Versos Spanish José Zorrilla 39

Spanish poem

39

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Era un año después: había expirado la Emperatriz Judith; con regia pompa mandó el Rey celebrar sus funerales y a su cuerpo labrar tumba marmórea. Lloró el hijo a la madre: vistió luto; fué pesadumbre verdadera y honda; mas es ley de la vida: todo en ella nace, vive y se va, como las hojas que nacen en el árbol, que sombrean el campo en el estío, que se agostan en el otoño, que se caen y en polvo el viento, arrebatándolas, las torna. Era un año después. Carlos el Calvo, merced a la influencia protectora y al oro del incógnito, reinaba como en aquella época azarosa reinaban los monarcas, que sus guerras zurcían sin cesar unas tras otras; mas reinaba, hacia atrás en sus fronteras sin volver sus enseñas vencedoras. El incógnito aliado, a cuya diestra política y al oro que atesoran sus arcas su corona debe Carlos, conserva su influencia poderosa sobre él; su favorito tiene entera su confianza real: conoce en todas las jornadas su vida, y hasta parte su real trabajo y distracción por horas, y hasta educa los perros con que caza y elige los caballos en que monta; y según a sus cálculos conviene, halaga sus pasiones o las doma. Carlos jamás le preguntó su nombre, y el saberle tal vez poco le importa; pues de sus obras cada cual es hijo, y no importa quién sea quien tal obra. Carlos espera que el silencio un día por espontánea voluntad él rompa; y ese día llegó: y así el incógnito habló, por fin, con el monarca a solas:

–«Tres años van que os sirvo desde el día en que os di en una lid vida y corona con mi oportuna entrada en el combate y después con el oro de mi bolsa. –Yo os lo he agradecido, dijo Carlos: jamás mi voluntad la vuestra acota, y ni aun cuenta os pedí de vuestro nombre cual vos no la pedís de vuestras doblas. Huélgome que rompáis vuestro silencio; ¿queréis que legalice y reconozca las deudas que con vos he contraído? La cuenta acepto, sin mirarla, toda. –No se trata de cuentas: yo he obrado siempre en el mundo por mi cuenta propia; yo os he dado mi auxilio y mis tesoros, mas nada me debéis: mi cuenta es otra. Yo me he adherido siempre a las ideas: a una mía lo está vuestra persona, y por mi idea voy del rey de Francia por la vida mirando y por la honra. –¿Alguna de las dos amenazada veis hoy? –Las dos lo están. –¿Quién en la sombra la acecha? –Un traidor. –¿Quién es? –Bernardo, señor de Septimania y Barcelona. –¿Él otra vez? –Él siempre: es una oruga que baboseó las imperiales ropas de vuestro viejo padre: es una espina que se os clava en el alma y se os encona. Vuestros padres ya a Dios han dado cuentas de su vida: mas vos de su memoria arrancar debéis hábil esa espina e impedir a esa oruga que le roa.»

Carlos sintió subirle a las mejillas el fuego del rubor: su amigo toca una llaga que él nunca se ha atrevido a tocar: de su madre la deshonra. Un adulterio real, hecho o calumnia, lleva cual los cometas una cola de luz, que en el espacio de los tiempos la voz jamás de los cronistas borra. Un adulterio real, hecho o calumnia, un áspid es que el corazón acosa de su real sucesión: la duda es áspid al que el fallo mejor jamás ahoga. Carlos había sentido en los rumores del palacio agitarse de una crónica truncada los pedazos, que en su oído ninguna lengua atar osó… ni osa.

El viejo favorito de la sierpe de aquella duda a reunir ahora iba los trozos de veneno henchidos; y Carlos tuvo miedo a su ponzoña. El viejo favorito, sin embargo, a entrar volviendo en la cuestión, que aborda hoy sin duda de intento, y la vergüenza sin mirar que la faz del rey sonroja, empezó de la historia de su madre los rumores a atar, con insidiosa destreza uniendo trozos de la víbora y a los ojos del rey dándola forma. Cuando con todos sus anillos sueltos volvió a formar la sierpe, cuando toda la historia de Judith, hecho por hecho, supuesto tras supuesto, hoja por hoja tuvo junta…, es decir, cuando a los trozos dió vida de la víbora, soltóla de Carlos a los pies para que él mismo a voluntad, la aplaste o la recoja.

«Así se cuenta, díjole acabando de la mujer adúltera la historia: así el juicio de Dios de la calumnia la absolvió y salió incólume la esposa. Mas no lo cuenta así ni así lo escribe el conde desleal de Barcelona, a quien halaga echarse al pie del trono y un pico asir de su imperial alfombra.»

Carlos, voluntarioso, vengativo, rencoroso y colérico, a quien dobla la ajena voluntad que le maneja, y siempre vil cuando cedió a la propia, su ofendido amor propio rebelarse sintió en su corazón, y de la cólera amarillo tornándosele el rostro dijo con voz reconcentrada y honda:

–«Que no lo cuenta así, ni así lo escribe? ¿Qué escribe, pues, qué cuenta? –Que la esposa no ofendida del juicio y la calumnia se acogió al monasterio altiva y hosca, fiada en su virtud y en su justicia, reparación para obtener más pronta, sino que huyó con él, amante ciega, por espontánea voluntad, y sola… Sola con él, de su caballo a grupa, y asida a su cintura, y con su boca la del galán adúltera buscando y apurando en sus besos su deshonra. Que así fueron por páramos y selvas como un juglar errante y una moza sin pudor fugitiva de su casa, pernoctando al azar de choza en choza. Que un campesino les prestó su yegua, siguiéndoles a pie, porque la loma pudieran trasponer en que se alzaba el murado convento, donde mora aún la abadesa que amparó su fuga y allí a la Emperatriz mantuvo incógnita. Y allí les vió llegar el conde Huberto una mañana al despuntar la aurora, y les reconoció: pero Bernardo, dejando a vuestra madre con las monjas, fué a emboscarse en el monte entre el convento y el castillo del conde, que en la próxima altura se veía: y asaltándole de repente al volver, de una traidora lanzada le tendió, con su secreto dejándole expirar sobre la roca. Al trasponer el sol, vino sobre ella a dar con él su desolada esposa, que aún llora su alevoso asesinato y el nombre vil del asesino ignora. Despojado de cinto y coselete, del birrete condal y algunas ropas, achacóse su fin de bandoleros sin Dios ni ley a vagabunda horda. Déjalo así entender el buen Bernardo, señor de Septimania y Barcelona, duque y conde muy pronto independiente, del honor imperial haciendo mofa.»

Carlos, tal al oír, dijo ebrio de ira: –«¿Así lo cuenta? –Así. –¿Dónde? –En las hojas de una carta, en la cual en vuestra madre echa de infame adúltera la nota y mancilla el honor del rey de Francia de su raza infamando a las matronas; y yo soy quien por él osa deciros: el áspid aplastad que a su honor osa. Al gusano aplastad que poco a poco sierpe voraz a vuestros pies se torna; ahogad ese reptil antes que vuele con alas de dragón por vuestra atmósfera. –¿Crees que puede tomar tan alto vuelo? –Tal vez sus alas a probar se apronta aprovechando el tormentoso viento que contra vos en las fronteras sopla. Pepino, a quien de título y derechos de rey el pacto de Verdún despoja, con Sancho de Navarra aliado avanza y las fronteras de Gascuña asolan: y detrás de los dos está Bernardo que el fuego atiza. Aunque la mano esconda tras de la hoguera inquieta, de su mano de la llama a través se ve la sombra. Mientras vivió Judith fué mi consejo que hubierais paz con él: os iba su honra; mas del calumniador en el castigo va la venganza de su honor ahora. Prevenido no os creen, pero yo os tengo hueste escogida a la campaña pronta; caed sobre Pepino y sobre Sancho, y tras el velo de sus huestes rotas quedaréis cara a cara con el conde y… os podréis entender con él a solas.»

Dijo, y dió el favorito a su frase última doblez tan insinuante e insidiosa, que tornó en el espíritu de Carlos sed de sangre voraz la hirviente cólera; y rompiendo sus diques, de su asenso fué la expresión una palabra sola. «¡A caballo!», exclamó. Mientras se armaban de marcha en pie las prevenidas tropas le puso el favorito, y partió Carlos al frente de su hueste poderosa.

Voló: cayó sobre Pepino y Sancho; trabó la lid: fué suya la victoria: citó a consejo como rey y amigo al conde, y acampó frente a Tolosa.