Versos Spanish José Zorrilla 22

Spanish poem

22

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Era la hora de nona: del castillo doraba el sol las altaneras torres con luz que la calígine enturbiaba según se iba inclinando al horizonte. Genoveva buscando en los adarves el calor de sus rayos bienhechores, hacia el llano tendía melancólica la vista por encima de los bosques. Delirios de esperanzas halagüeñas, quimeras de amorosas ilusiones, deliciosos recuerdos…, los mil sueños que pueblan el edén de los amores, del vacío en los ámbitos azules nacían y expiraban a montones delante de sus ojos, y volvían a nacer y a expirar, cual los vapores que hace brotar el sol de haz del lago, y cuyas manchas pálidas y móviles apenas en el aire se dibujan las disipa voraz o las absorbe.

Tristezas vagas del amor que espera, que halagáis sin cesar sus ilusiones; presentimientos vagos, que a quien ama sin causa sin cesar tenéis insomne; inquietudes quiméricas, que a veces agitáis los amantes corazones cual gritos de un instinto misterioso que en la alma Dios de los amantes pone; vuestro ser, vuestro origen y el impulso que os excita en sus almas, ¿quién conoce? ¡Misterios de la vida del espíritu que, viviendo, jamás sondará el hombre! ¡Turba invisible de átomos dañinos que, del mal venidero precursores, en derredor de Genoveva hierven y a su alma dan incomprensibles voces! Como a una garza hacia la cual, dormida mirándola en la cúspide de un monte, por sus opuestas faldas se aproximan, acechándola al par, dos cazadores, así de Genoveva la ventura amenazan a un tiempo dos traiciones, que por diversas vías se la acercan para asestarle al corazón dos golpes.

Por bajo de la tierra, como gnomos que un cataclismo terrenal disponen, Ayzón y el viejo sótanos y cuevas, al castillo acercándose, recorren. Los macizos canceles, que franquean complicados, difíciles resortes; las palancas ocultas con que logran peñas mover al parecer inmóviles; los puentes que a su paso forman fáciles, recios y formidables murallones, y que hacen el camino inaccesible al que su oculto mecanismo ignore, ceden ante los dos, el paso abriéndoles a la morada señorial en donde concibe Genoveva alucinada una de sus más dulces ilusiones.

Allá a lo lejos, la espesura hendiendo de la maleza virgen, que ya rompe ancho camino que al castillo le abre desde que el hacha se le abrió del conde, a través de los árboles sin hojas vió salir de la selva un bulto móvil, que al castillo acercábase cruzando la superficie escueta de un desmonte. Conforme va acortando la distancia, sus formas Genoveva reconoce; es un jinete que resuelto avanza de la calzada entre la hilera doble de árboles, a través de cuyos palos vienen su vista a herir los resplandores de los dobles pedazos de armadura que jinete y corcel al sol exponen. Avanza: lo tupido de los árboles a trechos a la vista se le esconde; mas al tomar, dejando la alameda, del lago azul el descubierto borde, mostrándose el que llega, de la dama la mirada voraz reconocióle. Del conde trae en el broquel y el traje el escudo, la empresa y los colores. Es su paje Wifredo, que al castillo llegando va de su corcel al trote, de cuyos recios cascos Genoveva con íntimo placer los pasos oye.

Mas mientras ella con deleite cuenta los del caballo del doncel del conde, no siente los de Ayzón y los del viejo cruzar los subterráneos corredores. Según el paje por la cuesta, ellos suben por los ocultos caracoles de las minas recónditas, y arriban a un tiempo al pie de las macizas torres. Y cuando aquél se presentó ante el puente, en uno de los patios interiores de un cubo lateral en el postigo Ayzón detrás del viejo presentóse. Genoveva, que una alta celosía abrió a Wifredo para ver, hallóles aguardando al doncel, a quien sintieron venir de las defensas exteriores. Entró el paje en el patio, y hacia el viejo que le tendió las manos dirigióse; él con su indiferencia acostumbrada, mas sin ceño, besárselas dejóle. Contempló al mozo Ayzón, mientras cruzaban el viejo y él brevísimas razones, tras las cuales el paje al aposento de la impaciente dama encaminóse. –«¿Quién es ese mancebo?, dijo el godo. –Su paje. –¡De Bernardo! –No te azores: las cartas que le trae son hojas secas; tú soplarás sobre ellas esta noche.»