Versos Spanish José Zorrilla El niño y la maga

Spanish poem

El niño y la maga

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¡Cuán risueña es el alba de la vida, esa mágica edad de la ilusión, en que vegeta el alma adormecida, ajena de inquietud y de ambición!

¡Cuánto se vive alegre y sin recelo, cuánto se goza lejos del pesar, llevando nuestro débil barquichuelo de la existencia por el negro mar!

Entonces, sin pensar en quien nos hizo ni el vano mundo y su placer traidor, gozamos por el día tanto hechizo, y dormimos la noche sin temor.

Que es el niño atrevido marinero que al mar se lanza, si inexperto, audaz, satisfecho con ver cómo, ligero, va por las ondas su batel fugaz.

¿Qué le importa el murmullo de la brisa, a quien sigue tal vez el aquilón? —Navegaré, le dice, más aprisa, del blando viento al compasado son.

¿Qué le importa que el agua se alborote, tormentosas alzando olas sin fin? —Irá, se dice, mi extraviado bote a dar como el que dejo á otro jardín.

¿Qué le importa que bajen las tinieblas, la noche desplomando sobre el mar? Él dice:—Cuando pasen estas nieblas, ya me vendrá otro sol a despertar.

¿Qué importa que en espejos quebradizos hiervan los lomos del gigante azul? Él mira en ellos sus flotantes rizos, de la neblina entre el espeso tul.

¡Cuánto es alegre la niñez sencilla, que en el bajel de su inocencia va libre y segura, sin perder la orilla del mar que al lejos rebramando está!

Duelos, dejadme que los lindos sueños loco recuerde de la edad pueril, que mire de la vida los empeños, desde su verde y delicioso abril.

Dejad que vagiten mis cansados ojos de árbol en árbol y de flor en flor; del sol brillante á los destellos rojos, que al universo dan vida y color.

¡Vida! Blanco y risueño panorama para el que nace en virgen ilusión; desierto, do eternal el cierzo brama para el que lanza en él su corazón.

¡Vida! Fantasma bello y mentiroso, cuanto halagüeño en tu ilusión fatal, yo miraré con ojo receloso la luz de tu fantástico cristal.

Cantaré tus estériles placeres, y entre tus flores escondida red, la loca tentación de tus mujeres, corrientes que no templan nuestra sed.

Que si nacemos a la amarga vida riendo lo que habemos de llorar, yo quiero mi existencia dolorida gozar llorando, y mi dolor cantar.

- I -

Es una bella aurora, fresca, purpúrea y clara, en que va murmurando por la floresta el aura. Las hojas estremece con las sonantes alas, cruzando fugitiva por una y otra rama. Ya por el blando césped silenciosa se arrastra, robando sus perfumes al tomillo y la grama; Ya en torno de los troncos, de las encinas altas, columpia en sus cortezas las ramitas enanas. ya de la limpia fuente, en la repleta taza, arruga, trenza y riza los hilos con que mana. Es un jardín florido, henchido de fragancia, que a par enriquecieron, con afanosa maña, naturaleza fértil con ola silvestre gala, y la incansable industria con su rica elegancia. Aquí, por los linderos, las violetas moradas matizan de los céspedes la vívida esmeralda. Allí, de clavellinas entumecida mata, sus infinitos hijos a sostener no basta. Allí, las anchas rosas su pabellón de grana extienden, afrentando las azucenas blancas. Allá, el cárdeno lirio es eleva con audacia, de azules pensamientos su raíz tapizada. Más lejos, un geranio que aroma el aura mansa, envidia a los ranúnculos las tintas soberanas. Y allá, entre sauces verdes que humedecen las aguas, entro sonantes hojas y retorcidas varas, en cargados racimos, madreselva olvidada convida con sus flores amarillas y blancas. Ni faltan en macetas y transparentes jarras, pomposos tulipanes que sus capullos rasgan. Sobre ellos, cuidadosos, tienden sus hojas anchas los fértiles naranjos, las corpulentas hayas. Hay en su bosquecillo de mirtos y de acacias, en una placetuela de rosales cercada, una anchurosa fuente que en torno se derrama. Está el pilón colmado, y en medio se levanta, sobre dos pies de jaspe, de alabastro una taza; y mil vistosos peces en su remanso nadan, que asoman, atrevidos, la fugitiva espalda. Se escuchan desde lejos la música liviana con que murmuran leves las revoltosas aguas; y en su cristal inquieto, el sol que alumbra el alba, saliendo reverbera con luz tornasolada. Sentado en las orillas por do la linfa clara desde la limpia fuente bullendo se derrama, deshojando unas flores que el arroyuelo arrastra, miraba el niño Adolfo cómo las lleva el, agua. Su imagen la corriente trémula lo retrata, los ojuelos alegres, las manitas nevadas, la blonda cabellera tendida por la espalda, la frente ruborosa y la sonrisa cándida. Soñaba, desvelado, inocentes fantasmas, que a la niñez tranquila espléndidos halagan; de esos delirios puros que fugitivos pasan, y aduermen los sentidos sin que los sienta el alma; ilusiones magníficas, con cuyas sombras mágicas los gozos se deshacen de nuestra breve infancia. Ceñida de una nube de vaporosa gasa, que el aire llena en torno de suavísimo ámbar, de rosas y azucenas la frente coronada, prendida en ricos pliegues la vestidura blanca, salió de entro los mirtos, con cautelosa planta, una ilusión dichosa de paz y bienandanza. Las flores en sus tallos, por donde aérea pasa, se esponjan y enderezan y doble aroma exhalan. La brisa en torno suyo murmuradora vaga, y entro las hojas verdes se enreda y desparrama. Colúmpianse las copas, los ruiseñores cantan, las tórtolas arrullan en amorosas cláusulas, y todo en los jardines, al paso de la Maga, respira la ventura de juventud colmada. Tomó la mano de Adolfo, que sobre el césped descansa, quien, al verla tan hermosa, entre sus brazos se lanza. Los negros rizos la coge, la besa la frente casta, en sus pupilas se mira y en su sonrisa se embriaga. Ella a su seno lo estrecha, le acaricia y lo regala, no como madre afanosa, sino como amante hermana; no como en signo de albricias de un hijo perdido que halla, como quien se alegra hallando con quien dividir sus galas. Adolfo se la sonríe y el blanco cuello la abraza, admirando su hermosura con infantil confianza. —Óyeme, Adolfo, le dijo halagándole la Maga: Si tú quisieras conmigo vivir… tengo una morada llena de fuentes y flores y de deleites y galas; tengo palacios de oro suspendidos en montañas, en un país no lejano, a quien Existencia llaman. —¡Oh! ¡Por cierto que eres rica! —Lo que imaginas es nada: todo el universo es mío. —Pues ¿quién eres?—La Esperanza. —Y ¿estarás siempre conmigo? —Iré siempre donde vayas. —Pues vamos donde quisieres. —Sígueme, pues, que ya tardas. — Siguióla contento Adolfo y a una señal de la Maga, de aquella anchurosa fuente dividiéndose la taza, tornóse en un canastillo que se columpia y resbala de un claro y tranquilo río por sobre las ondas mansas; y entrándose confiados en tan vacilante barca, dejáronse ir sin recelo a los caprichos del agua.

- II -

Audaces surcando las aguas serenas al lánguido impulso del aire sutil, tocaron opuestas las limpias arenas que el río aprisionan al otro confín.

Posaron la planta donde ancho camino el paso les abre de vasta región, que pródigo y rico regala el destino y espléndido viste de ocioso primor.

Allí, en los linderos, vistosos jardines, de cuyas florestas el fin no se ve, empiezan, y orlados de azahar y jazmines, alfombras de flores encuentran los pies.

La luz es continua, de un alba rosada, que presta al ambiente purísimo azul, y un céfiro el aire, cuya ala aromada refresca la tibia ilusión de la luz.

Doquiera en las hojas del árbol florido se siente escondido al mirlo trinar, doquiera en la hierba menuda se siente la rápida fuente saltando brotar.

Doquiera volando sutil mariposa columpia una rosa, sacude un clavel, las alas ufana mostrando a las flores, de ricos colores pintadas también.

Doquiera arrastrando su casa con pena, sobre una azucena se ve al caracol, que tiende los ojos al sol generoso pidiéndole ansioso consuelo y calor.

Doquiera en las ramas colgada la oruga sacude y arruga el sonoro cristal, que en claros espejos, o en líquidos hilos, en lagos tranquilos posándose va.

Doquiera en las ramas del álamo verde a lo alto se pierde en movible ilusión, meciendo la bella oropéndola el nido, que anima tendido, benéfico el sol.

Despliega pomposa a la luz conque brilla la pluma amarilla, que ostenta fugaz, abriendo esponjado y en círculo rico el triple abanico que tiende al volar.

Aquí no se encuentran ni sauces llorones, ni en lúgubres sones agita el ciprés la fúnebre punta, cual hacha mortuoria que alumbra la historia pasada de ayer.

La espléndida lumbre del sol no se apaga; sin término vaga la brisa sutil; la noche carece de sombra importuna, ni deja la luna jamás de lucir.

Del mar a lo lejos se siente el murmullo, cual lánguido arrullo del aura no más, cual banda de plata que el puro horizonte tendió sobre el monte, tapiz de cristal.

Allá en sus amenas tendidas riberas a do pasajeras se van a perder las ondas sonoras, en tiendas de armiños, tan sólo los niños alegres se ven.

En lechos de rosas, jazmín y claveles, bajo almos doseles de plumas de luz, reposan tranquilos sin noche ni día, sin miedo a la impía desdicha común.

No acosa su mente recuerdo pasado, que sólo han gustado la dicha y placer, porque es la ribera del mar de la vida la casta, florida, tranquila niñez.

En ella comienza dichoso el camino do puso el destino tras linde feliz, de nuestra existencia tristísimo aciago, el árido y vago desierto país.

¡Oh! Cuando dormimos al pie de la cuna, es todo fortuna deleites y paz; el día es tranquilo, la noche serena, la selva es amena, frondoso el erial.

Las lágrimas puras que entonces se vierten, acaso divierten en vez de doler ¡Vereda dichosa! ¡Portada florida por do entra en la vida la dulce niñez!

Adolfo y la Maga cruzaban por ella, y el niño, tan bella, tan llana la halló, que andaba embebido de un lado a otro lado, gustando la fruta, doblando la flor.

Ya el vuelo seguía de pájaro errante, ya el ala brillante de insecto sutil, ya el curso sonoro de inquieto arroyuelo que rueda del suelo en el verde tapiz.

Saltaba y reía sin pena ni enojos, gozaban sus ojos la alegre visión, sus tiernos sentidos la suave frescura y el son que murmura del aura veloz.

Vagaba contento, ¿qué importa por dónde? su infancia le esconde la negra verdad. ¿A qué preguntarla? Si es plácido el sueño, ¿a qué con empeño querer despertar?

La ruta siguiendo, los blancos jazmines, la luz, los jardines, llegaban allí; ya el sol es ardiente, más duro el camino, no hay ya peregrino, plantel ni jardín.

Al paso que avanza por otra vereda detrás de quien queda la alegre región, sentía en el pecho que, audaz caminando, cobraba ganando firmeza y vigor.

La Maga, amorosa, seguía ligera, fantasma hechicera vagando tras él; más joven y hermosa conforme adelanta, dejando su planta detrás la niñez.

- III -

Doquiera en su sacro recinto se oía la ronca alegría del loco festín; los besos y brindis que en torno se exhalan al alma regalan con música dulce, esperanza feliz.

Las bóvedas altas, de perlas vestidas, do están suspendidas centellas de sol, duplican la luz transparente en ancho torrente, vertiendo en las salas cambiante color.

Los ricos tapices que ocultan los muros remedan los puros espejos del mar, sutiles dejando a través de sus hilos mirar los tranquilos reflejos del muro de limpio cristal.

Doquiera la rosa, el clavel, los jacintos, en lazos distintos, en cifras de amor, anuncian, orlando las blandas alfombras, las mágicas sombras que al hombre adulando, le siguen en pos.

Amor dice en ésta, en aquélla Fortuna, Valor dice en una, y en otra Amistad Placer dice aquélla, y esotra Riqueza, más lejos Belleza, Ventura en aquésta, Virtud más allá.

Doquiera repiten los anchos salones ardientes canciones de gloria y de amor; y allí en los clarines, allá en las botellas, con cláusulas bellas acaso acompañan el báquico son.

Allá en los secretos de oculto retrete, del ancho pebete al humo fugaz, de lindas mujeres que están voluptuosas, sonando amorosas, las notas se escuchan de amante cantar:

«Los labios hierven en besos, quemándose están de sed; venid a templar su hoguera, no hay más recompensa ni Dios que el placer.

Y ¿a qué Dios más poderoso acudiréis que al amor? Apurad, pues, sus deleites, que fuera de ellos no hay Dios.

¿Cómo resistir la herida de su ballesta sutil? Venid a beber deleites hasta embriagaros, venid.

Los labios hierven en besos, quemándose están de sed; venid a templar su hoguera, no hay más recompensa ni Dios que el placer.

Al son de las lanzas y trompas de guerra que asordan la tierra, en extenso salón se sienten los himnos ardientes de gloria, de noble victoria, que entona el soldado con áspera voz:

«Bajad al campo sangriento, sólo la gloria está allí; y sin gloria y sin laureles, ¿quién es el imbécil que acierta a vivir?

»A amar y a lidiar naciones, y sin triunfos, ¿cómo amar? ¿Qué llevar, si no, en ofrenda a los pies de una beldad?

»Si amor corona la frente, nuestras batallas también; sus coronas son de rosas, y las nuestras de laurel.

»Bajad al campo sangriento, solo la gloria está allí; y sin gloria y sin lauroles, ¿quién es el imbécil que acierta a vivir?»

Más lejos, en otra morada hechicera do el sol reverbera con lumbre tenaz, do llenan las perlas los largos espacios, los ricos topacios, el jaspe y el oro, la seda y cristal,

se siente el tumulto de báquica orgía, que en cántiga impía, discorde clamor, la mesa en desorden, manchadas las ropas, al son de las copas rameras levantan, sin alma y sin Dios:

«Venid: la gloria es un sueño; amor sin fiestas, ¿qué es? Mirado a través de un vaso, el mundo desierto parece un Edén.

»Vamos la tierra con vino, embriagados, a amasar; vamos al templo de Baco en lúbrica bacanal.

»No hay más altar que la mesa, no hay más Dios que la embriaguez; el vino confunde el tiempo, el morir con el nacer.

»Cuando caemos beodos, mendigo o rey, ¿qué más da? todos bebemos sedientos arroyos de libertad.

»¡Qué dulces son nuestros pechos empapados de licor! ¡Qué sabrosos nuestros labios, y qué inmenso el corazón!

»Venid: la gloria es un sueño; amor sin fiestas, ¿qué es? Mirado a través de un vaso, el mundo desierto parece un Edén.»

Allá en otra estancia do en torno murmura lejana, insegura, la voz popular, cantor instigado del Dios que le irispira, de cóncava lira la suya levanta al acorde compás:

«Amor y gloria sin fama son un espejo sin luz, sólo los cantos no mueren, hallando en el cieno sepulcro común.

»Venid a beber sedientos los raudales del saber; en sus márgenes se cogen las coronas de laurel.

»El pueblo escucha al poeta; venid, venid al cantor. ¿Qué es el amor ni la gloria sin la ciencia y la razón?

»¿De qué os vale de placeres ese miserable afán? Si no los canta mi lira, ¿quién os los ha de envidiar?

»Amor y gloria sin fama son un espejo sin luz; sólo los cantos no mueren, hallando en el cieno sepulcro común.»

Adolfo, indeciso, consigo luchaba, sin tino vagaba detrás del placer; doquiera anhelante y ansioso corría cruzando la orgía, la gloria gustando, el amor, la embriaguez.

Y en voz afanosa,—¿Dó estás, di, murmura, altiva hermosura, falaz juventud? Doquiera te veo, siguiéndote avanzo, mas nunca te alcanzo… Yo siempre en tu busca, y huyéndome tú!

¡Oh! Dime, Esperanza, mi fiel compañera, ¿dó está esa altanera cobarde mujer?— La Maga le sigue, mas no le responde. —¿Por qué se me esconde? ¿Lo sabes?—La Maga repuso:—No sé.

—¿No sabes? Mentira. ¿Me engañas, traidora, me mientes ahora que la amo por fin? ¡Oh! Ciego por ella, tras ella camino… ¡Fantasma divino, te adoro insensato, después que te vi!

- IV -

Cansado de su rápida carrera siguiendo la fantástica visión, de un verde montecillo en la ladera, Adolfo sollozando se sentó.

Iba el camino por estrecha calle una suave colina a transponer, partiendo por mitad un triste valle do la estéril colina sienta el pie.

A su lado la Maga todavía, blanca, risueña y cariñosa está, cual viva estrella que al piloto guía y anima en los peligros de la mar.

Flotaba su sencilla vestidura del aura de la tarde a la merced, y derramaba su mirada pura por la campiña que delante ve.

Al lejos, entre pálida neblina, alcánzanse tal vez a distinguir torres y muros en informe ruina, y escombros que salpican el país

Hay doquiera ciudades desoladas, cuyo hendido esqueleto humea aún, manchando con espesas bocanadas la claridad del firmamento azul.

No hay f aentes, ni palacios, ni verjeles, ni cantan en amena soledad, saltando entro jacintos y claveles, aves que gozan con alegre afán.

Hay algunas estériles palmeras nacidas al azar aquí y allí, y águilas surcan libres y altaneras el hueco de la atmósfera sutil.

Aun se sienten, perdidos a lo lejos, los himnos de la alegre juventud, cuyo alcázar se ofusca en los reflejos de una impotente y moribunda luz.

Todo es verdad allí, todo se ostenta sin ilusorio engañador cristal, por todas partes sin temor se asienta la rebelde y desnuda realidad.

—Las fuerzas, dijo Adolfo, me, abandonan, llena de sombras mi memoria está; dame el brazo, Esperanza: en mis oídos esos cantares tentadores van.—

Y era así, que a pedazos por el viento llegaban en sonora confusión, ya el mentiroso o el blasfemo acento del placer, de la gloria o del amor:

«Los labios hierven en besos, quemándose están de sed; venid a templar su hoguera, no hay más recompensa ni Dios que el placer.

»Bajad al campo sangriento, sólo la gloria está allí; y sin gloria y sin laureles, ¿quién es el imbécil que acierta a vivir?

»Venid: la gloria es un sueño; amor sin fiestas, ¿qué es? Mirado a través de un vaso, el mundo desierto parece un Edén.

»Amor y gloria sin fama son un espejo sin luz; sólo los cantos no mueren, hallando en el cieno sepulcro común.»

—¡Oh, cuán felices son en sus placeres, ellos cantando, y sin aliento yo! Fiestas allí, cristal, oro y mujeres, y aquí conmigo soledad y error!

- V -

Así con cansado paso va caminando tal vez el hombre con su esperanza, eterno sol de su fe. Y así la Maga y Adolfo, va el día al obscurecer, caminan hacia el desierto de la arrugada vejez. Tristes y a espacio caminan al crepúsculo del sol, por medio de un campo estéril, sin ave, fuente, ni flor. Las cumbres están nevadas, y en espantoso turbión,, se oyen bramar los torrentes con honda y cóncava voz. Silba el cierzo entre las peñas, que ostentan en derredor entre la nieve, a pedazos, en lastimosa ilusión, allí una choza arruinada, allá un templo que se hundió, más allá un puente abrasado o un hendido murallón; rastro del peso del tiempo que fue pasando veloz, descabezando en sus crestas cuantas puntas encontró, áspera y postrer jornada, dura peregrinación, por donde nada se encuentra amigo o consolador. Apenas en los escombros. de arruinada población, algunos pobres ancianos dan a la vida un adiós; apenas entre los brezos se topa un viejo pastor, que apacienta unos ganados que sólo esqueletos son. Mas nadie sabe la historia de lo que allí vegetó; todos lloran los recuerdos de su propio corazón; todos miran el risueño alcázar encantador, que al pasar por sus dominios, la juventud les mostró. ¿Qué dejan? Sus ilusiones. ¿Qué lamentan? Su valor. Nada de cuanto gozaron al desierto les siguió. Alguna vez aun deliran con la halagüeña visión de aquel palacio encantado que falaz les hospedó. Pero al pensar en los cantos que el deleite seductor les murmuró en los oídos en soñada predicción, doblan al suelo la frente con incrédulo dolor, diciendo al ir su camino: ¡Mentira! ¡Todo pasó!

Así, por entre la nieve, cruzando el desierto van Adolfo y la Maga, en lento paso, por quebrado erial. Cada vez más se avecinan a las riberas de un mar que al confín de aquella tierra tendido en silencio está. Es el agua turbia, inmoble, cuyo fin se pierde allá, en un caos de profunda, insondable obscuridad. ni el viento, al pasar, la arruga, ni en espumas de cristal, en las húmedas arenas, se viene a desmenuzar; ni escupe conchas de nácar, ni en su extensa soledad saltan avaros los peces el ambiente a respirar. No se alcanza de la playa, por el perdido arenal, más que una choza mezquina de estrecha concavidad, cuya puerta desquiciada, ya mohosa y desigual, como párpado sin ojo, mirando hacia el agua está. Llegando allí, dijo Adolfo: —No puedo, Esperanza, más; entremos en esa choza un momento a descansar.— Entraron en la cabaña, y a la débil claridad con que alumbra todavía un crepúsculo fugaz, hallaron un ancho espejo, en cuyo limpio cristal, Adolfo vio con espanto una sombra reflejar. —¿De quién es aquella imagen? preguntó, en duda tenaz, con su memoria luchando, recelando la verdad. —Esa imagen es la tuya. —Pues ¿cómo mi frente ya calva y arrugada miro, y tan gastada mi faz? ¿No era ayer niño y hermoso contigo, Esperanza, al dar, cuando a despertar viniste mi infantil curiosidad? —Entonces naciste al mundo, y el canastillo en que audaz conmigo bogastes, era tu cuna, Adolfo, no más. Las brisas de mis promesas lleváronte a desear, y entraste por el camino de la loca vanidad. Así el valle de la vida has venido a atravesar entre pensiles de flores y palacios de cristal. —¡Ay! clamó Adolfo llorando, que no los puedo olvidar, ni a aquella reina orgullosa, a quien ya no veré más. —Así se pasa la vida en gemir y en esperar lo que buscamos en ella o lo que perdimos ya. Esta choza es una puerta de la obscura eternidad; ese espejo es la razón, y la nada es ese mar. Todo aquí se desvanece, nada hay delante y detrás, allá se queda la vida, y las deleites allá. Este es el punto por donde se descubre la verdad, y aquí sólo la esperanza, aun con nosotros está.

- VI. PLEGARIA -

¡Blanca ilusión! ¡Benéfica esperanza! Triste y última luz del corazón, a cuyo tibio resplandor se alcanza un más allá en el hondo panteón.

Tú sola nos alivias el camino en que entramos al tiempo de nacer; nuestro amargo destino es tu destino, siempre amiga te hallamos por doquier.

Delante de ese espejo misterioso, de nuestra nada ante el extenso mar, aun vienes con semblante cariñoso, nuestra seca razón a consolar.

¡Oh! Tú nos doras la niñez tranquila, enciendes nuestra ardiente juventud, la vejez nos sostienes, que vacila, y aun ardes en el cóncavo ataúd.

Sol en la vida, lámpara en la muerte, siempre nos vienes asistiendo en pos; y amiga fiel, nos dejas al perderte, al pie del trono del inmenso Dios.

¡Sol de mi vida! Sin cesar conmigo, mis lentas horas alumbrando ven; no apagues, no, tu resplandor amigo mientras mis ojos en vigilia estén.

¡Lámpara de mi nicho solitario! Baja conmigo al negro panteón, y séanme los pliegues del sudario, de sueño eterno santo pabellón.