Spanish poem
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Volvió en sí el caballero cual de un sueño, y en torno suyo al revolver los ojos, su situación sondando con espanto, de la tierra en el haz se juzgó solo. Mas no es hombre a quien frases amilanen, cuyo paso se ataje con un soplo, ni cuya voluntad ceda cobarde a inesperado obstáculo. Furioso, mas su furor en calma devorando, cual si no hubiera con el viejo torvo tropezado, al caballo en la alameda hizo resuelto entrar saltando el coto. Seguro de que al viejo anunciaría su decisión de atropellar por todo, seña haciendo al castillo, de su trompa lanzó al aire el sonido vigoroso. Aún se oía, rasgando el aire trémulo, vibrar por él huyendo su eco ronco, cuando obediente a su imperiosa seña tendió el puente el castillo sobre el foso. Espoleó a su corcel, que alzó al galope y al castillo avanzó; mas con asombro vió de él salir en pelotón confuso tropel de gente, que entre ruido y polvo comenzó a descender por la calzada abierta a pico en el peñasco bronco, como el cordón que forman las hormigas atravesando un páramo arenoso. A la luz de la luna, que en el cielo lucía sola ya, paróse absorto aquella gente a ver, que hacia él bajaba cual procesión fantástica de gnomos. Veía sus figuras movedizas dibujarse del lago silencioso a través de la linfa transparente, cual si brotaran dobles de su fondo; y según les veía aproximarse de él menos comprendía el misterioso movimiento de gente, y le embargaba el corazón el miedo de lo ignoto. Bajaron del peñasco, y a su encuentro correr veía adelantándose a los otros, sin poder comprender si a él se acercaban amigos o enemigos, unos pocos. Enristró su lanzón, en los estribos aseguróse, y recogiendo al potro las riendas, preparóse para el choque que juzgó inevitable y perentorio. Mas asombrado vió que ante él parándose, en ademán sumiso y respetuoso dijo el más avanzado: «Señor conde, nada temáis, que de los vuestros somos.» El conde miró atento aquellos hombres, de quienes conoció trajes y rostros, y al demandar explicación más clara de su presencia incomprensible, un mozo almogávar, por bravo y por astuto entre las gentes de su grey famoso, entrególe un escrito, en cuyas letras le dan, sin duda, explicación de todo. A la luz de la luna, como pudo mejor, desencajándose los ojos, fué con tanta avidez como trabajo leyendo lo que dice de este modo:
Habéis metido en el castillo espías en lugar de soldados, y en su fosos los que podían de él daros detalles muertos fueron cayendo uno tras otro. Uno de ellos, audaz, por orden vuestra, a Laimo asesinó en el calabozo donde yo le encerré, con una jara enveneneda que de su arco moro le envió por una estrecha claraboya; yo le ahorqué de una almena; Ayzón, el godo, me envió su gente; desarmé la vuestra, y nada hay ya común entre nosotros. El castillo de Waifro es solamente de la raza de Waifro patrimonio: y flotará en sus torres y baluartes el estandarte de Aquitania solo.
Quedó el conde un instante anonadado; mas en la silla irguiéndose de pronto, dijo a los suyos: «¡Vámonos, que un día traeré yo a este castillo un terremoto!»