Spanish poem
El montero de Espinosa
Lector, si haces memoria y mis leyendas, por fortuna mía, has leído algún día, recordarás la historia de una linda francesa que a Burgos traje para ser condesa. De ella te voy a hablar: pues aunque entrada en el séptimo lustro de su vida, todavía era hermosa, y muy querida, y de gente cabal galanteada.
Francesa fué, por consiguiente, a España si no enemiga a la verdad, extraña, que aunque es la patria tan abstracta cosa que a gozarla jamás ninguno llega, allá a su modo cada cual la juega cual la ve para sí más ventajosa. El más pobre mendigo en su miseria por lo menos quiere de su patria el amor llevar consigo, aunque sea no más para testigo de que en su patria de miseria muere. Esto es por lo que atañe al buen patriota, que en cuanto al extranjero, los derechos de tal bizarro acota, do encuentra al ciudadano don dinero; mucho entonces de fe y de patriotismo, y al punto que lo atrapa, oro y patriota caen en un abismo donde, por Dios, que no darán con ellos los mismísimos monjes de la Trapa con oración, conjuro, ni exorcismo. Y en cuanto a nuestra España y los franceses, bien claro la experiencia nos lo habla, lo poco que a sus garras defendimos lo salvamos a nado en una tabla.
Mas porque no imagines que lo dicho es hijo ¡oh buen lector! de algún capricho, voy a contarte, pues aquí interesa, lo que hizo en su condado de Castilla, madre del conde actual, la tal francesa. Lee, pues, y considera claramente lo que ha sido y será por mientras dure en nuestra España la extranjera gente.
Y permite de paso que te advierta, lector, que de nosotros esto mismo y aun más dirán acaso, y no sé yo si con razón, los otros. Pero tal es el mundo, y es un hecho, que cuando muchos a la par pleitean, por despechadas que sus causas sean todos se creen con el mejor derecho. Pero basta, por Dios, de digresiones, y entremos en materia, que el caso es grave y nuestra historia seria.
Gobernaba con próspera fortuna en Castilla el leal Sancho García, atropellando audaz la media luna doquier que al campo por su mal salía. Acechaban los moros sus fronteras como tigres hambrientos; y veían desde lejos sus banderas libres flotando al soplo de los vientos, y en la sangre teñidas de sus haces vencidas. A merced de estos lances venturosos todo era gozo, y dicha, y bienandanza, por cuanto el linde de Castilla alcanza. Mas ¡cuánto son precarios y engañosos los augurios del bien de la esperanza, y cuánto ¡ay Dios! las dichas terrenales expuestas al impulso de los males, y sujetas a cambio y a mudanza! Oigamos, para prueba incontestable, lo que una noche hablaban a una reja un paje de don Sancho y una amable y hermosa dama que de amor le escucha plática dulce con paciencia mucha; y las palabras nos dirán de Estrella lo que ignoraba aún Sancho Montero, que aquél era, lector, el nombre de ella, y éste el nombre también del caballero.
ESTRELLA: Pues bien, Sancho, ya que celos me pides con tal furor, fuerza es aclarar tu error. ¡Perdónemelo los cielos! Un hombre me dices que entra de noche por mi ventana, y sale muy de mañana: causa tu furor encuentra para irritarte, es así; entra en mi aposento un hombre, pero que entre no te asombre, Sancho, que no entra por mí.
SANCHO MONTERO: ¿Pues, cómo, mujer liviana, si la verdad no contestas, he de creer tus protestas cuando es tuya la ventana?
ESTRELLA: Montero, vamos despacio, que aunque la ventana es mía, ni de noche ni de día vivo yo sola en palacio. y no pongas en un potro tu discurso, buen Montero, por donde entras tú primero puede después entrar otro; y según, Sancho, a mi cita vienes, el parque asaltando, puede estar otro aguardando hora para otra visita.
SANCHO MONTERO: Todo está bien, Estrella; que los hombres somos dos ya lo veo, voto a Dios; mas si tú no, ¿quién es ella?
ESTRELLA: Secreto debiera ser ese nombre, mas, Montero, si tú lo quieres...
SANCHO MONTERO: Lo quiero.
ESTRELLA: Secreto lo has de tener, y ni en tu última hora lo digas ni al confesor.
SANCHO MONTERO: Lo juro.
ESTRELLA: Pues de tu error es la causa mi señora.
SANCHO MONTERO: ¿La condesa?
ESTRELLA: La condesa
SANCHO MONTERO: ¿La madre de don García? Tú mientes.
ESTRELLA: ¡Por vida mía! Que así me tratéis me pesa. Considerad, señor Sancho, que aun cuando yo lo negara, con mi palabra bastara, y aun os viniera muy ancho.
SANCHO MONTERO: Perdóname, dulce estrella, lo osado por lo celoso, que me es en verdad penoso pensar tal infamia en ella. Que a fe que mal corresponde a quien en desmán tamaño, si no por su propio daño, por honra de su hijo el conde. El querer de una doncella, si es casto, el amor lo escuda, mas ella condesa, y viuda, pide más recato, Estrella. Y está en la ley prevenido: si el hijo ha de gobernar, la madre no ha de tomar en su gobierno marido.
ESTRELLA: ¡Ah, Sancho, que tú no alcanzas lo que su amor me atribula, porque es un amor que anula aun sus mismas esperanzas!
SANCHO MONTERO: Estrella, no te comprendo.
ESTRELLA: Pues óyeme, Sancho, bien, y el cielo me olvide, amén, cuanto mal estoy haciendo.
Yo por servirla no más y por velar su deshonra, estoy prendiendo mi honra en un cabello quizás.
Y por contentar su afán presto, protegiendo a ese hombre, con mi aposento mi nombre, y corre por mi galán.
Mas no es esto, Sancho mío, lo que el alma me atormenta, que yo ayudara contenta de una amiga un desvarío.
Mas yo arriesgo mi decoro y arrostro, Sancho, tus celos, ¿Y por quién abogo? ¡Cielos! ¿Por quién, Sancho? por un moro.
SANCHO MONTERO: Estrella, ¿te has vuelto loca? ¿Moro dices?
ESTRELLA: ¡Ay de mí! Ojalá no fuera así lo que te dice mi boca. Ese Muza embajador del rey moro de Sevilla, es el galán.
SANCHO MONTERO: ¡Qué mancilla para dama de su honor! ¡Un moro! Por Dios, Estrella, que al conde lo he de contar.
ESTRELLA: Nos vas, Montero, a matar.
SANCHO MONTERO: ¡Ay! ¿Quién te ganó por ella? ¿Quién puso en tu pensamiento tan villana aberración? ¿Quién puso en tu corazón tan torpe consentimiento?
ESTRELLA: ¡Quién más que mi desventura! Me acogió desde mi infancia, y desque vino de Francia no la he concebido impura.
No tengo madre, Montero, y ella de tal me sirvió, ¿negarla pudiera yo lo que hizo por mí primero?
Supo ella nuestro amor antes y velándolo a su hijo, «obrad prudente, me dijo, y sed dichosos amantes.»
SANCHO MONTERO: ¡Fatal complacencia fué! Mas ya es tarde, hasta mañana. Dios quiera que tu ventana grave pesar no nos dé.
Y partiendo el caballero, cerró sus vidrios la bella, siguiendo al través su huella por un torcido sendero.
Está la noche tranquila aunque embozada la luna, y encapotado como ella está junto al parque Muza. En pardo alquicel envuelta su conocida figura, y bajo el casco escondida su cabeza (que a la turbia luz de una pálida estrella conocería sin duda el más topo en el turbante si en él la llevara oculta), la seña impaciente aguarda, que le harán para que suba las manos de quien espera asir amante las suyas. De arriba a abajo pasea, pero con tanta cordura que ni sus pasos se sienten ni de una a otra esquina cruza. Sólo su amor le acompaña, y sólo su amor segunda con su audacia y con su alfanje de una mujer la locura. Locura, sí, porque es mengua y rabia causa y angustia que así en el cieno se arrastre dama de tan noble cuna. Locura, sí, porque vela detrás de la colgadura de su balcón la condesa, que de tardanza le acusa. Con gran cautela a los vidrios (que no es extremada nunca) continuamente se asoma, de que ha de venir segura. Y entre la luz y los vidrios pasando, mientras calcula el tiempo que huye, su sombra sobre el cristal se dibuja. Y en los iguales períodos con que aparece y se ofusca, se ve bien que se pasea tal vez sin paciencia mucha. Por fin, tornando a asomarse, acaso vió lo que busca, porque cerró la ventana con golpe que prisa anuncia. Faltó al punto la luz de ella y apareció en la segunda ventana, que está sin rejas, más abajo de la suya. Sonó una palmada a poco, y como está a poca altura, fácil halló la subida el enamorado Muza. Mas presto a bajar volviera si alcanzara por ventura a ver que un hombre aparece en el punto en que él se oculta. Sí, guarecido en lo espeso de la oscuridad nocturna, a la ventana se acerca de otro hombre la sombra muda. Sombra que avanza despacio, pero con planta segura, como quien sabe la tierra por donde camina a oscuras. Al eco de sus pisadas, con desolación profunda una mujer sacó a medias la cara, que el miedo turba. A cuyo punto el que viene, con voz al caso oportuna, dijo, y en tono intermedio de afirmativa y pregunta:
SANCHO MONTERO: Estrella
ESTRELLA: ¡Sancho!
SANCHO MONTERO: ¡Silencio!
ESTRELLA: Por Dios, Sancho, disimula si es que has visto…
SANCHO MONTERO: Todo, Estrella, y estáme ahogando la furia.
ESTRELLA: ¡Por Dios, Sancho!
SANCHO MONTERO: Nada temas. No con fuerza, con industria espero cortar los hilos que tal escándalo anudan. ¿Por quién te pondrás, Estrella, por ella o por mí?
ESTRELLA: ¿Eso dudas? La vida diera gustosa con una palabra tuya.
SANCHO MONTERO: Pues bien, Estrella, si me amas y si confianza alguna te inspira la idolatría que mi pasión te tributa; en vez de guardar la reja de una sorpresa importuna, guarda la puerta a su cuarto, y cuanto digan escucha. Yo respondo de que nadie por reja ni escala suba, con tal de que me repitas sus palabras una a una.
ESTRELLA: ¿Y qué te importa?
SANCHO MONTERO: Va en ello, Estrella, nuestra ventura.
ESTRELLA: Enhorabuena.
SANCHO MONTERO: Ya tardas.
ESTRELLA: Guárdame, pues.
SANCHO MONTERO: Pues escucha.
Quedó junto a la ventana Montero de centinela, y junto a la cerradura se puso a escuchar Estrella. Abajo Montero inmóvil permanece en las tinieblas, y arriba por los resquicios ella la vista endereza. Él, allá abajo inmutable como una estatua de piedra: ella arriba con ansia, toda arrobada de atenta. Mas poco oír la permite la bien encajada puerta, y poco paso a su vista da la cerradura estrecha. Mas mucho puede un deseo en cuyo logro interesa grave peligro o bien grave quien firmemente desea. Así que al par aplicando con oportuna destreza ya el ojo para mirar, ya para escuchar la oreja, logró entender, si no cuanto su curiosidad quisiera, cuanto basta a quien importa para que todo lo entienda. Y las frases que a pedazos hasta su escondite llegan, con algunas adiciones o supresiones, son estas.
CONDESA: ¿No hay otro medio?
MUZA: No hay otro; mientras él viva, condesa, prendidos tenemos ambos en un hilo la existencia. Mi amor para ti es sin freno: te adoro, sultana bella, y si en decidirte tardas, sin ti me parto a mi tierra. No puedo más en Castilla permanecer sin sospecha, pues concluí mi embajada y va a encenderse la guerra. Mi rey en Córdoba tiene gente mucha y muy resuelta, que vendrá a poner de Burgos la corona en tu cabeza. ¿Qué me respondes?, decídete; dentro de tu casa mesma tú vives tiranizada, obedeces y no reinas. Privada de los placeres, de los saraos y las fiestas, por viuda al llanto y al luto las costumbres te condenan. Eres hermosa y amante; ¿Por qué has de pasar por sierva donde, si quieres, mañana puedes mandar como reina? Así, nuestro amor logrado, ventajas logrará inmensas tu condado de Castilla: pues en paz con sus fronteras, tus pueblos tendrán tranquilos la paz que con ansia anhelan.
Calló aquí el moro, y tras grave meditación, la condesa, como quien duda en lo que habla, repuso de esta manera.
LA CONDESA: ¿A qué ocultarlo, buen moro? Demasiado lo confiesan las lágrimas de mis ojos, y las voces de mi lengua. Yo te amo: poco a mis ansias la corona es de condesa; para ceñirla a tus sienes ansiara imperial diadema. Pero si yo abro de Burgos a tus árabes las puertas, ¿cómo reinar en Castilla a no conquistarla entera? ¿Cómo estarán los cristianos sumisos a quien los venda? No, harán para rebelarse un fuerte de cada piedra. Tu rey querrá en la conquista llevarse la mejor presa, y si es una infamia todo, huir es la más pequeña.
MUZA: ¿Huir, sultana, qué dices? ¿Adónde, infeliz, huyeras que esclava no te contaras si no te contaras muerta? ¡Huir! ¿Acaso por miedo de que traidora te hicieran a una patria que no es tuya pues no nacistes en ella? ¿Ignoras que esos villanos que ante tu faz se prosternan maldicen allá a sus solas tu noble cuna francesa?
CONDESA: ¡Esclavos!
MUZA: Sí, esclavos tuyos, puesto que ellos son tu herencia, y venderlos y comprarlos justo es que a tu antojo puedas.
CONDESA: Sí, justo sería, ¡oh Muza! mas muy arriesgado fuera tal intentar, porque al cabo ¡quién sabe el fin de una guerra! Si no hay más medio.
MUZA: ¡Ah sultana más que tus ángeles bella, más necesaria a mi vida que el sol y el agua a la tierra, aquí a tus plantas de hinojos te juro, las manos puestas sobre el corazón, que en vano mi alma en huirte se esfuerza. Es separarme de ti llevarme a una muerte cierta: luz de mis ojos, el mundo sin ellos está en tinieblas: sin freno en esta pasión, te adoro, sultana bella, y si en decidirte tardas, morir sin ti será fuerza.
CONDESA: ¡Ah no, muramos entrambos!
MUZA: ¿Y el conde?
CONDESA: En Burgos se queda.
MUZA: ¿Y quién de él si te reclama nos salva?
CONDESA: ¡Maldito sea!
Callaron ambos un punto, y a poco rato en voz trémula, dijo el moro, como quien prenda involuntaria suelta:
MUZA: Si al cabo…
CONDESA: ¿Qué?
MUZA: En este pomo supremo licor se encierra, que sirve sin más peligro a quien le usa con destreza…
CONDESA: A ver.
MUSA: De un modo adormece, y usado de otra manera…
A estas palabras oyóse tras de la cerrada puerta inesperado ruido, y tras él de golpe abriéndola: «Señora, el alba despunta», dijo apresurada Estrella; e interrumpida la plática, el moro salió siguiéndola. Partió silencioso Muza saltando otra vez la verja, y con el pomo en las manos quedó a solas la condesa.
Iba a rayar el sol en el Oriente: y la serena luz de la mañana teñía suavemente con brillantes matices de oro y grana la diáfana extensión del horizonte, la claridad tendiendo mansamente por las laderas del lejano monte.
En un balcón que a los jardines mira del palacio de Burgos en que mora, sombría y melancólica suspira la que en tiempo mejor fué su señora. Ella es, sí, la condesa doña Blanca, que a impulsos de secreto sentimiento hondos suspiros de su pecho arranca, y de sus labios los arranca el viento. Bella matrona, por la edad no ajada, aun muestra cuánto fué su edad primera en gracia y hermosura aventajada: aún brilla en sus miradas, hechicera, la luz de la pasión, y aun a despecho del pesar que la acosa, tiñen su bello rostro peregrino, y sus torneados hombros y alto pecho, el color del jazmín y de la rosa, que envidia dieran al pincel de Urbino. Hermosa, sí, se ostenta todavía a pesar de la nube que encapota su frente melancólica y sombría. Sus miradas en tierra distraída fija, sin ver lo que delante tiene, y en turba al parecer descolorida pasan por su memoria sus ideas tardas en paso y en contorno feas. Encendidos sus párpados, parece que romper a llorar tal vez ansían, y pálido el carmín que antes tenían sus labios, que el amor ora enardece, muestra, por Dios, (y ciegos lo verían) lo que su inquieto corazón padece. A veces, frunce receloso el ceño cual si oculto terror la amedrentara, y a veces gime, cual si horrible ensueño su apesarado espíritu acosara. A veces, reteniendo en su garganta el conturbado aliento, agitado su pecho se levanta cual mar que turba desigual el viento; y a veces tenuamente respirando, toda la fiebre ahogando que le agita, en sueño dulce, misterioso y blando tranquilamente al parecer dormita: todo en ella, por fin, está mostrando que grave asunto con afán medita, y que si acaso la razón la asiste, prestarla fe su corazón resiste. Largo tiempo pasó de esta manera, hasta que al fin, saliendo de repente de su enajenación, rápidamente formó sin duda decisión postrera, y al punto se quitó de la vidriera. Falsa sonrisa en derredor vagaba de sus fruncidos labios al quitarse, y siniestra su faz amedrentaba, amarga su expresión de contemplarse: y con prudente voz llamando a Estrella y a sus palabras dando astuto giro, exhalando un suspiro, plática tal enderezó con ella.
CONDESA: Mucho te he amado siempre, Estrella mía, mis secretos más graves siempre mi corazón del tuyo fía, que de mi corazón tienes las llaves. Que me sirvas espero, leal correspondiendo a mi cariño, en un negocio, que encargarte quiero.
ESTRELLA: Vuestra, señora, soy, y ya os he dicho en otras empeñadas ocasiones que ley es para mí vuestro capricho, y los antojos vuestros son razones.
CONDESA: Óyeme, pues, Estrella, que cosa es que me importa y tiene ejecución fácil y corta. El conde, mi buen hijo, don García, secreto mal padece, que descuidado más de día en día, de día en día con peligro acrece. Apuré las razones, los argumentos agoté del todo para hacerle tomar una bebida que puede sólo resguardar su vida, y de usarla con él no encuentro modo. Un solo medio veo solamente: tómela de tu mano incautamente.
ESTRELLA: ¡De mi mano, señora!
CONDESA: Sí, por cierto; él cree que es un secreto su dolencia que juramos guardar en la conciencia los médicos y yo, que la sabemos, y sólo de nosotros se recela que a su pesar curársela queremos, y es inútil contigo su cautela. ¿Qué dices?
ESTRELLA: Yo, señora...
CONDESA: ¿Desconfías de su madre tal vez, mujer ingrata? ¿No le he llevado en las entrañas mías? Por sospecha tan ruin, ¡viven los cielos! que inaudito castigo merecías.
ESTRELLA: ¡Oh! perdón, mi señora la condesa, calmad vuestros enojos; que en ocasión tan grave la duda es natural en quien no sabe. Mas hablad, disponed, toda soy vuestra; huérfana y pobre me ofrecí en la infancia para sólo serviros, y de entonces fuisteis mi madre vos, vos mi maestra.
CONDESA: Pues bien, que sea hoy mismo me interesa.
ESTRELLA: Mas la ocasión...
CONDESA: Muy fácil: en la mesa. Yo el elixir derramaré en su copa, tú se la servirás cuando la pida y de este modo le darás la vida.
ESTRELLA: ¿Yo se la he de servir…?
CONDESA: Seguramente. Que la beba es de ti nuestra fortuna, mas sin señal de inteligencia alguna, con mano firme y con serena frente. ¿Entiendes?
ESTRELLA: Será así.
CONDESA: Pues así sea. Y ayúdame a acostar, Estrella, ahora, y cierra ese balcón, porque no sea de una noche de amor puerta traidora.
ESTRELLA: Cierro y tranquila reposad, señora, Y al vecino aposento salió Estrella obediente. Mas, ¡ay! que no avezada al fingimiento, trémula fué, y el rostro macilento, a dar en un sillón lánguidamente; y en su errante mirada veíase en verdad su afán interno y su pavura al crimen retratada. Meditó largo tiempo silenciosa, inmóvil e indecisa, hasta que vaga y singular sonrisa que la excitó una idea generosa, tendió sus labios, y avivó su prisa. Abrió una puerta, pues, con mucho tiento, y por una excusada escalerilla cabo a poner a su secreto intento, en la antesala dió del aposento de don García, conde de Castilla. Su paje favorito allí velaba. Sí, allí Montero a la sazón se hallaba y a la llegada de su amante Estrella en un sillón de roble dormitaba, mas despertóse al percibir su huella. «¡Hermosa!» dijo, y la tendió los brazos; mas ella suavemente esquivando sus lazos peligrosos tal vez, rápidamente con voz turbada, y con prudencia mucha, apartóle diciendo: «Sancho, escucha». Hízolo Sancho así, y al ir oyendo lo que ella en baja voz le iba diciendo, notábase más claro a cada instante que el fuego del furor iba subiendo desde su corazón a su semblante. «¡Bien, dijo el mozo al concluir Estrella: Vete tranquila, que estaré presente»; y a punto tal tornándose la bella por la misma escalera donde vino, tornóse a su sillón tranquilamente Montero, y a cumplir con su destino.
Y el sol por el firmamento a largo andar se venía, cuando llamó soñoliento desde su oscuro aposento el conde Sancho García.
Montero, como le oyó, de la mampara al dintel atento se presentó, y tras algo que le habló cerróse dentro con él.
De la fatiga al quebranto rendíase al sueño en tanto en la antecámara Estrella de su ama; mas ¡ay! que de ella se huía tan dulce encanto.
A vueltas sobre su lecho con el afán de su pecho, hasta el aire que aspiraba le parecía que estaba emponzoñado y estrecho.
En vano el rostro agitado del uno y del otro lado acomoda entre la ropa: los ojos se la han cerrado con la imagen de una copa.
Y aunque sin luz los mantiene, por mucho que los aferra, su odioso contorno viene a dar a sus ojos guerra, y despechada la tiene.
Por más que en dulces memorias su mente extraviar procura y en sazonadas historias, sus dichas torna ilusorias la copa de su amargura.
No duerme, no, que al impulso de un pensamiento cruel, dentro del cuerpo convulso se la desborda del pulso toda su sangre en tropel.
Ideas mil en su mente que fermentan en montón, la atormentan fieramente, y siempre el latido siente del trémulo corazón.
No duerme, no, que en el alma do la virtud no respira, la paz del reposo expira y airado el sueño retira el bálsamo de la calma.
No duerme, no, la condesa: que vela desesperada, de remordimientos presa, siempre anhelando ¡malvada! lo mismo de que le pesa.
Le pesa, sí, mas no halla otro remedio al amor, que en su corazón batalla, y lucha contra la valla de su amancillado honor.
«¡No!, dice en su desvarío, ceder no sabré jamás, por Dios que me sobra brío! Ven, Muza, y si tú eres mío, ¿qué me importa lo demás?»
Tendamos, lector, un velo sobre esta infernal pasión, que de escudriñar me duelo secretos que puso el cielo del hombre en el corazón.
Con la sonrisa en los labios y con la faz cariñosa sentóse el conde a la mesa en cuanto llegó la hora. Con la sonrisa en los labios, aunque con la vista torva, sentóse a par la condesa en el lugar que la toca. El hijo en el puesto bajo, que aunque lleva la corona, ante su madre la olvida, y como a quien es la honra. La madre en el preferente, pues aunque parte no toma del condado en el gobierno, siempre en su casa es señora. Detrás del conde está Sancho, que la confianza goza de su señor, y le sirve con atención oficiosa. Tras doña Blanca está Estrella, que es la camarera sola que la sirve ha largo tiempo en la mesa y en la alcoba. Escancia Sancho el licor al conde con mano pródiga, y lo hace con la condesa Estrella con mano sobria. Bebe el conde cual lo exigen las fatigas que le agobian, la condesa cual permite el decoro en su persona. Él como hombre que pelea, caza y medita y trasnocha, ella cual madre de príncipes y como ejemplar matrona. Aunque larga en las viandas, mesa es en palabras corta, cosa en quien negocios tiene de grave interés, muy propia. Crúzanse, pues, las palabras interrumpidas y pocas, en tanto que los manjares el apetito acogotan. «Sancho, dijo de repente el conde, escancia Borgoña, que aunque es licor extranjero, deja buen gusto en la boca.» Lo cual la condesa oyendo intervino presurosa: «Estrella, sírvele al conde; Sancho, trincha tú esa lonja, que aunque de parte escogida no tiene punto de sobra.» Palideció un tanto Estrella asiendo al punto la copa, y asió del cuchillo Sancho con mirada escrutadora. Frunció doña Blanca un poco los labios, que descolora ligero matiz morado, señal de temor o cólera, y don García, sereno, con gravedad majestuosa, fijos los ojos en ella el vaso llevó a la boca. Paró el cuchillo Montero inmóvil sobre la lonja que dividía, y Estrella se estremeció de congoja: en tanto que doña Blanca con hondísima zozobra le contemplaba, sus ojos saltándola de las órbitas; y en este momento el conde, alargándole la copa, le dijo con voz tremenda: «Bebed primero, señora. —¡Yo!, replicó la condesa con voz descompuesta y cóncava. —Vos misma», le dijo el conde con voz iracunda y bronca.
Postróse Sancho de hinojos, sentencia tan horrorosa al escuchar, pero en vano, nada a don García asombra. De cólera y de venganza vértigo infernal le acosa, y todo su ser a su ímpetu se descompasa y trastorna. Todo recuerdo calmante, toda intención generosa, de la indignación a impulsos del corazón se le borra: y con el brazo extendido y faz amenazadora, a la condesa presenta resueltamente la copa. «¡Señor!, exclamó Montero —¡Vasallo! (en voz tronadora interrumpió don García), quien por infames aboga, sólo cavar su sepulcro junto a su sepulcro logra.» Y a la condesa volviéndose, siguió diciendo: «Señora, venderle queréis al moro mi cabeza y mi corona, que con torpeza inaudita y amor sacrílego compra; a morir, pues, disponeos, como liviana y traidora. —¡Hijo mío! —No, apartad tal nombre de la memoria, y ¡voto a Dios! bebed pronto, que mi paciencia se agota. —Hijo mío, por la santa esperanza de una gloria… —Callad y apurad el vaso… Esa es la vuestra y no hay otra.» Y aquí la condesa, viendo que es vana esperanza toda, desesperada y sañuda contra sí misma se torna. Radió en su fiero semblante horrenda expresión diabólica, relámpago del infierno que en su corazón aloja; y con firmeza que fuera en causa mejor heroica, apuró de un solo trago la preparada ponzoña. Cayó sin sentido Estrella, en oración fervorosa, Sancho encomendó su alma, y el conde con mano pronta arrojó contra las tapias el resto de la ponzoña. Quedó la condesa un punto, fantasma amedrentadora, frente a don Sancho en silencio; mas pronto el fatal Borgoña tendióla en tierra de espaldas, a fin desastrado próxima.
Es una noche lóbrega y oscura: no ilumina la luna el firmamento, y en la atmósfera impura densos vapores amontona el viento. De espesos nubarrones por su turbado azul lentos avanzan preñados escuadrones que el aire sorben donde el aire alcanzan. No corre ni una ráfaga perdida que temple de la atmósfera el bochorno, y el aura de la tierra desprendida, exhalada parece de algún horno: y dijeran que humea próxima a vomitar la oculta llama, si el relámpago pronto centellea y el ronco trueno en las alturas brama. En un balcón que a los jardines mira del palacio de Burgos, en que mora, sombrío y melancólico suspira don García a deshora. Él es: y al recordar de doña Blanca, su muerta madre, el infernal intento, hondos suspiros de su pecho arranca, que rechaza tal vez el firmamento. Y el llanto que en sus párpados se estanca y el semblante humillado y macilento, muestran que es ya su bárbara sentencia carcoma que desgarrra su conciencia. Sus miradas en tierra, distraído fija, sin ver lo que a sus ojos tiene, y en confuso tropel descolorido pasan por su memoria las ideas tardas en paso y en contorno feas. A veces frunce, receloso, el ceño cual si oculto pesar le atormentara, y a veces gime cual si en negro sueño fantasma aterrador se le mostrara. A veces, reteniendo en su garganta el desigual aliento, agitado su pecho se levanta cual mar que en tumbos desordena el viento. Y a veces tenuamente respirando, resistiendo la fiebre que la agita, en siniestro delirio divagando lánguidamente al parecer dormita. Todo al fin en el conde está mostrando que grave asunto con afán medita, y se ve que su bárbara sentencia es el peso que abruma su conciencia. Muchas veces acaso en su abandono las leyes invocó que defendía; razón hallaba en el salvado trono que su venganza autorizar podía; pero siempre tras él con fiero encono salir la sombra de su madre veía, y la ley, la razón y el pensamineto cedían al tenaz remordimiento. Mas, tendamos, lector, un velo oscuro sobre este cuadro de venganza y duelo, que es caso, a fe, de comentarse duro que ya ha pesado en su balanza el cielo: caso, lector (y con verdad lo juro), cuya razón escudriñar no anhelo, pues pliegues son del corazón humano que intenta el hombre penetrar en vano.
Largo tiempo pasó de esta manera, y mucho más el conde así pasara si por bajo cruzar de su vidriera misterioso embozado no mirara. A la rápida luz de los relámpagos su bulto en las tinieblas perseguía, los ojos con afán desencajando si en medio las tinieblas le perdía; mas siempre hallarle en el jardín rondando con el nuevo relámpago volvía.
Brotó en su corazón sorda sospecha, y espoleando el honor sus presunciones, pronto entendió que el embozado acecha de su alcázar o puertas o balcones. Y a poco, seña misteriosa oyendo, por una reja le alcanzó trepando, y en ira a él encaminóse ardiendo. Con silenciosa y recatada huella llegó a la estancia de la hermosa Estrella, y luz viendo alumbrar la cerradura, la airada vista enderezó por ella.
Mas apenas la línea había cogido que la abertura con la luz marcaba, oyó como de gente que lidiaba dentro del cuarto temeroso ruido. Entre él y la bujía en un instante dos cuerpos a la par se interpusieron, que a poco en bambaleo vacilante a la par con estrépito cayeron. Lánzase dentro el irritado conde, y al ver el sitio donde la luz prosigue, la afilada punta les pone de su estoque a la garganta. Y «¿quién se atreve, vive Dios!», pregunta, a cuya voz: «¡Yo soy!», Sancho responde, que de ellos solamente se levanta.
CONDE: !Qué es esto, Sancho!
SANCHO: Señor, si es que lo hecho os enoja, sacadme con esa hoja el alma que os da el honor.
CONDE: Concluye, Sancho; ese hombre que tienes muerto a tus pies bañado en sangre, ¿quién es?
SANCHO: Muza, señor, no os asombre. Sin miramiento al decoro que en vuestra casa se encierra, contando iría a su tierra vuestra deshonra ese moro. Yo le esperé y le maté; si os culpa su rey, señor, tratadme como traidor y entregadme, que yo iré; pues quiero de mejor gana que el moro traidor me llame, que oírle dar por infame a una noble castellana.
Tendióle el conde la mano tal oyendo, y replicó: Sancho, así quisiera yo todo el pueblo castellano. ¿Cuál es tu nombre?
SANCHO: Espinosa.
EL CONDE: ¿Eres noble?
SANCHO: Hidalgo soy.
EL CONDE: Tu casa será desde hoy y tu familia famosa. Desde hoy serán mis monteros, y de lealtad por gala, dormirán en mi antesala sus bizarros caballeros. Y lléveme Belcebú si temo a nadie en la tierra, si en la paz son y en la guerra, todos ellos como tú.
Lector, la buena memoria que de su madre guardó, excuso decirla yo, pues te lo dice la historia; recuerdos hay todavía que atestiguan opulentos los muchos remordimientos del conde Sancho García. Diré, pues, la sola cosa que sus recuerdos exigen, y es: que de él tienen origen los Monteros de Espinosa.
FIN