Spanish poem
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Llena al fin de su enojo la medida, Abrió el Señor la urna en que atesora De las naciones la acotada vida: De ella arrojó la de la estirpe mora, Y al caer en la nada desprendida De su mano, con voz imperadora Dijo Dios á Isabel: «He aquí tu día: Parte, rayo de fé: tu empresa es mía.»
Y por el fuego de la fé abrasada, Por la celeste mano compelida. Los brazos Isabel tendió á Granada, Que por sus brazos se sintió ceñida Con angustia mortal: y al punto armada Y con el sayo de la cruz vestida, Aparición marcial salió á campaña La fé invocando y el honor de España.
A su inspirado y vigoroso acento, La nobleza leal de Andalucía Pareció ante Isabel en un momento, Rebosando valor y bizarría. Llenas de emulación con su ardimiento Cuantas provincias en su reino había, Su gente enviaron de pelea en planta En derredor de su bandera santa.
Encendida en sus bélicos deseos, Desde Córdoba envió con gran premura Numerosos y rápidos correos A Toledo, León y Extremadura. Cuantos gozaban en su nombre empleos O de su autoridad investidura, Su intimación de guerra recibieron Y en campaña obedientes se pusieron.
Cartas atentas escribió á sus damas Para que á sus amantes y maridos, De los troncos más nobles y sus ramas La enviasen á la lid apercibidos; Y por los pueblos esparció proclamas, Llamando á los mancebos atrevidos A romper una lanza en la campaña Por el honor y libertad de España.
De su entusiasmo el religioso influjo Derramó el entusiasmo por do quiera, Y cuanto noble su nación produjo En redor acudió de su bandera. Sus vasallos á Córdoba condujo Todo varón que diez tuvo siquiera, Y en cada hora nueva que sonaba Un valiente á Isabel se presentaba.
Ella entretanto en vastos almacenes Depositó profusas provisiones De granos, vinos y cecinas, bienes De que abundan sus fértiles regiones: Acopió ropas y armas: montó trenes De batir, con lombardas y cañones: Soldados instruyó que los sirvieran, Y acémilas compró que los movieran.
No se escusó ni un noble castellano De acudir de Isabel á la cruzada, Y no quedó un solar en monte ó llano De que no hubiese en Córdoba una espada. Todas las joyas del valor hispano Fueron parte á tomar en la jornada, Sombreando sus bizarros escuadrones De sus casas más ricas los pendones.
Vino el primero el cardenal de España Con escolta lucida y numerosa: Desde el campo feraz que el Ebro baña, El buen Duque llegó de Villa-hermosa. Trajo el Conde de Cabra de montaña Ballestería diestra y vigorosa; Y á los suyos el conde de Cifuentes Trajo armados de hierro hasta los dientes.
Vinieron los del pródigo Infantado Armados de broquel, puñal y clava, Con rico arnés azul empavonado: Vino la gente de Alburquerque brava Con ancho escudo y espadón pesado, Y la órden militar de Calatrava Llegó, con su Maestre á la cabeza. En caballos de indómita fiereza.
Trajo Medinaceli sevillanos Sobre pintadas yeguas caballeros, Y el de Ureña jinetes jerezanos En potros como el céfiro ligeros; Vinuesa de leales castellanos Trajo gran pelotón de espingarderos, Y leoneses con enormes mazas Que hendían los broqueles y corazas.
Trajo Fernando de Aragón sus huestes, Y con ellas vinieron de Navarra Los montañeses ásperos y agrestes, Al tiro afectos del balón y barra; Los de Aza y Urgel, jamás contestes, Armados de morisca cimitarra, Y los deudos de Pedro de Velasco De abigarrado y penachudo casco.
Desde el muro hasta la árabe alcazaba, De los Kalifas oriental palacio, Córdoba un campamento semejaba: De sus plazas y calles el espacio El aparato militar llenaba, Y de lejos brillar como un topacio La vían los vecinos montañeses Alfombrada de auríferos arneses.
Y he aquí que de un balcón que la domina, Contemplaba Isabel la roja hoguera Del sol arder tras la postrer colina, Cuando dobló tendido á la carrera La falda de la loma más vecina Un corredor cristiano de Antequera, Que en nombre de los héroes de Alhama Bastimentos y víveres reclama.
Su mensage al oir Fernando, al punto Convocando en su estancia su consejo, Pidió opinión sobre tan grave asunto. Pedro de Vargas, capitán ya viejo, Frontero en territorio á Alhama junto Y del país conocedor, espejo De los cristianos jefes fronterizos, Dijo, mostrando al rey sus blancos rizos:
«Mi existencia, Señor, pasé en la guerra Y aún no esquivo por débil la batalla, Ni el viejo corazón que aquí se encierra Late aún con temor bajo la malla; Pero conozco bien aquella tierra: Alhama es un peñasco que se baila Cercado por do quier de plazas moras Que le tendrán en riesgo á todas horas.
«Mantenerla no pudo vuestro abuela San Fernando, Señor, y es necesario Que para conservar su inútil suelo Empleéis la mitad de vuestro erario. Con cinco mil jinetes aún recelo Que será su destino bien precario. Porque cada convoy que hasta allí llegue Fuerza es con sangre que el camino riegue.
«Sólo quien tenga guarnición en Loja La podrá conservar, y aun asi un día Pttede qv» el Moro por traición la coja: Si yo fuera que tos, la quemaría, Y de su incendio con la lumbre roja Á Grranada una noche alumbraría^ Dejando en su ceniza al Bey pagano Un testimonio del furor cristiano.»
Dijo el anciano Vargas. Los prudentes Y graves consejeros que le oyeron, Sus razones hallando suficientes, A su opinion unánimes se unieron: «De Alhama retirad á vuestras gentes Y quemadla, Señor,» al rey dijeron: Mas Isabel, que los escucha y mira. Llena exclamó de generosa ira:
«No permita el Señor que se abandone Prenda de tal volor de esa manera, Ni que vileza tal nos ocasione Escarnio ser de la morisma entera. No quiera Dios que entre ellos se pregone Que, del peligro en la ocasión primera, Ni en Dios ni en nuestro brío fé tenemos, Ni lo nuestro á guardar nos atrevemos»
«No se hable pues de abandonar á Alhama: Cuando á lidiar mis gentes he traído, No para empresas sin peligro y fama, Para las dignas de héroes ha sido: Auxilio Alhama de su rey reclama, Y yo se le daré, que á eso he venido; No ha de cejar ni descansar mi gente Sinó cuando en la Alhambra se aposente.»
Dijo Isabel: y á la ciudad bajando, Cabalgando en su rápida hacanéa «¡A Alhama!… dijo al castellano bando, Conmigo á Alhama quien valiente sea!» ¡A Alhama! las banderas desplegando Clamó toda la gente de pelea; Y tras la reina, que su ardor inflama, Se encaminó el ejército hácia Alhama.
¡Mísero Abú-Abdil con luz incierta Ya tu estrella fatal sobre tí brilla: Recuerda tus horóscopos: despierta. ¡Apresta tu corcel y tu cuchilla! Ya de la Alhambra á la dorada puerta Va á llamar con ejércitos Castilla, Y á echar: van sobre ti los Españoles De siete siglos los sangrientos soles.