Versos Spanish José Zorrilla 23 (LOS BÁRBAROS)

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23 (LOS BÁRBAROS)

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LOS BÁRBAROS Hunnos, alanos, vándalos y godos, avaros, suevos, neustrios, merovingios, gépidos, longobardos, ostrogodos, hérulos, salios, francos y turingios, con otros pueblos mil, bárbaros todos, de carácter, ya rudo, ya perverso, de tan distinta faz, de tan diverso origen, ley y religión e idioma de los de Grecia y Roma; gente tan otra, tan extraña y fiera, como la patria incógnita y lejana que sus hordas indómitas vomita cuando y en donde nadie las espera; como el genio infernal de quien emana el espíritu hostil que las excita a hacer en él su aparición primera, sobre el mundo en turbión se precipita. ¿Quiénes son? ¿Quién los trae? ¿Qué es lo que buscan en las regiones cultas? No se sabe; sus destinos recónditos se ofuscan a la vista mortal; de ellos la llave tiene tan sólo Dios, que de repente sobre Europa lanzó tan nueva gente.

Bárbaros son; así nuestras naciones denominan sus hordas y legiones. Salieron, como nubes de langostas, de las selvas, las islas y las costas que azota ronco el mar, y turbia riega la corriente del Vístula, del Oder y del Volga, en la Prusia, la Noruega, la Suecia, la Pannonia, Escandinavia… ¿Quién sabe ? De comarcas aun incultas, para su grande población angostas, y a la geografía poco sabia de Grecia y Roma todavía ocultas. Las tinieblas tal vez las produjeron; tal vez de un caos terrenal salieron, y ávidas de botín, pobres de bienes, dejando tras de sí ruinas y estragos, cruzaron montes, ríos, selvas, lagos, vadearon con audacia el Borysthenes y el Tánays; botaron en el Ponto y el Mar Negro sus lanchas; y muy pronto, con famélico afán y osada mano, sembraron muerte, asolación y fuego en el fecundo territorio griego y en el terreno rico del romano.

Asaltaron de Europa las regiones estas ciegas y bárbaras naciones; catástrofe tremenda, con que acaba la clásica y heroica tragedia de Roma; y se quedó la Europa esclava en el caos feroz de la Edad Media.

Así cuenta la Italia, amedrentada, la historia de esa gente, y se equivoca; así lo cree la Europa, sojuzgada también por ella, y la verdad disloca; Voltaire, Hume, Sismondi, en su extraviada filosofía y con conciencia poca, así hablan de esta edad mal estudiada, y si aun hoy nuestra edad, más ilustrada, sigue llamando bárbara a esa gente, es que, o no la conoce, o que la apoca, o que, ser justa no queriendo, miente.

Y no es aquí que tenga yo el capricho de echármela de sabio y de profundo, o de decir lo que ninguno ha dicho para contradecir a todo el mundo, no ¡por Dios! Para mí toda la gente que, creada por Dios inteligente, en vez de razonar, mata y pelea, es estúpida, vil, bárbara y rea de lesa ilustración, y es evidente que estas tribus guerreras, que invadieron la tierra occidental, bárbaras fueron, mas antes de arrojarlas a la cara tan degradante apodo, bueno fuera que con detenimiento las juzgara nuestra edad imparcial y justiciera, y a la luz de aquel siglo contemplara la gente y sociedad de aquella era.

«¿Quiénes son? ¿Quién los trae? ¿Qué es lo que buscan en las regiones cultas? No se sabe. De sus hondos destinos, que se ofuscan a la vista mortal, tiene la llave tan solamente Dios, que de repente sobre Europa lanzó tan fiera gente.»

No es verdad, de su origen y destinos claros están la cuna y los caminos. ¿Quiénes son ? ¿Quién los trae? ¿Qué es lo que quieren? Son los bárbaros, sí; mas Dios los trae la herencia a recoger de los que mueren, y a renovar el mundo, que se cae.

Veamos su venida a una luz para verlos encendida.

Por el pronto estos bárbaros no hicieron en Europa irrupción cual torbellino furioso, asolador y repentino, sino por tribus y por razas fueron, y en diferentes épocas camino abriéndose y ganado, hasta que hundieron sus espadas, después de cien campañas, de la caduca Roma en las entrañas. Además, ¿por qué hacerles hoy la injuria de no ver más que su guerrera historia, de no considerar más que su furia, y de su fe o virtud no hacer memoria? ¿Por qué sólo pesar sus violencias, y no de su invasión las consecuencias?

Es verdad: en sus fieras correrías y en sus asoladoras invasiones, cometieron horrendas tropelías inmensas y sin par devastaciones; mas no llegó su bárbaro apetito de sangre, destrucción, venganza y guerra, a dar un espectáculo a la tierra tan sangriento, tan cruel, tan inaudito, como el que dió en Salem en su victoria, con vergüenza del tiempo y de la historia, la atroz venganza del clemente Tito. No hay en la historia de Áttila sangriento, ni de los otros bárbaros triunfantes de Roma, un espectáculo tan cruento, unas carnicerías semejantes a las que hizo en Cartago y en Tarento, en Rodas y en Corinto, el violento furor romano; ni de aquella fiera desordenada edad hubo en la era revuelta unos instantes de sangrienta embriaguez, de tiranía, de degüellos sin ley y a sangre fría, tan contra la razón, tan repugnantes, como los de las guerras protestantes, y los que osaron dar, casi hoy en día, Robespierre a París, Carrier a Nantes.

La civilización de la gran Roma, doquier que apareció, no fué a los reyes vencidos sólo a quienes hizo guerra, sino que de los pueblos fué carcoma; se la hizo a sus costumbres, a sus leyes, a su honor, a su fe y hasta a su idioma, y a sus hombres trató como a sus bueyes, pues les quitó hasta el nombre con la tierra; porque Roma por bárbaro tenía a todo el que romano no nacía.

Roma se hundió bajo su mismo peso; su altivez, su egoísmo soberano la arrastraron al fin bajo el exceso de su poder, dominador, tirano. Su inmensa corrupción, la podredumbre de sus costumbres sórdidas e impías, su atroz ferocidad hizo costumbre, y leyes sus atroces tiranías. Todo lo acaparó, todo lo supo; mas todo lo vició y aplicó, insana, mal; todo crimen e injusticia cupo en la impudente ilustración romana. El desprecio en que tuvo al mundo entero trajo sobre ella al universo todo, y al fin, un pueblo bárbaro y grosero su infame ilustración hundió en el lodo.

Juzgáronse los bárbaros mejores por su fuerza y valor, que los vencidos; pero los pueblos y épocas peores sus gérmenes de bien llevan unidos, y toda raza culta, a sí adheridos, en su bajeza y abyección mayores, conserva, aunque en su cieno adormecidos, algunos de los átomos perdidos que fueron de su ser germinadores; dieron, pues, los romanos sometidos rubor con su cultura a sus señores, y al bárbaro triunfante venció al cabo la civilización del culto esclavo.

Como el bárbaro rudo comenzaba donde la sabia Roma concluía, su sociedad oscura iluminaba la misma luz que a Roma consumía, lo que Roma al morir caer dejaba, el bárbaro al nacer lo recogía; lo que, harta de saber, Roma olvidaba, él, de saber ansioso, lo aprendía; y aunque vió a los vencidos con desprecio, por más cobardes, cuanto en ellos vía, que su barbarie a mejorar servía, supo adoptar con sensatez y aprecio.

Roma, al darle su foro y tribunales, le dió administración, orden, civismo; la justicia le dió formas legales, su fe y su humanidad el cristianismo al darle, sus instintos más brutales ahogó en él, y acotó su vandalismo; y adquiriendo unidad y patriotismo, dignidad y decoro personales, se empezaron a unir los elementos de aquella sociedad e instituciones, en los que están basados los cimientos de la moderna fe y constituciones. La luz tranquila de la fe cristiana, alumbrando a los bárbaros, su esencia no, su forma varió; dió a la villana gente otro porvenir, otra existencia más amplia, de la cual la independencia germinó; y comenzó la raza humana a sacudir la esclavitud romana.

Roma, con fin tiránico y perverso, había reunido al universo, cual manada de esclavos, a sus plantas; el cristianismo, con poder diverso, le reunió bajo las leyes santas de la fraternidad, de los derechos comunes; proclamó de los mortales la igualdad; y los pueblos, libres hechos de esclavos, y de cosas, racionales, sacaron de sus límites estrechos la ley y libertad universales.

Al principio estas bárbaras naciones, de la fe y la cultura aun en la infancia, confundieron la fe y supersticiones de sus dos encontradas religiones, que, al tomar y perder preponderancia en sus rudos e ignaros corazones, su ser regeneraban; su ignorancia mezcló la caridad y la nobleza cristianas con la bárbara fiereza que componía el fondo primitivo de su carácter bárbaro nativo.

Aceptaron de Cristo la doctrina y el culto de sus cándidos altares; mas no pudo extinguir su luz divina sus feroces instintos militares.

No pudo comprender su valor bruto, cómo no fuese la mayor grandeza, el título mejor, el instituto más elevado y la mejor nobleza, los de llevar al campo los debates y salir vencedor en los combates; y poniendo la cruz en sus espadas, llenos de fe, con bárbara fiereza siguieron desgarrándose a estocadas, e, invocando a Jesús, largas jornadas pasaron en cortarse la cabeza.

Víctima su razón de tales juicios, creyendo hacer a Cristo sacrificios, hicieron oblaciones al demonio, de Dios bajo el amparo y los auspicios; poniendo a su valor por testimonio de virtud, de verdad y de derechos, a propiedad, herencia o beneficios; por prueba de inocencia y buenos hechos, de legitimidad de patrimonio y absolución de error y maleficios; por medio de lograr entre patricios la fe de una mujer en matrimonio, encomendando al brazo y al cuchillo la decisión del pleito más sencillo.

Presa su fe de aberraciones tales, juez hicieron a Dios de sus contiendas; escribieron su nombre en los puñales, colocaron la cruz sobre sus tiendas, en el casco y pendón de su milicia, de su corcel de guerra en los frontales; y aceptando los duelos personales por la prueba mejor de fe y justicia, llamaron a sentencias tan brutales «Altos juicios de Dios; pruebas legales.»

He aquí la inteligencia sometida por la fuerza brutal; he aquí a la tierra teniendo siempre que nutrir la vida de las semillas, que en su seno encierra, con la sangre del hombre, que en la guerra la derrama sobre ella sin medida.

He aquí al hombre, por fin, que eternamente, de su globo feraz dueño absoluto, en vez de cultivarle, inteligente, para vivir en él dichosamente, muere sobre él riñendo, como el bruto.

Mas he aquí la feliz preponderancia de la fe liberal de Jesucristo; he aquí su caridad, su tolerancia patrocinando al débil desprovisto de poder, ayudando la constancia del pobre atropellado y la ignorancia del pueblo (que en las guerras, está visto, siempre queda mal puesto y peor quisto) contra el poder, la fuerza y la arrogancia de los Reyes, los grandes y señores, de las inermes masas opresores.

He aquí a la noble religión naciente alzando sus basílicas enfrente de sus muradas torres y castillos, contra su fuerza osada e insolente para abrigar a la indefensa gente de los pueblos cobardes o sencillos.

Baluartes de los pueblos traficantes, ganaderos, labriegos o artesanos, entonces en las tierras habitantes de estos guerreros bárbaros imperios, a los hombres pacíficos, tranquilos, que, útiles al común de los humanos, podían con las obras de sus manos ser, o anudando con estudios serios de ciencias y artes los cortados hilos, para el saber y la virtud asilos, abrió la religión sus MONASTERIOS.

En aquellos pacíficos lugares, que consagró por santos la creencia y el agradecimiento populares, buscaron la virtud, la fe, la ciencia, la actividad, el arte y la inocencia trabajo, pan, seguridad y hogares; es decir se amparó de los altares cuanto un germen sintió de inteligencia.

Los pobres por los bárbaros vencidos, los ricos de su bien desposeídos, las víctimas de bélicos horrores, los del error o el vicio arrepentidos, los sabios sin favor, los labradores echados de sus tierras, los villanos con vigor y sin pan, los artesanos de industria o artefacto productores, cuanto había, por fin, inteligente, útil o laborioso entre la gente de la época revuelta que corría, a ampararse venía, por instinto, de un monasterio; el único recinto donde vivir y trabajar podía.

Doquier que se veía el campo cultivado, los breñales desmontados, abiertos los caminos, preparados al riego los canales, tranquilos y en labor los campesinos, eran siempre inequívocas señales de que allí cerca un monasterio había; aquellas eran tierras monacales.

Puntos de reunión, libres y honestos refugios contra el fiero despotismo militar de gobiernos, sólo prestos de la lid y el saqueo al vandalismo; en una sociedad que no tenía medios aún de represión dispuestos, cárceles, hermandades, policía, para amparar sus pueblos siempre expuestos de la fuerza a la injusta tropelía, y en cuya fe quedaban todavía restos del derribado paganismo, fueron los monasterios elevados por la fe y caridad del cristianismo, centros de actividad, archivos dados a la ciencia, depósitos sagrados de cuanto, con vigor aún, contenía gérmenes de existencia en sí encerrados que oponer al espíritu maléfico de tiempos tan turbados; de cuanto, con un átomo fecundo, a la futura ilustración benéfico, necesitaba el porvenir del mundo. Núcleos de unidad, de inteligencia, de justa oposición y resistencia al gobierno brutal de aquellos días, cuya justicia estaba en impotencia; comunidades solas, que existencia lograban de vivir con garantías, los monasterios fueron los escudos de la ley, libertad, honra y derechos de los pueblos de Europa, que desnudos dejaban los guerreros en sus rudos combates, cuando no pedazos hechos. Ellos fueron pacientes, concienzudos (poco a poco sus límites estrechos ampliando, y campo conquistando a trechos), los que a encajar volvieron en sus gonces, los que volvieron a amarrar los nudos de nuestra humana sociedad, entonces por la romana esclavitud deshechos.

Porque la religión, estos asilos para tener seguros y tranquilos, al poder de los reyes propiedades para ellos arrancó, y a la opulencia pedazos de sus vastas heredades para dar de comer a la indigencia; reclamando a la par inmunidades para amparar los campos y ciudades de la ilegalidad y la violencia; todo, al posar sobre distinta base, a mostrar empezó distinta fase.

Fundáronse los feudos; los señores fueron del siervo amigos; los concejos comenzaron a echar, en sus consejos, un freno a los potentes opresores. Sustituyó el trabajo voluntario al forzado: al capricho de los reyes los derechos del pueblo propietario, y la igualdad civil ante las leyes. La división de razas y de castas a borrar empezaron los humanos principios de una fe, que de las vastas regiones de los ámbitos mundanos a todos los vivientes hizo hermanos, y a todos los mortales ante el altar y la justicia iguales. Libres, a tener patria los villanos comenzaron y a amarla, a ser leales a señores que no eran ya tiranos; y empezaron así las asambleas populares a unirse, a arriesgar hechos de impune oposición, que fueron teas que alumbraron su juicio, y sus derechos contemplando a su luz, a la justicia rehusaron, y al Rey, injustos pechos; esquivando el tributo o la milicia por religiosa ley o inmunidades. Y así fueron los pueblos sus caminos abriendo para ser comunidades civiles, que, a pesar de su impericia, por su fuerza más tarde proclamaron la libertad y la igualdad, y ajaron el fuero real y la altivez patricia.

He aquí cómo empezó la inteligencia a acotar y humillar la fuerza bruta, y a preparar el campo a la existencia mejor de que hoy la sociedad disfruta. Así empezó nuestra moderna Europa costumbres a tener, ciencias y leyes; y así empezaron la rasgada ropa de Roma hundida a recoger sus reyes, y a hacer de sus jirones imperiales sus sobrevestas y sus mantos reales.

Y así nació la dignidad humana, la libertad y la igualdad terrenas; así rompió la religión cristiana de los pueblos esclavos las cadenas.

De su culto católico la pompa opuso, en sus pacíficos misterios, la armonía del órgano y salterios al son marcial de la guerrera trompa.

Espléndida en el lujo soberano de sus fiestas sagradas, juntamente necesitó el auxilio de la mano del sabio, del artista y artesano, y las recompensó pródigamente; y a su amparo vivieron, y a su vista, el sabio, el artesano y el artista.

Roma no es más artista por romana que por cabeza de la fe cristiana.

La religión, con su fastuoso culto, con sus conmovedoras procesiones, con el misterio en cada paso oculto de su ceremonial, de sus funciones con el incienso y los solemnes sones, sus millares de flores y de luces agrupadas en torno de sus cruces, con sus tiernas imágenes de bulto, que a la imaginación del pueblo inculto, de su Dios representan las acciones, del pueblo inocularon en el alma un nuevo germen de inocencia y calma.

A la suave influencia de esta casta y pacífica creencia, germinaron los nobles pensamientos, que amansaron las bárbaras pasiones; y brotaron los tiernos sentimientos que abrieron al amor los corazones; regeneró la sociedad el cebo de la nueva ilusión y el placer nuevo.

Así empezó a brotar el dulce instinto de nuestras dulces prácticas sociales, que a un pueblo en raza y religión distinto, y hasta enemigo en nuestra sangre tinto, nos hacen ver con ojos fraternales, e irle a tender, tras de la lid, la mano; no viéndole enemigo, sino hermano.

Los monjes, que en la paz del monasterio, lejos del siglo y del mundano ruido, de solitario estudio en el misterio habían su existencia consumido, reunieron de Egipto, Roma y Grecia cuanto se hallaba al parecer perdido, cuanto hoy el mundo literario aprecia; y sus copias cargándose en el hombro, frutos de su paciencia y su profundo saber, de sus centurias con asombro, salieron a esparcirlas por el mundo.

Cuanto hoy posee el profano clasicismo, se lo debe al saber del cristianismo, y de cuantos filósofos, poetas e historiadores tuvo el paganismo, conservamos por él obras completas. Así nació la ciencia aventajada que a la moderna sociedad alumbra, en la de la alta antigüedad basada, y por el cristianismo conservada, de aquella oscura edad en la penumbra. Y así nació aquel genio pintoresco de la Edad Media, tan ingenuo, franco y original; tan ideal, tan fresco, y del desdén de los pedantes blanco.

Los que la antigüedad toman por norma sistemáticamente, adoradores vanos de la forma, condenan de esa edad el genio ardiente, y a las artes de esa era que difaman, groseras y estrambóticas las llaman.

Pero no saben ver que en la riqueza de su genio, en las artes que produjo lo que perdió su artística belleza en corrección de formas y en dibujo, ganó en inspiración, en sentimiento, en pureza ideal de pensamiento.

Excelente sin par la arte pagana en corrección, en formas, en purismo, es, como el egoísta paganismo, beldad sin corazón; grande, mas vana; porque el espiritual idealismo, que su expresión la infunde soberana, no le comprende más que el cristianismo.

En medio del desorden y la incuria de aquellos toscos siglos, vacilante en basar e impeler hacia adelante su civilización cada centuria, mientras que la nobleza, la milicia, los reyes sin poder y la justicia mal respetada, por lidiar con furia, la sociedad revuelta abandonaban, aquellas religiosas sociedades de encarrilarla al orden se encargaban, llenando los deberes que olvidaban el gobierno civil y autoridades. En los páramos, yermos y caminos donde el gobierno débil no podía poner seguridad ni policía contra fieras, ladrones y asesinos, bajo los brazos de la cruz divinos la religión solícita ponía un templo un monasterio, una abadía, alguna ermita o franca hospedería, que, atrayendo comercio y peregrinos, el desierto al poblar, le protegía.

Donde en las populosas capitales el cuidado y deber municipales, faltos de voluntad o subvenciones, de hambre y peste en las épocas mortales, no atendían sus pobres poblaciones, franqueaban los bienes monacales al hambre popular las provisiones de sus inmensas trojes, y a los males del contagiado pueblo las mansiones de sus caritativos hospitales.

Donde los descuidados ciudadanos no alumbraban sus pueblos, su recinto de noche abandonado al mal instinto y a la rapacidad de los villanos, por plazuelas, esquinas y rincones lóbregos, y en los puntos más cercanos a sitios turbulentos y profanos, mancebía, cuartel, juego o taberna, ponían de un convento los hermanos una imagen de Dios y una linterna; sin rubor descendiendo muchas veces a las más ordinarias pequeñeces por remediar un mal, o una costumbre mejorar de la tosca muchedumbre.

Así, por estas buenas sociedades cristianas, en las bárbaras edades, se empezaron a echar los fundamentos de nuestro orden social y policía; germinaron así los elementos de nuestra humanidad y cortesía. Galvanizando así el catolicismo, en época tan bárbara y guerrera, fué de la inteligencia el parasismo, débilmente, es verdad, con lento paso; pero ¿podía acaso obrarse en tal edad de otra manera?

En la honda ceguedad de aquella era no se sabía aún lo que hoy se sabe, y al ser de niños en edad primera, vigor de adultos exigir no cabe.

Así de la Edad Media, no estudiada de su elucubración en los misterios, la católica Iglesia calumniada, en sus ya derribados monasterios nos conservó, tan sabia como osada, la ilustración, las ciencias y las artes, la fe, la libertad siempre buscada para el pueblo y por él jamás lograda; la igualdad, anhelada en todas partes; la civilización, vaticinada para los siglos de hoy en falansterios; cuanto bien gozan hoy nuestro imperios, desde aquellos católicos baluartes se derramó por ambos hemisferios.

Así las sociedades religiosas, en su edad primitiva, se presentan al criterio imparcial de los que cuentan la historia tal cual es; que de animosas pasiones a la luz no la comentan, y juzgan como son hombres y cosas.

A esas comunidades, que se ahuyentan de nuestra sociedad por onerosas o innecesarias ya, deben, dichosas, los gérmenes de luz con que se ostentan las sociedades de hoy tan orgullosas.