Versos Spanish José Zorrilla 31

Spanish poem

31

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Rico de juventud y de hermosura Cual de esperanza y de valor sobrado, Ginete sobre un tordo Berberisco Salió el Rey moro Abú-Abdil al campo. Reverberan al sol de la mañana Sus arneses con oro claveteados, Y se ciernen sobre él como palomas Las plumas de su espléndido penacho. En lugar del lanzón que en Bib-Elvira Se hizo al salir en el quicial pedazos, Despreciando pronósticos siniestros, Corvo alfanje de Fez empuña osado. Piafa el brioso bruto en que cabalga, Fuerza, vapor y espuma respirando. Mosqueando inquieto con la blanca cola Sus ricos paramentos africanos; Y Abú-Abdil sobre la silla diestro Cabalgador caracolea ufano. Tan lleno de bravura y gentileza Como de gloria y de fortuna falto. Detrás de su pendón tranquilos marchan Seis mil peones y dos mil caballos, La flor de la nobleza granadina, Los campeones del Islam más bravos. Por honra del Rey mozo, de Granada Los quinientos mancebos más gallardos Para salir con él á esta campaña Como para un torneo se equiparon. Vénse tan sólo rostros juveniles En derredor de Abú-Abdil, y el fáusto De los trajes, las armas y jaeces Turba los ojos y suspende el ánimo. Quién con el velo de su dama lleva Hecho el turbante al rededor del casco; Quién de la suya en el crestón prendido El ceñidor de virgen en un lazo. Quién una. trenza de cabellos negros Ata. en el hierro del lanzón dorado, Habiendo prometido devolverla Empapada eñ la sangré del cristiano. ¡Qué de garzotas desordena el viento! ¡Qué de colores y reflejos varios Ostentan los brillantes escuadrones En sus movibles grupos ordenados! Desde las torres de Granada al verlos Ya de la vega en el confín lejano, Cintas de oro parecen sus hileras Del sol heridas por los limpios rayos. Aquella tarde Abdil de las murallas De la empinada Loja al pié llegando, Vió lanzarse cien árabes ginetes Del su enhiesto peñón como milanos. Sobre caballo indócil del desierto Que avanza á modo de león á saltos, Bajaba á la cabeza de los ciento El alcaide Aly-Athár, de fé relámpago. Al ver los Granadinos campeadores Llegar al fiero triunfador anciano, Con un lelí de admiración unánimes Su anhelada presencia saludaron. «De Aláh llevamos el favor, dijeron, Si con nosotros á Aly-Athár llevamos.» Y lo creen: hace ya setenta lunas Que es su bandera de Castilla espanto. El fuerte viejo, que indomable arrastra El peso colosal de sus cien años, De ellos el brío y la esperiencia abriga Bajo el cendal de sus cabellos blancos. Hijo feroz del África, en la guerra Endurecido, su nervioso brazo Con un bote de lanza todavía Al caballero arranca del caballo. Arabe verdadero en genio y raza Y del Corán indómito sectario, Quiere para subir al paraiso Una escala de cuerpos de cristianos. Su ecsistencia Aly-Athár pasó con ellos En lid no interrumpida peleando, Sin que de amigos ni enemigos reyes Respetara jamás treguas ni pactos. Tal es el viejo capitán de Loja: Tal es el padre de Moraima; amparo De los Muslimes, vencedor do quiera, Jamás vencido y por do quier temblado. Mas ¡ay! ¿quién fía en su feliz estrella, Ciego imprudente junto á sí llevando La fortuna de un rey de quien los cielos Abrieron un abismo entre los pasos? ¿Para quién resplandece estrella alguna Á través de los lóbregos nublados? Alahuakbar ¡Dios grande! Hácia Lucena Marcha Aly-Athár de Abú-Abdil al lado. Va la saña de Dios delante de ellos: De Santaella y de Aguilar los pastos Quedan sin hoja verde, y como lluvia Corre á sus piés el oro y el ganado. De Montilla y la Rambla las moradas Son humo nada más, y el viento vano Se lleva sus cenizas, de sus dueños Sin tumba los cadáveres dejando. ¡Allí van! ¡allí van! Como un torrente Bajan de las montañas, y su rastro Siguen manadas de voraces lobos, Y los buitres sobre ellos van volando. Allí van: ya las torres de Lucena Blanquean á lo lejos: espantados Huyeron los fronteros, ó dormidos Yacen sin verlos descender al llano. Todo reposa en la extensión desierta: Las sombras de la noche condensando Se van, y de los Arabes protegen La marcha lenta con que avanzan cáutos. De un silencioso valle en la espesura Donde abrieron las lluvias un barranco, Siguiendo de Aly-Athár un buen consejo El rey Abú-Abdil mandó hacer alto. Alzáronse las tiendas: en el centro Metieron el botín, reses y esclavos, Y esperando la luz del nuevo día Se dieron unas horas al descanso. «Nadie se mueve, dijo el rey: sin duda Aláh por nuestro bien les ha cegado: Mañana somos dueños de Lucena, Cuando no por sorpresa, por asalto. —Así lo espero, Amir; pero reposa Para lidiar mejor, dijo el anciano Aly-Athár á Bú-Abdil: duerme tranquilo Y deja lo demás á mi cuidado.» Entró Abdilá en su tienda, y apagadas Las luces que pudieran delatarlos, Sumidos en silencio y en tinieblas Los emboscados Árabes quedaron. Del valle á la salida, en una altura. Un hombre se apostó tras un peñasco. Mudo y quieto como él permaneciendo : Era Aly-Athár que vigilaba el campo. Mas ¿cuyos son los ojos que penetran De la mente de Dios el denso cäos? ¿Cuya la inteligencia que sorprende De sus hondos designios el arcano? Mientras el viejo vigilante guarda El campamento moro, confiando En la tranquilidad del enemigo Su empresa audaz para llevar á cabo. En el confín del horizonte oscuro, En una torre que cual punto blanco Vio Aly-Athár con el día, una luz roja Brilló toda la noche. El africano La vio, mas sola y sin aumento viéndola. La contempló brillar sin sobresalto, Pues vio que no era seña ni atalaya, En avisos de guerra ejercitado. A la lejana luz continuamente Volvíanse sus ojos sin embargo, No por fundado y racional recelo, Mas por tenaz presentimiento vago. ¿Quién allí velará?» Se preguntaba A sí mismo Aly-Athár. «Si no me engaño, Aquel es el castillo de Baena, Pero ausente está de él su castellano. Si aquella luz fuera señal, seguía Consigo propio el Musulmán hablando, Ya hubieran las cristianas atalayas Con otros á su fuego contestado. ¿Quién velará en Baena?» Así pensaba El viejo Moro al resplandor lejano Mirando; pero Dios solo pudiera Ver en tiniebla tal, y á tal espacio. Y á poder ver el Moro, hubiera visto A un castellano capitán que armado Se asomaba al balcón del aposento Donde brillaba aquella luz. Debajo De aquel balcón y tras los gruesos muros De aquel castillo y en su extenso patio, Hubiera visto á combatir dispuestos Trescientos caballeros: y, apoyados Los arcabuces en el muro, hubiera Visto hasta mil peones castellanos. Que aguardaban las órdenes del hombre Que estaba en el balcón iluminado. Hubiera visto luego que otro gefe Con otros cien jinetes de su bando Llegaba, y abrazando al que esperaba Tocaron bota-silla sus soldados. Todo esto, á poder ver, hubiera visto Aly-Athár, ó lo hubiera imaginado, Si su clara y sagaz inteligencia No oscureciera Dios para estorbárselo: Mas no vio más que lo que ver podía; Y viendo el día á clarear cercano, Dejó su puesto y de Abdilá en la tienda Entró, diciendo respetuoso: «Vamos: Levántate, señor: ya está la aurora Prócsima, está el camino solitario, Y es fuerza que á las puertas de Lucena A un tiempo con el sol amanezcamos.» Cabalgó Abú-Abdil: en breve tiempo Los escuadrones moros se aprestaron A partir y partieron, á Lucena En su poder el rey imaginando.

Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa Llaman á Abú-Abdil desventurado, Ni sin razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infáustos.