Spanish poem
43 (De la casa de naide)
De la casa de naide Que no hable naide: Porque no sabe naide Lo que hace naide. (Cantar Gitano)
Me habéis mandado invitar para que os cuente una historia u os entone algún cantar; no os lo puedo rehusar: ese es mi arte y fué mi gloria.
Mas pudiendo suponer que estamos en nuestra casa y en familia aquí, a mi ver, debo hablaros sin poner a mis confidencias tasa.
Hablar de sí mismo, sea bien o mal, creo en verdad, que es siempre una cosa fea; quien habla de sí, da idea de una pueril vanidad.
Mas insisto en que me creo con los míos aquí a solas; y así, no ha de ser tan feo decir de mí, a mi deseo, dos verdades españolas.
Seré breve en todo caso, pues no intento en realidad más que deciros al paso algo, que no estará acaso fuera de oportunidad.
Me han puesto por condición, al llamarme a vuestra fiesta, que mi historia o mi canción fuera para esta ocasión expresamente compuesta;
y como la vida extraña que llevo fuera de España, hace muchos años ya, contra mí han puesto en campaña muchos supuestos quizá,
será bien, si mal no infiero, de haceros oír primero mis estrofas baladíes, que os ponga yo, como quiero, los puntos sobre las íes.
Yo me he empeñado en vivir en sombra y en soledad, viendo a mi fama morir; y hay quien no quiere sufrir este afán de oscuridad.
Mi mismo empeño en callar es tal vez lo que os impele a quererme hacer hablar; y bueno es que yo os revele lo que os hace irme a buscar.
¿Sabéis por qué todavía me pedís nuevos cantares? Porque os recuerdan que un día el vapor os los traía, ecos de los patrios lares.
Mi apellido era un cantar de la tierra que os dió a luz, que, por encima del mar, os traía sin cesar la voz patria a Veracruz.
Mis libros, como palomas mensajeras de consuelo, os llegaban entre aromas, recogidos en las lomas y valles del patrio suelo.
Mi caliente fantasía, con audacia juvenil, en la vuestra os infundía de mi loca poesía la fermentación febril.
Mis trovas, tristes o gayas, en sueño os hacían ver los castillos y atalayas de los cerros y las playas de Burgos y Santander.
En mis leyendas, la historia de las góticas centurias mecía en vuestra memoria la cuna de nuestra historia, las nobles breñas de Asturias.
Mis orientales cantares os hacían percibir la brisa que, entre azahares, susurra en los olivares que riega el Guadalquivir;
y en mis tonos berberiscos víais, siluetas bizarras, los alminares moriscos en que rematan los riscos de las hoscas Alpujarras.
Por eso con patrio afán fuisteis veces más de cuatro, con aullidos de huracán, a Don Pedro y a Don Juan a aplaudir en el teatro.
Mi osada imaginación con mi poesía extraña os hizo tal impresión, porque os enviaba en montón memorias frescas de España.
Y eso es lo que os place en mí, que soy un recuerdo vivo de la tierra en que nací; los que habéis nacido allí creéis que aún de allá os escribo.
Mas yo os digo, y no os asombre, que lo que obró tal hechizo no fué el talento del hombre; la distancia fué quien hizo un talismán de mi nombre.
Por eso me comprendéis ahora como soy, pequeño, porque ya me conocéis; porque a la luz no me veis de la ilusión de aquel sueño.
Y ahora que a mí se me antoja ir de mi fama el laurel arrancando hoja por hoja, el no sentir ya os enoja el rumor del viento en él.
Si hubo razón que causó silencio tal, yo la sé; por qué mi arpa enmudeció, revelar no hay para qué; basta que lo sepa yo.
Porque yo os he consagrado mi imaginación no más; mi mente es lo que he franqueado, mi corazón se ha quedado, de ella escondida detrás.
Y en mí hay algo de salvaje; yo me rebelo, bilioso, contra todo vasallaje; y en todo intento curioso recelo un espionaje.
Si yo no os quiero franquear más que mi imaginación, ¿Por qué no os ha de bastar? ¿Por qué os habéis de empeñar en buscarme el corazón?
Mas si a él queréis asomaros, forzando mi voluntad, sea; no os andéis en reparos; hablemos, de una vez, claros, y en mi corazón entrad.
Pero vais, al irle a abrir, la verdad a hallar en él, y es verdad que, en mi sentir, amarga, aunque está sin hiel… ¡no os vayáis a arrepentir!
Confesad que habéis creído que mi nacionalidad en mis viajes se ha perdido; que la han dado o la han vendido desidia y debilidad.
Confesad que habéis pensado, si tal vez no lo habéis dicho, que Méjico me ha embriagado; que en él me ha narcotizado la pereza o… el capricho.
Confesad que no entendéis mi amor a esta hermosa tierra, donde cual sombra me veis, sin que para mí alcancéis el interés que se encierra.
Confesad que en la grandeza con que he desdeñado hablillas que atacaron mi nobleza, creído habéis ver semillas de temor o de bajeza.
Pues ved en mi corazón el intento que se encierra: borrar en esta nación una preocupación que no existe en nuestra tierra.
Estudiarla; y convencido de que nos mira a través de un error envejecido, no de un odio merecido, de ella escribir tal cual es.
Yo amo a Méjico, aunque ignoro si por instinto o por raza; yo no busco aquí un tesoro; aún valen mis versos oro sobre la española plaza;
y cuando yo desde allí, de Méjico escriba en pro, pensará mejor de mí; comprendiéndonos así vosotros, Méjico y yo.
Mi corazón visteis ya; la verdad escrita en él ya a vuestros ojos está; cualquiera en él leer podrá, como yo, en este papel,
que, apoyada mi entereza en mi fe y en mi razón, no da entrada mi nobleza, ni al orgullo en mi cabeza, ni al odio en mi corazón.
Que, no intentando enseñar, ni lucir, ni dominar, mi fe y mi convencimiento me dan un solo talento: el de saber esperar.
Que, como nunca he caído en políticos errores, jamás dañar han podido mi corazón, nunca herido, los políticos rencores.
Que, en lo que cuento de edad, por doquier, bien o malquisto, con su fe y su caridad fuí predicando, con Cristo, concordia y fraternidad.
Que, aunque pese al odio insano de raza y de tradición, doquier que halle a un mejicano le daré siempre la mano sin hiel en el corazón;
Porque antes de mi venida a esta tierra occidental, a la hora de mi partida, debí en París honra y vida a un mejicano leal;
y sabéis que en la nación en que nos cupo nacer, en hombres de condición, la gratitud es deber, la palabra, obligación.
Otra, y no hablo más de mí. No canto en Méjico a España, porque, desde que nací, a tener siempre aprendí cortesía en casa extraña.
Mi padre siguió el pendón contrario a la libertad por Don Carlos de Borbón; mi padre, con su opinión, duerme ya en la eternidad.
Mas si creéis que en mí se encierra un átomo de amargura, ni un leve intento de guerra por la Reina de la tierra donde está su sepultura;
mi corazón si al sondar, creéis que fermenta en él el más ruin germen de hiel, que me amargue al entonar un himno real a Isabel,
habéis creído un error y me habéis juzgado mal; miradme desde hoy mejor; yo soy siempre el trovador de nuestra tierra natal.
Yo he de morir, cuando muera, mirando de cara al sol que alumbre nuestra bandera, y a Dios mi oración postrera dirigiendo en español.
Olvidad mi confidencia: Esto que de mí os he dicho ha sido en la inteligencia de que, en familia, indulgencia obtiene cualquier capricho.
De mí, pues, no es ya cuestión; ahora de lo que se trata es de una composición hecha para esta ocasión; y que es una Serenata para ISABEL DE BORBÓN.
PRELUDIO
Estro mío, que duermes, despierta y toma las dos alas ligeras de la paloma; si es poco, que te preste la golondrina las dos con que ella el viento surca y domina; si no fías en alas, con tu fe sube donde el ángel del aire te dé una nube. Cuando sobre ella flotes, cruza el Atlántico, de Isabel al alcázar lleva este cántico; llama a su puerta, y si duerme, no importa; dila: «¡Despierta!»
Llega, y no te acobardes, ni te avizores; a las reinas no ofenden versos, ni flores; Isabel, aunque reina, jamás fué altiva, y si te oye, no dudes que te reciba. A sus plantas augustas cuando te veas, dila en tu árabe estilo: «¡Bendita seas! En el nombre de un bardo de quien oías halagüeña las trovas en otros días, vengo, Señora, en un himno los tuyos a darte ahora.»
Y aquí, galán como eres y cortesano, pide, para besarla, su regia mano; besa y no te avergüences; que allá en Castilla besar manos de damas a nadie humilla. Luego en la arpa, en que has hecho tan largo estudio, su atención te cautiva con un preludio; y con tu voz más dulce, sonora y grata, lanza al aura serena mi serenata; canta con brío: no imagine, si tiemblas, que no eres mío.
SERENATA
De libertad y gloria tu nombre faro, abrió a España otro nuevo porvenir claro; tus abuelos pagaron pecho a Mahoma; hoy África a tus leyes su cuello doma. Tus abuelos enviaron doquier la guerra; tú llenas de embajadas de paz la tierra; donde sembraron ellos odio y rencores, para ti tal vez pronto sembrarán flores. Reina, que creas porvenir nuevo a España, ¡Bendita seas!
Mas perdona que en tono tan alto rompa, tomando, en vez del arpa, la épica trompa; yo sé que de estas playas a ti debía ir cual trova de amores mi poesía; que debía a tus plantas ir con mi aliento, coronado de flores mi pensamiento; mas cuando con tu nombre tu gloria aspiro, mi canción no es de mi alma más que un suspiro. Cuando la leas, verás que sólo dice: ¡Bendita seas!
Reina, desde las playas occidentales hacen por ti tus hijos votos leales. Como saben, Señora, que me conoces, han fiado a la mía todas sus voces. En su nombre te envío mi serenata; mas va en ella otra ofrenda mucho más grata: engarzada en los hilos de estos renglones, te envío una guirnalda de corazones; cuando los veas, leerás impreso en todos: ¡Bendita seas! Y si aun amiga, del poeta te acuerdas… ¡Dios te bendiga!