Versos Spanish José Zorrilla Capítulo V

Spanish poem

Capítulo V

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Despedida

Una hora después, y hallándose en el cuarto en que la cena les sirvieron por la noche, del almuerzo en sobremesa, despidiéndose el mancebo del viejo y de su hija bella, de este modo habían trabado la conversación postrera.

EL VIEJO ¡Ea, pues! Yo no he sabido perder la costumbre añeja de marino, y aun celebro un viaje o amistad nueva con un generoso brindis: en la amistad cuando empieza, y en los viajes, como es justo, a la ida y a la vuelta. Conque así, llegad el vaso y vaciemos la botella última de tostadillo que dió de sí la bodega.

EL FORASTERO Por mí, buen anciano, os juro de buena fe, que quisiera que la amistad que hoy trabamos fuera entre los dos eterna.

EL VIEJO Nada puede ser eterno sobre la faz de la tierra: pero contad con la mía mientras dure mi existencia.

EL FORASTERO Dios os la guarde, señor, hasta que cumplidos sean cuantos votos hayáis hecho sobre la edad venidera.

EL VIEJO Sólo uno, si no le logro, amargará mi hora extrema, que es dejar la hija que tengo niña, sin estado y huérfana.

EL FORASTERO Señor, no le cumple a un mozo que tan pocos años cuenta, por mucho que le disculpe su poder o su nobleza, en ocasión semejante hacer semejante oferta; mas dispensad si me atrevo a prometeros, que mientras respire don Pedro Téllez y tener con honra sepa un techo que le cobije y un doblón que le mantenga, no faltará a vuestra hija, si otras mejores no encuentra, ni casa en que viva honrada, ni espada que la defienda.

EL VIEJO ¡Que os tome Dios vuestra noble generosidad en cuenta, don Pedro Téllez! Y ahora que la ocasión se me rueda, a unas palabras de anoche pláceme daros respuesta.

DON PEDRO Decid.

EL VIEJO Creo que dijisteis que simpatía secreta vuestra alma hacia mí atraía; y yo de la mía en prueba quiero que sepáis que tengo tal fe en la hidalguía vuestra, que a pesar de ser tan joven puede ser que no eligiera otro que a vos, a mi muerte, para encomendarle de ella.

DON PEDRO Predilección tan honrosa no sé cómo os agradezca; mas es la elección muy pronta y acaso no esté bien hecha.

EL VIEJO ¡Oh! quien vivió tanto tiempo como yo, tiene experiencia de que rostros y apellidos abonan a quien los lleva. Pero noto que hemos hecho la conversación muy seria, y hemos pasado los límites acaso de la prudencia. De todos modos, mancebo, servido habrá mi franqueza, para que hayáis comprendido lo que mi alma os aprecia.

DON PEDRO Y al menos habrá la mía servido de daros muestra de lo mucho que desde hoy vuestra sangre me interesa. Y ya que, como habéis dicho, satisfecho en esta aldea vivís con vuestra hija hermosa y con vuestra escasa hacienda, permitid que os deje al menos, para que os traiga en mi ausencia a la vuestra mi memoria, de mi amistad una prenda.

EL VIEJO Para acordarme de vos, basta con vuestra presencia haber visto tan honradas nuestra casa y nuestra mesa; y por lo que a prendas toca me hacéis dar en la sospecha de que vais nuestro hospedaje a pagar de esa manera.

DON PEDRO ¡No, por Dios! Díjeos el nombre de mi casa solariega, díjeos quién soy y que gozo de favor y de opulencia, y ofrecido os he el desquite de este hospedaje, en adversa ocasión, si así os pluguiere: mi paga pues ha sido esa.

EL VIEJO ¡Oh, de ese modo explicándolo!

DON PEDRO No dudo de que os convenza.

EL VIEJO Efugios son cortesanos…

DON PEDRO Lo serán, muy norabuena, mas como tienden a hacer nuestra amistad más estrecha, dejadlos pasar en gracia del buen intento que llevan. Tanto más, cuanto que en vos no empleándose la prenda que os quiero dejar aquí, si no en vuestra hija, es fuerza que no voluntaria dádiva sino tributo parezca, que en aras de la hermosura nada os doy, todo es ofrenda. Y por fin, como algún día decís que acaso suceda que sin vos (y a Dios no plazca) a ampararse de mí venga: no es demás que para entonces pueda tener manifiesta una prenda que reclame mi obligación y mi deuda.

EL VIEJO Tanta es vuestra cortesía, caballero, al ofrecerla, que vendrá a dar la repulsa en desatención grosera.

DON PEDRO Con este permiso, pues, tendedme, niña modesta, la hermosa mano en que os deje este anillo, cuya piedra no encontrará quien la tase de hoy en vuestra mano puesta; no por lo que vale en sí, sino por estar en ella.

Y así diciendo don Pedro, tomóle una a la doncella, entre sus dedos torneados el rico anillo poniéndola. Tiñó en carmín encendido las mejillas de azucenas Flor-del-Alba: quiso el viejo impedir que puesta fuera la sortija; mas fué tarde, pues lo hizo con tal presteza don Pedro, que fué antes casi el darla que el ofrecerla.

EL VIEJO Mas tales prendas en manos de una labradora sientan; ni es justo que las acepte quien no puede en recompensa dar otra a aquel de quien viene.

DON PEDRO Mas será a mi ver ofensa que ella rehuse aceptarla por prestaros obediencia.

EL VIEJO Si a ofensa habéis de tomarlo, a elección de Flor se queda.

FLOR-DEL-ALBA Yo siempre la llevaré en vuestra memoria puesta: mas tiene razón mi padre, pues ha de ver con vergüenza que no pude yo pagárosla con otra que digna fuera de la que me dais.

DON PEDRO Excusa buscado habéis bien pequeña. El más mínimo favor de una hermosura, no hay prenda que pague en su valor justo: y si del favor en muestra me dais una florecilla cultivada en vuestra huerta por vos, un clavel temprano, una extraviada violeta, un jazmín, o una hoja sola de un tiesto o enredadera, que tengáis, como otras suelen, de vuestro cuarto en la reja, yo me daré por pagado, y aun me atrevo a hacer apuesta de que antes perderéis vos la sortija, que yo pierda de la flor que me dais verde, las caídas hojas secas.

Y aquí el mancebo galán, reparando la severa faz del viejo, y el rubor de la muchacha, a la escena puso fin, diciendo a tiempo de dirigirse a la puerta: «Mas ya basta, avanza el día, y de este sitio me alejan necesidad y deber, que en mi viaje al par me empeñan. Y un cuarto de hora después, partiéndose de la aldea de Villaldemiro, el mozo daba al palacio la vuelta, para tomar el sendero que por el soto atraviesa; cuando al ir del edificio rodeando por la cerca, cayó un ramo de jazmines ante él, y sobre su senda. Recogió al potro la brida y levantó la cabeza; mas cuando vió la ventana, sintió cerrar sus vidrieras. Bajóse a tomar las flores, tornó a cabalgar, y mientras se alejaba a lentos pasos, fija la vista en la reja misteriosa, oyó una voz que entonaba detrás de ella la canción que oyó de noche diez horas hacía apenas. Al generoso bridón volvió a refrenar las riendas, y permaneció escuchando la lejana cantinela, en meditación profunda, su imaginación inquieta con los lances de la noche y del día, andando a vueltas. Cruzó sin duda su mente luminosa alguna idea que a decisión repentina le impelió; pues las espuelas aplicando al potro, a escape le hizo cruzar la pradera, y desapareció perdiéndose del soto entre la arboleda.