Spanish poem
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No hay aquí nada nuevo; nada he dicho, que otros antes que yo no hayan probado, y por sabido ya no esté olvidado; ni por oposición o por capricho plantar una verdad como en un nicho de un elevado altar, se me ha antojado.
Ya estoy loco, y de loco son mis juicios; mas no teniendo bando ni bandera, de ninguno esperando beneficios, porque ni nada fuí en mi edad primera, ni tengo de ser nada hasta que muera, recojo la verdad donde la encuentro, la consigno cual es, la dejo entera, y no la desencajo de su centro. La ciencia de hoy a los conventos debe los ricos manantiales en que bebe; y los pueblos, por Cristo libres hechos, el conocer le deben sus derechos.
Es un punto de historia, en que no caben dudas, ni aun a Voltaire, y que hoy en día hasta los chicos de la escuela saben.
Pero ¿por qué (preguntará algún cuerdo) hace ahora este loco tal recuerdo? ¿Por qué este punto de la antigua historia trae en este momento a la memoria?
Porque (a más de que debe, en cortesía, y de que es el lugar donde ir debía en la revista del linaje humano) cumple a la generosa poesía, al que rendido cae, tender la mano.
Y hablemos con franqueza e hidalguía: al secarse la flor, ¿justo sería al jardinero castigar que el grano de su semilla verde sembró un día? Porque los monjes que hoy se hayan perdido por inutilidad o por abuso, ¿es justo al que por regla les impuso hacer al mundo bien, dar al olvido? Porque ya nuestra capa gastó el uso, y sus jirones hoy el viento arrastre, ¿es justo una paliza dar al sastre que de nueva en los hombros nos la puso?
El que diga que sí, sabrá bien poco, y probará no más que es un iluso, y que es mucho más tonto, que yo loco.
De todos estos datos, en conciencia, sacando alguna clara consecuencia, quiere decir, en puro castellano: que con la caridad el cristianismo rescató al infeliz género humano de esclavitud, barbarie y servilismo, bases inicuas del poder romano.
Quiere decir que, diques oponiendo de la fuerza brutal a la violencia con el santo poder de su creencia, fué ante la fuerza bruta estableciendo su noble tribunal la inteligencia.
Quiere decir que el hombre inteligente, el que podía ser de algún provecho, tierra empezó a ganar sobre el valiente; esto es: osó oponerse noblemente al poder de los puños, el derecho.
Quiere decir (si en el busilis toco) que Cristo, al imponerse la molestia de ir instalando en paz al mundo loco, con paciencia, razones y modestia, su razón fué alumbrando poco a poco, y empezó a ser el hombre menos bestia.
Quiere decir que Cristo, a los humanos al inculcar sus leyes fraternales, y a los hijos de Adán haciendo hermanos y ante el altar y la justicia iguales, puso coto al poder de los tiranos y al pueblo en sus derechos naturales; esto es: vino a traer, si bien me fundo, la libertad y la igualdad al mundo.
Mas ¿la raza de Adán tomó el consejo pacífico de Cristo? ¿Los mortales fueron desde su edad libres e iguales? ¿Fué el tiempo nuevo superior al viejo? No. Siguieron los hombres, tan brutales como siempre, rompiéndose el pellejo en pendencias y guerras desastrosas, y cambiaron los nombres, no las cosas.
Desde aquí no son ya los altaneros romanos los que turban las naciones, ni del Norte los bárbaros guerreros; pero empiezan las guerras religiosas y se arman los cristianos caballeros.
Dios hizo al hombre noble, inteligente, y le dió la razón para que fuera superior a la bestia y a la fiera; mas el hombre enmendó al Omnipotente, y opinando por sí de otra manera, al ver que Dios le dió cabeza y brazos, para hallar su razón, hace pedazos las leyes que le dió naturaleza, y se abre la cabeza a puñetazos, para ver si la tiene en la cabeza.
Continuemos siguiéndole la pista, y sigamos del mundo la revista.