Spanish poem
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Los cristianos en sectas y en herejías partidos aguardaban un Paracleto, los hebreos fiaban en un Mesías, las demás religiones, sin fe, en secreto continuaban sus ciegas idolatrías; y en toda fe las almas de Oriente frías, de Grecia, Egipto, Persia, Judea y Roma, estaban ya del tiempo por la carcoma roídas las añejas mitologías. He aquí que en la Meka por estos días, reformador profeta, nació Mahoma.
Destinado al comercio desde la infancia, de Siria, Egipto y Persia por las regiones viajó, de sus hogares a gran distancia; y en las ricas ciudades de otras naciones más cultas que la suya, donde hizo estancia, observó las costumbres y religiones, y aclaró las tinieblas de su ignorancia. Del culto de los magos tomó nociones, de las leyes judaicas y el sabeísmo; y un monje nestoriano, que en el misterio le hospedó de los claustros de un monasterio, le inició en las creencias del cristianismo.
Mahoma juzgó que era la hora propicia para extirpar el árabe politeísmo, y pensó de los dioses hacer justicia, y una fe fundar única, y con pericia Mahoma, sin fiarse más que en sí mismo, preparó las semillas del islamismo. Mahoma, ni ignorante, ni gran talento, concibió que era estúpida la idolatría, y un Dios solo admitiendo su pensamiento, una creencia sola resolvió un día predicar a la Arabia, su fundamento basando en la cristiana y en la judía.
Mahoma era de noble y antigua raza; tenía hermoso rostro, gentil presencia y ojos de luz; hablaba con elocuencia y en los lances más arduos siempre halló traza para sacarle airoso su inteligencia. No porque él fuera un genio claro y brillante; porque era más su pueblo, que él, ignorante. Cual todos los que intentan una reforma, empezó a las costumbres de su existencia la virtud más austera dando por norma, e hizo que le tuvieran sus semejantes de las virtudes árabes por vivo ejemplo, que ver pasar teniendo quince años antes de tener una cátedra, ni alzar un templo.
En ellos, firme ejemplo de fe y constancia, copiando los preceptos del cristianismo, fe caridad, justicia, paz, tolerancia, anunció como bases del islamismo. Cien veces tentó el vado y en planta quiso poner su dogma nuevo; ciento se puso ante el pueblo, afectando saber infuso, profeta del Dios único, su paraíso prometiendo, mas ciento le fué preciso callar ante la befa del pueblo iluso.
Mahoma, mercader y algo poeta, como oriental, soñó desde la cuna con ser reformador, rey y profeta; y de su sueño, en época oportuna, a la feliz realización completa se encargó de llevarle la fortuna. A no haberse engañado él el primero, fuera sólo un audaz titiritero; que hizo bien su papel sin gran trabajo, porque lo hizo ante un público grosero. Mahoma a su creencia no se atrajo la población de la mitad del mundo, ni por un gran talento diplomático, ni por medio de un plan sabio y profundo, combinación de un genio; fué un maniático, que, encastillado siempre en su manía, por engañarse comenzó a sí mismo, a, al fin, de sus delirios al abismo y su engañado pueblo arrastró un día. Tras una juventud en continencia y en virtud casi ascética pasada, después de predicar una creencia en la justicia y la equidad basada, santificó el placer y la violencia, se declaró el profeta de la espada; y volviendo su fe en sentido inverso, planteó una religión imaginada para inundar de sangre al universo; y cuando a juicio Dios llamarle quiso, murió de una mujer en el regazo, anunciando que se iba al paraíso, del que Alá le guardaba un buen pedazo. Murió, pues, en la calma más completa, creyendo que los seres celestiales le iban a recibir, como a un profeta verdadero, con trompas y timbales; mas con menor motivo nadie acaso el don se atribuyó de profecía, pues jamás de profeta en su existencia acertó a dar un paso del cual su razón fría supiera calcular la consecuencia que debía traerle al otro día. Así que, los capítulos y estancias de su Korán imponen sus preceptos, según la situación y circunstancias en que se hallaban él y sus adeptos; y cuando el de hoy veía con el de ayer contradictorio, hacía descender a Gabriel del paraíso, quien de parte de Dios le prevenía que mudar de opinión era preciso; y siempre que en apuro se encontraba, Gabriel su error a subsanar bajaba. De modo que este arcángel, empleado en subir y bajar del firmamento mientras vivió Mahoma, hizo acostado de sus volidos la difícil suma, porque tuvo, tras tanto movimiento, que poner a sus alas nueva pluma. Y ¿sabéis cuáles eran los mensajes con los que de Mahoma al aposento hizo Gabriel tan repetidos viajes?
Perdió una acción, su gente fué vencida; al otro día Dios le envió un capítulo, en el cual le avisaba que esta huída para su pueblo fiel no era una nota de infamia o cobardía, sino un título nuevo de nueva gloria; su derrota, su fe para probar fué permitida.
Mahoma predicó la continencia, como virtud; mas todo menos pura fué en sus últimos años su existencia. Tuvo quince mujeres e infinitas concubinas y esclavas favoritas; mas Gabriel, del Korán trajo una sura, en que permite Dios la poligamia; y dijo con la calma más segura que la prostitución no era una infamia, que a la mujer para eso dió hermosura. Aixa fué la mujer a quien más quiso, y Aixa le hizo una noche un gatuperio; el pueblo murmuró; mas él, celoso de su honra, hizo bajar del paraíso una sura, que el caso sospechoso de Aixa notificó que era un misterio; que Aixa era inmaculada, y que el que osado dudara de ello, estaba condenado. ¡Arbitrio celestial, sacro expediente, de tal chichón para librar su frente!
Apóstol del placer y de la guerra, Mahoma, al instalar el islamismo, halló en su derredor débil la tierra, y la invadió voraz su fanatismo.