Spanish poem
25 (A vista y casi a la…)
A vista y casi a la sombra de las cumbres del Pirene y de la costa en que viene su espuma el golfo a cuajar, levántase un monasterio al cual halagüeño arrullo dan con su doble murmullo la hojosa selva y el mar.
En este edificio, mezcla de gótico y bizantino, del Orden benedictino mora una comunidad: santas mujeres que elevan en él sus preces al cielo, guardan a Dios bajo un velo su fe y su virginidad.
A través de la espesura brotan de este asilo santo, de sus salterios el canto, de sus campanas el son, que a llevar van, de las noches en el silencio profundo, a las orgías del mundo la voz de la religión.
¿Quién sabe si el son perdido de sus vibrantes campanas en las tierras comarcanas cien crímenes evitó? Tal vez del bosque a la vera o en un desierto camino, el brazo de un asesino su son inmovilizó.
Tal vez un tenaz incrédulo o un impío agonizantes en sus últimos instantes abrieron su corazón de la fe a la poesía y a la luz de la creencia, con que llamó a su conciencia la voz de la religión.
Al abrigo de los claustros de este aislado monasterio, vino Judith el misterio que apetecía a buscar: y en él, como peregrina de largo viaje cansada, Judith aguarda hospedada a quien a él no ve llegar.
No ignora ya que su esposo busca anhelante su huella, mas al conde anhela ella antes que a su esposo ver; y aunque le ha enviado un mensaje, ni a su mensaje responde, ni ve al monasterio al conde ni al mensajero volver.
Dos días ha que la agita mal encubierta zozobra, y según razón la sobra tiempo faltándola va; si el Emperador llega antes que el conde su consejero, para el tiempo venidero ¿con qué aliado contará?
Ayo fué de su hijo Carlos: sólo él por sus intereses vió a través de los reveses porque pasó su niñez: y hoy, que su amor y su astucia hallan de igualarle traza de Hermengarda con la raza, la falta el conde tal vez.
Ni su cariño de madre, ni su destreza de esposa, la empresa audaz a que hoy osa bastarán para lograr; el bando opuesto burlado y el viejo esposo rendido aún ha menester partido en pro de su hijo allegar.
Ella, a quien dieron el solio su belleza y su fortuna, quiere de su hijo la cuna del solio a sombra poner; del lecho imperial la mancha, si es que mancha hay en su lecho, la ambición dobla en el pecho de la madre y la mujer.
Sin derechos, soberana proclamóla la nobleza y acató de su belleza los derechos al dosel: hiedra por ella plantada del trono al pie, a él se adhiere y sus retoños no quiere que arrancar intente de él.
Y al conde Bernardo espera: puso en él su confianza porque cifra la esperanza en él de su porvenir; mas huye rápido el tiempo, y según le siente que huye, su esperanza disminuye de verle a tiempo acudir.
En vano a los ajimeces se asoma de su aposento, y recorre del convento uno y otro mirador; en vano con ojo avaro tenaz y atenta escudriña en derredor la campiña: todo es calma en derredor.
Y ya ha tres días que acecha desde que el sol se levanta, cuantas sendas puede planta de hombre o de corcel pisar; mas no ve por los caminos silenciosos y desiertos, a través del bosque abiertos, viviente ser avanzar.
En vano con la abadesa y con las monjas platica, y demanda, y significa su impaciencia y su inquietud; la comunidad la muestra la solicitud más viva; pero ¿quién sabe en qué estriba la claustral solicitud?
De aquellas vírgenes cándidas la curiosidad despierta de la dama siempre alerta el mal escondido afán; y buscando en sus secretos para penetrar resquicios, tal vez sus buenos oficios a ofrecerla ansiosas van.
Judith, resuelta el incógnito a guardar mientras del conde no tenga nuevas, esconde su rango imperial tras él; mas sola contra la atenta curiosidad del convento, se la hace a cada momento más difícil su papel.
La cuarta noche… en que el viento con todo lo inmoble en guerra parecía de la tierra que iba el convento a arrancar, de su celda, allá en el fondo, creyó en la sombra vacía oír de la portería el aldabón resonar.
Imposible era en tal noche darse cuenta de los ruidos que iban rugiendo perdidos en la voz del vendaval; Judith le oía en tumulto remedar tras su ventana cuantos puede lengua humana definir con son oral.
Solamente entre los sueños de su excitada impaciencia, percepción, mas no evidencia, pudo de alguno tener: y si oyó el de los portones entre los ruidos del viento, oyó del presentimiento, no del sentido, al poder.
Amaneció el nuevo día; sereno, azul, despejado, del temporal ya pasado no hay en el cielo señal; por rosetones, ventanas, troneras y miradores tiende el sol sus resplandores por la vivienda claustral.
En extraño aposento en que un claustro remataba, y que atributos mostraba de capilla y de panteón, pues encajaba en sus losas su piedra un nicho mortuario, tenía un reclinatorio colocado en un rincón,
y, lo sacro y lo mundano barajado, un crucifijo tenía en el muro fijo junto a heráldico blasón: Judith un libro hojeaba de primorosa escritura, sin poder en su lectura fijar la imaginación.
De tal distracción sacóla el son que en el claustro mueve un paso ligero y leve que aproximándose va: mas ver no puede la forma de aquel móvil ser viviente tras del ángulo saliente que remate al claustro da.
Continuaba aproximándose quien por el claustro venía, y conforme le sentía la distancia aminorar, sentía Judith, brotando de su inquieto pensamiento, un vago presentimiento su corazón asaltar.
Dobló quien llegaba el ángulo, tornó Judith el semblante, y llegar de ella delante con muda sorpresa vió una novicia algo extraña, que costumbre no tenía de llevar bien todavía el hábito que tomó.
Un rizo de sus cabellos se escapaba de su toca: la sonrisa de su boca no expresaba santa paz: y la esbeltez de su talle que la humildad aún no encorva, y su mirada algo torva entre curiosa y audaz,
a la Emperatriz hicieron poner su espíritu alerta ante la intención incierta de aquella extraña mujer, que permaneció en silencio contemplándola un instante, cual si admirar su semblante quisiera o reconocer.
Al cabo de aquel examen profundo, mas no prolijo: «sois muy hermosa, la dijo; sí…, como una Emperatriz. ¡Qué lástima que los cielos, al daros tal hermosura, no os dieran igual ventura para que fuerais feliz!»
Judith fijó su mirada en la franca y atrevida de aquella desconocida; mas vió que del corazón la habían salido las frases con que la había expresado a su beldad y a su estado compasiva admiración.
Creyó, pues, que aquella joven melancólica y sincera víctima arrastrada era sin vocación al altar; y que creyéndola víctima como ella, al verla tan bella, sentía verla con ella venirse en vida a enterrar.
Y sus ojos de hito en hito clavados en el semblante de la virgen que delante de ella inmoble y muda está, la dijo: «A mí no me arrastran con vos a vuestra clausura: yo espero aquí mi ventura; de fuera mi bien vendrá.»
La monja, con aire incrédulo, sonriendo con tristeza e imprimiendo a su cabeza negativa oscilación, dijo: «Os engañan, señora; de fuera no vendrá nada que a las dos una estocada no nos dé en el corazón.»
Alzóse, Judith, atónita, recelosa y prevenida contra esta desconocida presagiadora de mal; mas la novicia, que de ella sus tristes ojos no quita, trabó, con una infinita dulzura, plática tal:
–«Emperatriz fugitiva, mal querida y mal casada, y como todas burlada por la ambición y el amor, oídme, y ojalá pongan mis frases en nuestra mano un remedio soberano de nuestro mutuo dolor.
¡Ojalá que la calumnia sobre vuestro honor se cierna, y a una desventura eterna escaparemos las dos!
–¡Me amedrentáis!… ¿Quién os dijo quién era yo? –¿Quién, señora? ¡El afán que me devora, el amor…, los celos…, Dios!
–¡Dios…, celos…, amor! Doncella singular, si no estáis loca, temo, ¡ay de mí!, que en la boca traéis por lengua un puñal!
–No, Emperatriz, no le traigo por lengua, sino en el alma clavado. Oídme con calma, que estoy en juicio cabal.»
Sentóse Judith, ansiosa de oír a aquel ser extraño: la novicia en un escaño cerca de ella se sentó; y el reclinatorio entre ambas para acodarse teniendo, así la monja diciendo su relación empezó: