Versos Spanish José Zorrilla A luengas edades luengas novedades

Spanish poem

A luengas edades luengas novedades

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- I -

El Príncipe pasó a Rey, y, como era de esperar, todo debió de cambiar, sujeto a distinta ley. Era la Reina muy bella; mas, como bella, celosa; y otra alguna, por hermosa, no tiene igualdad con ella. Así que, el Rey don Enrique, si no adquirió más virtud, de su ociosa juventud puso a los vicios un dique. De sus amigas livianas, mucho el número menguó, y a la Reina encomendó sus más lindas cortesanas. Es verdad que, a las dos leguas, doña Guiomar, cada día, entretenerle solía, dando al matrimonio treguas. Y es cierto que, tan leal a su Príncipe como ella, de su amor le hace querella Catalina Sandoval. Mas pecados Reales son, que tachar fuera imprudencia: son del cetro una exigencia, excesos del corazón. Que es mezquino, a nuestro ver, que mandando tanta gente, un monarca se contente con tan solo una mujer. Si Dios condena el amor a la mujer del vecino, no habla el precepto divino con él con tanto rigor. Y sin duda alguna es bien que, pues la ley dan los reyes, sean ellos con las leyes privilegiados también. Por eso, en una alta torre que al campo del moro cae, por do Manzanares trae sus corrientes, cuando corre, se oye en la noche callada, sobre las alas del viento, un dulcísimo lamento y un arpa bien acordada. Por eso, en la noche obscura, dice el necio centinela, que en aquella parte vela la bruja que el Rey conjura. Pues de tiempo inmemorial, por entre el vulgo se suena que allí encontró el de Villena un colega espiritual. Distinto habitante mora hoy en la torre precita; mas quiénes o quién la habita, el vulgo y la Corte ignora. Porque aunque a veces en ella se oye que en trova confusa la voz de quien canta acusa los rigores de su estrella, Se oye también que suspira tan amantes cantilenas, que si canta entre cadenas, no canta, sino delira. A veces, una voz blanda, en estribillo amoroso, de un amador licencioso nuevas al viento demanda. Y es tan suave, y tan flexible, y tan tierna en su cantar, que intentarla remedar fuera a otra voz imposible. Ya apagada, ya sonora, ya trémula, ya segura, como la fuente, murmura; como la tórtola, llora. Ya es un canto ronco y vago, sin tema sobre que acuerdo, como un aura que se pierde entre la niebla de un lago. Ya es alegre y peregrina una voz tan infantil, que no envidia, en lo sutil, tonos a la golondrina. Y a veces, en la alta, obscura, larga noche, allí resuena varonil, pujante y llena, otra voz sin su dulzura. Mas también con su vigor, la voz dulce se amalgama, que el aire las desparrama en dobles himnos de amor. Una de amor se querella, y otra canta sus victorias; ésta adora sus memorias, y las diviniza aquélla. Quien de lejos las escucha en la negra obscuridad, duda si sueña, en verdad, y consigo mismo lucha. Temo la superstición maleficio en el cantar, pero se mueve a escuchar temerario el corazón.

Es una noche tranquila, de esas azules, serenas, en que de la luna apenas la pálida luz vacila. Dentro de aquel torreón que cae al campo del moro, se escucha el compás sonoro de la femenil canción. Envuelta en obscuro velo, emblema claro del luto, torna el rostro mal enjuto una mujer hacia el cielo. Y brilla más la tristeza de su encantadora faz, con el llanto que tenaz destila de su tristeza. Y en su angustia solitaria, demandársela pudiera si canción tan lastimera es cántico o es plegaria. En un sitial, a su lado, con un laúd la acompaña Enrique cuarto de España, de su corona olvidado. Pero ella ensaya tan mal la endecha triste que canta, que mohíno el Rey aguanta, mal sentado en su sitial. Viendo la poca virtud que su canto ejerce en ella, pues los tonos de la bella no aciertan con su laúd, Soltando al fin de la mano el inútil instrumento, dijo con severo acento, entro brusco y cortesano: «Para tal torpeza, Inés, que no cantes es mejor.»

Callaba el Rey, interés prestando a sus voces poco, y en delirio amante y loco lloraba a su lado Inés. Él, la barba sobre el pecho, cruzadas ambas rodillas, sus querellas sin oillas, distraído o satisfecho. Ella, en más bajo lugar, mal prendido el luengo velo, las mangas le terciopelo deshilando sin cesar. El Rey, como quien tolera algo que le mortifica; ella, como quien suplica algún favor que no espera. Al fin, como quien despierta de un sueño que le acosó, así don Enrique habló, con trémula voz incierta:

«Mucho te amé, bella Inés; mucho te amo, mas perdona que no pueda mi corona rendir amante a tus pies. »Casado estoy, en verdad, y de mi cetro en honor, no cuidaré de tu amor, sí de tu seguridad. »El Duque no sé qué es dél, y pues se habla de ello mal, partirás a Portugal con un mensajero fiel.»

Calló el Rey, e Inés, transida de dolor tan impensado, de espaldas cayó a su lado, cercana al fin de la vida. En sus brazos la sostuvo, y a merced de un elixir, la vida volvió a latir, camino el aliento tuvo. Volvió a herir su corazón su altivez o su mancilla, y dijo al Rey de Castilla con la voz de la aflicción. «Fue amaros orgullo en mí; hízolo amor la porfía, mas pues la culpa fue mía, castigada quedo así.» Y tornándola a faltar segunda vez el aliento, salió el Rey del aposento tras quien la venga a ayudar.

— II —

Allá, por do Manzanares en humildosas corrientes, antes de entrar cortesano en Madrid, sus aguas vierte, hay un sitio en que fundaron un alcázar otros reyes. Pardo en el nombre, y perdido en verdad en sus placeres, en un despejado campo que a su entrada el lugar tiene, con grande rumor levantan a toda prisa un palenque. Dispónense aparadores, aparéjanse banquetes; doquier se aprestan vajillas y se despitan toneles. Guirnaldas en los balcones, tapices en las paredes, pabellones en los techos y en las alfombras pebetes. Doquiera, en el campo tiendas con banderas diferentes; andamios para la Corte, y andamios para los jueces. Y en el palacio tumulto, y tumulto en el palenque; y en las calles y en las plazas, los que van y los que vienen. Por allá suben literas, por acullá palafrenes; por allí, de Real mandato, de su Real guardia jinetes; por un lado arcabuceros, por otro lado donceles, que ganando tiempo y tierra, buscando aposentos vienen. Músicos, dueñas, rateros, saltimbanquis y corchetes, tamboriles y danzantes, curiosos e impertinentes. Aquí una moza devota, que el brazo a una vieja tiene, se ajusta en son de maitines con un majo matasiete. Allí un dominico obeso abultado de mofletes, en una niña de quince puso los ojos ardientes, sin duda alguna admirando al Dios que hace aquellos seres de ojos negros, manos blancas, cintura escasa y pie breve. Más allá, bajo un sombrero que en la oreja se mantiene, alto y torcido el bigote, larga espada, y entre el leve rizado de ancha valona escondido hasta los dientes, de pie derecho, y la mano sobre la cintura siempre, está, a través escupiendo, apercibido un valiente de esos que dicen: «Miradme, que hay indulgencias en verme.» Y sobre todo el murmullo que tan sin término hierve, en cóncavo estruendo ronco por pueblo y campo se sienten los mazos de los peones que levantan el palenque, y el mantillo del armero sobre golas y broqueles. Grandes fiestas se preparan y según dice la gente, son por los embajadores que de la Bretaña vienen; así también lo confirma la conversación siguiente de dos judíos que aromas, joyas y armaduras, venden:

—Buen agosto os habéis hecho, Rubén, a lo que parece. —No estoy quejoso, en verdad. —Y aun contento. —Ciertamente. —Sed franco. —¿Más he de ser? —Y por nuestros intereses, vayamos ambos a una, que espero que no nos pese. —Sea así, hermano Daniel, y escuchadme atentamente. El Rey me compró en secreto, para lujo en sus valientes, las armaduras mejores del torneo. —¿Cuántas? —Trece. —¡Santos del cielo! ¿En monedas os pagó? —Al punto y corrientes. —Feliz sois, Rubén. —Veamos Vuestra fortuna. —Yo siempre Por enemiga la tuve. —Pero yo sé que igualmente el Rey, Daniel, os buscaba. —Sí, mas fue ganancia leve: aplazóme los caballos de mejor sangre que hubiese, y díle, blancos y negros, Los mejores. —¿Cuántos? —Trece. —¿Y os quejáis? —¡Santa Sión! Pagó dos; los once debe— Callaron ambos un punto, y a Rubén Daniel volviéndose, díjole:—Mas ya hay quien cubre lo que pierdo en los corceles: don Beltrán armó los suyos, pródigo con mis arneses. —¡Oiga! ¿También don Beltrán campo en el cerco mantiene? —No por cierto; mas levanta en Madrid otro palenque, para una segunda fiesta a la vuelta de los Reyes. A la parte de Alcalá tiene apostada su gente, para tomar de las damas la brida a los palafrenes. —¡Atrevido es el pagano, y ardua causa la que emprende! Los galanes victoriosos se opondrán reciamente. —Pues don Beltrán de la Cueva aun se está tan en sus trece, que diz que hasta el mismo Rey le hará campo, aunque le pese. —Mucho puja —Es conde y rico. —Y el Rey es rey. —Y él valiente; y tiene consigo un hombre que recata el rostro adrede, que es capaz de armar batalla el solo con diez y siete. —¿Un soldado? —Un caballero. —¿Que es quien paga? —Lo parece. Que es un extranjero dicen que de aventurero viene. —¿Trae gente en su compañía? —Lanzas hasta veintinueve. —¿Es francés? —Flamenco. —¿Amigo de las batallas? —No debe. —¡Cómo! —Dél se cuentan cosas bien extrañas cabalmente. Dicen que, en vela continua, no se sabe cuándo duerme; que es sobrio como una monja. —Mas ¿su nombre? —No le tiene; sólo el Flamenco le llaman; siempre anda solo y le temen. —Mas ¿no se conoce de él… —Nada más que lo que él quiere; y que es alto, recio, osado, y a lidiar dispuesto siempre.—

Callaron ambos judíos, y en raudo tropel la gente se agolpó sobre el camino a vitorear a sus Reyes.

— III —

Como seis días después, y hacia las dos de la tarde, en el prado que en Madrid por San Jerónimo sale, armados hasta los dientes y cubiertos los semblantes, estaban dos caballeros de una ancha tienda delante. Detrás de ellos, apostados en hilera formidable, hay hasta treinta jinetes, potentísima falange. Y otros treinta caballeros, cuanto valiente galanes, —en varios grupos conversan, de su pompa haciendo alarde. Donceles tienen sus lanzas; sus caballos tienen pajes, siendo a la par todos ellos soldados y capitanes. Detrás hay una barrera que guardan, con antifaces, otros doce caballeros sobra doce yeguas árabes. A los lados dos andamios, uno con las armas Reales, y otro con las de Bretaña, coronados de sitiales. Otro andamio casi enfrente, y en él los jueces y grandes que han de pesar la justicia y la ley de los combates; y el resto cerca una valla, hasta dos arcos triunfales, en que remata una liza que por la barrera se abre. Banderas de mil colores se estremecen en el aire, que embalsaman ramilletes de jazmines y azahares. Lindísimas cortesanas de cabellos de azabache, tez pálida y ojos negros, bajan el prado adelante; porque ¿qué son los jardines en que las flores no salen, no lo que son las fiestas en que las damas no caben? De ambas las tropas que aguardan el duro y próximo trance, hablan en voces secretas ambos los jefes audaces; uno es Beltrán de la Cueva, del otro nada se sabe, sino que con treinta lanzas con don Beltrán hizo parte. Es de talla aventajada, de nunca visto semblante, vigoroso asaz de miembros y de fuerza sin iguales; un hacha de armas esgrime y una espada formidable, que los arneses más recios desencajan y deshacen. Cabalga un potro normando como sufrido pujante, que obedece a los impulsos de dos largos acicates; y acostumbrado a la guerra, en que ha tiempo que le traen, mal le reprime el jinete al oír los atabales. A su vez el caballero le acosa con voz tonante, como si el mismo caballo a la misma par lidiase; y dicen que tan a tiempo la segunda, vuelve y parte, que un solo cuerpo lidiando, caballero y corcel hacen. Así Beltrán de la Cueva le hablaba a este personaje, y el flamenco respondía con razones semejantes:

Oyóse en esto el tumulto de pífanos y atabales, y vióse la polvareda que por el campo adelante envuelve a los que se acercan tras los pendones Reales, que acabados los torneos, a Madrid vuelven triunfantes. Cabalgó al punto Beltrán, y cabalgando el de Flandes, asió broquel, lanza y brida, diciendo con voz pujante: «¡A caballo!, ¡voto a Dios! y en torneo o en combate, no hay que dejar con espada, desde San Miguel, a nadie!