Versos Spanish José Zorrilla 4 (Roma sentía escapársele)

Spanish poem

4 (Roma sentía escapársele)

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Roma sentía escapársele de las manos la cadena con que amarraba a los pueblos al carro de su soberbia: sus provincias se trocaban de esclavas suyas en reinas, y las que sus pies besaron se erguían en su presencia. Los francos, como manada de lobos, hicieron presa, al abandonarlas Roma, en las Galias indefensas; y Eudes, duque soberano de Aquitania y de Provenza, que las tenía por Roma para él y su descendencia, vió al franco, dragón naciente enroscado en sus fronteras, empezar a abrir sus alas y a desenroscar sus vueltas. La Francia, dragón que a Eudes creyó oruga y vió culebra, avanzó sobre Aquitania amenazando comérsela; y Eudes, viéndole venir sobre él las fauces abiertas, le echó atrevido en la boca nutridos haces de flechas. El aguijón de la oruga sintió el dragón con sorpresa; mas resuelto a devorarla, se preparó a la pelea. El dragón era más fuerte, la serpiente más mañera; fué larga y tenaz la lucha entre la maña y la fuerza. Eudes ten a su espalda del Pirineo en las selvas su castillo, inexpugnable en su salvaje aspereza. Vencido, mas no rendido, dos veces dejó sus tierras de Carlos Martel en manos, acogiéndose a las breñas. Repuesto en ella dos veces, bajó al campo la tercera: pero por fin la corona compró con su independencia. Hizo homenaje a los francos, y fué en su fortuna adversa a encerrarse en las murallas de su oculta fortaleza. Gastó en ella sus tesoros para asegurarse en ella, y a su muerte su hijo Hunaldo la recibió con su herencia. Eudes murió en su castillo tremolando su bandera, león que herido de muerte va a expirar a su caverna. ¡Tal es nuestra raza humana! Los odios de raza dejan en el alma de los hijos los padres que les engendran.

Hunaldo ofreció tres veces al rey Carlos obediencia, y otras tres, como su padre, se alzó en rebelión abierta. Como él se acogió en su fuga del Pirineo a las crestas, como él en aquel castillo enterrando sus riquezas; llegando superstición a ser de esta raza inquieta creer que estaba adherida su fortuna a aquellas piedras. Hunaldo, el más fiero apoyo de la dinastía vieja de los reyes merovingios, gastó en él sumas inmensas: y cuando, después de ocho años de encarnizada contienda, derrotado por los hijos de Carlos Martel en Neustria, renunció al poder y al mundo metiéndose en una celda, su hijo Waifro en el castillo vió la joya de su hacienda.

Waifro sucedió a su padre, mas a la dobre cadena amarrado que el rey franco le dejó en el cuello puesta. Su padre Hunaldo en el claustro y su hijo Lupo en la regia servidumbre, respondían de su fe con sus cabezas: y Waifro a estas dos argollas amarrado, en la impotencia de rebelarse, tascaba su freno en calma colérica; y estos dos recios anillos que las manos le sujetan para romper, confiaba de la fortuna en las vueltas. Para ocultar su coraje y distraer su impaciencia, volvió al castillo los ojos como a la luz de su estrella: y el oro del padre Hunaldo y la mitad de sus rentas empleó en hacerse de él la más fastuosa vivienda. Waifro, en las vicisitudes de su vida romancesca, corrió con su inquieto padre desde niño adondequiera que alzaron contra los francos una lanza o una enseña, ya el longobardo en Italia, ya Taxilón en Baviera, ya en España los alarbes; en suma, por donde opuesta a Francia quedó en Europa la comarca más pequeña. Waifro, observador curioso, engrandeció sus ideas en sus peregrinaciones; y en sus montañas de vuelta, recordó cuanto vió bello en las marcas extranjeras, y echó menos la hermosura donde halló de más la fuerza. Recordó aquellos alcázares, castillos, puentes, iglesias, obeliscos y acueductos de Italia, Bizancio, Iberia y Alemania; los detalles recordó de sus diversas arquitecturas: tan noble la romana, tan esbelta la gótica, tan suntuosa la bizantina, tan fresca la árabe, tan extremada en primores, tan aérea… Y dar de su alcázar quiso solidez a la belleza, de los primores de todas los detalles añadiéndola. Estucó sus camarines, balaustró sus escaleras, cintró sus embovedados, labró sus macizas verjas, apilaró las crujías, apretiló las mesetas, transformó, en fin, su castillo en la mansión más risueña, de ligereza y de gracia dándole tal apariencia que, dejándole castillo sólido, hizo en él que fueran miradores las ventanas, rosetones las lucernas, botareles los estribos, belvederes las almenas, chales colgados los puentes, galerías las poternas, y las torres alminares, y peristilos las puertas, y los adarves pensiles, y las explanadas huertas, y tapices las murallas, y juguetes las defensas. Mas Waifro morar no pudo en mansión tan opulenta; porque, al ascender al trono Pepino el Breve, en las fiestas de su advenimiento, Lupo huyó, y como una tormenta, del castillo de su padre llegó una noche a las puertas. Lupo y Waifro de venganza teniendo el alma sedienta, libres al verse, soltaron a su coraje las riendas. Lupo de su padre Waifro puso a la cólera espuelas, la ocasión ante el deseo pintándole como buena para cobrar la perdida soberana independencia, de los Estados del Norte a favor de las revueltas.

Waifro, el cuerpo entumecido desarrolló a tales nuevas, como al balido del corzo sus anillos la culebra. Sacudió al aire los brazos como el león la melena, y a su torre de homenaje como aparición siniestra asomándose, a los labios llevó su trompa, y en ella con todo el pulmón soplando, lanzó su señal de guerra. Los ecos de las montañas le echaron en las praderas, y en la Aquitania un soldado evocó tras cada piedra. Todo el odio de su raza, amasado en la vergüenza de su antiguo vencimiento, hizo de ellos dos panteras. Lupo, duque de los vascos, les hizo cruzar por sendas salvajes el Pirineo; y de ellos a la cabeza el padre y el hijo, ocho años sostuvieron la pelea sin vencer ni ser vencidos y con encono de hienas. Al fin, ¡ay!, su sino infausto dió de la fortuna ciega una vuelta repentina a la revoltosa rueda. Los francos les incendiaron el Berry, entraron la Auvernia, talaron del Lemosín los viñedos y las vegas; y Waifro, rendido no, mas agotadas sus fuerzas, desmanteló sus ciudades desde el Bearn a Angulema; envió a Lupo con sus vascos más allá de sus fronteras, y se metió en sus montañas como el león en su cueva. Los francos no osaron nunca seguirle por las veredas de las montañas; y Waifro con soberana fiereza siguió izando en su castillo su independiente bandera, rey libre de la montaña cuyos lugares le pechan. Waifro, del triunfo del franco como viviente protesta, cazaba por los breñales y andaba en su fortaleza con caballo encubertado, blasonada sobrevesta, manto ducal en los hombros y corona en la cabeza. Pero Waifro salió un día de su castillo, y la tierra debió tragarle, pues nunca dió a su castillo la vuelta.