Versos Spanish José Zorrilla 29 (Era una noche límpida, esplendente)

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29 (Era una noche límpida, esplendente)

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Era una noche límpida, esplendente: la luna en el cenit resplandecía con esa luz tranquila y transparente que avergüenza a la luz del sol del día. Era una de esas noches en que, llena de religiosa paz y poesía, ciñe el globo la atmósfera serena, cual pabellón azul por Dios tendido sobre el orbe a sus pies mudo y dormido. Y de esta noche azul en alta hora, de su silencio y calma en el misterio, duerme Judith y Genoveva llora en aquel bizantino monasterio do el gozo al par de la tristeza mora, y que lo que hay de más feliz encierra y de más infeliz sobre la tierra.

Judith, astuta, audaz, calculadora, ha recibido a Luis, su anciano esposo, como esposa ofendida que le adora, que no tiene sin él paz ni reposo, y que en su solo amor cifra su vida, y que todo recuerdo doloroso perdona por su amor, borra y olvida.

Luis, viejo, enamorado, sacudido el yugo de ignominia a que hace poco que la postrada rebelión le ha uncido, vuelve ansioso de amor y de amor loco, de la pasión en alas que le ciega, a buscar en los brazos de su esposa lo que la humana ingratitud le niega, lo que del mundo en la extensión no halla: un minuto de paz, sólo un segundo que el mundo no le dió porque fué el mundo desesperado campo de batalla do luchó sin cesar desde la cuna con el vaivén de su falaz fortuna. Judith, vendida y de venganza ansiosa y de un triunfo final con esperanza, en el extremo amor que a Luis acosa cifra su porvenir y su venganza. Luis, bondadoso y crédulo, vencido por la sagaz Emperatriz, ha dado de su esposa las culpas al olvido desde que sus disculpas ha escuchado: y en ellas con pesar de haber creído, está pronto a otorgar cuanto le pida, aunque otra vez arriesgue trono y vida con ella por vivir como marido.

Aquella tarde a Luis en el convento, con pompa soberana, dió la comunidad alojamiento, y su viaje seguir debe mañana. Judith le ha recibido en su aposento con humos de ofendida y de sultana: y él, de su voz ante el primer acento, ha postrado a sus pies su frente cana. Al descubrir su huéspeda quién era, la mujeril comunidad confía en que va a dar al mundo la alegría, la paz y la fortuna venidera, la reconciliación inesperada de la imperial pareja, en aquel día y en su santa mansión verificada.

Mas, ¡oh monjil sinceridad, que ignora que no hay dicha sin duelo en este mundo, que no hay en nuestros días una hora, que no hay en nuestras horas un segundo en que no sea el bien en mal fecundo, ni la dicha de pena engendradora! ¡Oh mujeril insensatez, que olvida que quien ríe donde hay, siempre hay quien llora en el gran carnaval de nuestra vida! Genoveva y Ayzón han presenciado del engañado Emperador la entrada en el patio, a través del enrejado cada cual de su celda retirada. El riesgo extremo que su vida corre si los sagaces ojos de un espía alcanzan en la reja de una torre a ver al que a Judith acusó un día, sabía bien Ayzón; pero vencido por su ambición voraz y la belleza sin par de Genoveva, da al olvido que arriesga al asomarla su cabeza. Ayzón, desde su gótica ventana, ve la reja frontera, a que se asoma a ver entrar a Luis la castellana cuando en el claustro alojamiento toma.

Genoveva de extraños pensamientos siente un balumbo descarriar su mente, y latir con extraños movimientos su corazón desnivelado siente. Fantástico pavor, presentimientos fatídicos sin causa, desvaríos inexplicables la distraen, la acosan, del corazón los naturales bríos la quitan; y se cambian poco a poco sus recuerdos, sus gustos, sus instintos que en giro nuevo e incesante y loco a su amoroso espíritu tormento dan, y hierven en su alma, y no reposan… cual las miriadas de átomos que el viento de una tormenta precursor levanta, que floran siempre y que jamás se posan en árbol, piedra, flor, césped ni planta, arrastrados sin rumbo y sin camino en los giros son fin del torbellino.

A través de este vértigo creciente y en poder de este afán desconocido que, por su corazón jamás sentido, la lucidez anubla de su mente, del viejo Emperador vió la llegada Genoveva, impasible y silenciosa, de su celda a las rejas asomada, como de aquel marasmo que la acosa por el frío febril paralizada.

Y era en aquella hora en que esplendente la luna en el cenit resplandecía con esa luz tranquila y transparente que rebosa misterio y poesía. Todo en sueño profundo o inocente en el convento al parecer yacía: ni un pájaro nocturno suspiraba, ni una brisa en los claustros murmuraba.

En uno de los cuatro que rodean un gran patio corinto-bizantino, cuyas columnas cuádruples platean con resplandor sereno y argentino los rayos de la luna, y do campean árboles enramados, del vecino aposento imperial a la desierta galería interior se abre la puerta.

Por ella, solo, apareció a deshora el viejo Emperador, que en su aposento dormida deja a la que tanto adora. Embriagado de amor, libre y contento, el placer infinito que atesora en ella sale a derramar al viento y a echar en él el hálito sobrante en que se ahoga el corazón amante.

Un viejo con amor se vuelve niño, y su amor infantil le espanta el sueño, y hace gala infantil de su cariño, y no tiene otro afán ni más empeño que ostentar sin disfraz, velo ni aliño, el exaltado amor de su alma dueño; y le cuenta su amor a cuanto encierra en su ámbito vital la madre tierra.

Y de este amor de viejo en la expansiva necesidad, el Pío Ludovico sale aire a dar a la erupción activa del volcán de su amor en fuego rico; y adelantando por los claustros iba, cuando de luz en el rasgado pico que en las baldosas traza como alfombra rota la luna, vió algo que le asombra

blanco bulto sin voz ni movimiento, del cual no puede aún ver el contorno, divisa en el marmóreo pavimento en un cerco de luz que le orla en torno. Llegando a él Ludovico a paso lento, vió que era una mujer; mas en su adorno y su traje no ve de hábito prenda por que su estado monacal comprenda.

Contra el mármol la faz, hacia adelante por instinto la diestra al caer tendida, la mata de cabellos abundante por la espalda y los hombros esparcida, Luis de aquella mujer no ve el semblante, ni en su imovilidad señal de vida; mas el perfume que su cuerpo exhala por hembra principal se la señala.

Asióle Luis en brazos, levantóla, y en el pretil de arbustos sombreado, en el muro apoyándola, sentóla; del tacto a la impresión, como crispado su cuerpo casto, enderezóse sola; y al hombre que su cuerpo había tocado, trémula y mal cobrados los sentidos, rechazó con los brazos extendidos.

Miró al Emperador por un momento con muda indecisión y vista vaga; en tanto que él la contemplaba atento aguardando lo que hable o lo que haga. En lid con su perdido pensamiento ella afanosa al parecer indaga por lo que en torno ve lo sucedido, pues su idea perdió con el sentido.

De repente la luz a su mirada y el color a su faz tornaron vivos, y a su forma, poco ha de acción privada, su voluntad de impulsos decisivos; y a Luis aproximándose encarada, con gesto, frase y voz conminativos dijo, como quien vuelve de su mente a entrar en posesión completamente:

«Oye: te iba a buscar y me he extraviado, te iba a hablar y las frases he perdido. Venciste, al fín, por el poder del hado; mi corona a tus pies se me ha caído. A mi raza la tuya ha exterminado, mas mi madre al morir te ha maldecido. Toma…, yo moriré cuando eso leas: mas te emplazo ante Dios… ¡Maldito seas!»

Tendió al absorto Luis un pergamino, y la espalda volviéndole, con paso mesurado e igual tomó el camino del interior del monasterio. Escaso de luz el hondo tránsito vecino, por él, medroso Luis, la miró acaso a paso lento cual visión hundirse y en la vacía lobreguez sumirse.

Repentino pavor, supersticiosa duda asaltaron su ánimo apocado por la fortuna adversa que le acosa en su postrera edad; amedrentado en su gozo infantil por la que no osa creer visión ni mujer, amilanado e inmóvil, le conturba y da tormento su extraña maldición y emplazamiento

Su pergamino entre los dedos siente y sus frases fatídicas les suenan en el oído, y de pavor creciente el angustiado corazón le llenan. De la luna a la luz insuficiente sus ojos, que de lágrimas se llenan, contemplan con asombro progresivo el escrito fatal conminativo.

Hubo un instante en que a su honor atento quiso de la mujer seguir el paso; mas clavados los pies al pavimento sintió y al corazón de brío escaso. Presuroso otra vez a su aposento se acogió al fin; y perturbado acaso de su miedo febril por el impulso, la llave con afán buscó convulso.

Entró, y tras sí con rapidez la puerta cerrando, de la lámpara que ardía dentro de un nicho con la luz incierta comenzó a descifrar lo que decía el escrito; Judith, que estaba alerta, al notar el afán con que leía, dejó el lecho, y de Luis por sobre el hombro investigó la causa de su asombro.

Los ojos al fijar en su lectura, del escrito el origen comprendiendo, con materna y solícita dulzura el pergamino a Luis quitó, diciendo: –«¿Quién os dió eso? –Un fantasma. –¡Qué locura! Yo sé quién es y su intención comprendo: volved, señor, al lecho: el frío os pasma: venid, yo os libraré de esa fantasma.»

Mientras Judith narraba y Luis oía, e interpolando frase de cariño ella en su narración, desvanecía de él en el alma su temor de niño, de claustro en claustro la visión seguía marchando en las tinieblas, del convento sin que la paz turbara ni el reposo de sus desnudos pies el paso lento ni el son de su ropaje vaporoso.

De un caracol al fuste asegurado con ambas manos, el oído atento tendía Ayzón al paso mesurado de la mujer a quien sin duda espía y cuyas huellas resonar sentía en la espiral del caracol combado; y al asomar por el angosto trecho que franquea su lóbrega abertura y donde vela Ayzón puesto en acecho, casi se hallaron en la sombra oscura el fantasma y Ayzón pecho con pecho.

De la presencia de él apercibida la mujer, deteniéndose un instante del caracol oscuro a la salida, dijo: –«¿Quién va? –Yo: Ayzón. –Pues id delante, y disponed al punto la partida. –Vamos cuando gustéis. –¿Todo está listo? –Aguardan en su puesto la gente y los caballos. ¿Habéis visto vos al Emperador? –Sí; pero pronto partamos: voy a hacerme con un traje mejor. –Y yo a aguardaros a la puerta del jardín. –Esperad a que yo baje al pie del caracol: mi planta incierta no sabré yo guiar; no sé qué siento. Yo creo que he perdido en esos claustros… –¿Qué? –Mi pensamiento que estaba a mi cerebro mal prendido.»

Dijo, y siguió la dama a su aposento, permaneciendo Ayzón por un momento sin comprender lo que decir la ha oído.