Spanish poem
A los individuos artistas del Liceo
- I -
Allí está lo que el mundo llama mundo, Arrastrándose imbécil por la tierra; Ese reptil raquítico e inmundo Que en el sepulcro su ambición encierra.
Allí está con sus circos y jardines, Vano de amor y espléndido de amores, Mal envuelto entre farsas y festines, Como esqueleto entre marchitas flores.
Vestido está de alcázares y escudos; Mas, torpe esclavo de egoístas leyes, Lleva sus pueblos a danzar desnudos En derredor del lujo de sus reyes.
¡Vano placer! ¡Quimérica algazara! ¡Flor de una aurora sola y pasajera!… De cerca, un cementerio nos mostrara Al resplandor de moribunda hoguera.
Los hombres de ese mundo no son hombres, Las mujeres de allí no son mujeres; Ellos cubren su nada con sus nombres, Y ellas no tienen más que sus placeres.
Cuando Dios, que les dio el ánima noble, Las ánimas demande enfurecido, Su ángel, de hinojos, con vergüenza doble, Señor, contestará, ¡las han perdido!
Autómatas que viven porque viven, Hoy al rumor de estrepitosa orquesta, El ajeno renombre que reciben Llevan como sus padres a una fiesta.
Contentos con sus vanos oropeles, Atraillando al cuerpo el pensamiento, De un heredero nombre hacen laureles, Gloria y valor del alto nacimiento.
Cielo es para ellos el azul que miran, Es la tierra un inmenso anfiteatro, Y ellos, que en esa atmósfera respiran, Los actores, tal vez, de ese teatro.
Y en tanto que en sus necias pantomimas Se gozan, y en estúpidos placeres, Canta el poeta en gigantescas rimas El ser tremendo que abortó los seres.
Pinta el pintor el cielo y los colores, Arrebata la luz al mediodía, Y el músico, a los vientos bramadores, A las aves y fuentes, la armonía.
Hijo de rey, conquista su corona; Hijo de Dios, como su Dios concibe; Que con sus obras su nobleza abona, Y no infama su estirpe mientras vivo.
Noble es el grande, y grande es el valiente, Quien, por ser como Dios, como Dios crea. Ése es el noble que alzará la frente, Trepando al sol hasta que sol se crea.
Ése a la tumba bajará ignorado, Ése en la tierra vivirá mendigo, A ése nada los hombres le hemos dado; Su padre, que fue Dios, será su amigo.
Y cuando Él, que le dió el ánima noble, Las ánimas demande enfurecido, Dirále el ángel con orgullo doble: Hombre le hiciste; ángel le he traído.
Es grande quien nace esclavo Y baja al sepulcro rey, Cambiando, altivo, en diadema Los hierros que atan sus pies. Es grande el hombre de polvo, Que meditando en su ser, Del sol envidia los rayos Por brillar tanto como él. Quien en un cuerpo mezquino Un alma gigante ve, Y hacer lo que Dios pretende Porque hijo de Dios se cree. Quien sintiéndose con alas, Se arroja el viento a romper, Y va osado a las estrellas A preguntarlas quién es. Ése es el grande y el noble, Ése es el hombre por quien Hizo un Dios en siete días, Del cielo un ancho dosel, De toda la tierra un trono, De una existencia un placer, Del sol una eterna hoguera; Y apenas el hombre fue, Tendió el mar en la llanura Por alfombra de sus pies. No es noble ¡viven los cielos! Quien muestra un viejo broquel Por sus abuelos ganado, Que derribando a cercén La cabeza de algún moro, Le hicieron suyo después, Dividiéndole en cuarteles Los heraldos para él. No es noble quien pasa el día Encerrado en un harén, Entre eunucos y mujeres, Como impúdica mujer; Guardando del sol la frente Y de la arena los pies, Con un altar y un serrallo, Y el alma estéril, sin fe. No es noble quien cuenta ufano En su alcázar, cinco, diez, Veinte nombres en hilera Colgados en la pared, Al pie de veinte retratos De veinte nobles con él. No son la virtud y el genio Cetro y corona de rey, Ni se heredan como escudos, Que el oro compra también. Los escudos enmohecen, Los tronos pueden caer, Pero la virtud y el genio Se levantan de una vez, Eternos como su estirpe, Que sólo Dios les da el ser.
- II -
Nobles, al cielo subiréis vosotros, Con esa gloria que buscáis inquietos, Y aquí en la tierra dejarán los otros Sus armas, y detrás sus esqueletos.
Que empieza en el sepulcro vuestra gloria, Que hoy el mezquino mundo menoscaba, Porque el placer del mundo y su memoria Llega a la tumba, y en la tumba acaba.
Ellos la suya comprarán con oro, Porque su mármol su nobleza abona; La vuestra, en vez de mundanal decoro, Sólo un nombre tendrá y una corona.
En ella colgarán vuestros laureles, Porque duerma tranquila la cabeza, Y al pie pondrán el arpa y los pinceles, Que al mundo contarán vuestra nobleza.
Vuestra nobleza, mágicos pintores, Que de la creación rasgando el velo, Formáis como Jehová luz y colores Para vestir la lobreguez del suelo.
Él ocultó la voz de la armonía En el torrente y en la selva en vano; Allí, músicos, fue vuestra osadía A sorprenderla con robusta mano.
Alzáronse al Señor templos y altares, Y allí fueron poetas y pintores; Vosotros la ensalzasteis con cantares Porque os dieron su voz los ruiseñores.
Los ángeles le cantan en el cielo, Y le cantáis vosotros en la tierra, Mientras de hinojos en el sacro suelo, Escucha humilde el hombre, ora y se aterra.
Un solo libro nuestra Iglesia tiene, Que poetas cantaron y escribieron… O al alma Dios de los poetas viene, O ellos un Dios en su cantar mintieron.
No importa que hoy ignorados Crucéis el desierto mundo, Sin corona y sin blasones Que doren el nombre obscuro; Que ley es morir mañana Que a todos Dios nos impuso, Y después de vuestra muerte Cercarán vuestro sepulcro Los que aborrecen en vida Y al grande envidian difunto. Perros que ladran cobardes En torno un toro robusto, Que yace rendido en tierra Acogotado entre muchos. Los que aman oro en la tierra Y de sus honras el humo, Ladran a los pies del genio, Sin que sus gritos agudos, Al tocar en sus oídos, Turben la paz de su orgullo. Y si a envidiar van sus rayos En derredor de su túmulo, No temáis, no, para entonces, Porque sus ojos confusos, Si osan mirar vuestra lumbre, Han de cegar a su impulso. Pues aunque a despecho brille Del alma imbécil de muchos, Ocultarla podrán todos, Pero apagarla ninguno.