Versos Spanish José Zorrilla 23 (Pasó aquel y el otro día)

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23 (Pasó aquel y el otro día)

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Pasó aquel y el otro día: pasó Fermín uno en cama; y el ver que lo que tenía decir a nadie quería, de todos la atención llama.

Quísole el doctor pulsar, y hablarle a solas el cura: mas fué inútil porfiar, él no quiso confesar pecado ni calentura.

La tercera noche, estando los cinco de sobremesa, así diálogo entablando con su padre, y así dando a los cinco gran sorpresa, dijo Fermín: –Me voy.

D. DIEGO. ¿Cuándo? FERMÍN. Mañana. D. DIEGO. ¿Por qué tal priesa? FER. No quiero estar aquí más. D. DIEGO. Pero, ¿por qué? FER. Porque no. D. DIEGO. Pero, ¿tan mal aquí estás? FER. Muy mal. D.DIEGO. Pero, ¿a dónde vas y por qué así? FER. ¡Qué sé yo! mas he de irme sin remedio de aquí. D. DIEGO. Pues ¿qué te da tedio aquí? ¿Es el país? ¿La gente…, yo? FER. Nadie absolutamente: mas me voy. D. DIEGO. Pero, ¿no hay medio de enmendar lo que te enoja, de apartar lo que te estorbe? FER. Padre, doblemos la hoja: no es causa que está en el orbe. D.DIEGO. ¡Dios! FER. Él es. D. DIEGO. ¿Quién es? FER. No sé: pero me ahuyenta de aquí, y aquí jamás volveré: y es… ¡que no sé dónde iré que no venga tras de mí!

Y sin pasar adelante ni dar datos más exactos, Fermín se cubrió el semblante: quedando ante él, un instante, los demás estupefactos.

Pero todos consolándole a porfía y apremiándole para que hablara, así, al fin, a los cuatro, que escuchándole callaban, dijo Fermín:

«Llegando junto al bufón distraído antes de ayer, oí que en el socavón entonaba su canción la voz de… aquella mujer.» —Alucinación mental, dijo el médico. —¡Misterio!, dijo el cura. —Oíste mal, dijo don Diego. —No tal, dijo Fermín: y muy serio dijo don Blas: —Lo fatal es que en ningún cementerio tiene nicho sepulcral.

A esta observación siniestra que estremeció a los demás, dijo el doctor: —¿Quién demuestra que no es aberración vuestra? Y Fermín dijo: —Es que hay más. —¡Más!, dijeron a la vez todos: y echaron la mano a su copa de Jerez, el primero el escribano y tras él todos. —¡Pardiez!,

exclamó el médico, que era un poco materialista, y que fué en su edad primera militar y calavera y muy bravo y muy bromista:

¡Pardiez!, ahoguemos en vino toda la superstición que tenga en su corazón cada cual, y no de tino nos saque una aberración.

Fermín bien puede afirmar que oyó su voz, y en conciencia creerlo; pero la ciencia sabe que puede turbar la pasión su inteligencia,

y curarle es mi deber, si adolece. —Sí, doctor; dijo Fermín; si eso hacer podéis, me haréis el mayor bien: mas no vais a poder.

—Lo veremos; mas bebamos: bebed, Fermín, también vos. Y dijo el cura: —Seamos cristianos buenos, y oigamos con fe en la ciencia y en Dios.

Bebieron, pero discretos, como quien muy sobre sí quiere estar y los objetos ver bien; y atentos y quietos todos, Fermín habló así:

«Mi repentina partida obedece a una razón, que por la mía perdida no puede ser comprendida, mas sí por mi corazón.

Oíd sin interrumpir. Ya van dos noches que al ir a acostarme, en cuanto dejo la bujía ante el espejo, aquel grande de vestir,

comienzo a oír su cantar, y comienza a aparecer poco a poco y a crecer tras del cristal y saltar fuera de él… una mujer.

¡Ella, sí!, viene trayendo, de su canto al triste son, su relicario; y entiendo que viene por él pidiendo la cruz de su redención. —¿Muerta o viva? —No lo puedo dudar: muerta. ¿Quién la evoca? No lo sé: yo retrocedo ante ella, y ella me toca aquí el pecho con un dedo.

Le siento y me aterroriza: que el cabello se me eriza siento y que un frío glacial la vida me paraliza, y caigo en sopor letal.

No sé más; en mí al volver, mientras que recobro el ser, allá en el cerebro hueco aún del cantar siento el eco, mas no hallo ya a la mujer.»

Fermín calló, y cada cual al caso aplicó el criterio que tenía, bien o mal. —Alucinación mental, repitió el doctor. —Misterio!, repitió el cura. —¡Fatal signo es, repitió muy serio don Blas, ver el cementerio sin su nicho sepulcral. Y quedó bajo el imperio de la duda cuestión tal; y ¿quién sabe en qué hemisferio tendrá solución final?

Tras el relato aflictivo, por un intervalo corto cada cual, no sin motivo, quedó mustio y pensativo y de lo escuchado absorto.

Fermín, apenado y mudo, de aquella consulta espera contra pesar tan agudo un consejo concienzudo, un lenitivo cualquiera.

Don Diego permanecía afligido y cabizbajo: el ceño el doctor fruncía, y su inquietud contenía don Blas con mucho trabajo.

El cura, cristiano viejo, que cree en Dios a pies juntillas, sobre aquello del espejo a Dios le pide consejo mirando al cielo a hurtadillas.

El doctor, interrumpiendo de todos las reflexiones y las suyas resumiendo, dijo, por fin, exponiendo su opinión, estas razones:

«Por un repentino quiebro dado por el corazón, se ha efectuado en el cerebro sensible perturbación. Hay una alucinación que desde él a la retina pasa y que la determina acción que del alma viene; mas para el alma no tiene remedios la medicina.

Por esta noche, dormir; don Gil y yo velaremos aquí; y mientras aquí estemos, la mujer no ha de venir. La decisión de partir mañana es buena: mudar lo más pronto de lugar; y pues allá está el deber: ¡al mar!, porque esa mujer se ve que no pasa el mar.

Bebed y brindad, Fermín, por la de allá y por los hijos; si los pensamientos fijos tenéis allá… aquí dió fin. Bebed un poco: el magín necesita algún vigor, y el estómago calor contra la debilidad que exalta la idealidad; con que… ¡al mar el viejo amor!

Así habló el doctor Eguía y apuró la copa entera; y mientras Fermín bebía otra de añejo madera, le miraba y sonreía;

y por su anterior monólogo, se ve que era un buen fisiólogo y hombre de mundo y de práctica: mas el cura, que es buen teólogo, le secundó con más táctica. Fuése a Fermín y le dijo con cariño: «Fermín, hijo, el doctor dice muy bien: mas confía en Dios también, que es lo primero y lo fijo.

Oye: pues eso que ves, ser o visión, te le ofrece, que la tomes me parece su relicario y la des tu cruz; mas bueno es que estés muy sobre ti; si es palpable realidad, ásela y que hable; si es fantasma, es imposible que pueda prenda tangible traerte un ente impalpable.

Si es cierta la tradición y es su alma, en cambiando prenda se irá: pero a que se venda fuérzala si no es visión. Realidad, pues, o ilusión de extravío cerebral, ten fe y a su encuentro sal; porque diabólico o santo, hay que romper el encanto de esa aparición fatal.

Vamos, Fermín, hijo mío: entra en tu aposento ahora y por un rato, una hora, busca un entretenimiento: no te acuestes al momento, lee… o escribe a tu mujer frente al espejo: si el ser te se aparece, la puerta no cierres; desde aquí, alerta, nosotros… la hemos de ver. ¿Te avienes a esto?

FERMÍN. Me avengo. EL CURA. Pues en Dios tu fe coloca. ¿Tienes tu cruz? FER. Sí la tengo. EL CURA. ¿Dónde? FER. Aquí. EL CURA. ¿Donde te toca su dedo? FER. Sí. EL CURA. Pues me atengo a Dios y a la tradición. FER. ¡Creéis que es… EL CURA. Ten corazón: aunque sea, en cuanto tienda la mano, cambia de prenda: fe rota, rota la unión.»

Y mientras esto decía y al cuarto a Fermín llevaba, el doctor les escuchaba y oyéndolos sonreía. El médico en Dios creía, pero no en la tradición; y a que era alucinación y no visión atenido, decía: «¡Bah!», una vez ido él… ¿quién piensa en tal visión?