Versos Spanish José Zorrilla 35 (Audaz el conde y el bastardo…)

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35 (Audaz el conde y el bastardo…)

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Audaz el conde y el bastardo terco, los fosos hondos, los baluartes altos, Bernardo del castillo apretó el cerco y le dió dos inútiles asaltos. Mas no es empresa fácil, aunque el conde conoce los ocultos pasadizos y subterráneos cóncavos por donde poder minar baluartes tan macizos; pues le sale por minas y baluartes el bastardo a atajar por todas partes. Del castillo de Waifro es el recinto por cima y por debajo de la tierra de defensas y pasos laberinto: si sucumbe ha de ser en larga guerra. A apoderarse de él determinado, incendia en torno de él bosque y maleza el conde, con intento meditado de dejar sola en el peñon aislado de un desierto en mitad la fortaleza.

Despejó la montaña en que se apoya: y dondequiera que barranco, grieta, sima, gruta, quebrada, fosa u hoya salida pueden ocultar secreta, obstruyó, u ocupó con gente suya porque el bastardo de ellas no se valga, auxilio le entre o mensajero salga, y si le vence, al fin, no se le huya: con cuyo ardid y al fin de cuyo estrago cercó y circunvaló castillo y lago.

Cuatro días después llegó, rendido de correr, a su campo un caballero que había a los funerales asistido del piadoso Luis, que había partido su imperio entre sus hijos, y heredero con ellos a la par de un grande Estado al hijo de Judith había nombrado. Pero ninguno de ellos satisfecho con la heredada parte de su tierra, de su ambición a Dios juez habían hecho, cada cual su derecho confiando a la suerte de la guerra: estaba, pues, la lucha fratricida de Luis entre los hijos encendida. De la muerte de Luis hay en la nueva un dato asaz extraño: que moría el viejo Emperador el mismo día en que había expirado Genoveva.

Misteriosa y fatal coincidencia que en el póstumo escrito de la dama marcaba, la atención del conde llama cual fallo de la justa Providencia. Superstición de la época, o misterio real de la alta justicia soberana, murió el último jefe del imperio, de la estirpe aquitana destructor, a la par en día y hora con la última ignorada castellana del aquitano reino sucesora. El conde comprendió con tal aviso que acosar al bastardo sin reposo, momento sin perder, era preciso, y no entrar el castillo vergonzoso. Salió, pues, de su tienda decidido nuevo asalto a ordenar recio y postrero; y al castillo al mirar, no conocido vió un pabellón en el torreón frontero, que en escritura negra en campo rojo ostentaba en latín este letrero: KAROLUS REX. ¿Qué Carlos? ¿Por qué antojo, por qué oculta razón, por cuál misterio el bastardo de un rey toma el partido? ¿Qué jirón es su reino del imperio? CARLOS REY. Mas ¿qué Carlos? ¿Cómo sabe el bastardo antes que él lo que ha podido de un éxito final darle la clave y afiliarle a ese rey desconocido? CARLOS REY. De encontrados pensamientos revuelta tempestad brota en su mente; de encontrados intentos febril efervescencia de repente le agita con opuestos sentimientos. Determinó, impaciente, el castillo asaltar, reflexionando que es fuerza para hacerse independiente en la guerra civil tomar un bando: y en tal resolución, con tal porfía preparando el asalto pasó el día.

Cerró la noche: de apiñadas nubes dejó el día cargado el horizonte: poco a poco la bóveda del cielo entoldaron sus negros pabellones. Ni un solo punto azul en él dejaron ni una estrella visibles: los rumores nocturnos propagarse en las tinieblas entre mil ecos pavorosos se oyen. Es una de esas noches que ejerciendo una influencia física del hombre sobre el cuerpo, a impresiones no sentidas por él jamás su espíritu disponen. Todo calla en el campo; ni en su tienda tiene ya luz el desvelado conde: y aunque todo parece que en él duerme, todo tal vez en él vigila insomne. No sé qué vago miedo hay en la atmósfera que oprime los más bravos corazones con un presentimiento como él vago, aunque explicable y a razón conforme. Minando en las tinieblas por un silo la fortaleza están aquella noche los mineros del conde, y el asalto debe darse del día a los albores. Y no hay valiente a quien de asalto en vísperas o batalla no asalten aprensiones, superstición, presentimientos…, miedo, en fin, del mortal riesgo a que se expone. Todo yacía en calma y en silencio y en tinieblas: el tercio de la noche transcurrido iba apenas, cuando pálidos comenzaron movibles resplandores a divisarse del castillo dentro, destacándose de él los torreones, alminares y cúpulas y almenas sobre aquella cortina de luz móvil. Apercibióla el conde, que velaba, y temiendo un ardid que desconoce, lanzó en la oscuridad de su guerrera trompa un agudo y repentino toque. Todo el campo a su son en faz se puso de pelea: y con ojos avizores del castillo la luz contemplan todos que gana intensidad y dimensiones. Arde el castillo: mas el conde ignora si le lograron incendiar sus hombres por las minas secretas, o le incendian a expreso o por azar sus defensores. De repente un horrísimo estallido ensordeció la atmósfera: y la enorme torre del homenaje desplomándose, el incendio interior manifestóse. Un horno inmenso reventó en el centro del castillo de Waifro; flameadores, de una palma de fuego cual penacho, como del cráter de un volcán que rompe en erupción furiosa y repentina, del centro alrededor los torreones, cúpulas, alminares, capiteles, atalayas, en fin, y miradores lamieron, azotaron y ciñeron tropel de salamandras y dragones inflamados, lanzándose a cebarse en las salientes piedras exteriores. Las llamas con mil lenguas que en la boca de aquel volcán renacen y se esconden sin cesar, reventando las vidrieras, brotaron por troneras y balcones. Tal poder concebirse no podía en el fuego que ataca tales moles, sin que el poder de Satanás le atice u ocultos combustibles se le doblen. Es un fuego voraz que lo calcina todo, lo pulveriza y lo corroe; es como el fuego griego, que materia no hay en tierra ni en mar que no devore.

Y creció sin cesar: su hoguera inmensa alumbró con siniestros resplandores el campamento, el lago, las montañas, el hondo valle y los lejanos bosques; mas del centro voraz de aquel incendio no se oyeron salir ayes ni voces, ni una sombra se vió de ser viviente asomar por sus muros ni sus torres. El fuego, al parecer, consumió a un tiempo del castillo de Waifro piedras y hombres. sin dejar de él ni de ellos más que un nuevo pábulo a pavorosas tradiciones. Cuando logró después de cuatro días en su recinto penetrar el conde, no halló más que montones de cenizas dentro de sus ahumados paredones: y en el postrer baluarte que se alzaba sobre un peñasco inaccesible al Norte, sobre el lago, el pendón en que está escrito de CARLOS REY el misterioso mote.

Sólo su gente al recoger un día, tropezó en un barranco con un golpe de gente armada, que se dió a la fuga al doblar él la cúspide del monte. Cargó, empero, sobre ella con su escolta: mas unos como zorras por los bosques se perdieron, algunos se salvaron jinetes en caballos muy veloces, y de unos pocos que cogió no pudo saber al cabo nada más que el nombre de su jefe: era Ayzón que del castillo rondaba alrededor; pero fugóse.