Versos Spanish José Zorrilla Capítulo VIII

Spanish poem

Capítulo VIII

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Un año después

En una estrecha y oscura y torcida callejuela, de la coronada villa, por do Manzanares lleva su corriente tortuosa, tan pudibunda y modesta que más que el agua del río se ve del fondo la arena: en una calle, dijimos, por lo estrecho, callejuela, y más oscura y torcida que el laberinto de Creta, hay una casa de pobre, aunque muy limpia apariencia, que parece de artesanos acomodada vivienda; mas la gente que la habita, tal vez por causas secretas, al trato con sus vecinos con tanto tesón se niega, que las comadres del barrio, aún las más duchas y arteras, que a descifrar un enigma al diablo se las apuestan, averiguar no han podido qué gentes serán aquéllas, y eso que ha ya más de un año que a fijarse allí vinieran. Un viejo son y una joven, según los curiosos piensan del andar y la apostura de los dos, cuando a la iglesia parroquial, por las mañanas a misa van; mas no aciertan a descubrir ni su clase, ni sus medios de existencia, ni sus rostros, que embozado él en una capa negra, y ella en manto muy cumplido el talle y la cara envuelta, jamás vislumbrar dejaron más que un ojo y media ceja: –Y esto es lo que a las comadres más enfada y desespera–. Y ensartando a troche y moche mil conjeturas diversas, hay quien supone al anciano personaje de gran cuenta, que disfrazado se encubre la ley temiendo severa, de algún horrendo delito por evitar la sentencia. Quién dice que es un avaro recién venido de América que oculta inmensos tesoros bajo hipócrita pobreza; y no falta quien de espía acusándole, asevera que fué un tiempo muy su amigo allá en la corte de Viena. Y aquí es de escuchar el coro de las maldicientes viejas, que en los dos desconocidos su impotente saña ceban; y ensalzando al rey Felipe hasta la azulada esfera, juran con ardiente rabia contra la gente tudesca. Mas las opiniones todas en una cosa concuerdan; y es que al dejar al anciano por su joven compañera, todos suponen a una que debe de ser muy fea, y pues que va tan tapada, al menos bisoja o tuerta. Juicio común de los hombres, que creen que les hace ofensa quien oculta propias cuitas de indiferencias ajenas, y vengan culpas soñadas con calumnias verdaderas.

El encuentro

Desempedrando la calle en una andadora yegua que del Betis cristalino nació en la verde ribera, cuando el moribundo rayo del sol se vislumbra apenas en los extremos remates de las más altas veletas, el dios Marte en la apostura, si de bondad no tuviera clara expresión amorosa su pálida faz morena, a trote largo va un mozo de veinte y ocho años a treinta: y al desusado ruido que al chocar sobre las piedras, producen las herraduras de la trotadora yegua, acuden a sus balcones en ruidosa competencia, hombres, mujeres y ancianos, y chiquillos y mozuelas. Mas no mira el pasajero que causa gran extrañeza en el apartado barrio su noble y marcial presencia; y en pensamientos profundos sumida el alma, las riendas sobre las trenzadas crines al aire flotando sueltas va cruzando, cual si el sino dirigiese su carrera, estatua ecuestre animada, por la circunstante escena. Mas al pasar por delante de la misteriosa puerta de aquella casa que excita curiosidad tan intensa, a una exclamación gozosa que pronunció una voz tierna, lleno de asombro el viandante alzó la noble cabeza: y mientras con diestra mano el brioso animal refrena, las espesas celosías por atravesar se esfuerza, con miradas que un abismo de indómito amor revelan. Entreabrióse la ventana, y más hermosa que estrella que al triste náufrago anuncia el fin de horrible tormenta; más plácida que la luna cuya blanda luz riela sobre las olas de un lago en noche clara y serena; más bella que la esperanza y como la dicha bella, asomóse un breve instante una mujer; la sorpresa embargó la voz del mozo un punto, mas luego: «¡Es ella!» exclamó: –la celosía cayó; mas una ligera señal de la hermosa joven, en su sencillez compleja, dijo al mancebo: «No tardes en volver, que aquí te esperan». Y en el lenguaje expresivo de su mirada resuelta contestóla él: «No haré falta». Y clavando ambas espuelas en los lucientes ijares de la trotadora yegua, va por la calle torcida corriendo a toda carrera.

La cita

Cubre la tierra y los aires de temerosa pavura, la tétrica soberana de las tinieblas profundas.

Entre apiñados celajes que con su sombra la enlutan y sin una sola estrella que clara a su lado luzca;

fanal pálido y sin brillo, cual la llama moribunda de distantísimo faro, sigue su curso la luna.

Duerme tranquilo el magnate sobre su lecho de plumas; y en su mal jergón el pobre acaso en sueños se burla

del cansancio y la fatiga, del frío y del hambre ruda, y al despertar ¡infelice! le aguardan nuevas angustias.

Todo duerme o todo calla, y ni una mosca nocturna viene a turbar con su vuelo aquella calma profunda:

cuando a deshora, embozado, por la callejuela oscura, sube un hombre, con pisadas que a duras penas se escuchan.

Mas de aquella misteriosa casa, al llegar a la altura, paróse la sombra viva en actitud de quien busca:

y luego, cual si en las hondas tinieblas que lo circundan mirar pudiesen sus ojos, y librarle de sus dudas;

desembozóse, apoyando contra la pared vetusta los hombros, mientras las manos con suma destreza pulsan

una española vihuela; y con voz de gran dulzura, tal de la noche callada el hondo silencio turba:

«Flor-del-Alba encantadora, que excedes en hermosura la del día; oye, del alma señora, el canto de mi amargura y agonía.

Despierta, señora mía, oye el acento angustiado de mi queja; o muerto me hallará el día, contra los hierros clavado de tu reja;

despierta, mi bien…» Y el canto del enamorado expira; que en lo oscuro, con crudo, celoso espanto, moverse otra sombra mira junto al muro.

Y arrojando el instrumento, y requiriendo la espada decidido; va más ligero que el viento contra la sombra callada, sin ruido.

«–¿Quién va? ¿Quién es él? ¿Qué busca? pregunta la voz sonora del amante. –Pregunta es esa muy chusca, señor don Pedro; en mal hora vuestra errante

estrella os trajo a mi nido, que yo día y noche velo mi tesoro. Y cuidad que no descuido, ¡sino guardo con desvelo su decoro!

–Su padre seréis, sin duda, y a tal nombre mi coraje me abandona: por eso mi lengua muda no responde a vuestro ultraje… –Quien blasona

como vos, de bien nacido, de valiente y generoso, no así artero del enemigo dormido… –¡Sellad el labio injurioso, caballero!

Si entre las sombras oísteis cantar sentidas endechas a mi amor, nunca acusarme debisteis, ni herirme así con sospechas de traidor.

Sólo vos tenéis la culpa deste arrojo temerario que os aíra: sirva a mi alma de disculpa este volcán incendiario en que expira.

Fiel amaré hasta la muerte a Flor-del-Alba, os lo juro por mi nombre; ¡que nada puede la suerte contra el amor firme y puro de tal hombre!

–¿Os jactáis de caballero, y así labráis el desdoro de una dama, sin averiguar primero, cual cumple a vuestro decoro, si ella os ama?

¡Oh don Pedro!, sois muy mozo, mas yo a vuestra edad tenía más prudencia: y os declaro sin rebozo… –¡Perdonad al alma mía su impaciencia!

¡Oídme sólo un instante, y os doleréis, es seguro, de mi amor! –Bien: ¿y de aquí en adelante me obedeceréis? –¡Lo juro por mi honor!

–Venid, pues, dijo el anciano, y de una linterna oculta haciendo lucir los rayos que las tinieblas alumbran,

abrió la ferrada puerta de la mezquina casucha, y al portal angosto entraron, dejando las hojas juntas,

detrás Téllez y él delante, como dos sombras confusas, quedando la callejuela muda como antes y a oscuras.