Versos Spanish José Zorrilla 34

Spanish poem

34

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Ya por el horizonte blanquecino Comienza á despuntar la luz primera Del sexto día en que con hueste brava El rey Abú-Abdil partió á Luoena; Y ya, envuelta en un schal de cachemira Desde la parda torre de la Vela Tiende su madre los avaros ojos Por la estensión de la tranquila Vega. Todo es silencio, el campo todavía Iluminado por el alba apenas; Duermen aún las aves en las ramas Y cerradas están todas las puertas. Ningún viviente ser en lontananza Comienza el punto de su sombra negra Á acrecentar, sobre el sendero blanco Por donde de Abdilá se aguardan nuevas. Fría, impasible al parecer la Mora, Pero de angustia inexplicable presa, Silenciosa y sombría se mantiene, Inmóvil, apoyada en una almena. Dentro del triste corazón materno Fiera aunque oculta tempestad fermenta, Y á sus ojos las lágrimas no suben Porque en el hondo corazón gotean. Alguna vez su pié, que el suelo hiere Con ímpetu, delata su impaciencia, Y algún suspiro, que fugaz ecsala, La realidad de su aflicción revela. Nadie parece aún: el sol brillante De un día de temprana primavera Estiende ya sus purpurinos rayos Por el verde tapiz de las laderas. Las cristalinas gotas del rocío, Que se columpian en la móvil yerba Mecidas por el áura matutina. Del sol á los reflejos reverberan. Ya abandonando su caliente nido Bulliciosos los pájaros gorgean, Y estremeciendo de placer sus plumas, A Dios bendicen y su luz celebran. ¡Cuan hermosa en los campos de Granada Se ostenta la feraz naturaleza. Cuando del seno de las sombras sale Vírgen, florida, perfumada y fresca! Aixa desde la torre su hermosura Callada y melancólica comtempla, Sin ver en la extensión de la campiña Más que de Loja la torcida senda. «¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose, ¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!» Y á sus palabras contestó un gemido Hondo, angustioso: de Moraima era. Tornó los ojos la sultana madre Hácia la esposa pálida, y al verla Con la vista y la faz desencajadas. Siguió de su visual la línea recta. ¡Presentimiento de su amor sin duda! Un punto negro y móvil va con lenta Vacilación su forma acrecentando Sobre el camino que hácia Loja lleva. Kaël, que á los pretiles no alcanzando, Por la hendidura ve de una aspillera, Fué el primero que un árabe jinete Reconoció en el punto que negréa, Y á Moraima con muda pantomima Explicó la verdad, que aun no penetra La vista de las Moras, menos clara Por la edad y las lágrimas en ellas. «Tiene razón Káel, es un ginete,» Dijo la madre al fin, sobre las cejas Formando una pantalla con la mano Para ver más sin que la luz la ofenda. «Es un guerrero, sí», dijo Moraima A su enano Kaël que la hace señas: Es un guerrero de Granada, dijo Aixa á Moraima, tus colores lleva.»

Es, en efecto, un caballero moro, Que á escape las campiñas atraviesa Sobre un caballo del desierto, y rápido Como una nube á la ciudad se acerca. Dos ó tres veces se perdió cubierto Por los árboles altos de las huertas, Y apareció otras tantas, mas distinto Cada vez y más prócsimo. Las cercas Dobló de los jardines esteriores, Cruzó las intrincadas callejuelas Del arrabal y entró por Bib-Elvira, Por el vigia al conocerle abierta. «Vamos á recibirle» —exclamó Aixa. «Vamos», dijo Moraima: y, la escalera Tomando de la torre, las sultanas Bajaron de la Alhambra hasta la puerta. Un momento después, bajo del arco De la justicia, la rendida yegua Del caballero moro desplomóse Ante los piés de su ginete muerta. Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo De Abú-Abdil, quien respirando apenas Dobló ante las sultanas la rodilla, Mas sin poder hablar. En su impaciencia Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo: «Habla: ¿qué es de Bú-Abdil? —Hácia la tierra Cristiana con la mano señalando, Respondió Cid-Kaleb: —¡Allá se queda! —¿Muerto? —Cautivo. —¿Y Aly-Athár? —Sin vida, Su cuerpo el agua del Genil se lleva. ¡Cayó sobre los Árabes el cielo Y yacen sin sepulcro en tierra agena!»

Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo, Honda expresión de su profunda pena, Y cayó sin aliento entre los brazos De Aixa, que la abrazó por vez primera. Lívida, silenciosa, sosteniendo A la infeliz Moraima con la fuerza Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto Los ojos con horror fijos en tierra.

«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo: Y de su rostro por la tez morena Resbalaron dos lágrimas, dos solas: ¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!