Versos Spanish José Zorrilla 25

Spanish poem

25

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CONCLUSIÓN

Iba ya a amanecer: imperceptible casi, un albor que aun no era luz, del monte delineaba el perfil casi invisible todavía en el cóncavo horizonte, por encima del cual iba a la hora a despuntar el sol tras de la aurora.

Nada aún en Vidiago se movía, ni había aún abierta una ventana; ni un pájaro en el nido todavía el polvo de sus plumas sacudía ensayando el cantar de la mañana: porque sin luz de sol, no hay en noviembre ave que cante ni gañán que siembre.

A través de la sombra, que no era ya negra, sino gris, mas que confusa no deja bien la forma verdadera de los objetos distinguir, acusa de su paso el rumor marcha de gente, que avanza por la oscura carretera viniendo hacia el lugar rápidamente.

Son tres, andan aprisa y hablan poco; pero algo alguna vez se les atrapa de lo que dicen: uno que en la capa se emboza mucho cual si hiciera el coco, decía: «y hoy nació si de esta escapa, que temo aún que se nos vuelva loco;» y dijo otro: «si hoy mismo para Vigo se va, que Dios le salvará presumo»; y el primero: «eso dije, y ¡fuera!, digo»; y el tercero exclamó: «si, la del humo»; y en el lugar entrando, desde luego echaron hacia casa de don Diego: y en tal plática, y tres, y allí…, es bien llano, son el cura, el doctor y el escribano.

La casa de don Diego quedó abierta, y con la prisa natural y empeño de los criados en servir al dueño en aquella ocasión, de ellos desierta: nada más las mujeres, lo que pasa sin comprender, quedaron en la casa:

Con que, en ella al entrar, del edificio los bajos y exterior, cuadra, cochera, cuanto en las dependencias del servicio por acudir la gente a la litera descuidado quedó, los tres cuidaron de volver a ordenarlo de tal modo, que no quedara rastro ni resquicio del cómo y del por qué la abandonaron horas antes: y al orden vuelto todo, la escasa y femenina servidumbre que apareció, sintiéndolos, mandaron a emprender las faenas de costumbre; y mientras esto a los tres entretenía, alboreó, saltó el sol y fué de día.

Entonces en silencio la escalera subieron todos tres; y claro era que lo que a aquella casa a hacer tornaban ya acordado traían, de manera que en lo que iban a hacer no vacilaban. Pero al subir, en su aire y movimientos, tardos éstos y aquél algo abatido, se leían sus tristes pensamientos, recelos y tal vez presentimientos por lo en aquella casa sucedido.

Y a fe que tras la escena imaginaria, fatídica, letal, maravillosa como acción de leyenda visionaria: de aquella vuelta real y misteriosa y aquel rápido fin de Mariposa, visión primero torva y funeraria, mujer viva y después fresca y hermosa, no era, en verdad, apetecible cosa el volver a la estancia solitaria do su cadáver sin guardián reposa: mas del cura, el doctor y el escribano era la obligación, aunque enojosa, la ley de oficio y el deber cristiano.

Creyente el cura, el médico curioso, y un tanto el escribano receloso, de la puerta al lindal del aposento en que estuvo Fermín, con gesto grave llegaron; y el doctor tras un momento de espera al capellán pidió la llave.

Mientras en su ancho bolso la buscaba, dijo don Blas: —Pues cosa un poco fuerte va a ser. —¿El qué? —Legalizar su muerte, de cierto sin saber dónde moraba.

El doctor, que es sabido que picaba de algo materialista y positivo, le respondió: —¡Bah, bah!, lo que de cierto hay que saber para enterrar a un muerto es que dejó de veras de estar vivo: y ésta yo la pulsé, y de que dió fondo en la mar de la vida, yo respondo. Y de manos tomándola del cura, vuelta a la llave dió en la cerradura.

Entraron: mas cerradas todavía las maderas, la pieza estaba oscura; el doctor del balcón la colgadura corrió, le abrió y entró la luz del día, y con ella en sus almas la pavura: porque, muerto ni vivo, allí no había nadie: estaba la cámara vacía, y en lugar del cadáver solitario que dejaron allí… su relicario.

¿Era verdad la tradición? ¡Quién sabe! Eso dice el recuerdo legendario, y de Dios en los juicios todo cabe.

Vidiago, 20 de noviembre de 1882.