Versos Spanish José Zorrilla 34 (Cegado por su amor y su…)

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34 (Cegado por su amor y su…)

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Cegado por su amor y su amor propio, la extraña cita al recibir el conde, respuesta a su cartel, desconfianza no tuvo en ir al solitario islote. Fiado en la pasión de Genoveva, creyó que al fin, a su reclamo dócil, darle quería tras de amantes quejas entrada en la mansión de sus mayores; y como de la dama y del bastardo de tiempo atrás la lealtad conoce, acudió sin más armas que su espada de la cita al lugar, solo, en un bote. Y largo tiempo que aguardaba hacía adormecido en dulces ilusiones, cuando en la superficie de las aguas que sus miradas con afán recorren, allá a lo lejos divisó, acercándose con marcha lenta, perezosa y torpe para la honda impaciencia que le acosa, del bastardo el batel que el agua rompe. La luna que, en su lleno, poderosa reina del firmamento y de la noche, por él al elevarse había el cielo limpiado ya de nubes y vapores, quebraba sus reflejos argentinos en los puntos salientes que la móvil barca, al mecerse sobre el agua, inquieta ante los rayos de su luz expone. El velo blanco que el cadáver cubre, el lirio de oro que sus manos cogen, la nacarina tez de su semblante y sus dorados rizos, que del bote a popa hace la brisa con su soplo que sobre el paño funerario floten, lanzan destellos cuyo brillo envía luz de esperanza al corazón del conde. Recuerda la beldad de Genoveva, y al venir a su encuentro, la supone por mujeril instinto engalanada con prendas que sus gracias avaloren. Compasados, monótonos e iguales sobre el agua caer los remos oye, y el impulso que dan a la barquilla mide contando con afán sus golpes. Entró, al fin, en el círculo a que puede llegar la vista natural del hombre, y al notar la actitud de Genoveva, aunque lo cree, le extraña que repose. Coquetería mujeril juzgólo, dispuesto a favorables impresiones, y sonrió juzgándose seguro de vencer de su enojo los rigores; y ciego en su ilusión, tomó tranquilo continente gentil, actitud noble, de la primer mirada de la dama para arrostrar sin desventaja el choque. Llegó el bastardo ante él; mas a distancia y de la tierra sin tocar el borde, vió que el viejo no más se levantaba, permaneciente Genoveva inmoble. El frío del pavor sintió en su pecho penetrar; el espíritu asaltóle de la verdad horrible la sospecha, y un crimen más horrendo imaginóse. Y al bastardo capaz de él suponiendo de pronto, allá en su espíritu imputósele, y de la muerte natural y el crimen quedó aterrado ante la angustia doble. Mudo, luchando con la doble duda, la vista fija en la mujer inmóvil, esperó con afán un movimiento de ella o del torvo viejo explicaciones. Éste, con faz sombría y agrio acento le dijo: –«Ha preferido, señor conde, la eternidad al tálamo. Os lo dije, no anidan con la garza los halcones. –¡Muerta! –Como lo veis: y en ese escrito su voluntad postrera nos impone. Su muerte es obra vuestra: Dios tenía que maldecir, al fin, tales amores.» Y el lirio y el escrito de la dama tirándole a los pies, mientras el conde se afana por leerle con la luna, desde el barco el bastardo así explicósele: «Se ha dejado morir por no ser vuestra, y hasta su polvo a que encontréis se opone: y no le encontraréis, porque este lago no lo vuelve jamás cuando algo sorbe. Su lecho es de larguísimas mimbreras y ramajes acuáticos un bosque, que abrazarán su cuerpo en cuanto se hunda y de nudos sobre él harán millones. Si por sed de venganza o por cariño nefando le buscáis, para que robe su presa al lago vuestro amor maldito, fuerza será que vuestra sed le agote. Yo no os quiero matar, porque he escogido verdugo para vos más que yo noble; y aunque a mí vida y salvación me cueste, yo os llevaré a fin tal que al mundo asombre.» Dijo, y los remos el bastardo asiendo, dió tal impulso repentino al bote, que antes de que él de su estupor volviera, bogaba ya el batel lejos del conde.

Absorto, anonadado, sin voz, sin movimiento, bogar con el cadáver mirándole quedó, como una de las sombras que deja abandonadas a orillas de la Estigia la barca de Carón. Zumbaba en sus oídos, turbando su cerebro, del viejo inexorable la amenazante voz, sin que pudiera el conde tejer con sus palabras ideas que formaran sentido en su razón. La conmoción violenta del imprevisto golpe en el cerebro a un tiempo y el corazón le hirió, y la verdad horrible le reveló de su alma, que amaba a Genoveva con verdadero amor, que amaba a Genoveva con un amor exento de cálculos mezquinos de sórdida ambición, y que perdía en ella la dicha en este mundo, la estrella y la esperanza en cuya luz fió. Sintiendo su cerebro, a la locura próximo, de aquella idea horrible girar en derredor, quedó por largo espacio inmóvil, como un ebrio que busca el equilibrio del cuerpo y la razón. Y mudo, contemplando la barca que se aleja en lúgubre silencio, tenaz permaneció, oyendo, sin conciencia de lo que ve y escucha, de los lejanos remos el compasado son. La barca de repente sobre el tranquilo espejo del agua azul del lago su marcha interrumpió y sobre el casco inmóvil alzarse lentamente se vió la móvil sombra del torvo conductor. Bernardo lo veía, como quien ve de un sueño pasar las vagas sombras por su imaginación, y vió, sin darse cuenta de lo que ve, al bastardo que un punto sobre el blanco cadáver se inclinó. Volver a enderezarse le vió sobre la barca, mas pareció aumentada su forma en derredor y dobles sus contornos, cual si su cuerpo hubiera tomado al levantarse la dimensión de dos. Aquella doble, negra, siniestra y móvil forma que sobre el cielo un punto fugaz se dibujó, como un vapor al soplo del viento se deshizo del conde hiriendo a un tiempo la vista y la razón. Al deshacerse aquella siniestra y doble forma que un punto sobre el barco fantástica se alzó, se propagó en el aire, creciendo sobre el agua, un trémulo, profundo e indescriptible son. Tras él quebró las ondas en torno de la barca un círculo: y mil otros brotando de él en pos, concéntricos los unos tras otros extendieron interminables ondas del centro alrededor. Contra el islote apenas veloz, creciente y trémula, del círculo primero la onda se rompió, el ruido de su espuma dió al alma de Bernardo de la verdad conciencia y luz a su razón. Del viejo vengativo las frases concibiendo, comprende que su infame promesa ejecutó, y el alma recobrando y a la razón volviendo, de angustia y rabia un grito del pecho desgarró. Rindióle tal esfuerzo: sus lágrimas brotaron y a orilla de las ondas sin fuerzas se postró, y con despecho inútil sus ojos alcanzaron la barca del bastardo que a navegar volvió. Y el viento le traía del viejo una canción de la que sólo oía sin la palabra el son y a un tiempo parecía su extraña melodía pagana evocación, mortuoria salmodía, balada de una orgía, clamor de una oración… Y el conde la sentía con íntima aflicción mortal melancolía traerle al corazón.

Así permaneció por largo trecho mudo, inmóvil, absorto y abismado en aquel pensamiento, que no acierta su mente a comprender: allá a lo lejos, bajo de las defensas del castillo el bastardo en su barca permanece a su vez espiándole. Las aguas riza apenas un aura imperceptible: la quietud y el silencio de la noche de su azul extensión se enseñorean, cual si en torno del lago y de castillo tranquilo todo reposara en brazos del más profundo y apacible sueño. Como quien vuelve de él, empezó el conde su dominio habitual sobre sí mismo a recobrar al fin; lanzó del pecho hondo suspiro: la mirada vaga tendió en su derredor; y los lugares reconociendo, comenzó conciencia a cobrar de los hechos: sus ideas se fueron aclarando; y poco a poco su razón a su afán sobreponiéndose, al sentimiento dominó la idea. El hombre de partido, el ambicioso, el político, al fin, sus sentimientos a su interés somete: se avergüenza de tener corazón; y amor, familia, fe y amistad a la ambición pospone. Y así son los que son hombres de mundo: hombres sin corazón, que sacrifican los instintos que Dios en él les puso a los vacíos ídolos que adora la sociedad humana, esclava ciega de teorías locas. Y así el conde, su pesar sin remedio arrinconando en el fondo de su alma, el frío cálculo al fuego del pesar ahogó egoísta. Y el hombre de partido, el ambicioso, el político, en fin, ahogó al amante y al caballero en él; y sepultando su amor con el cadáver de su amada en el fondo del lago, irguióse altivo; dió a su ambición voraz todo el espacio que el amor en su espíritu llenaba, y ansioso de venganza y libre al cabo de la fe y del amor que a Genoveva le hicieron respetar, todo su odio concentró en el bastardo. Torvo, mudo, de su emoción señor, dueña absoluta de su dolor su voluntad, sereno, silencioso y a paso mesurado del islote bajó a la opuesta orilla; y el nudo en que la había asegurado soltando, se hizo al agua en su barquilla. ¡Era un hombre de mundo… y un malvado!

El bastardo sagaz, que su mirada había tenazmente desde lejos en él tenido sin cesar clavada, de la luz de la luna a los reflejos su movimiento vió; y adivinando cual si en la mente y corazón leyera del conde su intención, quedó esperando a que del otro lado del islote el esquife del conde apareciera. Y apareció: su curso acelerando con los remos le vió guiar su bote, el haz del agua límpida rasando como una golondrina, a la ribera. Entonces lentamente conduciendo su barca hacia el ancón, sobre la alfombra de césped que le borda y a la sombra de la mansión feudal saltó diciendo:

«Con uno acaba de los dos la guerra de la raza de santos de Tolosa y la de Waifro impía y rencorosa. Veremos cuál es de ambas la que cierra de su último campeón la sepultura, y con su última lápida mortuoria cierra un gran manantial de desventura y un capítulo negro de la historia.»