Versos Spanish José Zorrilla Capítulo I

Spanish poem

Capítulo I

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Próximo el sol a su ocaso, y entre cárdenos celajes y nubes de oro y de púrpura amagando ya ocultarse, vestía en rayos oblicuos la tibia luz de la tarde por los cerros que aprisionan de Villaldemiro el valle. La sombra del montecillo a cuyo pie el pueblo yace, se iba haciendo, aunque no apriesa, cada momento más grande. Y ya del astro del día los postrimeros raudales de luz, doraban apenas las puntas de algunos árboles, desde cuyo alto y espeso y ameno y fresco follaje, le despedían con trinos y con gorjeos las aves. El aura que mansamente oreaba sus ramajes, mecía las verdes hojas con armonía agradable. Del pastor que recogía su ganado, encaminándose a su aprisco, se escuchaban a los lejos los cantares. Y el cencerro de los mansos con su son ronco y salvaje; el ladrido de los perros de los rebaños guardianes; la voz de los labradores que tornan de sus afanes platicando, o con sus voces alarmando sus hogares, y avisando a sus hijuelos, que al confín del pueblo salen; el son de los esquilones que a las oraciones tañen, con el agudo repique que lento propaga el aire; el humo que en él se pierde escapando en espirales por los huecos que en las chozas vez de chimeneas hacen, cuyos vapores azules, con el sol trasparentándose, formas fantásticas toman cuando en su luz se deshacen; y el color cárdeno y rosa que de ocaso derramándose al empezar el crepúsculo, refleja por todas partes de la tierra que abandona, a este campestre paisaje dan armonía tranquila y tono halagüeño y suave. Sumióse completamente el sol, y el fanal errante de la luna en su creciente fué poco a poco animándose, y el aun incompleto círculo de su misteriosa imagen se reflejó poco a poco en las aguas del estanque. Se alzó la nocturna brisa, y el aura purificándose, con su soplo hizo a las flores abrir un punto los cálices. Brotó su escondido aroma, y en el aura derramándose, con campesino perfume llenó el pintoresco valle. De esta manera, una noche del mes de mayo empezándose, y la cual es el principio de la acción de mi romance, por el estrecho sendero que del palacio adelante pasa, y cruzando el sotillo de melancólicos sauces que le cerca, baja a espacio forastero caminante, jinete en un potro negro y hacia el lugar acercándose. A la puerta del palacio que sobre la senda cae, una mujer en silencio le contempla aproximarse. Bajó el viajero la cuesta, y el bruto, en lo llano hallándose, alzó relinchando el trote mostrando su noble sangre, y entró por bajo los olmos con tan poderoso arranque, que el prudente caballero tuvo al fin que refrenarle. Llegó en esto del palacio ante la puerta, y mirándose frente a la mujer, que en ella seguía inmoble mirándole, le dijo en tono cortés ligeramente inclinándose: «¿Podéis hacerme merced, buena mujer, de indicarme alguna casa en que quieran por esta noche hospedarme?» La mujer, que continuaba a sombra de los umbrales casi oculta, y sus facciones sin que percibir dejase, le respondió, con atenta voz: «No será eso muy fácil, señor caballero: el pueblo no tiene para hospedaje posada alguna, no siendo jornada a ninguna parte. «Flor», dijo adentro una voz; y ella dijo: «Aquí estoy, padre. –¿Quién es?, preguntó el de adentro. –Un forastero. –¿Qué trae? –Mucha fatiga, y un poco de plata que acaso alcance para pagar de esta noche, si le encuentra, el hospedaje.» Esto dijo el caballero sobre las crines echándose de su caballo, al de adentro dirigiéndose, y no en balde: pues a los pocos momentos, con un candil alumbrándose, salió al umbral de la puerta un anciano venerable que le dijo, de hito en hito sin dejar de examinarle: «Caballero, pues por tal os da vuestro porte y traje; aquí no hay posada alguna do os admitan; mas si os place recuperar vuestras fuerzas para seguir vuestro viaje, en esta mansión humilde, de cuanto en ella se hallare sirviéndoos, echad pie a tierra y entrad: mas dejando aparte el dinero, que con oro no se pagan voluntades. –Quien quier que seáis, anciano, el cielo la vuestra os pague; que es generosa y la aprecio en todo cuanto ella vale.» Y así diciendo el viajero, de su caballo apeándose, entró en la casa, el anciano hacia las cuadras guiándole. Mostróle un pesebre y heno con que poder establarle, colgó el candil en un clavo, y al forastero acercándose, a desensillar el potro comenzó atento a ayudarle; mas no era el recién llegado extraño a quehaceres tales, pues lo hizo tan fácilmente y en tan rápidos instantes, que hizo que cortés el viejo su destreza celebrase. Agradecióselo el mozo, mas sin dejar de ocuparse del potro, que le era objeto de minuciosos afanes. Le echó una traba a las manos porque no se maltratase; su noble capa en los lomos el sudor para guardarle, y una palmada en el cuello cariñosamente dándole, volvióse al anciano huésped diciendo: «Cuando gustáreis.» Echó adelante el anciano con el candil alumbrándole, y el viajero, de la cuadra dió media vuelta a la llave. Relinchó el caballo: el dueño dijo alto: «¡Quieto, Brillante!» Y tomó la ancha escalera, en el palacio internándose.