Versos Spanish José Zorrilla 27 (Mientras las almas de las dos…)

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27 (Mientras las almas de las dos…)

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Mientras las almas de las dos a solas devoran en los lóbregos rincones de dos oscuras celdas del convento la tristeza mortal que se las roe: mientras que Genoveva del abismo del secreto imperial se asoma al borde, y en su oscura vorágine contempla hundirse el porvenir de sus amores: mientras Judith, rumiando su venganza, con su ambición a calcular se pone cómo anudar del porvenir la trama que la perfidia de Bernardo rompe; el viejo del castillo solitario de Waifro ve desde las altas torres como un punto perdido en la llanura aproximarse del castillo al conde. Aún puede apenas divisar la forma de su lejano bulto vago y móvil, aún sus ojos de lince no le alcanzan, mas su odio de chacal le reconoce.

«¡Él es!», consigo mismo hablando dijo, y torvo y silencioso, mas como hombre que llega ya al objeto a cuyo logro ha enderezado diestro sus acciones, bajó del torreón: cruzó los patios, y tomando consigo a los dos jóvenes y cuatro ballesteros, salió al campo, bajó la cuesta, se internó en el bosque y al fin de la alameda, en el lindero roto que acota el matorral, paróse, apostando los suyos donde a vista puedan ser, sin oír, espectadores.

Ya entre pardos celajes nebulosos el sol casi tocaba al horizonte, y despuntaba la creciente luna desgarrando las masas de vapores. Tras breve espacio de esperar, cercano se sintió, acompasado y uniforme, el paso del caballo, que avanzaba por el sendero entre el breñal del monte. El viejo, a paso lento por la senda, al encuentro saliéndole, metióse; y al revolver el robledal, Bernardo dió con él, paró en firme y saludóle. A boca del sendero, la espesura de la maleza al concluir, vió el conde apostadas la escolta y los mancebos y extrañó semejantes precauciones. Ni de su faz ni su mirada empero la más leve emoción manifestóse, que pudiera acusar que le asaltaran sobre tal actitud duda o temores: y con serena faz, sonrisa afable y tono familiar interpelóle al viejo el caballero de este modo, con cuya frase diálogo entablóse: –«Parece que rondáis. –Es deber mío, a su mansión feudal mientras no torne su señora. –¿Está ausente? –Ha pocos días. –¿Y fué…? –Al convento en que su afán esconde la Emperatriz, que a Ludovico espera; de quien fía tal vez y a quien expone sus derechos, su historia y su demanda, porque por ella ante el monarca abogue.»

Sintió el frío de un miedo repentino paralizar su corazón el conde a tal revelación, sintiendo a tierra su fortuna venir de un solo golpe; mas dominóse aún, con ese esfuerzo desesperado que resulta enorme de quien, náufrago, nada, y dijo al viejo: «¿Y me podréis decir con qué intenciones vos, que sólo tenéis de aconsejarla el derecho, la hicisteis que se arroje en manos del monarca ante quien ambos convinimos en ir fuertes y acordes?» Dió un paso el viejo hacia el barón, clavando los ojos en su faz, y enderezóle esta pregunta, con la cual entre ambos rápido el roto diálogo anudóse: –«Luego, sabéis quién soy? –Sin duda alguna. –¿Luego no hay ya secretos entre el conde Bernardo y Genoveva? –No: sois nieto del bastardo de Hunaldo: esos dos jóvenes pajes de Genoveva, vuestros hijos: mas no pueden tener aspiraciones a suceder a Genoveva; Hunaldo os dió su sangre y os negó su nombre. Os dejó a los legítimos sujetos y en dependencia suya os reconoce no más: podéis ser ricos, pero nunca de su raza ducal los sucesores. Es condición por vuestro abuelo impuesta. –¡Y nadie apela de ella ni la rompe! –Lo sé. –Somos bastardos, pero a veces valemos más nosotros que los nobles de legitimidad. Los de la nuestra, siempre reconociéndose inferiores a los de la legítima, les fueron leales como perros; y a sus órdenes, sin hombrearse con ellos, expiraron peleando a sus pies como leones. Somos la hiedra que se adhiere al árbol; debajo el árbol cuando cae nos coge. De su tronco no más queda una rama: y pues sabéis quién soy, mis intenciones no me debéis de preguntar: ved cómo se portaron mis dos antecesores. Mi abuelo, el ilegítimo de Hunaldo, murió con él. Oíd el cómo, el dónde, el por qué y el por quién: es una historia que aclara nuestras mutuas relaciones. En su dolor misántropo, un gran círculo impenetrable de árboles enormes y matorral salvaje ideó Waifro su fortaleza para aislar del orbe. La escasa población de estas comarcas, de las que la ahuyentaron las feroces guerras de nuestra edad, favorecían tan exéntrico plan: enebros, bojes, tejos, nopales, madreselva, hiedras y enredaderas, libres de las hoces y de las hachas, rápidos tejieron por entre las encinas y los robles esta ancha red de nudos infinitos, de flexibles y múltiples cordones, de varas espinosas y junqueras que, ganando la tierra a pasos dobles, de nopal en nopal, de seto en seto tendieron sus tupidos pabellones; y de la tierra circundada en torno su gigantesco círculo cerróse. Los soberanos francos desdeñaron, una vez de Aquitania posesores, al vencido león que acorralado venía a sepultarse en estos montes: y sobre él y su raza fulminando las más anticristianas maldiciones, se partieron sus tierras, proscribieron su nombre y le olvidaron… y el ignoble vulgo acabó la obra de los reyes con su superstición. Las tradiciones sangrientas, las diabólicas leyendas de que el castillo repobló, sus torres (que ven, mas suya senda nunca hallaron peregrinos, juglares ni pastores) hicieron un objeto de pavura para las espantadas poblaciones de los llanos, que creen al divisarlas de Dios malditas sus desiertas moles. Treinta años de aislamiento son la vida de una generación; de labradores hubo aquí cien familias, de las cuales cortasteis vos los primitivos goces. La historia es muy sencilla; se comprende y se explica muy bien; mas desde entonces el tiempo y la política son otros: los reyes necesitan nuestros montes, vallas para oponer de buena altura de África a los caballos saltadores. Tener necesitáis nuestro castillo vos para apoyar bien las pretensiones a vuestra independencia soberana; y fiado en delirios anteriores volvéis aquí, y os tropezáis conmigo, de quien aún ignoráis las intenciones… Y las vais a alcanzar por el relato de lo hecho por mis dos antecesores. Mi abuelo, el ilegítimo de Hunaldo, murió leal con Waifro en estos montes, mas fuera de la cerca con que aislada su fortaleza aquél puso del orbe. Subterráneos… tal vez hoy conocidos de muchos, pero de él no más entonces, conducíanle a veces a los llanos. En una de sus locas excursiones, de una casa ducal reconociéndole le fueron a espiar los servidores. Estudiaron sus huellas, revelaron al duque sus existencia, y… sus blasones empañó aquella casa previniéndole una emboscada infame en que traidores a Waifro y a mi abuelo asesinaron, cayendo sobre tres, diez y seis hombres. Uno escapó: cerrado el subterráneo e ignorando el lugar y los resortes que le franqueaban, se expatrió; mas pudo su secreto al morir fiar a un monje. De él le supo mi madre: ella expirando revelómelo a mí. De mis mayores así murió el primero; sé a quién debo su muerte y volveré golpe por golpe. Mi padre, en una aciaga retirada, dió su caballo a Lupo, y apostóse con otros diez a defender un paso entrecho entre dos peñas: a los golpes de los francos tardaron diez minutos en caer: mas bastó: Lupo salvóse. Mi padre y otros siete fueron pasto de los buitres, colgados en los robles. ¡Es un sino fatal! La raza misma cuyos hijos de Waifro matadores fueron, dió los verdugos de mi padre también: es de venganza cuenta enorme. Lupo y yo en Roncesvalles les vengamos: mas con mi cuenta aún no estoy conforme. Lupo, al ir a una muerte desastrosa, aquí con su hija y su mujer dejóme: ésta expiró, a su hija encomendándome de años pocos de edad; aún no eran once. Tal mi derecho es: velar por ella mi obligación, mis solas intenciones. –Velar por ella hasta que tal derecho tenga no más de Barcelona el conde. –No le tendrá jamás: son imposibles, irrealizables son vuestros amores. –¿Qué es lo que hace ese amor tan imposible? ¿Está en ella o en mí lo que a él se opone? –No hace el nido el milano a las palomas, ni duermen con la corza los leones. –Los proverbios son reglas de los tontos; no hay uno solo que no mienta o se equivoque; y los que son verdad, lo son tan sandia como más pesa un buey que cien gorriones. No andéis, pues, con rodeos ni figuras; refranes excusad, dadme razones. –Son la verdad y la razón amargas. –Pero sólo los necios las desoyen. –Con las armas de Waifro cuartelarse no pueden de Tolosa los blasones. –¿Por qué? –Porque no hay paño que les sufra juntos, ni mano que a la par les borde. –¿Por qué? –Porque su unión evocaría del insepulto Waifro el alma insomne. –¿Por qué? –Porque de Hunaldo, Waifro y Lupo entre su nieta y vos la sangre corre. –¿Por qué? ¿Porque verdugos de los nuestros son vuestros padres? –No, los vencedores; mas de los hijos el amor un odio puede extinguir de diez generaciones. –El favorito de la esposa adúltera del viejo Emperador dar con su nombre a la nieta de Waifro sólo puede… lo que no es cuerdo que deciros ose; pero lo que Judith y Genoveva se deben ya haber dicho… y esta noche contad con que las dos piden al cielo que os caigan de las dos las maldiciones. Y os caerán: desde hoy más, de una ni de otra nada puede esperar vuestro amor doble: como las puertas yo de su castillo, os cerraron las dos sus corazones…»

Absorto, estupefacto, anonadado ante tales palabras, quedó el conde como quien siente al estallar un trueno que un rayo el árbol que le ampara rompe. El viejo, de su asombro aprovechándose, se hundió en el matorral con sus seis hombres, mientras… millones de fanales de oro en la bóveda azul cuelga la noche.