Versos Spanish José Zorrilla 44 (Estamos en Bretaña: es esa selva)

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44 (Estamos en Bretaña: es esa selva)

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Estamos en Bretaña: es esa selva que alcanzamos a ver la Brocelianda; a ella marcha Merlín, sin que se vuelva jamás a la mujer que tras él anda.

Él anda, como un viejo sabio y grave, a paso lento, igual y majestuoso; ella como el antílope y el ave que no gustan tomar pie ni reposo.

Él marcha como el genio: va buscando lejos del mundo soledad completa donde no venga a interrumpir aullando el mundo ruin ni al bardo ni al profeta.

Ella marcha tras él como la luna detrás del sol: impávida, tranquila: como el cisne que nada en la laguna sobre un agua dormida que no oscila.

En su traje talar marcha él envuelto, de laurel siempre verde coronado, y sin báculo ya: que ágil y esbelto al avistar la selva le ha arrojado.

Merlín no tiene edad: marcha derecho; es de casi inmortal naturaleza; sobra vigor en su robusto pecho y eterna lucidez en su cabeza.

Él es Merlín: le conocemos todos; hemos visto de niños en mil partes su retrato: mil libros de mil modos nos han dado razón de él y sus artes.

Él… es Merlín, y basta. ¿Quién es ella? Ella es una mujer con quien ninguna tiene comparación, porque es más bella que, al levantarse tras el mar, la luna.

Ella es bella sin par: es un encanto que respira: un prodigio que camina: mujer distinta de las otras tanto, que no agrada ni atrae, sino fascina.

Su cabeza es un faro, que en su cuello gira con gentileza soberana; cae de ella su riquísimo cabello como raudal que del peñasco mana.

Sus ojos radian luz: su frente pura refleja la del sol como un espejo: y dan no sé qué brío a su hermosura imperceptibles bozo y entrecejo.

Su boca exhala olor a gruta fresca donde se guarda fruta en el verano, y su móvil sonrisa picaresca da a su faz un hechizo soberano.

Su bello cuerpo de marfil va oculto bajo talar, sutil y amplio ropaje; mas de sus formas el correcto bulto se dibuja gentil bajo su traje.

Sus dos brazos, flexibles como palmas, rematan en dos ramos de jazmines: Dios hizo a esta mujer por altos fines verdugo de hombres y ladrona de almas.

Cuajó su piel con hojas de azucenas, sus labios hizo con claveles rojos, del sol con rayos sus pupilas llenas, su alma de amor, su corazón de antojos: y poniéndola, en fin, fuego en las venas, fuego en el corazón, fuego en los ojos, la dijo al animarla. «Sin rivales en gracia y perfección al mundo sales.»

Se presentaran con vergüenza ante ella Eva, Niobe, Lais, Venus y Aspasia: tendrían, mudas, que besar su huella las hurís de Georgia y de Circasia; jamás abrieron a mujer tan bella Europa sus saraos, sus baños Asia; Dios la dijo animándola: «Sé muestra de lo que sabe modelar mi diestra.»

Tal era la mujer incomparable, tipo de perfección y de hermosura, que con tenacidad inexplicable va tras Merlín a entrar en la espesura de Brocelianda. Menester que la hable será por fin: porque ella lo procura caminando tenaz sobre su paso, por más que afecta él no hacerla caso.

Y cuando una mujer de prendas tales en ser la tentación pone su empeño de uno de esos filósofos morales que a la palabra amor fruncen el ceño, que mejores se creen que los mortales y el mundo ante su orgullo creen pequeño, como la tentación sepa y lo valga, vencedora, por fin, fuerza es que salga.

Merlín marchaba impasible: mas no cede ella y sigue tras él: que se resuelva Merlín es menester; solo no puede entrar, cual se propone, en esa selva: fuerza es que al linde la mujer se quede, que entre con él o que Merlín se vuelva: él va a obrar un encanto que del mundo le abstraiga en el misterio más profundo.

Y debe solo entrar para efectuarle; es el grande secreto de su ciencia y no debe alma humana penetrarle; va a segregar del mundo su existencia, mas sin morir en él, ni abandonarle. Ese es su único fin, es su sentencia: por inmortal espíritu engendrado, muerto no puede ser, sino encantado.

Pero aquella mujer que le persigue le estorba, le distrae de su gran obra; no es posible en su encanto que a él se ligue ser alguno mortal: la mujer sobra. Al mar es fuerza que a tornar la obligue, pues ella audacia con su calma cobra; resolvióse Merlín, y de repente volvióse y de ella se detuvo enfrente.

Detúvose ella, y abatió modesta su vista ante la de él: y en ella fijo el ojo escrutador, con manifiesta impaciencia así el mágico la dijo: «¿Por qué me sigues hasta aquí? Contesta. ¿Por qué me sigues? Habla: te lo exijo.» Y ella, con voz más suave que el reclamo del ruiseñor, le dijo: «Porque os amo»

Al son de aquel acento y al sentido de aquella sentidísima palabra perdió el ceño Merlín y abrió el oído, porque a ésta no hay oído que no se abra. Ella calló, el efecto producido por su voz esperando que en él labra: y él por sinceridad o por reclamo repitió: –«¡Porque me amas! –Porque os amo»,

repuso ella otra vez con voz entera, resuelta, persuasiva, audaz, vibrante; era la voz del alma: verdadera voz de pasión ardiente, delirante: no era voz, era acero, puñal era que iba derecho al corazón. ¡Instante fatal fué aquél para Merlín! El mago de su herida en el de él sintió el estrago.

Merlín, hijo de un silfo, ser mestizo de un infernal espíritu y una hembra racional, cuyo impío y tornadizo amor a su hijo exótico desmiembra de la raza de Adán por un hechizo; Merlín, cuya alma es campo donde siembra Satán, que ni es espíritu ni es hombre, semidiós de mortal con cuerpo y nombre,

no había amado jamás, porque en la esfera en que le colocó su esencia extraña nunca halló una mujer que se atreviera a despertar su amor, ni él en su huraña ciencia en buscar pensó una compañera; mas en la que hoy le sigue y le acompaña por la primera vez ve alguna cosa cuyo ignoto poder al suyo acosa.

En la corte de Arthur mil y mil veces ha visto a esta mujer: ante los ojos mil veces se le ha puesto: y por preñeces de orgullo tomó siempre y por antojos

de mujer un amor en que aún quisiera dudar; mas de su voz ante el reclamo, con ella habla anudó de esta manera: –«¿Conque hasta aquí me sigues?… –Porque os amo.

–¡Me lo has dicho mil veces! –Os lo he dicho, mas no lo habéis creído. –Ni aún lo creo; no me puedes amar; es un capricho. –Pues os amo. –¡A un decrépito! –Yo os veo como un ser superior, no como un hombre mortal como los otros. –No: tú miras sólo a la vanidad de mi renombre de encantador. –Yo os amo. –¡Tú deliras!

–Yo os amo con delirio y os consagro todo el inmenso amor que en mí atesoro. ¡Los hacéis y no creéis este milagro! Yo os amo; mal he dicho: yo os adoro.»

Merlín era un gran sabio y era viejo; mas a declaración tan terminante, lector, a solas calcular te dejo lo que sintió Merlín en tal instante.

Perder intensidad sintió al hastío que empezaba a roer su larga vida, y empezó a ver lucir en su sombrío cuadro una luz aún no apercibida.

Una esperanza, una inquietud…, ¿quién sabe lo que sintió explicar? Como él tampoco se lo explica, tornó con paso grave su camino a emprender muy poco a poco.

La mujer continuó sobre su huella caminando también; y sonriendo de él a escondida fueron, tras él ella, el linde de la selva transponiendo.

Internáronse así por la espesura de una selva: una selva pintoresca como se puede ver sólo en pintura, mágica, original, virgen y fresca.

Una selva de robles colosales y de pinos alorces corpulentos, que con perpetuos ruidos musicales pueblan arroyos, pájaros y vientos.

Una encantada selva de Bretaña habitada otro tiempo por los druidas, donde albergó su religión extraña supersticiones mil aún no perdidas.

Una selva poética, imposible de imaginar por torpe entendimiento; una selva fantástica, increíble como creada a posta para un cuento.

De sus gigantes troncos los ramajes exóticos flotantes parecían abanicos de inmensos varillajes que mil monstruos quiméricos movían.

De estos troncos con frondas, que del cielo la luz impiden penetrar ni en hebras, parecen las raíces por el suelo garras de grifos, colas de culebras.

De uno de estos alorces tan frondosos como cedros del Líbano a la sombra, y de tupidos céspedes y añosos musgos, acres de olor, sobre la alfombra,

sin mutuo acuerdo cual por mutuo instinto un punto reposar determinaron, tal vez porque el selvático recinto de cruzar sin objeto se cansaron;

tal vez porque uno y otro comprendieron que no hablarse era al cabo grosería, y por fin, porque ya que allí vinieron, para esquivarse aún razón no había.

Sentóse el sabio mágico el primero, colocando con grave compostura la posición del cuerpo, y con severo decoro en torno de él su vestidura.

La mujer, con la gracia y gentileza de una corza doméstica, en el suelo se acomodó a sus pies…, de su cabeza y de sus hombros apartando el velo.

Poco a poco con tímida franqueza y sufriéndolo el sabio sin recelo, apoyó en él el uno y otro brazo y quedó recostada en su regazo.

Merlín esquivó al pronto su mirada: pero ella, con hondísima ternura en hallarle los ojos empeñada, se los buscó tenaz, como segura de que rebelde a su mirar no hay nada: y no lo hubo: Merlín en su hermosura fijó su vista al fin, y díjole ella: «Vedme y decidme si os parezco bella.»

Presa Merlín de sensación extraña, con muda complacencia contemplóla: y, aunque guardando aún su faz huraña, la cerviz con la mano acaricióla como a niño o doméstica alimaña: y ella, a caricia tal, de la amapola en el color tiñéndose, le dijo: «Señor, ¿por qué silencio tan prolijo?

¿No merezco respuesta o no os agrado? Habladme, mi señor, mi bien, mi dueño, que el cielo de mi amor tenéis nublado con la sombra tenaz de vuestro ceño: de mí decidme lo que habéis pensado; yo tengo sed de vuestra voz, y empeño de oír de vuestra boca una palabra que el claro edén de la esperanza me abra.

Hablad, señor, vuestra palabra espero como el tostado césped el rocío: vos sois, señor, mi porvenir entero. Yo os amo; y si me amáis, el mundo es mío: otro poder que vuestro amor no quiero. ¡Os sonreís, señor!…, yo me sonrío con vos, porque a mi alma esa sonrisa del edén del amor me trae la brisa.

Sonreídme, gran bardo, y gran profeta; decidme que aceptáis este cariño que os consagré con libertad completa, con la espontánea sencillez de un niño, Tomad mi corazón, que sin aliño ni arte os viene a ofrecer la fe que encierra: tomadle y sed mi Dios sobre la tierra.»

Y diciéndole así, sobre él fijaba húmedos de placer sus negros ojos, y con sus dedos de marfil peinaba la barba de Merlín, y con antojos y caricias de niño colocaba ósculos mil, que de sus labios rojos tomaba sonriendo con su mano, en los trémulos labios del anciano.

Merlín era un gran sabio, en ciencias ducho; mas aunque mucho ha visto y mucho ha oído, jamás había oído ni con mucho frases de tan dulcísimo sonido.

Era un sabio Merlín, mas de los sabios jamás tuvo la ciencia consistencia ante el hálito débil de unos labios con que sopla el amor sobre la ciencia.

La mano de Merlín, que la cabeza acarició cual niño o alimaña doméstica no más de aquella extraña mujer, tipo de gracia y de belleza,

resbaló descendiendo entre sus rizos hasta apoyarse en su desnuda espalda, y aquel puñado abrasador de hechizos a sí atrayendo recibió en su falda.

A su contacto cálido, latente, por la primera vez sintió lo que era el amor y trabóse francamente diálogo entre los dos de esta manera:

–«Tus palabras halagan mis oídos como una suave música: tu vista mis ojos embelesa: mis sentidos se rinden sin poder que te resista.

Yo nunca me curé de las mujeres, porque su amor nunca creí. Que me amas me dices tú. ¿Por qué? ¿De mí qué quieres? ¿Por qué a mi corazón con tu voz llamas?

–Porque os amo, señor, ¿pues no os lo dije? Yo sé bien que sabéis quién soy, de dónde vengo… y mi amor que no creáis me aflige. ¿Por qué el vuestro a mi amor no correponde?

–Sí, sé muy bien quién eres: es notaria en la corte de Arthur la historia tuya. –Pues bien, si la sabéis, ¿por qué mi historia no me dejáis que a vuestros pies concluya

con mi vida, señor? Si mi palabra os ha tocado al alma, si que os amo os digo y lo sentís…, ¿por qué que se abra vuestra alma no dejáis a mi reclamo?

–Escúchame, Bibiana. Yo sé sólo de tu pasado lo que el mundo cuenta: yo no le examiné: no sé si hay dolo de él en la narración: estáme atenta.

Eres hija de un noble y opulento godo, jefe en la marca lusitana: en la orilla del mar tu apresamiento logró el pirata Hisem una mañana: un repentino temporal violento le alejó de su playa mauritana, y en los mares del Norte al engolfarle de los bretones en poder fué a echarle.

–Sí sí: todo eso es cierto: al abordaje al entrar los bretones su navío, de la cautividad y del ultraje vinieron a salvar el honor mío.

Mi padre a los bretones ha pagado después pródigamente este servicio, y yo entre ellos con gusto me he quedado. –Eso es lo que no cabe en nuestro juicio.

Con padre y con hogares en España, ser dichosa debías en su tierra. ¿Qué es lo que esperas, pues, en tierra extraña? –Secretos para vos mi alma no encierra, gran profeta bretón. Vuestra Bretaña no tiene en valle, alcor, ciudad, ni sierra, nada que para mí tenga atractivo: sólo por vuestro amor en ella vivo.

Escuchadme, señor: mi pueblo godo, vuestro pueblo bretón…, la tierra entera en cuanto abarca su terreno todo, no tiene más que vos a quien yo quiera ni a quien pueda querer. En el ser mío hay algo superior al frágil lodo de que hizo Dios a la mujer primera: hay en mí, como en vos, algo que fío que os haga comprender por qué me quedo por vos en la Bretaña, por qué os sigo y por qué sólo a vos ofrecer puedo el misterioso amor que en mi alma abrigo.» Calló ella un punto al viejo contemplando, y siguió, viendo que él sigue escuchando:

–«Oíd: la madre de mi madre era hija de un rey de la oriental comarca, quien la tuvo de un hada que, sincera, al amor se rindió de aquel monarca como podría una mortal cualquiera.

Mi madre, hija de aquélla, le fué dada por esposa a mi padre cuando apenas de la niñez salía; fué criada desde niña en su alcázar, y colmada fué de gracias por Dios a manos llenas.

Creció: llegó a la edad de los amores: la amó mi padre y se casó con ella; y era fresca y gentil como las flores, como el lucero de la aurora bella.

Pero en cuanto mujer y madre se hizo, en cuanto yo nací, se obró en mi madre un sobrenatural y extraño hechizo que tristeza mortal causó a mi padre.

Los ojos de mi madre despedían resplandores de amor tan atractivos, que los hombres mirarles no podían sin que quedaran de su amor cautivo.

Ella en vano cerrábales y en vano les ocultaba siempre bajo un velo: no había paladín ni cortesano de quien no fuera su mirada un cielo.

Y era tal el poder de aquel hechizo que enfermaban de amor cuantos veían los ojos de mi madre… que enfermizo germen de amor letal de sí esparcían.

Y costaba a mi padre mil afanes hallar para su corte consejeros, para sus damas encontrar galanes y para sus campañas caballeros.

Mi padre prometió de su tesoro la mitad, y cien millas de terreno donde se habían hallado minas de oro, y un palacio en un valle muy ameno,

al que pudiera hallar un sabio mago que supiera el hechizo de los ojos deshacer de mi madre, y el estrago atajar de su influjo y sus antojos.

En vano sabios, magos y hechiceros con el afán del premio lo intentaron: los sabios más, como los más arteros, de mi madre a su vez se enamoraron.

Supo mi padre, al fin, que un muy decrépito viejo, que era un gran sabio y un gran mago, lejos del mundo y su social estrépito moraba en una gruta junto a un lago;

que los reyes de Oriente le buscaban en desastres y apuros, y en el hueco de su gruta romántica le hallaban solo, extenuado, amarillento y seco,

leyendo sin cesar las hojas rotas de un libro cabalístico tan viejo como él, lleno de cifras y de notas y del mismo color de su pellejo.

Aquel viejo esqueleto dió a mi padre la fórmula potente de un encanto con que neutralizar el de mi madre. Díjola el rey, y su poder fué tanto

que mi madre quedó perpetuamente envuelta en una niebla y encantada e invisible a los ojos de la gente, y de él solo visible a la mirada.

Los de los ojos de mi madre esclavos en libertad quedaron: a la calma tornó su reino por sus cuatro cabos, y de mi padre el rey la paz al alma.

Mas cuando quiso el premio prometido al viejo dar por su poder de su arte, el viejo había ya desaparecido y nadie le halló ya en ninguna parte.

De la hija de aquella hada soy la hija; y como hay en mi ser algo divino, es imposible que mi amor se rija por la ley del vulgar. En el camino

de mi vida no hallé quien digno fuera de mi amor más que vos: ambos la vida debemos a ambos seres; compañera vuestra, con vos la mía se divida.

No pudiendo morir, por un encanto queréis tal vez desaparecer del mundo como mi madre: bien, yo haré otro tanto: amadme, y de ese encanto en el profundo

abismo silencioso ambos un día embriagados de amor nos sumiremos: vuestra vida, señor, será la mía, y encantados los dos nos amaremos

por una eternidad: el mundo todo lo ignorará, y fantástica memoria vuestro pueblo bretón y el mío godo guardarán de nosotros en su historia.

Yo viviré encantada en vuestro seno, y yo sola oiré del gran profeta los fallos y los himnos del poeta sonar del aire en el azul sereno.

–Imposible, Bibiana: tal encanto por mí en mí debe obrarse solamente; si otro supiera de él como yo tanto, sería yo su esclavo eternamente.

–¡Y receláis, señor, que la que os ama os quiera nunca esclavizar cuando ella deja padre y hogares y se infama tal vez por ir besando vuestra huella?

¡Ah!, no me amáis, señor, ni amaréis nunca: Dios o Satán, Merlín, que os dan la ciencia, negando a vuestra inútil existencia el placer del amor, os la dan trunca.

Habéis llegado sin amar a viejo; y hoy que encontráis una mujer que os ama la rechazáis; mal hecho…, mal consejo, señor. Faro sin luz, bardo sin dama, veo que nunca me amaréis, y os dejo: yo de mi amor me abrasaré en la llama y arder en él me sentiré dichosa, de la luz de mí misma mariposa.»

Dijo, y al buen Merlín volvió la espalda, rápida levantándose y resuelta a abandonarle: mas al dar la vuelta la asió Merlín por la flotante falda.

«Espera, dijo el mago: si he vivido sin saber qué era amor, siento que ahora brota en mi corazón, jamás herido de amor con un espina punzadora.»

Radió el semblante de Bibiana oyendo tal decir a Merlín: siniestro brillo despidieron sus ojos; y volviendo su faz risueña al mágico sencillo, cándida al parecer, leal, sincera, tornó el diálogo a atar de esta manera: –«¿Conque me amáis? –Sí, te amo. –No lo acierto todavía a creer. –¿Por qué? –¡Es tan nueva esa pasión en vuestro pecho yerto siempre al amor! Mas de él dadme una prueba. –¿Cuál? –Dadme vuestro libro de conjuros para que yo le guarde; mientras tanto que vos le poseáis, nunca seguros del poder estaremos del encanto que vos podéis obrar. –Mas tal capricho no puedo comprender. –Vuestra memoria flaquea: fué mi madre hija de un hada: sé que tenéis el libro de la historia del mago de mi madre. –¿Te lo ha dicho ella? –Sí: pues no estaba solamente para mi padre y para mí encantada. –Mas si el libro te doy… –¿Cobarde ciencia que siempre teme al corazón! ¿Qué miedo tenéis de mí? Yo quiero mi existencia pasar con vos; pero vivir no puedo temiendo siempre que, al primer enojo, de encantaros sin mí tengáis antojo. –Pero si tú en tu cólera o tus celos lees en él el conjuro: –¡Hay tal demencia! ¿Cómo, si sólo vos tenéis la clave de sus cifras y en él nadie leer sabe? Dádmele o no me amáis y parto.» Y esto diciendo, entre los pliegues del vestido del buen Merlín con imprevisto y presto movimiento metió su mano diestra, y el libro entre sus pliegues escondido sacó, y su ojo brilló con luz siniestra.

Quiso Merlín asirla: mas de un salto se le escapó, y el libro cabalístico hojeando, encontró y pronunció alto del conjuro infernal el fatal dístico.

¡Oh amor, dicha del hombre y desventura! La fórmula tremenda pronunciada por ella apenas, retumbó en la altura el trueno, tendió el árbol su enramada copa en el suelo por el rayo herido; y del añoso tronco entre las grietas de la áspera corteza desgarrada por el conjuro se sintió cogido Merlín, y poco a poco de sus vetas el alorce sobre él cerró el tejido.

En vano resistió: quedó encantada su vida en aquel árbol; y entretanto que se efectuaba el poderoso encanto, la mujer, que huye de él casi espantada, decía huyendo con acento bronco: «Olvidaste que soy nieta de un hada: quedas, alma vieja enamorada, encerrada por ciega en ese tronco.»

Tornó a España Bibiana, y de los ojos de su madre el poder con otro hechizo de las hembras de España tuvo antojos de pasar a los ojos… y lo hizo.

Y los encantos de Merlín, arteros, irresistibles, desde entonces solas en la luz de sus ojos hechiceros les tienen las mujeres españolas.