Spanish poem
3a
Hay razas sobre las cuales la maldición de Dios pesa, y donde ponen la planta desaparece la hierba. En vano a sus individuos fortuna y naturaleza dan amigos, poder, oro, fe, valor, genio y prudencia: no hay prudencia que les baste, genio que a su sino venza, valor que les dé victoria, ni fe que se les mantenga, ni oro que empleen con fruto, ni poder que les dé fuerza, ni amigos que les sean fieles, ni sol que a mirar se vuelvan, ni pan que les dé alimento, ni suelo que les sostenga, ni tierra que les dé tumba, ni ojos que lloren sobre ella, ni almas que sobre ella recen, ni manos, en fin, ni lenguas que de la calumnia póstuma su fama y honor defiendan.
Esas razas por el mundo cruzan como los cometas, dejando tras sí como éstos su cauda roja, una huella negra en su patria, en la historia una figura siniestra, y en la estirpe de que nacen baldón, deshonra y vergüenza. La memoria de estas razas las historias adulteran, la tradición la enmaraña, la torna el vulgo en conseja; y si un poeta la exhuma y saca a luz su leyenda, es un testimonio falso sin firmas, sellos ni fecha: un cuento que a nadie importa, una voz que a nadie llega, un eco que el aire apaga, un fanal que ahoga la niebla, un alminar sin muecines, un instrumento sin cuerdas, una aguja sin imán, un barquichuelo sin vela, una rosa sin perfume, una carta sin respuesta, un cantar sin estribillo y un ave sin compañera. Porque esas razas malditas que, cuando el campo atraviesan de la vida, ni un ruin árbol para sombrearse encuentran, no hallan después de extinguidas ni quien evocarlas sepa tras el cendal de una fábula, como unas sombras chinescas; porque esas razas sombrías tan mala sombra proyectan, que dan mala sombra a un libro... La de Waifro es una de ellas.