Spanish poem
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Sopló sin duda: consiguió su aliento las palabras de amor del pergamino desparramar del conde, como el viento desparrama de polvo un remolino. El noble corazón de la doncella sintió la dolorosa mordedura del áspid de los celos: su alma pura sintió encarnarse su aguijón en ella. De su pasión mostrándose ignorante, dióla Ayzón mil detalles de una historia que el cráter de un volcán en un instante abrió en su corazón y en su memoria. Presentado a ella el godo por el viejo como un jefe en la corte conocido por hombre de valor y buen consejo, y en los hechos de su época instruído, explayóla su crónica política: la situación extraña del Estado, la audacia de los príncipes, la crítica posición del monarca atropellado, la Emperatriz liviana…, el adulterio que la luz del escándalo ha alumbrado aun para el vulgo vil, que su misterio de infamia y de traición ha penetrado: el viejo Luis corriendo al monasterio cuyas puertas abrirse vió Ayzón mismo ante su esposa, la ocasión propicia de alzar un nuevo trono ante el abismo en que el roído imperio se desquicia… Todo lo puso Ayzón ante los ojos de Genoveva, al devanar el hilo de la historia de su época, sonrojos causando a su alma, de pudor asilo; e inoculando en ella diestramente el germen de la idea madurada de él y del viejo incógnito en la mente, logró que la paloma fascinada se viniera a enredar desatentada en el lazo traidor de la serpiente. Ni al conde nombró Ayzón en su relato, ni Genoveva a Ayzón demandó el nombre del galán de Judith: instinto innato en la mujer leal cuando ama a un hombre es guardar el secreto de su alma, no dejar ver la sangre de la herida que la desgarra el corazón y en calma en la mano llevar como una palma el dardo que a su amor cortó la vida.
Genoveva escuchó, muda y serena, la extraña relación del adulterio, que la estima del conde la enajena y a extinguir su cariño la condena, como si fuera extraña a su misterio. Mas resuelta a sondarle por sí misma, y la luz que la alumbre en tal abismo a no ver a través del falso prisma por el que ver se le haga el egoísmo o el interés de Ayzón, en quien recela personal interés que algo pretende y que su candidez aún no comprende, mas que su amante instinto la revela, dijo, entablando el diálogo y creyendo que es ella quien a Ayzón una red tiende, cuando en la red de Ayzón se va prendiendo: –¿«Decís que está la Emperatriz cercana? –Cuando sopla del Sur, tal vez el viento traer puede hasta aquí de su convento el son de la campana: de estos montes tal vez desde la altura, del Rosellón al fin, muy a lo lejos, se puedan alcanzar por su llanura de la cruz de su torre los reflejos. –¿Y decís que al convento se avecina el viejo Emperador? –A tan buen paso, que estuviera ya en él sin el retraso que le ocasiona el tren con que camina. –Y si yo, aprovechando ese secreto, por los Emperadores intentara recibida allí ser… con noble objeto, ¿creéis que en el convento lo lograra? –Sin duda: el buen Emperador la adora; y si allí con Judith se reconcilia, quien ante ellos llegar logre en tal hora irá bajo la sombra protectora del ángel tutelar de la familia. –Pues él despacio con sus huestes anda, y ella en la soledad más abordable ha de ser, llegó el día en que yo entable de mi derecho ante ambos la demanda. Pues se rompió el misterio de mi vida y se forzó la paz de mi retiro, sepa, cuando mi nombre al mundo pida, si fe me otorga o si desdén le inspiro. Dormir mañana en el convento quiero. –Yo os apersonaré con la abadesa de quien soy deudo. –Bien: mas ¿si prefiero conservar el incógnito, y primero que a Luis ver a su esposa me interesa? –Como os plazca obraréis: y pues justicia sólo vais a buscar, y en vos no cabe política traición, ni vil codicia, ni intento ruin que vuestra causa grave, porque no se avizore la malicia claustral, ni nada vuestros pasos trabe, difícil no es que mi favor recabe de la abadesa un traje de novicia y de una celda, si queréis, la llave. –Despuntando la aurora partiremos, y los medios mejores para lograr mi fin combinaremos mientras que rumbo al monasterio hacemos. Es tarde: adiós. No lo olvidéis, señores: del alba a los primeros resplandores quiero que fuera del castillo estemos.» Dijo; y en pie poniéndose, marcóles de la plática el fin y despidióles.