Spanish poem
Capítulo III
«Nací de hidalga familia, mas no de tan noble origen que deba hoy llorar el verme en condición tan humilde. Marino en mi juventud, perdí sus buenos abriles errando sobre los mares que a la culta Europa ciñen. Serví con honra a mis reyes en los lejanos países donde me arrojó mi estrella o la fuerza irresistible de los vientos, que me echaron a muy remotos confines. Una horrorosa borrasca estrelló contra las Sirtes una noche nuestra nave. ¡Qué noche! A un mástil asíme, y con las ondas luchando, defendí la vida triste que creí que me restaba con esfuerzos increíbles. Recogióme una fragata de ingleses, y que avenirme tuve a navegar con ellos hasta las playas de Chile. Un rico español prendóse de mí, y me empleó en servirle en negocios de comercio; y tan bien sin duda lo hice, que quiso en haciendas suyas colono constituirme. Conocí allí una mujer de las que en aquellos límites del mundo crían los cielos para que el sol las admire. Me enamoró su hermosura, me correspondió, y uníme con ella en sagrado nudo: y henos aquí ya felices. Vivimos así dos años, y, al fin de ellos, fué indecible mi placer al verme padre de esa muchacha que visteis a vuestro lado esta noche. Nació cuando imperceptibles los rayos del sol naciente, con purpurinos matices teñían las verdes puntas de las palmeras flexibles. Nació en un día de abril, cuando empezaba a cubrirse el prado fértil de flores y las lagunas de cisnes: y en memoria de aquella alba, que haga Dios que nunca olvide, Flor-del-Alba la llamaron; y el Dios que el fruto bendice de un amor casto, ha querido que su nombre justifique su hermosura y su virtud, que con su beldad compite; mas como al fin en la tierra dicha completa no existe, su madre murió cuando ella cumplía los cinco abriles. Sin ella aquel paraíso me fué destierro insufrible, mi hacienda carga enojosa, árido desierto Chile. Devolví, pues, sus terrenos a aquel español insigne a quien los debí; con oro quiso en vano seducirme: en abandonar a América vió mi voluntad tan firme, que al fin me abrazó diciéndome: «Ve en paz, y que Dios te guíe.» En oro me dió el valor de mis bienes: conducirme quiso hasta uno de sus buques que me esperaba, y me hice a la vela en él, trayendo mi hija y mis memorias tristes a España, donde con mi oro en la corte establecíme. Mas viendo que las delicias de sus ruidosos festines y tumulto me aburrían en lugar de divertirme, y que mi hija Flor crecía en belleza, y que sutiles los ejemplos de la corte es fuerza al cabo que minen la virtud de las mujeres, que no pueden eximirse de las torpes seducciones de juventud algo libre: compré a un marqués arruinado estos terrones, y vine a gozar entre sus muros la renta escasa que rinden cuatro tierras que he comprado de estos valles en los lindes. Aquí, olvidado del mundo y en soledad apacible, habito con Flor-de-Alba las estancias que permite habitar este palacio, que amaga bien pronto hundirse; aunque no será tan presto que nuestros ojos lo miren. Esta es mi historia completa, que a mi vez contaros quise la vuestra para pagaros: y ahora, buen joven, que oísteis lo que soy y lo que tengo, que os ofrezca permitidme lo que puedo y lo que valgo, si de algo todo ello os sirve. Cama os mandé prevenir y aposento: si a él seguirme gustáis, venid, que ya es tarde y acaso el cansancio os rinde.»
Y así diciendo el anciano con halagüeño semblante, echó del joven delante con una luz en la mano. Y como el mozo veía que la franca explicación de tan clara insinuación oposición no admitía, dejó su cómodo asiento y se dispuso a seguir al viejo, hasta el aposento que le mandó prevenir. Salieron, pues, de la estancia el uno del otro en pos, perdiéndose así lo dos en la sombra y la distancia
Estaba el aposento destinado para el joven viajero, en un ángulo aislado de aquel viejo edificio colocado. Para llevar a él al caballero cruzar el viejo le hizo uno tras otro cuarto abandonado, y uno tras otro oscuro pasadizo; por los cuales al ir notó el mancebo el estado ruinoso en que se hallaba la mansión que su huésped habitaba. Las rotas o gastadas escaleras, las empolvadas bóvedas sombrías, entre cuyas maderas se filtraban aún en gotas frías de las pasadas lluvias las goteras; las doradas molduras, por la humedad y el polvo carcomidas; las puertas de mohosas cerraduras no usadas largo tiempo, y derruídas de su marco y dintel las esculturas: todo lo reparó; mientras callado su hospedador por ella le condujo, y aquella soledad y aislamiento mala impresión en su ánimo produjo, y aun en su corazón por un momento misteriosos recelos introdujo. Dejóle en fin en su aposento solo el venerable anciano, y toda idea de traición o dolo desechó al contemplar de su semblante la candidez, y al estrechar la mano que le alargó al salir, dulce reposo deseándole atento y cariñoso. El joven, sin embargo, con precavido examen, cauteloso, su cuarto registró por donde quiera que el pie pudo fijar, tender la mano y dar campo a los ojos: todo era limpio allí, si no rico: blando lecho con mullido vellón y lienzos hecho, que grato olor a limpios exhalaban, a dormir convidaban; y descendiendo en pliegues desde el techo, las ventanas y puertas adornaban blanquísimas cortinas, con gusto puestas, aunque no muy finas; toscos sitiales, perchas necesarias a uso de quien se viste y se desnuda; encendida y templada lamparilla, todas, en fin, las fruslerías varias con que a un huésped ayuda una fina atención, del buen anciano allí previno la oficiosa mano. Abrió, pues, si maleta el caballero, y echando a un lado su empolvado traje y las botas de viaje, cómoda bata se ciñó; su espada dejó a su lado diestro colocada, y en la cama metiéndose, largo sueño a gozar tranquilo y blando se dispuso en las ropas envolviéndose, Pronto vagos delirios e ilusiones fantásticas se alzaron en su mente: vaporosas visiones que cerniéndose en alas invisibles, bajan continuamente, del pacífico sueño precursoras, a derramar benéfico beleño sobre el mortal que siente en altas horas con silencioso pie venir al sueño. Todos entonces en tropel callado los objetos que vimos en el día toman cuerpo en la loca fantasía, y en confuso montón desordenado, llenas de ligereza y poesía, revestidas de formas celestiales, nos excitan ideas que adoramos el sueño a conciliar, mas de las cuales jamás al despertar nos acordamos. Mas entre estos delirios del insomnio que aduermen al cansado caballero, entre esta multitud de sombras leves precursoras del sueño verdadero, hay un bello fantasma más visible, mucho más vaporoso, más ligero, que le acuerda amorosa y vagamente la encantadora imagen apacible de otro viviente ser visto primero. Y esta imagen purísima, alba y bella, que entre las pardas sombras del insomnio como lirio entre céspedes descuella, como entre zarzas purpurina rosa, como entre nubes rutilante estrella, como entre toscas y comunes aves de real pavón la pintoresca pluma, cual regio buque entre pequeñas naves, como rayo de sol entre la bruma de nebuloso lago, es la amorosa sombra de una mujer cándida, hermosa, a quien logró mirar tan sólo un punto, cuya presencia saboreó un momento; mas cuyo bello y celestial trasunto indeleble conserva el pensamiento. Y esa mujer con quien despierto sueña, ese delirio que al dormirse adora y cuya aparición encantadora el sueño dél en alejar empeña; esa mujer cuya ilusión divina por rechazar de su memoria lucha, pero cuyo recuerdo le fascina, y a quien a su pesar mira y escucha, es Flor-del-Alba, a quien a amar empieza, ángel en su beldad, flor en pureza.
Así el amor callando se desliza en nuestro corazón libre y tranquilo, y con el filtro del amor se hechiza a una ilusión así prestando asilo. Como ilusión la admite: ella, traidora, la hoguera oculta del amor atiza, su belleza ideal la patentiza, y al verla el corazón tan seductora con la ilusión falaz le fanatiza, y al fin ciego de amor la diviniza, y en el altar de la pasión la adora.
Y así como un recuerdo vagaroso, por la puerta no más de un pensamiento disfrazado, traidor, mudo, alevoso, del viajero en el alma en tal momento entra amor a robarle su reposo.