Spanish poem
29 (Que es ya mi enemigo)
Que es ya mi enemigo Me dicen de Alí; Pero yo me digo: “Si obra bien conmigo “Y habla bien de mí, “Sea ó no mi amigo “Yo lo soy de Alí.”
¡Oh tiempo, y lo que vencen tus rigores! Llega del año la estación mas cruda, Y mostrando el invierno sus enojos, Todo el campo desnuda A vista de mis ojos, Que ya lloran ausentes Los pájaros, las flores y las fuentes. En los que miro ¡ay triste! retratados Los gustos de mi vida, Por la mano del tiempo arrebatados, Cuando helada quedó mi edad florida. ¡Dulces momentos, aunque ya pasados, A mi vida volved, como á esta selva Han de volver las cantadoras aves, Las vivas fuentes y las flores suaves, Cuando el verano delicioso vuelva! ¡Mas ay! votos perdidos, Que el corazón arroja Al impulso mortal de mi congoja! Huyéronse los años mas floridos, Y la edad que no pára, Allá se lleva mis mejores dias… Adiós, pasadas, breves alegrías: Qué ¿no volvéis siquier la dulce cara?
(A la inmortalidad.)
Desde que este cuidado me rodea, Melancólico vago por el mundo, Como hurtando el semblante á la alegría; Conformes solo con mi triste idea Son tus lúgubres sombras, tu profundo Silencio, noche oscura. El claro dia En vano para mí su luz enciende:
La ciudad, su rumor, todo me ofende. El espanto se sigue á la tristeza, Y el mas leve ruido Me parece el horrísimo estallido De un rayo que me hiende la cabeza. La imágen de la muerte á cada instante Se me pone á los ojos; Pero aun mas me horroriza tu semblante, ¡Eterno Dios! de donde se desprende Contra mi alma el raudal de tus enojos Que en tu furor la enciende. ¿Fallezco? En el instante me parece Que el hermoso espectáculo del mundo Con sempiterna noche se oscurece. Sale del hondo pecho, el mas profundo, El último suspiro, en que lanzada Va mi alma á tu presencia, De crímenes horrendos acusada: Y herida de tu voz, como de un trueno, De tu justicia escucha la sentencia De tu eterno castigo irrevocable: Atérranla tus ojos, y el sereno Resplandor de tu rostro le parece Nube que anuncia rayo formidable Cuando truena el olimpo y se enardece.
(El alma privada de la gloria.)
Musa, mañana sin falta Has de llevar un recado:
La basquiña de pedir Y el gesto de no hay un cuarto.
Yo te miro gran Dios ¡te miro y vivo! Tus arcanos revela Mi humilde fé, tu inmensidad percibo.
En un trono de luz tu gloria asientas, Allí te acata el querubín ardiente; Y tu poder ostentas, Y emana el Ser en vena indeficente.
Bajo tus piés, el tiempo en raudo vuelo Pasa, arrollando deleznables seres: Pueblan horas el suelo, Y pasan, y no son; ¿y tú? siempre eres.
Mas otros le succeden al momento: Ocupa nuevo pié la huella vieja; Y en raudo movimiento Llega el futuro, y á su vez se aleja.
Tu poder inefable y soberano El universo sin cesar renueva; Y cada ser, ufano, Al que ha de succederle dentro lleva.
Al hombre, al hombre, tu mejor hechura Le formas de sus huesos compañera, Resumen de hermosura Y les mandas poblar la baja esfera.
Uno son desde entonces: venturosos, Una vida y una alma sola anima Dos felices esposos; Y, unido, el ser humano se sublima.
Sí, sí, dulce mitad del alma mia, Modelo de virtud y de hermosura, Sin tí no me seria La vida amable, ni hallaría ventura.
Carne eres de mi carne, y las delicias Formarás, las mas puras, de mi vida: Ya gozo las primicias De la felicidad apetecida.
Ahora comienzo á ser; ahora me es cara Y en estremo sabrosa la existencia: Señor, tu brazo ampara Mi ventura: descanso en tu clemencia.
Tú de Abraham y Jacob el padre fuiste: Sélo mío, tiernísimo y clemente: A ellos les acorriste: A mí me escucha en mi rogar ferviente.
Pues tus almos ministros nos bendicen, Entre el amor mas puro nuestros dias Haz, padre, se deslicen Envueltos siempre en castas alegrías.
Hé aquí también á los que el sér me dieron, Y, dés la débil cuna, cariñosos Objeto me escojieron De sus cuidados tiernos y afanosos.
No quiero ser feliz sino, á su lado, Y sin la suya amarga es mi ventura: Vélos pues apiadado, Y en todo bien les muestra tu ternura.
Y yo bendeciré tu nombre santo Desde que el sol asome en el Oriente, Y seguirá mi canto Cuando se hunda en el lóbrego Occidente.
Corre tras el saber el nombre ansioso; Día y noche se afana, Y su salud lozana, Por la primera víctima, gozoso Eu las aras ofrece De ese ídolo que nunca se enternece. Cree mirar la verdad, va á darle caza, Se acerca sudoroso, error abraza; O bien en lides rudas Su mente lucha con eternas dudas.
Le hace el honor trillar áspera via, Vivir siempre agitado, Tétrico y angustiado, Corriendo en pos de vana nombradía: Cree ya eterna su gloria: Ese hecho es digno de inmortal memoria: Mas ¡ah vil detractor! ¡ah pátria injusta! Lograste calumniarlo, y en la adusta Tiniebla del olvido Verle con sus hazañas sumergido.
La alma del hombre, mal su grado, encierra Mil afectos contrarios, Que tercos siempre y varios, Juran á la razón eterna guerra: Ama el bien, y no lo hace; Quisiera huir el mal y el mal le place; Hace hincapié en el fango, mira al cielo, Y se hunde mas, y mas se apega al suelo; Verla quisiera suelta, Y anuda su cadena en otra vuelta.
Sus esfuerzos inútiles semeja El fatigoso empeño De al que amedrenta un sueño, Que en levantar los párpados forceja Y con ahincos crecidos Lucha sudando, y ellos mas unidos: El uso busca de los pies y brazos, Mas los embargan del sopor los lazos, Y como roca inmensa Así le pesan si moverlos piensa.
A la mañana por un bien anhela Que su razón ofusca, Desvivido le busca, Ni sacrificio habrá que hacer le duela; ¿Logró lo que apetece? A la tarde le cansa y le aborrece. Siempre inconstante, cual la frágil caña, Que recio bate de aquilón la saña, A dó quier se doblega, Va, viene, vuélvese á ir y no sosiega.
¿Qué es lo que quiere el hombre?; ¿qué aborrece? El se ignora á sí mismo; Negro y obscuro abismo Dó un enjambre de monstruos nace y crece; Y si corta y desecha De ellos alguno, mil retoños echa. El los vé con horror, se huye cuitado, Cual ciervo por los perros acosado: De placeres mendigo, ¿A dónde vas, si siempre vas contigo?
De su cuerpo y de si vive olvidada Del hombre el alma, huyendo sus enojos, Y ocultando á los otros y á sus ojos La espantosa miseria de su nada.
Llega la muerte, y la costumbre usada Prosigue, y de engañarse los antojos, Y los humanos míseros despojos Entre marmórea lápida dorada.
No en ella te detengas, pasagero. Ábrela, y vé lo que ocultarte quieren De los llegados á su fin postrero.
¿Qué ves?—Horror—Tus ojos mas no esperen Que podredumbre y polvo lastimero. Así viven los hombres, y así mueren.
¡Y de tu cara grey, Pastor te alejas, Cuando mas necesita de tu esmero!… Ay, que ya ahulla lobo carnicero! ¡Ay del redil que abandonado dejas!
¡En noche obscura, solas tus ovejas!… ¡El brazo yerto!… la honda sin hondero, De quien las fieras recibían primero El golpe, que el chasquido sus orejas!…
Manuel, retorna y el cayado apaña, Que nos llevaba por la fértil vega, Donde el verdor del pasto nunca engaña,
Y agua de vida sin cesar lo riega Mas ¡oh dolor! desierta la cabaña, Nuestro balido triste no le llega.