Spanish poem
Capítulo VI
Partió el forastero por siempre quizás, y un día tras otro pasándose va. Tornó en el palacio cual siempre a reinar sombrío silencio, monótona paz. Tornó Flor-del-Alba el curso a empezar que los mil quehaceres domésticos dan, los días enteros volviendo a pasar cual flor conservada en fuerza de afán, cerrada en el viejo doméstico hogar. Tornóse al misterio que dos años ha rodea el palacio do ocultos están el viejo y su hija sin que hagan jamás más viaje que a misa el día al rayar. La niña en las fiestas al prado no va, del baile campestre ni un punto a gozar. Y el viejo atraviesa tan sólo el lugar los días de fiesta cuando al templo va. Doquiera, y con todos eterna e igual, conserva severa reserva tenaz. Con él en el pueblo tener amistad ninguno ha logrado: mas nunca en azar arduo, ni en peligro, ni en enfermedad, llegó uno a su puerta consejo a tomar o a pedir remedio, que en urgencia tal sin ser socorrido volviera pie atrás. El viejo con todos atento y cordial, los males ajenos diestro en aliviar, siempre era él el árbitro juicioso y capaz de hacer las discordias a todos cesar. Y pobres y tristes de su caridad van en sus desdichas consuelo a buscar. Acaso no hay uno que a solas y allá en su alma no piense de aquel hombre mal; o envidie su suerte, su tranquilidad, o le odie porque hace su suerte ignorar; pues siempre la humana condición fué tal. Mas todos le acatan, y todos a par su ciencia aprovechan, y todos están en que hay de aquel hombre en la gravedad de su faz tranquila y noble ademán un sello de oculta superioridad. El mozo más rico, o altivo, o audaz, no supo a su hija amante llegar. Aquella belleza que cubre el sayal de moza villana como a las demás zagalas que habitan el mismo lugar: aquella muchacha que puede a lo más a pobre heredera de un pueblo igualar, de quien a las otras diferencia no hay sino en que posee un campo erial y un viejo palacio a medio arruinar; tiene en la expresión de su bella faz, en su aire de cándido pudor virginal, y todo en su porte, cierta majestad que asaz la distingue del tono vulgar, de la gracia tosca que en lo general de las más apuestas mozas de lugar, salvajes contornos presta a la beldad. Y acaso no hay una que a solas, y allá en su alma, de aquella belleza ideal, no halle alguna falta de que murmurar. Mas no habrá ninguna que a rivalizar se atreva con ella; ni alguna osará de la Flor-del-Alba suponerse igual. No hay una que honrada no se crea asaz, si de deferencia alguna señal de la hermosa niña consigue alcanzar, por mucho que de ella murmure detrás. Por más que la quieran defectos buscar, y altiva la juzguen, y de vanidad la culpen, no hay una que si ante el umbral del viejo palacio acierta a pasar, y allí Flor-del-Alba por acaso está, no cambie con ella saludo cordial, y amable sonrisa que quiera indicar: que tiene la niña con ella amistad. Y así en el aldea pasándose van los días de mayo: y así en soledad el padre y la hija, el débil torzal de la vida humana hilan sin cesar; dichosos gozando la felicidad de aldeanos que viven sin oro ni afán. ¿Mas qué humana vista puede penetrar por un muro espeso cual por un cristal? ¿Quién ver lo que dentro se puede encerrar de aquel edificio, de cuyo portal ninguno del pueblo podido ha pasar, ni más que de fuera lo ha visto jamás?
Desque el forastero de allí se partió, apenas semanas pasáronse dos. Ni a oírse en aquellos contornos volvió noticia del joven; ni tardo pastor que el hato de noche al pueblo tornó, ni el guarda del campo más madrugador, volvió a oír el paso del potro veloz, que al irse de todos fué la admiración. Del soto le vieron salir: con vigor increíble vieron que a escape subió la cuesta postrera de las que en redor circundan el valle do yace hasta hoy la aldea escondida: y desde el peñón donde el arquitecto la iglesia fundó, le vió el campanero como exhalación tomar el camino de Burgos; en pos de sí nube densa dejando el bridón de polvo, entre cuyas sombras se perdió; como una evocada lejana visión que se hunde en las ondas de espeso vapor. La luna entre nubes velada, alumbró la tierra a intervalos con tibio fulgor, en noche cargada que a un día siguió de esos que nublados amasa el calor. Pesado está el aire; todo a su impresión perezosa en lento letargo cayó. La brisa no mece ni rama ni flor. no suena en los sauces ni arrullo ni voz, tórtola acuitada, pardo ruiseñor. Todo en torno calla, y sólo su son monótono lleva un murmurador arroyo, que cruza por la población, y baja desde ella por cauce que abrió, a dar del palacio en frente al portón, en un ancho estanque que allí se cavó. Éste vuelve a darle su curso y su son por el lado opuesto a aquel por do entró: y el arroyo, hinchando de verde frescor el soto, se pierde libre y juguetón, de los altos olmos en el espesor. Al sueño, cansado, en paz se entregó el pueblo: no brilla de luz resplandor por entre los vidrios de reza o balcón, más que la del mustio perenne farol que alumbra devoto la iglesia de Dios. De su torre gótica con ronco clamor dió once campanadas moderno reloj; cuando al pie del pardo fuerte murallón que el viejo palacio cerca enderredor, y bajo la reza por donde cayó el ramo de flores delante el trotón del joven viajero, cuando se partió; alzó repentino deleitable son vihuela punteada con diestro primor; y a poco a sus tonos concertada voz así entre la sombra nocturna cantó:
«Flor-del-Alba, que con ella compites en resplandor, y a la lumbre que destella, como tú tan pura y bella no halla en la tierra otra flor; tu lecho de flores deja, mira que el alba refleja: desvélate ¡oh Flor! que llama a tu reja la voz del amor.
Tus hojas abre y da al viento su perfume embriagador, para que en él tome aliento quien no tiene otro alimento ni otro ambiente que tu amor. Mira que el alba refleja; tu lecho de flores deja: desvélate ¡oh Flor! que llama a tu reja la voz del amor.»
Con estas palabras callando la voz, el aire a lo lejos sus ecos ahogó, quedando en silencio y en sombra en redor el campo, como antes de aquella canción. A poco en el muro confuso rumor de hierro y vidrieras movidas se oyó: y hallando la luna un roto girón que en medio una nube el viento rasgó, vertió repentino fugaz resplandor. Su tibio reflejo el muro alumbró a par alumbrando la escena de amor, que arriba en la reja patente se vió el rostro de un ángel, y abajo al cantor contemplando inmóvil la blanca visión. Allí Flor-del-Alba que su reja abrió: aquí Téllez, ciego por ella de amor. Aquí él, a quien trajo su ardiente pasión: allí ella, que amante su vuelta esperó. Tal vez uno a otro tendían los dos los brazos amantes: y acaso la voz de entrambos buscaba la frase mejor que a ser alcanzara del alma expresión, cuando vaga sombra la esquina dobló, viniendo hacia Téllez con paso veloz. La reja al sentirle la niña cerró: la luna a embozarse con nubes volvió, sombreando del campo la muda extensión: y el mozo, mostrando un noble valor, el paso al que viene sereno atajó, los dos entablando tal conversación: «¿Quién va? –dijo el mozo. Y el otro: –Yo voy. –¿Quién sois? –Os pregunto lo mismo yo a vos. –Soy… un caballero. –Yo también lo soy. –Yo don Pedro Téllez. –Y yo don León de Alba. –¡Vos! –Sin duda. –¡Un Alba! ¡Gran Dios! ¿Qué es esto? –Un misterio cuya explicación pronto en este punto a daros estoy. –Hablad. –De mis pasos veníos en pos, que siempre estaremos a solas mejor.» Y echando hacia un lado el muro dejó. Siguióle don Pedro, en su corazón sintiendo a aquel hombre secreto pavor. Debajo de un ancho frondoso llorón, del soto en lo oscuro aquél se sentó. Don Pedro imitóle, y el otro con voz severa, le dijo: «Prestadme atención».
–«Murió nuestro buen rey Carlos segundo dejando de sus reinos la opulencia a Felipe de Anjou, a quien esta herencia le costó guerrear con medio mundo. Los nobles españoles en bandos se partieron, según que los derechos concibieron de pretendientes varios que, de la Francia amigos o contrarios, el trono hispano a disputar salieron. Pues entre estas familias divididas dieron al fin por su opinión sus vidas. Dos hubo nobles que partiendo tierra, el feudo y amistad que los unía cambiaron con furor en saña impía. Más bien que por defensa de sus reyes, más que por sus derechos, y por salir por las antiguas leyes del suelo patrio, su bandera alzaron por ir a hincar en los contrarios pechos las aguzadas lanzas que empuñaron. La que por don Felipe alzó banderas, siempre amparada por mejor fortuna, de la contraria raza por doquiera las vidas fué segando una por una. De la otra en recompensa, de sus servicios derramó la inmensa riqueza reunida del último heredero que restaba en la por ellos siempre perseguida persona errante y misteriosa vida. El deudo y parentesco que ligaba a ambas a dos familias comprobaron, y de aquesta manera de enemiga fortuna venidera la hacienda en una de las dos juntaron. Reinó por fin en paz Felipe quinto, y la familia aquella, vencedora que fuera en esta malhadada lucha, siempre fué noble por su honor e instinto: con el rey alcanzó privanza mucha, y todavía la conserva ahora. Pero de la otra raza que vencida fué por la suya, un individuo solo, un mancebo no más quedó con vida. Mas proscrito, sin resto de esperanza, de cuanto hubo en la tierra despojado, fuése a América huyendo despechado cual de la proscripción, de la venganza del enemigo bando encarnizado. Allí arrastró su mísera existencia con inconstante y desigual fortuna, ya en triste medianía o indigencia: hasta que en fin tranquilizada España, de los bandos distintos licenciada por fin la inútil tropa, y aplacada por fin la antigua saña, a España dió la vuelta, y viento en popa ancló en el mar que a Barcelona baña. Ahora bien, entended, don Pedro Téllez: las familias rivales son las nuestras: entonces y hasta el día los destinos fatales fueron, y sin piedad para la mía. Conozco bien que vos, mancebo apenas de cinco lustros, de la guerra impía parte no fuisteis; pero todavía vuestro padre, que es causa de mis penas, de la contienda instigador primero, vive, y no puede la de su heredero mezclarse con la sangre de mis venas. Mi casa os di: su hospitalario techo buena ofreció ocasión a mi venganza: os condujo el infierno: mas no avanza a tan baja traición mi noble pecho: mas que nunca, don Pedro, se os olvide que un mar de hirviente sangre nos divide. He aquí todo el misterio de mi casa; he aquí mi historia entera. Y ahora que conocéis mi verdadera posición, a estas rondas poned tasa, y a la honra de ambos con mejor manera arreglad la conducta venidera.
Y así concluyendo con tal relación, el viejo, el camino que trajo tomó, cual sombra movible de una aparición, que en humo al tornarse, con hondo terror nos hiela el medroso mortal corazón: así la del viejo desapareció en la que trazaba su vieja mansión. Con ojos absortos, con mudo dolor, partir y perderse don Pedro le vió. Y en vano quisiera con resolución el paso atajarle, correr de él en pos y exigir completa nueva explicación: negaban sus fauces el paso a la voz: inerte, embargada, sentía la acción. Y así, bajo el peso del secreto atroz que el viejo en su historia le patentizó quedó anonadado, sin ira y valor, y a solas el triste con su corazón.
En círculo eterno con giro infernal, su pecho colmando de angustia y afán, formando en su mente eterna espiral, que acaba do empieza, y vuelve a empezar, y turba y marea y rueda tenaz en mágico círculo que vértigos da del mozo en la mente comienzan a dar las negras ideas que crea su mal, mil vueltas que al cabo confúndenle más. La historia es del viejo terrible verdad: de sangre fermenta entre ambos un mar. Lejos tantos años del suelo natal, lo supo él tan sólo de oírlo contar. Él, rico de ciencia, campen de la paz, que ve de la vida en el campo erial tan sólo una flor fecunda no más, la flor que produce la fe conyugal, la paz del tranquilo doméstico hogar; él, que por doquiera buscándola va, que deja por solo su aroma gozar riquezas, honores, privanza real, y cuanto en el mundo se puede envidiar: él, que huye dejando princesa imperial, por no ver en ella la felicidad: que ve de su dicha la flor ideal fragante a sus plantas su tallo elevar, y a asirla se mira tan próximo ya, ¡ay! ve que es sólo ésta la flor celestial que al campo en que arraiga no puede arrancar. Del viejo ofendido calcula además la altiva y heroica generosidad. Sí; él triste a una aldea se vino a llorar, su sangre vertida, su hurtado caudal; su dicha con que otros gozándose están. Y cuando podía venganza tomar, pues a él a sus manos le trajo Satán (como él se lo dijo con harta verdad, contar esperando, con un crimen más), le ofrece en su lecho la seguridad; le sienta a su mesa, le sirve leal, y en paz recibiéndole, le deja ir en paz, y él ¿cómo le paga tan gran lealtad? De amor insensato se deja arrastrar por Flor, con quien nunca unirse podrá. ¡Oh! ¡Hallar en tal caso gentileza tal en tal enemigo, y ciego atentar a la honra de su hija en su alma beldad, es ser de una infame vileza capaz!
Y con tales pensamientos batallando sin cesar, midiendo las consecuencias que aquella casualidad para el venidero tiempo a su provenir traerá, no ve que vuelan las horas el apenado galán. Pegado se está en un tronco del soto en el valladar: y distraídos sus ojos como por oculto imán, atraídos a los muros del palacio sin variar de dirección, enclavados en el edificio están. La lobreguez de la noche que en cerrada oscuridad envuelve toda la tierra, ver no le permite ya más que una masa de sombra. Porque rauda tempestad por el espacio avanzando ahogó el nocturno fanal de la luna, que camina de los nublados detrás. Con ráfagas desiguales empieza el aire a agitar las ramas, que pronto el raudo torbellino arrancará.
Ya está encima, la veleta de la torre casi va desde el monte en que se eleva con las nubes a tocar. Brilla un relámpago enorme, y a su roja claridad se ilumina todo el valle por un instante fugaz, y en este mismo momento el reloj que empieza a dar las tres de la madrugada, con sus ecos de metal, atrayendo de las nubes la inmensa electricidad, hizo la tormenta horrible sobre el valle reventar, rasgóse el preñado vientre del nublado: el vendaval lanzóse fuera, amagando las campiñas arrasar: brotó la lluvia a torrentes, fué la tierra un cenagal, los arroyos en un punto hizo en torrentes cambiar: y cada valle fué un lago, cada cuesta un manantial, cuyos raudales inmensos no osa la tierra tragar, porque no pueden sus poros con tan gigante caudal. Y sus pesares don Pedro dándose prisa a apartar, olvidando el mal del alma con la aflicción corporal, lanzóse sobre los lomos de su potro, y con afán ambos a dos acicates aplicándole a la par, arrancó a escape tendido con tanta velocidad que en su ímpetu parecía arrastrarle el vendaval.
El día siguiente purísimo el sol cual siempre con lumbre serena radió. Tormenta de estío; temprano calor formóla, y en furia ligera pasó. El cierzo deshizo su pronto turbión, con soplo pujante llevándola en pos: y seca la tierra sus lluvias sorbió después de pasado su inmenso aluvión. Del sol a los rayos tornóse en vapor gran parte, que al punto el aire llevó. Tornaron los campos con nuevo vigor a alzar las espigas que el viento abatió; tornó a embellecerse con nuevo verdor la yerba y el césped que el agua embarró. Tornaron los olmos el grato rumor a alzar de sus hojas que el aura enjugó: y oyendo en sus nidos su lánguido son, las aves, que el fiero nublado espantó, la luz saludaron con dulce clamor lanzándose al viento con vuelo veloz. La atmósfera entonces más pura quedó, sin mancha de nubes su azul extensión. El pueblo a sentirse con vida tornó. Cediendo al instinto su buen corazón, a ver los sembrados salió el labrador: de fieles podencos seguido, el zurrón repleto, a los sotos volvió el cazador. Y abriendo el aprisco do se guareció, tornó su rebaños al monte el pastor.
Y así de la vida al ruido y acción por campos y pueblos la tierra tornó. Tan sólo el palacio del viejo mansión, gozar de aquel nuevo placer no mostró. En todo aquel día ninguna se abrió de las anchas rejas del muro exterior, ni nadie pasando vió abierto el pontón, ni nadie a sus dueños asomarse vió. Y así pasó un día, y corrieron dos, y así la semana completa pasó. Tan sólo el domingo, cuando el esquilón del templo a la misa del alba tocó, acudió a la iglesia con su padre Flor, y luego a cerrarse la casa tornó.
Tildóse en el pueblo de extraña aprensión del viejo un retiro tan nuevo: y echó por muchos caminos la murmuración, mas de ellos la causa ninguno explicó.
Y así pasó en tal misterio del verano la estación, y un templo alza do al Silencio el palacio semejó: de toda amistad antigua y de toda relación con las gentes del lugar el viejo se retiró. Sólo salían al templo con la aurora el viejo y Flor, y según al encontrarlos algún curioso notó, iba el viejo como nunca con torva faz, e iba Flor tan pálida y melancólica como si en su corazón llevara un grande pesar, o la mano del Señor de una enfermedad la hubiera cargado con la aflicción.