Spanish poem
El reloj
Cuando en la noche sombría Con la luna cenicienta, De un alto reloj se cuenta La voz que dobla a compás; Si al cruzar la extensa plaza Se ve en su tarda carrera Rodar la mano en la esfera, Dejando un signo detrás, Se fijan allí los ojos, Y el corazón se estremece, Que según el tiempo crece, Más pequeño el tiempo es; Que va rodando la mano, Y la existencia va en ella, Y es la existencia mas bella Porque se pierde después. ¡Tremenda cosa es pasando Oír, entre el ronco viento, Cuál se despliega violento Desde un negro capitel El son triste y compasado Del reloj, que da una hora En la campana sonora Que está colgada sobre él! Aquel misterioso círculo, De una eternidad emblema, Que está como un anatema Colgado en una pared, Rostro de un ser invisible En una torre asomado, Del gótico cincelado Envuelto en la densa red, Parece un ángel que aguarda La hora de romper el nudo Que ata el orbe, y cuenta mudo Las horas que ve pasar; Y avisa al mundo dormido, Con la punzante campana, Las horas que habrá mañana De menos al despertar. Parece el ojo del tiempo, Cuya viviente pupila Medita y marca tranquila El paso a la eternidad; La envió a reír de los hombres La Omnipotencia divina, Creó el sol que la, ilumina, Porque el sol es la verdad. Así a la luz de esa hoguera Que ha suspendido en la altura, Crece la humana locura, Mengua el tiempo en el reló; El sol alumbra las horas Y el reloj los soles cuenta, Porque en su marcha violenta No vuelva el sol que pasó. Tremenda cosa es, por cierto, Ver que un pueblo se levanta Y se embriaga y ríe y canta De una plaza en derredor; Y ver en la negra torre Inmoble un reloj marcando Las horas que va pasando En su báquico furor. Tal vez detrás de la esfera Algún espíritu yace Que rápidamente hace Ambos punzones rodar Quizá al declinar el día, Para hundirse en Occidente Asoma la calva frente, El universo a mirar. Quizá a la luz de la luna Allá en la noche callada, Sobre la torre elevada A meditar se asentó: Y por la abierta ventana, Angustiado el moribundo, Al despedirse del mundo De horror transido le vio. Quizá asomando a la esfera La noche pasa y los días, Marcando la hora postrera De los que habrán de morir; Quizá, la esfera arrancando, Asome al oscuro hueco El rostro nervioso y seco Con sardónico reír.
¡Ay, que es muy duro el destino De nuestra existencia ver En un misterioso círculo Trazado en una pared! Ver en números escrito De nuestro orgulloso ser La miseria..., el polvo..., nada, Lo que será nuestro fue. Es triste oír de una péndola El compasado caer Como se oyera el rüido De los descarnados pies De la muerte, que viniera Nuestra existencia a romper; Oír su golpe acerado Repetido una, dos, tres, Mil veces, igual, continuo Como la primera vez. Y en tanto por el Oriente Sube el sol, vuelve a caer, Tiende la noche su sombra, Y vuelve el sol otra vez, Y viene la primavera, Y el crudo invierno también, Pasa el ardiente verano, Pasa el otoño, y se ven Tostadas hojas y flores Desde las ramas caer. Y el reloj dando las horas Que no habrán más de volver; Y murmurando a compás Una sentencia cruel, Susurra el péndulo: «¡Nunca, Nunca, nunca vuelve a ser Lo que allá en la eternidad Una vez contado fue!»