Spanish poem
22 (En el corazón humano)
En el corazón humano no ve nadie más que Dios, y ésta es una historia oscura, porque lo es del corazón. Fermín se fué por dinero para lograr el amor de una mujer, y con otra en Méjico se casó. Según dice, luchó un año y medio con su pasión: año y medio…, no fué mucho; su tío se la apagó en el pecho en donde ardía, con un soplo tan traidor como constante y seguro por su fija dirección. Su tío era un tío antiguo para quien no había —no— de los del antiguo régimen, de carácter y tesón: aunque era manso y flexible cuando le iba bien y en pro Su tío le dijo: «es fuerza darte nueva educación»: y hora por hora tres años en educarle empleó a su modo: no dejándole la más leve aspiración propia de él, ni tener suyo el pensamiento menor, ni un instante sin asidua y precisa ocupación.
Halagando su esperanza e inculcándole el temor de perderse él y a su padre, que al enviarle en él fió, hasta le dictó sus cartas de estilo y de corrección con pretexto; y explotando su amor filial, le fundió y le amoldó; y otro haciéndole, por interior y exterior, le dió otra forma y espíritu: hasta que ni vió, ni oyó, ni pensó más que a su antojo: y echándole en el turbión de los negocios, haciéndole viento coger y favor a su sombra y a su nombre, y su orgullo y su ambición fomentando, él, inconsciente, a sí se le asimiló: de él hizo un socio forzado, mercantil, calculador, frío, práctico, hecho en todo a ver la especulación, a buscar la utilidad, a seguirla ojo avizor, con constancia, sin caer en falta ni en distracción, sin dejarse seducir por nada alucinador; y cuando fué lo que él quiso, un otro él, él uno en dos, el tío con su cuñada y su caja le casó; y él se cargó con la mina de que propietarias son las hermanas, y de que él fué el único explotador, Fermín el único socio, sus dos nombres la razón social, y las dos hermanas dos peces en red de amor. Si Fermín de amor guardaba un recuerdo, una ilusión, un átomo…, con sus besos su mujer se lo quitó; de él le lavó el alma el cura con su santa bendición, y el primer hijo, el pasado de su memoria borró; y el corazón que tenía perdió con el viejo amor.
Todo ello muy natural, muy común, muy en razón, muy conforme con las leyes, con el mundo y con su honor…, mas, ¿por qué diablos volver a Vidiago imaginó Fermín, si allí hallar podía otra vez su corazón?
Don Diego, inconscientemente, a Fermín aposentó en la cámara que fué de Marica habitación. Fermín debió de dormir mal; porque se levantó temprano, ojeroso, pálido y por vaga distracción dominado; durmió poco, bebió agua pura, y no habló más que lo de que en la mesa hubo de hablar precisión. Pasó el día en visitar los amigos que dejó y los que adquirió su padre al cambiar de posición. Anduvo a pie y a caballo, y si no en su buen humor se repuso, el ejercicio casi le tranquilizó. Don Diego a sus comensales, por procurar distracción a Fermín, diariamente que vinieran suplicó a su mesa; y de los cuatro amigos la reunión, la vaguedad de Fermín de disipar acabó.
Dos días así pasaron; el tercero, casi el sol despuntando, de su casa salió Fermín como en pos de aire y luz; echó al azar y sin fija dirección por el pueblo, del cual pronto como es pequeño, salió: y como una cordillera acota la población por un lado, por el otro naturalmente, tiró. Tampoco allí el campo es llano, mas no hay por allí espesor de árboles, y allí se abarca un ancho y doble jirón de cielo y tierra, y del mar se oye el cercano rumor, y se respira una atmósfera que vivifica el pulmón. Iba Fermín sin mirar a dónde, a su alrededor hallando en peñas, breñales y sendas una porción de objetos que conocidos le eran, y que a su anterior existencia transportando iban su imaginación.
Por mucho que al hombre cambien de la fortuna el favor, la ausencia, el tiempo, los vicios, cuanto implica variación en su ser, conserva siempre por el sitio en que pasó su niñez y juventud tierna e íntima afección: y Fermín iba sintiendo de un tiempo ¡tal vez mejor! mil recuerdos que bullían de su mente en un rincón.
Así inconsciente, sin rumbo y ensimismado vagó, viendo y oyendo del mar el murmullo, y del chirrión que sigue la carretera el chirrío, y del pastor el silbido, y el cencerro del jato que muge en pos de su madre, y la campana del ángelus, y el rumor del maizal, cuyas hojas el céfiro juguetón besa y mece; y sobre él pasa el cuervo picoteador sin verle, ni a la gaviota que imitando al alcyon en la espuma de las olas se deja ir, ni la flor que pisa en su imaginaria retrospectiva abstracción. Y cabizbajo, los brazos suspendidos sin vigor, sin percepción ni conciencia de sí mismo, se paró maquinalmente en un sitio; y como si una atracción oculta le retuviera allí, allí permaneció torvo, inerte, a sus ideas dando en tal divagación libertad, y errar dejándolas como exhalado vapor de su espíritu en los ámbitos de esa infinita región, de la eternidad vestíbulo, velo de la faz de Dios: y allí estaba de pie, inmóvil y mudo, cuando veloz cruzó una ráfaga el mar y sus ondas encrespó.
Al mismo tiempo tras él un bufido aterrador, un espantable baladro, un rugido hondo y feroz, parecido al repentino resoplido de un león de debajo de la tierra sacudiéndola salió. Volvió en sí, volvió espantado la cabeza a tal fragor, reconoció el sitio: estaba a la boca del bufón.
Avanzaba la marea, la ráfaga se creció a vendaval, el nublado vino a oscurecer el sol: y del bufón en el fondo, del agua entre el borbotón, oyó clara, inconfundible con ningún otro rumor, resonar lenta, tristísima, del romero la canción.
«La miel del amor primero del cielo tiene sabor. La abeja la flor le liba al romero zumbando en redor. Ven, ven, que te espero aquí con mi amor.
Yo contra tu olvido espero que Dios me dará favor. La abeja la flor le liba al romero zumbando en redor. Ven, ven, que te espero… te espero… te espero aquí con mi amor.»
Fermín oía espantado brotar y hundirse este son con el agua. —¡Era Marica quien cantaba…, era su voz! ¿Dónde estaba? ¿Allí? Imposible: barre el mar el socavón, no hay entrada ni hay salida, ni hay vital respiración en aquel antro…, no hay vida posible allí… y la canción suena y suena, y él escucha: es ella, sí: su razón con los sentidos en lucha no da con explicación. Y escucha, y escucha. ¡Es ella o su espíritu! En redor de Fermín comenzó el mundo a girar… y aquella voz seguía cantando, y él oyéndola con pavor… hasta que el frío del miedo de sentidos le privó.
Dos horas después entraba trémulo en su habitación: su padre le dijo: «¿quieres algo?; y él dijo: «no».