Spanish poem
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Mientras la dama, en su aposento a solas, dentro de su alma embravecerse siente del turbio mar de su pasión las olas en desatada tempestad creciente; mientras su herido corazón agita el demonio implacable de los celos, que al alma triste del celoso quita la luz de la razón, la fe en los cielos; mientras la última epístola del conde lee y relee con afán letra por letra, y con celosa intuición penetra que en ella el dolo y la traición se esconde; mientra febril e insomne se prepara el caos a sondar de aquel misterio, que apaga de su amor la antorcha clara en el aire letal de un adulterio; mientras las fibras de su ser estallan a impulso de un dolor nuevo y extraño, y en su ofendido corazón batallan su inextinguible amor y el desengaño, Ayzón y el viejo, en cámara segura de la apartada torre en que éste mora, las bases pactan de la trama oscura que del amor de la que al conde adora darán a Ayzón la posesión futura. Y su ambición se funda en la esperanza de que el amor vulgar, torpe y mezquino, como tan sólo la ambición le alcanza, suele como un villano a la venganza de su orgullo no más buscar camino. Por más que de su plan el edificio sobre la ajena voluntad construyen, fían del tiempo a su ambición propicio; y al poder imperial fuera de quicio viendo, sobre él el suyo constituyen, y así su pacto y plática concluyen: –«Ella cuenta volver antes que el conde y, de su amor o su traición segura, rendirse o romper. –¿Mas quién responde, si la vuelve a ver él, de la ruptura? –No se verán, Ayzón: Judith es brava y Genoveva dócil, pero altiva. Rompa o no rompa de su amor la traba Judith, de Genoveva no recaba ya su perdón el conde mientras viva. Como de la verdad del adulterio se llegue a convencer y permanezca, custodiándola tú, en el monasterio hasta que el jefe del caduco imperio en su recinto santo se aparezca, yo te prometo, Ayzón, que mi venganza se realiza a la vez con tu esperanza. La Emperatriz, en su altivez herida, para su amante infiel será una hiena; y se le odia Judith y ella le olvida… cuando llegue él aquí… –Cortad su vida. –No, Ayzón; si su desdén se la envenena, si el pesar se la roe y se la infama el deshonor, que viva: es prenda buena su vida de venganza, y la reclama desde el peñón en que insepulto brama la alma de Waifro de piedad ajena. Que viva aún, Ayzón: yo sé lo que hago; logrará, al fin, mi afán de años prolijos que hierva entre los padres y los hijos un volcán de rencor, de sangre un lago. Con vosotros saldré; mas al convento sin llegar tornaré. Por el camino tú, circunspecto, a su servicio atento, de ti ni una palabra ni un momento la hables…: yo cuidaré de tu destino. Sé cortés, sé galán, sé fiel con ella, y fía, Ayzón, en mí más que en tu estrella.»