Versos Spanish José Zorrilla 3 (Era un mancebo pálido que apenas)

Spanish poem

3 (Era un mancebo pálido que apenas)

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Era un mancebo pálido que apenas en los seis lustros de su edad rayaba, y en cuyos ojos negros chispeaba el fuego de la fiebre en que su mente ardía y su existencia devoraba con sus vigilias de delirios llenas. Ya una arruga precoz se señalaba, sombría dividiéndola, en su frente: y a través de la mate y trasparente piel de sus sienes, de sus amplias venas el enramado azul se dibujaba. La vaguedad de su mirada errante, por la enérgica fuerza contenida de su empeñada voluntad constante, la árida sequedad, la contraída sonrisa de sus labios, a su boca y a su expresión prestaban cadavérica y extraña rigidez, falta de vida, que vendía traidora a cada instante, con repentina contracción o amago de involuntaria carcajada histérica, la violenta y aparente calma con que ansiaba en su lúcido intervalo encubrir el desorden de su alma.

Tendióme el infeliz su ardiente mano: me contempló un momento con ternura murmurando: «Sí, él es; bien le recuerdo», y me cedió su asiento cortesano, diciéndome con íntima dulzura: «Ya le habrán dicho a usted que yo estoy loco: es la verdad; mas lo que usted ignora es que es usted la causa del mal horrible que mi ser devora.» Yo callé, y él siguió tras breve pausa. «Yo, como usted, aunque con otra suerte, nací en Valladolid; somos paisanos: tal vez, ¡sábelo Dios!, somos hermanos; tal vez más…, porque el mundo es un abismo de misterios, que el hombre no penetra y cuya realidad jamás advierte. Tal vez somos los dos un hombre mismo: mas cuya esencia entre ambos dividida, de ella le han dado a usted la parte buena, la más noble y brillante, la más fuerte, la de deleites y venturas llena; es decir, la salud, la inteligencia, la fe, la acción, el canto, la fortuna, la gloria, en fin, la vida; y a mí sólo me dieron entretanto la duda ruin, la ceguedad inerte, la enfermedad, la inercia, la impotencia, las tinieblas, el mal, en fin, la muerte. Yo moriré por ambos enjaulado; usted por ambos vivirá colmado de libertad, de gloria y de alegría, uno siendo los dos, y de este modo cuando a su seno Dios nos llame un día será común entre nosotros todo; partiremos entrambos como buenos, de usted la suerte, y la desgracia mía.»

Yo, al comprender tan loca teoría, de sonreír al fin no pude menos. —«Veo que duda usted de lo que digo, continuó; pero dígnese escucharme unos breves instantes, y a que vea clara, palpable mi razón me obligo. —Hable usted, repliqué; no dudo nada de lo que afirma usted: por el contrario, en esa vida doble con que atada nuestra esencia tenemos, hasta ahora llevo lo bueno, lo feliz, lo bello, y en el placer inmenso que atesora bendice a Dios mi corazón por ello. Prosiga usted; porque en verdad le digo que le oigo con placer. —Pues bien, prosigo, No sé por qué fatal coincidencia por el mismo camino, paso a paso, ha corrido a la par nuestra existencia; un punto no hay del universo acaso que haya usted visitado adonde yo después no haya llegado. Su familia de usted tuvo en Castilla casa: también la mía; magistrado fué su padre de usted: también el mío; habitó usted en Burgos y en Sevilla cuando pequeño: yo también. Del río Guadalquivir, del Arlanzón, del Duero, del Pisuerga y Genil la varia orilla que vió usted, hombre o niño, con sus ledas odoríferas áureas, sus olmedas añosas, sus espesos enebrales, ruinas, castillos, puentes, catedrales, en mí después, como en usted primero, inspiró a par iguales instintos y aficiones, sentimientos dulces y melancólicos, el mismo sombrío y vagaroso idealismo; y las mismas costumbres y lugares que en nuestra infancia vimos, las mismas tradiciones populares y las mismas canciones y los cuentos mismos con que en la cuna nos dormimos, engendraron en ambos con los años la misma gradación de pensamientos, aunque distintos en edad y extraños el uno para el otro siempre fuimos. Estudios a ambos en Madrid nos dieron los Padres Jesuítas: a usted en su extinguido seminario y en San Isidro a mí: y he aquí que empieza la larga serie de mis negras cuitas: he aquí do nace el mal que involuntario me ha originado usted, el fatalismo que al fin me ha trastornado la cabeza.

Enviáronme mis padres a Toledo a la Universidad; dos años antes había estado usted: de usted me hablaron por la primera vez los estudiantes. Yo, como usted, vagué por las alturas de las peñas del Tajo; como usted admiré las esculturas y el difuso trabajo de nichos, agallones, sepulturas, grecas, orlas, molduras y calados; las techumbres de cedro, los canceles de plata, las custodias de mil piezas, los inmortales lienzos y tallados bustos e inapreciables joyerías de los altares santos; los pintados rosetones, las moras celosías entoldadas de ricas sederías, las graves e imponentes procesiones que ve Zocodover por sus balcones colgados de sin par tapicerías. Visité los palacios de Galiana, el baño de la Caba, los rajados restos del artificio de Juanelo, de la puerta del Sol la obra africana, las ruinas, las ermitas, las murallas, todas las venerables antiguallas que la imperial ciudad guarda en su seno; cuanto puede ser hoy raro y curioso en restos, monumentos, cantares, tradición, historia y cuentos vi, estudié, recogí y adoré ansioso, con la intención de procurarme un día, con ello y con la noble poesía un lugar en el templo de la gloria, y universal y larga nombradía de este mundo mortal en la memoria. Trabajé con ardor; de claro en claro los días y las noches me pasaba, de los minutos en mi afán avaro. Ya una canción mediana corregía, ya la mitad de un cuento cercenaba, ya cuatro versos duros suprimía, ya entre dos o tres mil, ciento elegía, con los cuales un tomo completaba; y ya a darle a imprimir me disponía cuando, ¡ay de mí!, cayéronme a las manos los tres primeros tomos que acababa usted de publicar, y al hojearles, todos mis argumentos toledanos, toda mi idolatrada poesía en ellos encontré, y al contemplarles calculé que los míos, mis amores, fruto de mis vigilias y sudores, no iba a parecer de todos modos más que plagio, a los suyos posteriores. Despechado lloré: quemélos todos, y dejando las odas y canciones pensé en mayores obras, y en tres años tres tomos escribí de tradiciones; mas, ¿quién previene lances tan extraños? Ya en la corte me hallaba y con un impresor acorde estaba para darles a luz, cuando las tiendas de la calle Mayor mirando un día, ocupado en la compra de unas prendas, vi poner el cartel en que anunciaba usted otros tres tomos de leyendas. Busco del editor la librería, adquiero al punto un ejemplar, le hojeo, y en la obra de usted absorto veo los argumentos mismos de la mía.

Un mes estuve en cama enfermo de pesar, llorando muerta mi por usted asesinada fama; empero no cedí. Busqué otra puerta de su templo inmortal, y en meses cuatro de trabajo febril, concluí un drama y conmigo y con él di en el teatro. —«¿El señor director?, dije al portero. —Allí le tiene usted en el ensayo. —¿Puedo entrar? —Sí por cierto, caballero. Y en mitad de la escena, como un rayo ciego de gozo me planté de un brinco. Abordé al director, le di mi obra, la tomó, la hojeó como hombre ducho, sus páginas saltando a tres y a cinco, y me la devolvió sin miramiento diciéndome después:«Lo siento mucho: pero ésta es ya una obra inadmisible. —¿Por qué?, exclamé asombrado. —Porque con el mismísimo argumento de vuestro rey don Pedro de Castilla, en la Cruz anteanoche se ha estrenado un drama nuevo del señor Zorrilla.» Y la espalda volviéndome en el acto, me dejó el director estupefacto.

Otro mes me costó de calentura semejante aventura; mas yo ciego, tenaz, firme en mi tema, determiné luchar con toda el alma, y con la fe de un mártir me propuse el argumento inmenso de un poema. Tenía yo esta idea desde niño y esperaba a crecer en fuerza y nombre para emprender cuando me viera hombre esta obra, cuyo plan desde mi infancia idolatré con infantil cariño. Era mi idea capital, nacida de una superstición y en la que puse todo mi porvenir, toda mi vida. Velé, reflexioné, leí con calma estudiando mi asunto: coordiné su acción, su plan dispuse, escudriñé de su época la historia, y para dar verdad a su relato los sitios de su acción decidí al punto partir a visitar. ¡Pobre insensato! Llego a Granada: veo, estudio, apunto, dibujo, limo el plan, escribo un canto: me parece la octava maravilla: se le leo a un amigo, y con espanto le oigo decir: «Pero, hombre, eso es lo mismo que lo que empieza a publicar Zorrilla.» Congelóme la sangre un parasismo al escucharle, y con terror profundo comprendí que un siniestro fatalismo me encadenaba a usted en este mundo.

Empezó a darme vueltas esta idea en el cerebro sin cesar: el sueño me empezó a abandonar, y los antojos del delirio, en periódica marea, en círculo ya grande, ya pequeño, a girar empezaron, a crecer y a menguar ante mis ojos hasta que mi razón debilitaron.

Cuando en mi alcoba por la noche a oscuras al reposo invocaba, que me huía, de vagas y fantásticas figuras se poblaba su atmósfera vacía. Ya a lo lejos, disperso en las alturas, ya junto encima de mi pecho, hervía todo un mundo de sombras y visiones. ¡Ay!, ¡el de mis poéticas ficciones!

Del vacío en los pliegues incoloros veía de mis cuentos de Granada los héroes en acción, Cristianos, moros, y la ciudad en fiestas, ya incendiada; ya corridas magníficas de toros: allí el auto de fe, la cabalgada allá: la procesión, la boda, el duelo, las mezquitas, la Alhambra, el mar, el cielo.

El monje grave, la modesta dama, la desnuda odalisca, el niño tierno: bien, mal, vicio, virtud, en amalgama torpe, en bullente movimiento eterno, veía en gigantesco panorama; y a través del tumulto de este infierno, fijos en mí como carbones rojos brillar de usted los pertinaces ojos.

De usted que, dél en el confín sombrío, mi creador cerebro escudriñando, las creaciones y el trabajo mío iba a sus propias obras aplicando; y este continuo vértigo, este impío maleficio mi seso trastornando, fué mi razón matando poco a poco; y al fin, ya lo ve usted, me he vuelto loco.»

Calló aquel infeliz; y entre sus manos escondiendo su rostro, la cabeza sobre el pecho inclinó, con sus insanos pensamientos luchando una gran pieza. Yo, ante el extraordinario fatalismo a que él atribuía su locura, airado me sentí contra mí mismo; presa mi corazón de honda tristeza, en dos espesas lágrimas de fuego la esencia derramó de su amargura: dos gotas que en vapor tornadas luego, por aquella demente criatura a Dios llevaron mi ferviente ruego. Alzó por fin la frente, y más sereno el desdichado mozo, de hito en hito me miró y exclamó: «Pues está escrito que de usted sea de los dos lo bueno, voy a entregar a usted un manuscrito con mis sucesos y mis obras lleno. Yo le autorizo a usted a que le imprima, le publique y le venda, si de salir a luz digno le estima: es de mi vida la fatal leyenda. Y pues yo para usted pienso y escribo y nada puedo producir que suyo no sea, tome usted: yo restituyo mis obras a su dueño positivo. Vaya usted hilvanando esos retazos, y cuando haga con ellos una historia, piense en el infeliz que sus pedazos arrancó para usted de su memoria.» Dijo, y al cuello echándome los brazos se despidió con gravedad notoria, dándome de papeles un legajo, producto de tres años de trabajo.