Versos Spanish José Zorrilla 22 (En un bello lugar de Andalucía)

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22 (En un bello lugar de Andalucía)

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En un bello lugar de Andalucía, Cuyo nombre saber no importa nada Pero que está entre Córdoba y Granada Hace muy pocos años existía Una antigua familia de Rosales, Hacendados y nobles, de los cuales Mucho crecido la progenie había. Algunos en negocios comerciales Habían engrosado sus caudales; Y otros, por ostentar bizarro porte, Cercenado los suyos en la Corte: Todos eran no obstante caballeros; Y aunque unos eran pobres y otros ricos, De una familia histórica herederos, Los grandes y los ricos a banqueros Llegaron, y los pobres y los chicos No tenían su hacienda entre usureros Ni debían a sastres ni a tenderos Ruin cantidad en vergonzosos picos. Era, pues, la familia de Rosales, Partida en dos ramales De ricos y de pobres, una raza Cuya firma con crédito en plaza Corría, y en los círculos sociales Eran bien recibidos en persona: Porque al que de ellos no le abona el oro En el mercado, en sociedad le abona Su digna rectitud y su decoro. La historia de esta raza era un misterio: La tradición entre ellos suponía Que fundado la había Una Rosa, heredera de un imperio: Mas la verdad de semejante evento Bien ni por ellos mismos se sabía; Historia o tradición, era ya un cuento Que amparó en su región la poesía. Y como de esta tradición o historia La narración tiempo ha que llevo escrita, No hay para que traerla a la memoria, Porque de ella la de hoy no necesita. Mas de su historia o tradición quedaba En aquella familia una costumbre, Que de esta descendencia Cada rama en las suyas conservaba A la pasada edad por deferencia, Lo mismo la que había hasta la cumbre Llegado del poder y la riqueza, Que la que vegetaba en la pobreza: Y he aquí la costumbre que tenían: Por yo no sé qué votos, o qué leyes, Que ya de atrás impuestas les venían Por su generación, como los reyes Unos con otros siempre contraían Lazo matrimonial: y al bautizarlos, Por una pertinacia caprichosa Todas las hembras se llamaban Rosa, Y todos los varones eran Carlos. Mientras que fue su descendencia escasa, No fue difícil cosa Nombrar y distinguir personalmente Los Carlos y las Rosas, entre gente Que de pequeño número se pasa: Mas cuando la familia se fue haciendo Cada generación más numerosa, Y se fueron sin fin subdividiendo, Y con nueva familia en nueva casa Separando a su vez y estableciendo Se fueron uno y otro matrimonio, Imposible fue ya diferenciarlos; Y cuando era preciso, Para cualquier negociación citarlos, Era una algarabía del demonio Y se hallaba el más diestro en compromiso Metido entre las Rosas y los Carlos. Esta costumbre, que por ley, o voto, Se les impuso en tiempo muy remoto, No falta quien pretenda Que por razón de sucesión y hacienda, Al fin se había atropellado y roto Por algunos Rosales De la generación de esta leyenda: Y entre los individuos de ella actuales Había ya un Don Juan, cuya fortuna Estaba con gran éxito empeñada En brillantes negocios comerciales, Y un Don Gil, maestrante de Granada En el pueblo de que eran naturales, Cuyo nombre saber no importa nada.

Y aquí creo, lector, que es oportuna La ocasión para darte unos precisos Detalles personales, Claros como concisos De los Carlos y Rosas principales, Mis héroes actuales, Para evitarnos luego compromisos Con personajes tales, Y no perdernos hoy, por mi torpeza, En este laberinto de Rosales.

El Don Gil era viejo, y la cabeza De la familia: por lo cual moraba En el palacio antiguo en que arraigaba El antiguo solar de su nobleza: Mas, aunque su palacio conservaba, Empezaba a caer en la pobreza. Por una de esas muchas bizarrías Que se han visto y verán todos los días, Este Don Gil, admirador sincero Del capricho tenaz de su prosapia Y de su nombre y timbres heredero, De todos los Rosales fue el primero Que se echó al otro lado de la tapia: Y encontrando estrambótica y molesta Esta costumbre a su familia impuesta De usar sin variedad nombres iguales Con mengua manifiesta Y desprecio de todos los Rosales, Sin dársele un ardite de enojarlos, Por el nombre de Gil cambió el de Carlos. Es verdad que entre todos Los de familia tal no hubo ninguno De carácter más hosco e importuno, De peor genio ni peores modos. Aunque noble en el fondo y caballero, Falto de educación y mal criado, No habiendo sido nunca coartado, Era en su forma bárbaro y grosero. Tuvo en su juventud muchos amigos Con quienes malgastó tiempo y dinero; Mas, tenaz, agresivo y altanero Se les cambió uno a uno en enemigos; Y colérico al fin y pendenciero, Por las causas más leves, Paró con todos en cruzar su acero. Dos de ellos con razón, mas con villanos Procederes aleves, Una noche por celos femeniles Ambos con él vinieron a las manos; Mas no fue el ser hermanos Razón bastante para ser tan viles. El que iba detrás de él, desprevenido Le cogió por la espalda, y por el talle La espada atravesándole, tendido Le dejaron y exánime en la calle. Don Gil por la justicia recogido Logró sanar: pero quedó impedido Para usar las armas. En su abono Tuvo D. Gil notable circunstancia, Y fue que al agresor no guardó encono; Y porque aquel traidor jamás se halle, Se negó con estoica arrogancia A dar sobre él ni seña ni detalle. “Si manos y poder Dios me dejara, (Dijo en una ocasión con aire fiero) “Yo le hubiera obligado cara a cara “A batirse y morir cual caballero; “Mas pues Dios me lo veda y lo prohíbe, “La venganza que mi alma a Dios le cede “A juez humano encomendar no quiero; “Que viva con su crimen, si es que vive, “Y que muera tranquilo, si es que puede.”

Don Gil casó con hembra de su raza Siguiendo de su estirpe la costumbre: Mas para ser feliz, no se dio traza Soltero ni casado; El vivió renegando de su estado, Y henchida su mujer de pesadumbre Llorando a solas su menguada suerte, Al cabo de diez años de pesares Entró en su alcoba a desatar la muerte El lazo que ató Dios en los altares. Quedó viudo Don Gil con una niña, Y su mansión encomendó a una hermana Que, tan hosca como él, la casa aliña, Pero jamás se atrae ni se encariña Con ser alguno de la raza humana. Don Gil, que cada vez más caprichudo Y más en sus caprichos testarudo, De alma a la vez incrédula y devota, A veces reza y a las veces vota Y la paciencia universal agota Con la impaciencia de su humor sañudo, Mas se malhumoraba cada día, Porque a veces sufría Rudos ataques de emperrada gota; Y como en sus adentros preveía, Viendo a menos venir su hacienda escasa, La época cada vez menos remota De la ruina completa de su casa, Se despertaba a veces insufrible En su genio violento e irascible. Su hija, que era una niña muy graciosa, Que por supuesto se llamaba Rosa, Se fue desarrollando gradualmente Y haciéndose mujer, no muy hermosa Como hasta aquí lo han sido eternamente Todas las heroínas de novela, Sino de mucha gracia y atractivo, De genio dulce y de talento vivo: Cuya alma cariñosa se revela En su semblante móvil y expresivo. No podía aplicarse a su persona El título de bella: su hermosura Consistía en su gracia, en la dulzura Y en el decoro casto que la abona, En un aire celeste en que la inunda Su virtud, y que nunca la abandona: De sí misma exhalado, la circunda Cual la luz que los ángeles corona. Mas al citar su gracia, no se crea Que es decir por decir, porque era fea, Y que al decir de Rosa Que es buena y es graciosa, Es porque fea no hay quien no lo sea: Al contrario, de Rosa la figura Atraía la vista como hermosa; Mas, bien vista, era escasa de hermosura: Sus ojos eran grandes, cristalinos, Como los de la corza y la gacela; Su frente tersa, sus cabellos finos, Su piel sin pecas, nacarada y lisa; Su dentadura igual, limpia y enana, Su voz plateada, dulce su sonrisa, Sus labios de carmín, su boca sana, Pequeña y suave su rosada mano, Y su pié tan pequeño Que, a no ser andaluz, por su paisano Le pudiera tomar un mejicano. Y sin embargo Rosa, A pesar de estas gracias y estos dones, No podía decirse que era hermosa. Faltaba a su figura Desarrollo y vigor, a su estatura Tamaño, y perfección a sus facciones.

Tales eran las gracias corporales De la segunda Rosa, De mis dos Roas y mis dos Rosales: De sus dotes morales Nos resta prevenir muy poca cosa: La narración las dejará cabales, Su alma sin hiel, su corazón ardiente Percibe que en su centro Se desarrolla una pasión naciente, Cuyo fecundo germen lleva dentro: Su corazón por eso, de ella herido, Siente tan susceptible De impresiones que hasta hoy nunca ha sentido Y está tan exaltado, tan sensible, Que a la emoción más leve comprimido, Sube desde él a helar sus labios rojos Un frío que jamás se le ha invadido, Y una caliente lágrima a sus ojos. Sensible, apasionada, fiel, paciente, Nació la triste Rosa de mi cuento Para ser infeliz perpetuamente. Dios al mundo la envió por un momento Para dar a la tierra corrompida Su cuerpo débil, al amor su vida, Su fe a Dios, y su alma al firmamento. Rosa era con su padre complaciente, Cariñosa, sumisa y obediente; Le servía ligera como el viento, Y le cogía al vuelo el pensamiento: Don Gil, aunque la amaba ciegamente, La daba con su amor siempre tormento; Ella era quien pagaba sus enojos, La que aguantaba sus amargos dichos, La que satisfacía sus antojos: La víctima infeliz de sus caprichos. Esta Rosa era en fin, rosa entre abrojos; Mas la espina más honda que esta Rosa En su apenado corazón tenía Clavada, era una tía Vieja, fea, soltera y envidiosa, Que la quería mal porque era hermosa, O al menos todo el mundo lo decía, Y porque con afán poco cristiano Deseaba la hacienda de su hermano. De esto se ve en el mundo cada día. La tía se llamó en sus verdes años Rosa también: mas viéndose ya vieja, Y lleno el corazón de desengaños, Se llegó a convencer de que no hacía Con su virginidad un poco añeja Un nombre tan gentil buena pareja: Y de don Gil siguiendo los extraños Modos cambió de Rosa en Rosalía. Mas como nunca en los lugares falta Murmuración y crítica, y en todos Por diferentes modos Desde la más humilde a la más alta Persona del lugar recibe apodo No era aborto del vulgo: otro tenía, De quien no hemos hablado todavía, La mayor parte en él, cuando no el todo. Sabrás pues ¡oh lector! que su autor era Un mozo muy galán y de talento; Pues de no ser así nunca pudiera Ser, como lo es, el héroe de mi cuento. Como en la historia de él la mía estriba Bueno será que yo te le presente, Y que en seguida de la de él te cuente La mía; o, mejor dicho, te la escriba. Y como este mancebo no es un hongo Que nace de por sí, y es evidente Que aunque sea en las pampas, o en el Congo, Ha debido tener padre, o pariente, Es justo que subamos más arriba, Y que sepamos algo de la gente Noble o plebeya de la cual deriva. Preciso es confesar de cualquier modo Que esta manera clásica y pesada De contar es, lector, la verdadera, Que todas las demás no alzan un codo De esta en comparación, ni valen nada; Porque aunque es infantil, impertinente, Y soñolienta, al fin es la manera Que está por la Academia sancionada; Y la Academia al fin lo sabe todo Porque es sin duda alguna omnisapiente. Así que yo, que en su saber me fundo, Y que debo tener por la Academia Un respeto muy cándido y profundo, Pues no temo decir una blasfemia Que en el reino de Dios entrar me impida Diciendo que por ser un vagabundo He tenido el placer de ser en vida El solo ex-académico del mundo, Me he resuelto a tomar sus buenos modos Para escribir desde hoy mis libros todos. ¿Dónde hay cosa más lógica, y que pruebe Mejor educación, ya que no sea La de más interés, ni la más breve, Que empezar una historia, ante quien lea Presentando por orden, uno a uno, Los personajes de ella, y a su vista, Haciéndoles formar como en revista, Irlos citando sin dejar ninguno? No hay método mejor: a él me acomodo: Y desde hoy a partir a él me suscribo. ¡Mal año para mí si de otro modo Lo que haya de escribir jamás escribo! Adoptado ya, pues, tan buen estilo, En la clásica forma, de mi cuento Vuelvo a anudar, lector, el roto hilo, Y a Don Carlos Rosales te presento.

Era su pare de Don Gil hermano: Mas como no tenía muchos reales A dinero redujo sus caudales Y pasó al Continente Americano. Dio en Lima, y en negocios comerciales Haciendo asociación con un Limeño Les sopló la fortuna muy en breve. Trabajando con honra y con empeño De un rico capital se encontró dueño: Mas nadie en la fortuna fiar debe. Tenía aquel Rosales solo un hijo: Al verse con dinero Se acordó de su estirpe, y como noble Quiso tener un hijo caballero. En educarle puso afán prolijo Y por lograr su afán sobre un velero Bergantín le envió a Europa: privilegio Del gobierno sacó, como extranjero, Y de la corte de la culta Francia Obtuvo plaza en el mejor colegio: Con que pudo decir con la arrogancia Del hombre rico y de nobleza rancia Que de París y su instituto regio Saldría su hijo un hombre de importancia. Su esperanza era justa; porque el hijo, Que se llamaba Carlos, por supuesto, En los principios de su padre fijo, Y de su padre a secundar dispuesto La noble y justa pretensión, se dijo: “Salir de este país sin hacerme hombre “De importancia en el mío, y de provecho, “Será, además de mancillar mi nombre, “No tener corazón dentro del pecho.” El mozo era tenaz, y el que con brío, Con fe, constancia y juventud se empeña En la empresa más ardua, la domeña: Y así lo hizo el galán del cuento mío. Estudió con fervor y con constancia, Y en siete años que allí duró su estancia, Cercenando horas del placer y el sueño, En el colegio principal de Francia Dejó con honra el pabellón Limeño. Mas he aquí de la suerte la inconstancia: Cuando faltaban, nada más, dos años Para tener su educación completa, Y salir hombre al mundo, por extraños Sucesos vino a desatarse el nudo Con que tenía al parecer sujeta De la fortuna ruin la rueda inquieta. ¡Para la suya fue golpe muy rudo!

Su padre por desfalcos mercantiles Causados en su hacienda Por las guerras civiles Del Perú, en la política contienda Víctima inerme de enemigos viles, Tuvo su haber que presentar en prenda De un capital no habido, y reclamado Por un amigo infiel como prestado: Metido al fin por él en un litigio, Aunque salió el contrario condenado, Él no halló entre las cuentas del juzgado De capital ni réditos vestigio: Todo la hambrienta ley lo había tragado. El infeliz murió desesperado En el Callao de Lima sin herencia Que dejar a su hijo, el cual en Francia Se creía los frutos de la ciencia Pronto a alcanzar, saliendo a la existencia De hombre con mucho honor casi en la infancia; Pues cuando sucedía Esta legal tragedia allá en su casa La edad del joven Carlos rayaría En su veintiuna primavera escasa. Don Gil, que a la verdad lo que tenía No era mal corazón, sino mal genio, Lloró la muerte de su hermano en Lima Porque era él a quien tuvo en más estima, Y al saber que del huérfano el ingenio Dar ofrecía una cosecha opima, Como supo mejor tendió la mano Al hijo de su hermano, Y el cargo del sobrino se echó encima. No le pesó: Don Carlos era un mozo A quien apenas apuntaba el bozo, Mas le hizo Dios de suyo caballero, De recto juicio y corazón entero: Y contra lo que justo cree no hay fuerza Que la indomable voluntad le tuerza. Vio que su dignidad no permitía Que en el colegio continuara un día Más, sin haber sus cuotas satisfecho; Y aunque favor al rey pedir podía, Seguro de que airoso quedaría, no quiso: y renunciando a su derecho, Y al porvenir brillante que tenía, Su profundo pesar guardó en el pecho Y se vino en silencio a Andalucía. Rudo fue el cambio, mas con bien fue hecho. El mozo al encontrarse con su tío Ganó su voluntad con su despejo. Carlos en su exterior era algo frío; Mas al pasar desde París del viejo Gotoso al destruido castillejo, Solitario y sombrío, Se portó como un hombre de talento Siempre a su tío a complacer atento. Y siempre procurando Manifestarse a sus antojos blando, Y mostrar al favor que de él recibe Noble agradecimiento; No servil sus caprichos adulando, Sino con digna lealtad probando Que sabe bien que por su tío vive. Desde el primer momento En que llegó a su casa se hizo cargo De su difícil posición en ella: Mas no necesitó tiempo muy largo Para sondar los varios caracteres: El tío regañón, la prima bella, La tía avara… se orientó de todo, Y resolvió estudiar el mejor modo De conjurar allí su mala estrella Con aquel ogro y con las dos mujeres. No le costó en verdad mucho trabajo Con la brillante educación que trajo De Francia: su instrucción, su alma severa, La simpatía universal captáronle Muy pronto, y todos necesario halláronle Para alegrar su soledad y pena: Y pronto la mansión cambió de escena, Pues pronto, como dicen vulgarmente, Don Carlos la volvió de arriba abajo: Del viejo tío la atención se atrajo Con su social conversación amena: Compañía le dio continuamente, Sus enojos continuos evitando Con su continua distracción: la tía Se pagó de la atenta deferencia De su galante y liberal sobrino, Y moderó su avara impertinencia Ante la gravedad y la decencia Del noble mozo que de Francia vino. Rosa, en su compañero de paciencia Hallando un auxiliar tan poderoso, Vio ya lucir más claro su destino: Todo en fin en la casa del gotoso Comenzó a entrar en calma y en reposo, Entrando todos en mejor camino. Carlos compró un mediano Y barato piano Que al irse del lugar vendió un vecino, Y empezaron las noches a pasarse Un tanto entretenidas: Rosa-Seca A Don Carlos franqueó la biblioteca, Que diez años pasó sin ventilarse, Y de cuyos estantes y cajones Eran únicos dueños los ratones. Don Carlos, sus estantes registrando, Halló infolios y viejos pergaminos Con algunas curiosas narraciones De historias del país y tradiciones; Y empezaron de noche a deleitarse Con lecturas de cuentos peregrinos; Y más tarde empezaron a acostarse, Y otra vida a llevar más apacible Que la que procurado les había El humor irascible Del tío, y las cuestiones de la tía Sobre su miserable economía. Tomó pues su existencia un nuevo sesgo Que un porvenir tranquilo parecía Augurar: solamente se corría En tan feliz transformación un riesgo.

Este Don Carlos tan gentil, tan grave, Amable tan sin par, nacido en Lima, Y educado en París, hijo del clima Ardiente de la América, y que sabe Cuanto en sus años juveniles cabe; Tan lleno de entusiasta idealismo, A quien tan fiero corazón anima, Que con tan honda fe fía en sí mismo, Que tiene ya, aunque huérfano y tan joven, Ideas tan seguras y tan latas Del mundo; que de Schubert y Beethoven De Kálbrenner y Litz toca sonatas Que en siete lenguas habla y en tres rima; Que, siendo bachiller en ciencias y artes, Y profesor de equitación y esgrima, Puede hablar y lucir en todas partes, Y conquistarse universal estima, Este intruso sultán que en un estío Pudo hacer que en el alma de su tío Nuevo carácter su presencia imprima, Que se hizo respetar con su aire frío De su avarienta tía, y nuevo sesgo Dando a las cosas de la casa, intima Con todos a la vez, ¿no corre el riesgo De deslumbrar el alma de su prima, Y de inspirarla una pasión de fuego Que puede solo Dios apagar luego?

Yo no lo sé: mas la leyenda mía Sin este amor leyenda no sería.