Spanish poem
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Derramóse la sombra de improviso Sobre el haz de la tierra, al ocultarse La luna por detrás del horizonte, Y fue todo tinieblas un instante.
Poco a poco las pálidas estrellas Fueron esplendorosas destacándose Sobre el velo turquí del firmamento Extendido entre Dios y los mortales.
Cuando al fulgor escaso de los astros Comenzaron al fin a señalarse Los objetos, logrando distinguirse El que se mueve del que inmoble yace,
La tapia desigual de un huertecillo Siguiendo silencioso y una calle Tortuosa de Triana, un bulto móvil Empezó entre la sombra a dibujarse.
Poco a poco, su forma verdadera En contornos exactos revelándose, Cual es mostróse: un hombre que, cargado Marcha con otro, al parecer cadáver.
El vivo, cuyos pasos no se sienten Y de. quien las tinieblas el semblante Velan, va lentamente del terreno Donde fija los pies asegurándose.
Y, acaso la ilusión de las tinieblas O la aprensión tal vez del miedo lo hacen, Mas parece que un cárdeno reflejo Brilla movible de sus pies delante.
Dijeran que en el sitio dó su rayo Visual se quiebra, o que las piedras arden, O la luz de sus ojos reverbera Cual si un foco en sus niñas se encerrase.
Ello es que a la verdad este reflejo, Que o va con él o de sus ojos sale, Su misterioso bulto, esclareciendo Sobre él la vista con asombro atrae.
Y si un vecino de su casa fuera Llegara en las tinieblas a encontrarle, De él se esquivara, de pavor transido, Por temerosa aparición tomándole.
Él en la densa oscuridad fiado, O de ser descubierto no curándose, Llegando ante un postigo, en su cerraja Con tino singular metió la llave.
Su muelle rechinó con son tan triste Como si de sus huecos en la cárcel Habitara algún ser, a quien sus guardas Al girar dentro de ellas torturasen.
Atravesó el umbral, dejó la puerta Por su maciza gravedad cerrarse, Cruzó sin deponer su horrible carga Un huertecillo sin labor, salvaje.
Dó quier en él parásitos crecían El hinojo, la rubia y los zarzales, En medio de una yerba verdinegra De indefinible olor, bravío y acre.
Al afirmar sus plantas aquel hombre Sobre el loco, infructífero follaje Que en el inculto suelo vegetaba, Cual si tuvieran voz para quejarse,
De sus ramas y troncos, parecía Que al quebrantarles él salían ayes: Y un resplandor fosfórico quedaba Encima de sus huellas un instante.
El jaramago inútil y el vil hongo A su contacto esquivos apartábanse, Doblegando sus troncos mohecidos, Para que con su pié no les tocase.
¡Quimérica ilusión! Su movimiento Causó sin duda revoltoso el aire Que, al cerrarse con ímpetu el postigo, Formó una onda y agitó el ramaje.
Llegado ante un portón que sobre el huerto En la alta casa que rodea se abre, Llamó el cargado, abrióse y en su quicio De una mujer apareció el semblante. —“¿Vive?” con ansia preguntó en voz baja. —“¡Bah! ¿pues no ha de vivir? En cuanto largue “El agua que ha tragado, dijo el hombre, “Quedará como nuevo: mas apártate “Y déjame pasar, porque a fe mía “Que pesa y tengo ganas de soltarle.” Se apartó la mujer, entró el cargado, Y el portón detrás de él volvió a cerrarse.
Ahora, lector, reparo en que no he escrito De mi nocturna acción los personajes: La mujer es Aurora: es el traído Don Félix, y es Adán el que le trae. Mas perdona, lector: no te los nombro Porque a suplirles tu saber no baste, Sino porque yo sé que te los debo Y nada quiero que por mí te falte.