada más lo saben.
Dos hombres son: aquel que la conduce Es un robusto remador que la hace Volar sobre las aguas, y que muestra Su profesión en su destreza y traje: Es el otro un incógnito embozado, De quien no dejan ver faz ni talante Los revueltos dobleces de la capa En que pretende acaso recatarles.
Brilla a su lado el cincelado pomo De un toledano acero, que del talle O por comodidad se ha desceñido, O por no ser empresa en que ha de usarle A la que vá: en el banco se percibe Un veneciano bandolín, de mástil Largo, de caja oval y dobles cuerdas, Que remedan del arpa el son süave.
De estos dos instrumentos a la vista, No puede en realidad adivinarse Quién sea el embozado a quien acusan Por familiar de tan distintas artes; Aunque, en verdad, en el país y el tiempo En que pasa la acción de mi romance, Para el nocturno bandolín la espada Fue siempre compañera indispensable.
Quien quier que fuese, empero, ni el embozo Del rostro aparta, ni los labios abre, Y río arriba conducir se deja Por quien sin duda conducirle sabe.
Ambos así callados, como sombras Bogando continúan: y alejándose De la Torre del Oro, cruzan rápidos De los desiertos muelles por delante.
Llega hasta sus oídos en las auras El apagado son de los cantares, Que desvelada la oriental Sevilla Alegre entona en sus morunas calles.
Tal vez al son de sus lejanos ecos Con perdido piar responde el ave, Que el eco extraña, que su sueño turba, Mas que viene pacífico a halagársele: Y acaso al ruido de los anchos remos En árbol más lejano va a posarse, Ante la aparición amedrentada De la fugaz y misteriosa nave.
Esta entretanto silenciosa sigue Por la corriente turbia, remontándose Hasta donde las huertas y edificios Al agua obligan a estrechar su cauce.
Aquí del río abandonando el centro Que ilumina la luna, y amparándose Del ceñidor opaco que en las ondas Proyectan los umbríos arrabales, En la orilla tocó: saltó el barquero En tierra: el embozado dijo: “Aguárdame.”
Y arrojando la capa y a los remos Mano echando a su vez, siguió alejándose, Solo ya, conservando cuidadoso La sombra de las casas y los árboles, Pasó como un relámpago ante el barrio Do Triana rasando en los pilares De su macizo muro: cruzó el puente: Y a favor de las sombras tutelares Detuvo su fantástica carrera De una ventana al pié que al río cae.
Una ventana arábiga que entolda Con su verde y balsámico ramaje Un pié de capuchinas, que en un tiesto Asegurado por defuera nace.
Un ajimez morisco, cuyos arcos Cierran con sus calados orientales Las hojas de una espesa celosía, Del interior recóndito guardianes.
Única, solitaria, esta ventana Del pardo muro en la extensión se abre, Libre de observadores indiscretos, Libre de vecindad desagradable.
Ventana misteriosa, cuyo objeto, Cuya correspondencia, del alcance De la sutil curiosidad escapa, Y del dominio del supuesto sale.
Ventana abierta en el macizo muro, El cual teniendo en el pretil remate, A ningún edificio pertenece Al parecer para hombres habitable.
Mas ventana gentil, linda, coqueta, Tocada con el cándido follaje De la guirnalda fresca de sus flores, Que orla movible sus contornos árabes.
Ventana a cuyo hueco perfumado Solo una linda faz puede asomarse: Dó solamente aposentarse puede Un silfo triste que las ondas ame, Que en las tinieblas de la noche en ellas Su cuerpo puro y trasparente bañe, Y que al rumor de su cristal sonoro Su amor inútil a sus ondas cante.
Algún hada tal vez, alguna ondina Víctima de un amor irrealizable, Para velar al ser a quien adora, Habitación allí vino a labrarse.
Un serafín del cielo desterrado, Un infernal espíritu… ¿quién sabe? Algo tan solo que mortal no sea Tras de aquel ajimez debe encerrarse.
Bajo él la barca misteriosa vino A atracar en la sombra, en los sillares Del muro asegurando el caballero Un arpón que a su pié la sujetase. Esperó un punto inmóvil, y en su torno Todo hallándole en calma, levantándose Asió con natural desembarazo Su bandolín y comenzó a templarle. Alzó la vista al ajimez: y viendo Que a él no acude a su preludio nadie, Para que a la ventana se la lleve, Esta dulce canción confió al aire.
Búcaro fresco—lleno de flores, Vaso chinesco—lleno de aromas, Puente escondida—de ruiseñores, Sombra querida—de las palomas, Idolo casto de mis amores, Si oyes mis quejas ¿Por quién me dejas Que no te asomas?
Estrofa primera.
De todos sabes que eres querida: Por todos sabes que eres hermosa; Cual tú un misterio tengo en mi vida Que saber debe solo mi esposa. El pecho firme que solicitas, El alma entera de tu alma hermana, El ser amante que necesitas, Yo te los traigo, linda gitana.
Sin bien, sin nombre, con fe y espada, Yo lo soy todo, yo no soy nada. Azucena es mi madre Del paraíso: Reprobo fue mi padre Que Dios no quiso; Yo fui engendrado Por el amor de un ángel Y un condenado.
El mundo entero quien soy ignora: Yo soy el alma que a ti te adora. Yo, maravilla—con faz humana, Soy tu sombra en Sevilla, Tu alma en Triana.
Estrofa segunda.
Yo, de mi estirpe miembro postizo, Nací en el odio de quien me hizo: Tronco sin ramas, sin deudos hombre, No tengo raza, ni hogar, ni nombre. Ni soy villano, ni caballero: Ni nada tengo, ni nada espero. Solo a ti amo: tú eres mi suerte: En ti se cifran mi vida y muerte. ¿Quién soy, Aurora? Nadie lo sabe: Réprobo u ángel: todo en mí cabe. De la luz que reflejas Soy mariposa, De la miel que en pos dejas Abeja ansiosa: Y es tan profundo Mi amor, que sin ti encuentro Vacío el mundo.
Viviente enigma, yo soy, Aurora, La alma que buscas, la que te adora. Yo, a quien humilla pasión tirana, Soy tu sombra en Sevilla, Tu alma en Triana.
Estrofa tercera.
Esclavo ciego de tus antojos, Cuanto tú no eres tengo en olvido: Cuanto tú no eres me causa enojos Y no sé cómo sin ti he vivido. Dios puso en ambos la misma esencia: Tu alma se alberga de mi alma dentro, Y, ambos con una sola existencia, Tu alma a la mía guarda en su centro.
¿Quién soy, Aurora? Nadie lo sabe, Mas si me amas, todo en mí cabe. Como tú busco un alma Firme y segura; Como la mía en calma, Como ella oscura. Un alma fiera Que cual yo al universo Su amor prefiera.
Si esa alma tienes que mi alma ansía, Dame tu alma, toma la mía; Y maravilla—de dicha humana, Tendré un alma en Sevilla Y otra en Triana.
Búcaro fresco—lleno de flores, Jarro chinesco—lleno de aromas, Fuente escondida—de ruiseñores, Sombra querida—de las palomas; ídolo casto de mis amores, Si oyes mis quejas ¿Por quién me dejas Que no te asomas?