Spanish poem
43 (¿Quién no conoce de Merlín la…)
¿Quién no conoce de Merlín la historia? Me diréis con desdén: «¡Cuentos de antaño!» Pero, ¿quién no conserva en su memoria algún detalle de su cuento extraño? ¿Quién no alberga en su mente con cariño el recuerdo de alguna maravilla de aquel cuento que oía cuando niño o de un papel leía en un pedazo, sentado de su madre en la rodilla o mecida por ella en su regazo?
Todos sabemos de Merlín un poco: y aunque Cervantes hizo dura guerra con su ingenioso incomparable loco a cuanto libro su memoria encierra, el poder de Merlín no era tampoco de los que el soplo disipar podía del aliento de un hombre en solo un día; que en un día no más no se derroca, se aniquila y se entierra lo que ha siglos que el pueblo trae en boca, lo que al amparo popular se aferra. Triunfó de los vestiglos y gigantes paladines y príncipes andantes a quienes encantaba y protegía: mas con Merlín en tierra al dar Cervantes, no pudo echarle encima tanta tierra que bajo ella Merlín no se rebulla y, viejo pertinaz, de cuando en cuando entre el vulgo mortal no se escabulla señales claras de existencia dando. Y aunque no salga a luz con tanta bulla y en tan gentil y noble compañía como cuando, al poder de sus encantos, delante de los príncipes hacía marchar las rocas y danzar los cantos, y con una palabra que escribía de un príncipe doncel en el escudo invencible le hacía, no por eso Merlín de avisar deja que, aunque duerme en la historia, todavía reina en la tradición y en la conseja.
Aún hoy de sus hogares rústicos al calor, los castellanos labradores, lo mismo que los rudos campesinos ingleses y germanos, flamencos y bretones, en sus rocas y playas do sañudos sin cesar rugen tempestuosos mares, narran y leen las viejas tradiciones, las leyendas y cuentos populares en que Merlín en alas de dragones acude a proteger en sus azares al bravo rey Arthur y a sus barones, a Carlomagno y a sus doce Pares. Todavía en la Galia y Gran Bretaña, lo mismo que en América y España, por ranchos, alquerías y lugares, ostentan las sin par ilustraciones de los miles de miles de ejemplares de sus innumerables reimpresiones la imagen de Merlín en su portada, de barba inverosímil decorada, fabulosa nariz y ojos saltones.
Lo que el pueblo por sí para sí crea, vive siempre con él y se le adhiere cual la corteza al árbol que rodea; y el pueblo lo apadrina, lo prefiere, lo acaricia, lo nutre y lo caldea y lo oculta y lo evoca cuando quiere, y con ello se encanta y se recrea.
No, que en vano la crítica lo espere: por añosa y por rústica que sea, la tradición del pueblo nunca muere: se acoge a los hogares de la aldea, del pueblo fiel en el hogar se anida, y cuando, desdeñada, no campea, al calor del hogar conserva vida. Merlín es popular porque es el mito creado por el pueblo; y ha durado su nombre nueve siglos, porque ha estado en la memoria popular escrito: y aún vivirá del pueblo en la memoria porque el pueblo las puertas le ha franqueado del porvenir fantástico, vedado a la verdad de la severa historia. Campea, sin embargo, en alto puesto en sus nobles anales: de los reyes leal amigo y consejero sabio, faro que alumbra su época confusa, dió a su pueblo valor, creencia y leyes la inspirada palabra de su labio y el profético canto de su musa. Un dios hizo de Arthur con sus cantares: con su ciencia y poder teniendo a raya las crespas ondas de los Cambrios mares, hasta que, la evidencia de su muerte envolviendo en poético misterio, hizo por siglos de su brazo inerte la lanzada esperar que sólo puede vencer la raza del germano imperio, dió a su leyenda la excelencia extrema que ni en la forma ni en el fondo cede a lo narrado en el mejor poema. Mas Merlín fué mortal: fallar no puede: pues fué de una mujer y un silfo hijo, tuvo en miserias que caer de fijo.
Merlín fué encantador, nadie lo ignora: mas, ¿quien le dió los mágicos poderes con que obró sus prodigios? ¿Tiene ahora poder alguno sobre algunos seres súbditos suyos? ¿Vive? ¿Dónde mora? Si murió, ¿dónde, cómo? Pareceres hay mil sobre esto y sobre todo hay datos: pero de cierto, nada entre dos platos.
Lo que se cuenta de su fin no basa más que sobre un rumor; su muerte ignota de relación quimérica no pasa. Mi cuento va a sondar en la remota lobreguez del pasado y en la casa del mago, por si logra alguna nota a su historia añadir, que diga en suma lo que no dijo de él lengua ni pluma.
Descuidó una verdad de data luenga de escritores el vulgo olvidadizo, y es: «que hombre no hay que a tropezar no venga en la fruta de Adán: que escurridizo suelo la vida es: no hay quien no tenga el corazón de barro quebradizo.» ¿Cuál fué el tropiezo de Merlín ¿No hay huella de mujer en su historia? ¿Quién es ella?
Que los senderos ásperos descombre de su historia la pluma. Aquel portento de ciencia, que de ser goza renombre dueño de tierra y mar, señor del viento, ¿no tropezó jamás? Pues era hombre, ¿cuál fué su tropezón? Aquí está el cuento. Si tropezó Merlín, quedará huella de semejante tropezón. ¿Qué es de ella?
Harto, al cabo, Merlín de gloria y fama, y harto de ser el protector o el bardo de tanto paladín y tanta dama, de tanto rey legítimo o bastardo, de tanto enamorado caballero y tanto vagabundo aventurero: harto de hacer castillos y palacios de unos para placer, de hacer a otros cruzar comarcas y salvar espacios, llevándoles a lomo, no de potros ni de otra más vulgar cabalgadura, sino de grifos, sierpes y vestiglos de horrenda forma y de infernal bravura, para que fueran héroes de esos lances extremos y románticos percances con que la poesía de otros siglos con profusión que pareció locura, llenó historias, comedias y romances; determinó, por fin, el viejo mago la corte abandonar del rey Arthuro, para vivir en paz libre y seguro de tanta aparición, duende y endriago.
Merlín era ya viejo: mas como hijo fué de un silfo inmortal y una druidesa, no tenía su vida tiempo fijo; y aún no sé cuál de sus cronistas dijo que ser no puede de la muerte presa. Merlín era ya viejo, mas el tipo mejor de dignidad y de belleza que pudo presentar griega cabeza de los tiempos de Apeles y Filipo. La vejez de Merlín era nobleza venerable y simpática, que admira por sobra de vigor; no repugnante decrepitud ridícula, que inspira por débil compasión. En su presencia, en su voz, en su acción, en su semblante rebosaba el vigor, la inteligencia, la inspiración del ánimo gigante del grande Ser, de superior esencia a los humanos y mortales seres que nacen hijos de hombres y mujeres. Merlín, hijo de un silfo que fué un día ángel del cielo, de Luzbel hermano, y con él de su excelsa jerarquía privado por el fallo soberano de Jehová, tenía de divino en su ser más que de humano; tenía más de espíritu que de hombre, pues era un genio de mortal con nombre.
Su ciencia era insondable, prodigiosa; su padre, el silfo, el ángel destronado del cielo, con paciencia cariñosa cuanto sabía él le había enseñado: los secretos más hondos de la ciencia, los que hunden en misterio el más profundo la fábrica, la marcha, la existenccia de la admirable máquina del mundo, penetró de Merlín la inteligencia; en lo poblado a par y en lo desierto Merlín leía como en libro abierto. Por eso su existencia había pasado, ajeno a las flaquezas y miserias a las que vive el hombre esclavizado: y vivió, libre de ellas, entregado a concepciones grandes de obras serias. Mas harto de ayudar a los humanos en las grandes y locas niñerías en que pasan sus noches y sus días para hacerse no más, fieros o insanos, esclavos unos de otros y tiranos, la corte abandonó del rey Arthuro una mañana al despuntar el día, creyendo que a hora tal partir podría de la vulgar curiosidad seguro. Partió, pues, de las nieblas amparado por el velo que el día hacía oscuro y en su nudoso báculo apoyado salió de la ciudad: bajó a la orilla del Támesis: cercana a la ribera se mecía una barca de alta quilla, de larga eslora y por demás velera. Tripulación bretona la montaba, sin duda de Merlín bien conocida y que tal vez al mágico esperaba, destinada por él a su partida. Mientras Merlín al Támesis bajaba, salió tras él de la ciudad, su paso por el del sabio regulando acaso, una mujer que el rostro recataba y toda su figura en los pliegues de su amplia vestidura. Llegó Merlín al barco; los bretones, con respeto acogiéndole profundo, demostraron que saben lo que el mundo debe al genio que admira a las naciones. Al pisar el bajel el viejo mago, mandó desarrollar la blanca vela y favorable ser al viento vago al rumbo de la dócil carabela. Pero mientras la vela se tendía y revoltoso viento se fijaba, ligera como una árabe gacela, la velada mujer que le seguía en el bajel tras de Merlín saltaba: y la tripulación, que ha comprendido tal vez por el afán y la cautela con que tras él la incógnita ha venido, que tiene su sanción o por él vela, la acogió con amor: y al viento dando la comba faz del reforzado lino, se hinchó en él el mástil encorvando: y la nave bogó, tras sí dejando de hirviente espuma burbujeante estela del agua sobre el lomo cristalino: y con el río rápido avanzando fué con velocidad maravillosa con él a entrarse por la mar ondosa. Merlín, o en los profundos pensamientos de ulteriores proyectos absorbido, o para dirigir los elementos con el dominio de ellos que ha adquirido, obligando a las ondas y a los vientos a conducirle a su orden obedientes al través de tormentas y corrientes, de los seres mortales abstraído sentóse a proa, con afán constante mirando sin cesar mar adelante.
Los marinos bretones dejáronle en silencio respetuoso amasar de su mente en los rincones las elucubraciones de aquel arrobamiento misterioso, a su poder fiando y a su ciencia su barco y su existencia a la merced con él del mar ondoso. La velada mujer desconocida, tal vez con igual fe, tendióse a popa: y despierta o dormida, allí permaneció muda e inmoble, envuelta entre los paños de su ropa y de su velo en el plegado doble.
El barquichuelo, en tanto, bogaba rapidísimo y derecho como llevado a impulso de un encanto a entrar, la isla costeando, en el estrecho. Entró en aquel canal siempre agitado por un mar borrascoso, que se irrita entre aquellas dos costas encajado, que azota sin cesar desesperado por ver si de los flancos se las quita. Y en aquel negro mar la carabela, entre la nube de marina bruma que el aire de este mar siempre encapota, iba debajo de su hinchada vela y en medio de un montón de hirviente espuma, sobre blanco vellón cual parda mota, cual pelusa del aire en limpia tela, que sobre su haz más adherida flora y sobre su haz sin desprenderse vuela: iba, en fin, arrastrada en la apariencia sin gobierno, sin rumbo ni derrota, del viento y de la mar por la violencia a estrellarse tal vez en playa ignota. Mas obra fué, sin duda, del poder de Merlín: playa cercana se avistó con el sol de una mañana deliciosa de mayo: y de repente fué la barca a abordar roca desnuda, a cuyos pies en la tendida arena van a desparramarse mansamente las limpias olas de la mar serena.
Saltó en tierra Merlín, de bendiciones cargándole al partirse los bretones: mas apenas Merlín les dió la espalda cuando sobre las suyas los marinos de la mujer sintieron los pies finos posarse y resbalar su suelta falda.
Cuando alzaron absortos la cabeza, sobre ellos la mujer había pasado y en la playa saltado con esa agilidas y ligereza del corzo y del antílope, que rasan al parecer ingrávidos el suelo por sobre el cual en su carrera pasan, pareciendo a la vez carrera y vuelo. Entonces la mujer, que con pie leve la superficie de la arena lisa sin dejar huella en su tersura pisa, y a quien distancia todavía breve de la barca separa, los dobles pliegues apartó del velo que entolda el cielo de su linda cara; con una graciosísima sonrisa que cambió en alegría su sorpresa envió su despedida a los marinos, y a seguir al gran mago se dió priesa hacia una selva de gigantes pinos.
Apercibió Merlín el ruido suave de sus pasos tras él; y la cabeza volviendo a la mujer, su gesto grave de hallarla allí manifestó extrañeza: mas a mirarla se paró. ¿Quién sabe si fué para admirar tanta belleza? Paróse ella mirando que él se para y en calma le dejó que la admirara.
El buen Merlín la contempló un instante; mas qué impresión en él tal hermosura hizo, no dejó ver en su semblante. Y una frase encomiástica ni dura sin decirla, a seguir volvió adelante; ella afrontó con grácil apostura su mirada: y cuando él se apartó de ella, volvió a echar la mujer tras de su huella.
¿Qué pensó de ella el sabio? ¿La sentía con placer tras de sí? ¿Le contrariaba sentirla tras él ir? ¿La conocía? Sigámosles… y a ver en lo que acaba.