Versos Spanish José Zorrilla 3

Spanish poem

3

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Iba el día a expirar. El sol poniente cerraba el horizonte por ocaso con cortinas de púrpura, y la luna alzaba por Oriente en el espacio su pálido fanal, tendiendo al aire de su luz nacarina el velo blanco, cual si del astro rey enamorada siguiendo fuera el luminoso rastro. Se anunciaba una noche deliciosa de primavera; el aire embalsamado con el aroma del enebro, henchía el cansado pulmón de aliento sano. Y la nocturna brisa por las ramas invisible y balsámica pasando, oreaba mi faz, dando a la atmósfera lánguido son, y movimiento manso: yo la aspiraba ansioso, el laberinto de mis ideas recorrer dejando al alma melancólica, y marchaba con maese Ramón tras sus gitanos. Cruzando así por páramos y dehesas, de Castilla en el límite acampamos, en la loma de un cerro, ante una ermita dedicada a la Virgen. Del santuario cuidaba, y de una lámpara que ardía perenne ante el altar, un ermitaño, sin otro bien que la limosna santa recogida en los pueblos comarcanos. Un huertecillo que acotó con piedras, una casucha ruin y un pobre campo, daban asilo y alimento a este hombre y a unas mezquinas ovejuelas pasto. Recibiónos alegre el buen santero como a antiguos amigos, y entretanto que la cena aprestaban las mujeres, entre Ramón y yo pasó este diálogo:

ÉL: Ahora que libre su mercé se encuentra de la gente de ley, hablemos claros. ¿Dónde va su mercé?

YO: Voy a la corte.

ÉL: ¿Tiene amigos allí?

YO: Ninguno.

ÉL: ¿Acaso dejó allí amores?

YO: No.

ÉL: ¿Qué busca entonces?

YO: Libertad y fortuna. Voy en brazos de mi destino sin amor ni amigos, ambicioso de gloria y de oro falto.

ÉL: Pero, en fin, ¿en qué funda su esperanza para que la fortuna le dé amparo?

YO: En el tiempo y en mí.

ÉL: ¿Su mercé piensa recibir una herencia tiempo andando? ¿Quiere echarse a un oficio o a un comercio? ¿Tiene alguna invención, tiene algún tráfico?

YO: Ni yo puedo decirte lo que quiero, ni acretaré a explicarte lo que aguardo. La miseria tal vez: pero resuelto, solo a la corte, como ves, me lanzo.

ÉL: No entiendo a su mercé; pero no importa, le serviré leal: a Madrid vamos. Lo he prometido a su mercé, y de cierto lo plantaré en la corte sano y salvo; mas me pesa que allí tan sin recursos... porque aunque yo le deje algunos cuartos...

YO: Gracias: no están, Ramón, a tus alcances las razones ni el fin de lo que hoy hago; mas tal vez este viaje, estas palabras que en solitaria plática cruzamos me sirvan de recóndita vereda para llegar después a fines altos. Si puedo conseguir que sea el mundo lo que yo a solas en mi mente fraguo; si logro que en un libro reunidos mis pensamientos...

ÉL: ¡Válgame los santos! Señorito: ya alcanzo lo que intenta su mercé allá en la corte: echarse a sabio, meterse a hombre de ciencia, y hacer libros. ¿Pero eso da dineros?

YO: Puede darlos; pues con un poco de fortuna y genio, con constancia y con fe, se hacen milagros.

ÉL: Si hace eso su mercé, bien podrán luego como a tal enseñarle: pero al caso. Nosotros por dos días a una feria que hay en redor de aquí nos alargamos: su mercé, la verdad, como a esta vida aun no se halla con mucho acostumbrado, ni del tráfico tiene todavía la gitanesca charla y desparpajo, va a verse entre nosotros mal injerto, haciendo mal papel en el mercado.

YO: Es muy cierto, Ramón.

ÉL: Su mercé puede quedarse aquí seguro. El ermitaño le dará la mitad de su vivienda y yo respondo de él. Tengo a mi cargo cuidar de su alimento por la tribu, y le vengo a traer todos los años dos veces lo que mandan de Triana los viejos para él.

YO: ¿Es un gitano?

ÉL: No: como su mercé, cuando mancebo anduvo a nuestras tribus agregado no sé cómo, su historia misteriosa conocen nada más nuestros ancianos, y dicen que con ella puede hacerse un libro: a mí jamás me la ha contado; yo sólo sé decir que es hombre justo, sobrio, leal, caritativo y santo.

YO: Pues me quedo con él.

ÉL: Su mercé quede seguro de que en este despoblado nadie vendrá a inquietarle. A los dos días yo volveré por su mercé, y en tanto pésquele su mercé la historia, escríbala y démela a leer.

YO: Pierde cuidado, que como él me la cuente y sea buena, la has de ver en un libro antes de un año.

La cena estaba pronta; alegre círculo ante un profundo marmitón formando, nos aguardaban ya con impaciencia mis compañeros nómades. Cenamos y dormimos tranquilos: con el alba a la feria partió con sus gitanos Ramón, y el buen santero y yo en la ermita, hospedador y huésped nos quedamos. Era él un viejo sobre el cual pesaban de una centuria entera los amargos recuerdos, y a las puertas del sepulcro vivía en sus memorias arrobado. La calma de su espíritu bañaba su semblante leal, sereno y plácido, con una afable y paternal sonrisa que inundaba de luz su rostro pálido. Su lenguaje castizo, aunque sencillo, y sus modales graves, aunque francos, al hombre noble acostumbrado al mundo revelan a través del burdo sayo. Le abrí mi corazón: sanos consejos con acendrada fe me dió llorando, yo le pedí su historia, de la mía que le acababa de fiar, a cambio. Contómela, y a vuelta de esta hoja te la voy a escribir ¡oh lector caro! dando una forma regular al cuento de sus hechos sombríos y fantásticos. Léela; y si en ella, buen lector, meditas, yo fío en Dios que su gentil relato dará música dulce a tus oídos y a las heridas de tu pecho bálsamo.