Spanish poem
Capítulo IX
Como el cansado náufrago que en tempestad bravía, lucha en las olas túrbidas cercano a la agonía; y la impotente mano esfuerza al triste en vano, más que rendido, trémulo de susto y de pavor; mas si de pronto, fúlgida, de próxima ribera brilla una luz, el ánima recobra que perdiera, y el brazo ya rendido al mar tiende atrevido, nadando en curso rápido al faro salvador.
Tan en el hondo piélago del mar de nuestra vida, cuando del mal la indómita tormenta embravecida ruge con furia insana contra la raza humana, fluctúa el hombre, férvido ansiando por morir. Mas si a deshora límpida cual la naciente aurora, surge de pronto al mero, del bien anunciadora, iris de eterna alianza, la plácida esperanza; ¡con nuevo brío esfuérzase el triste por vivir!
Sin ti, dulce esperanza, compañera del hombre, en este mundo engañador, ¡cuán poca la virtud, cuán poco fuera el genio, a sostener nuestro valor!
Tú eres el don más alto que del cielo la mano del Criador hizo al mortal; todo perece en nuestro triste suelo, todo, menos tu influjo celestial.
Hija de Dios, de su bondad esencia, eres blanda como Él, como Él divina; del sumo manantial de su clemencia brotaste pura fuente cristalina.
Bálsamo del dolor inconsolable, brisa refrigerante en la agonía, eres al poderoso y miserable lo que a los campos es la luz del día.
La luz que alumbra, el fuego fecundante en el cual la creación enardecida, se ostenta fuerte, hermosa y rozagante, llena de gracia y juventud y vida.
Contigo, alma esperanza, el mar del mundo animosos surcamos los mortales, que crudo no hay dolor, ni mal profundo do viven tus consuelos celestiales.
Y en el abismo del dolor eterno, mansión del torvo arcángel maldecido, si penetraras tú, no hubiera infierno; ¡que sólo es infeliz quien te ha perdido!
De la pequeña linterna a la luz incierta y pálida, van entrambos caballeros, Téllez detrás, delante Alba. Y atravesando el oscuro corredor y la empinada escalera, suben ambos sin hablar una palabra; que cuando los pensamientos se enseñorean del alma, como más se siente entonces, menos entonces se habla. Al fin el viejo una puerta abrió, y en estrecha sala, de muebles y colgaduras bastante pobres ornada, entraron; y en una silla dejando el viejo la capa, y ofreciendo a Téllez otra, con dura y triste mirada: «Ahora bien, don Pedro, dijo, ya escucho vuestras palabras.» El joven, con gran mesura, aunque en voz robusta y clara, empezó de esta manera: «Cuando estuve en vuestra casa de Villaldemiro, os dije, según creo, por qué causa iba huyendo decidido, de amigos, familia y patria; seis meses hará que aquella dama de regia prosapia, que mi padre, más amante que cuerdo, me destinaba, casó con un archiduque de la corte de Alemania; y el mismo tiempo ha que os busco por los ámbitos de España. Anteayer volví a la corte llena de dolor el alma, y al borde, por Dios os juro, de una acción desesperada; cuando esta tarde, por dicha, descubrí en una ventana de esta casa al bien que adoro, a mi amor, ¡a Flor-del-Alba! No queráis, pues, ser más duro que la suerte: ¡a nuestras ansias os rendid! –¿Quién?… ¿Yo, don Pedro, cometer la acción bastarda, de unir a sangre enemiga la sangre de mis entrañas? Mal me conocisteis, joven; ¡nunca perdonan los Albas! Y antes prefiero ver muerta a mi Flor idolatrada, que consentir, ¡duro oprobio!, en que se unan nuestras razas.» –¡Pero, señor! –¡Nada escucho! –Pensad… –Pienso que fué harta mi bondad. ¿Queréis que olvide tanta sangre derramada?… –Se derramó en buena guerra. –La fortuna hereditaria de mi Flor, que vuestros deudos… –Os la devuelven intacta. –¿Cómo? –Mirad estas letras; para vos fueron selladas, y detrás de vos corrieron conmigo, por toda España. En ellas, el rey Felipe Quinto os devuelve su gracia, vuestros títulos y honores, vuestras haciendas y casas: mi padre y yo esto pedimos para vos, al buen monarca; ved si consentís ahora en mi unión con… –¡Flor-del-Alba!, gritó gozoso el anciano, ¡Flor, Flor!… Ven aquí, muchacha, despierta y vístete presto, ¡que gran sorpresa te aguarda! ¡Sois todo un hombre, don Pedro! ¡Flor-del-Alba! ¡Flor-del-Alba!
Bello es el astro rey del claro día, bellísima su luz fecundizante; bella es la reina de la noche umbría con su pálida luz, su brillo amante; ¡pero más bella aún, más seductora, es la mujer que el corazón adora!
Bello es el césped del ameno prado, bellas son del pensil las gayas flores, y el campo de la nieve, nacarado, y del iris los fúlgidos colores; ¡mas mil veces más bella, más querida, es la mujer amor de nuestra vida!
Dulce es oír sonando en la espesura del céfiro la voz, como un gemido, y el arrullo en que pinta su ternura la cariñosa tórtola en su nido, y el murmurio apacible de las fuentes, y el lejano mugir de los torrentes:
y el rumor de las olas que golpean la embarcación, que en calma va indecisa, cuando las lonas cándidas flamean al blando soplo de expirante brisa; mientras allá en la popa el marinero alza al cielo su canto lastimero.
Y el canto de los tiernos ruiseñores, y el confuso balar de los ganados, y la voz de expertísimos cantores al compás de instrumentos acordados; y las primeras voces de cariño que trémulo pronuncia el tierno niño:
y el cantar que compone mil cantares confuso, inexplicable en su armonía, que la tierra y los vientos y los mares, alzan al Criador al fin del día… Pero más dulce aún, más acordada, nos es la voz de la mujer amada.
Grato al altivo corazón del hombre es ganar por sí mismo fama y gloria; muy grato es escribir su propio nombre en el eterno libro de la historia; grato es nacer en elevada cuna, gratos son el poder y la fortuna:
gratísimo es salvar a un fiel amigo que a nosotros clamó en su mal andanza; y aún más grato humillar a un enemigo, que inmenso es el placer de la venganza; ¡pero es más grata aún y apetecida la posesión de la mujer querida!
¡Amor, amor del alma inmaculado, raudal copioso, en la virtud fecundo, don del Omnipotente, el más preciado, sumo poder, generador del mundo! ¡Cuán feliz quien de ti no desespera a la mitad de la vital carrera!
Tú solo siembras de olorosas flores el áspero sendero de la vida: al que sostienes tú, ¿qué los rigores son de varia fortuna, maldecida, si basta a guarecerle el seno amante de la mujer, en su favor constante?