Spanish poem
El Salón de Comares
Amanecía apenas: los reflejos De la rosada luz del sol naciente Á dorar comenzaban á lo lejos De la ancha sierra la arbolada frente: Y empezaba la aurora purpurina Ostentosa á tender su velo de oro Prendido en el Oriente, Sobre la extensa vega granadina, Ceñidor de verdura, Morisco chal que envuelve la cintura De la ciudad en donde reina el Moro.
Comenzaba á sus cárdenos fulgores La tierra fértil á tomar colores, Exhalando de sí el aroma suave De la humedad nocturna, y comenzaba La flor á abrirse, á gorjear el ave, Y la brisa del alba revoltosa Á estremecer del bosque, donde erraba, La cabellera verde y rumorosa.
Fresca, gentil, risueña, Á la primera luz de la mañana Se despertaba la ciudad sultana, De cien ciudades orgullosa dueña: La ciudad del amor y de las flores: La ardiente y hermosísima africana, Que reclina su frente soberana Sobre el fresco tapiz de mil colores Que á sus pies tiende su florida tierra, Y cuyas orlas por doquier remata Con caireles de lázuli y de plata, Ya el mar que en torno de ella se dilata, Ya la nevada fronteriza sierra.
Asomado á un balcón de la alta torre Llamada de Comares, cuyo asiento El Darro besa que á su planta corre Regando huertas mil en curso lento, Esperaba el Rey árabe la hora De recibir al castellano Vera, Quien no quería que en la Corte Mora La venidera aurora Su embajada sin dar le amaneciera.
La gente granadina Con la nueva alarmada De aquella ceremonia, aglomerada Ante Bib-el-Leujar, la matutina Luz aguardaba con afán, curiosa De conocer el fin de esta embajada, Más misteriosa cuanto no esperada.
Mil interpretaciones Daba á su objeto el vulgo: comentaban Los viejos y santones Las causas y políticas razones Que pudieron mover al Rey cristiano Á enviar á la ciudad del africano La enseña militar de sus legiones: Mas fatigaban el discurso en vano; Ignoraba hasta el Rey las intenciones Con que vino á su Corte el castellano.
Este á su vez, y en tanto, prevenido Para cumplir con su misión, oía, Desde la torre que ocupaba, el ruido Que de ella al pie la multitud hacía. Ya antes del alba con atento oído, Ojo sagaz y espíritu mañero, La situación inspeccionado había De la árabe ciudad el caballero.
De pechos en la almena De su torre moruna, Al resplandor de la creciente luna La contempló de fortalezas llena, De muros bien cercada, Bajo un clima feliz y en cultivada Campiña, rica, saludable, amena, Por tres ríos á par fecundizada, Y favorita, en fin, sin duda alguna Del amor, de la próspera fortuna: Y el noble castellano, inteligente En el arte y estudios de la guerra, Vió que estaba en su tierra Bien prevenida la africana gente.
Comprendió de Don Juan el buen sentido En la quietud de su nocturna vela, Que había el moro Rey, muy entendido, Coronado sus torres y alminares Por uno y otro atento centinela, Y diestra y sabiamente repartido Sus vigías y puestos militares: Concluyendo por fin Don Juan de Vera De la ciudad entera La nocturna revista, Diciéndose á sí mismo sin reparo Cuánto iba á ser al Castellano caro Lograr de aquella tierra la conquista.
Hallábase en la torre todavía El buen Comendador, rectificando Á la primera luz del nuevo día El juicio que hecho por la noche había, Cuando vió que á su torre aproximando Un escuadrón de Moros se venía, La plaza del aljibe atravesando. Dejó la almena, convocó su gente Y, á la plaza bajando, La tendió de los Árabes enfrente.
Entonces el wazir, que administraba La justicia del reino Y el gobierno interior de la alcazaba Del granadino Rey, ante la fila De los jinetes árabes saliendo, Fuése para Don Juan, con faz tranquila Y sosegada voz así diciendo:
«La fe de Aláh te alumbre, castellano. »Has demandado con la luz primera »Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera »Del Consejo en presencia el soberano.» Encontrando la arenga algo altanera Y contemplando al Árabe un momento, «Vamos» dijo no más Don Juan de Vera: Y á paso noble, majestuoso y lento, De la ancha plaza atravesó el espacio Que apartaba no más su alojamiento De las doradas puertas del palacio.
De la soberbia torre de Comares En la ostentosa cámara, alfombrada Con alkatifas persas, perfumada Con pebeteros de oro y con millares De extrañas, ricas y olorosas flores Que en sus pensiles dan los Alijares, Esperaba Muley al castellano En medio de su Corte y su nobleza, Queriendo ante los ojos del cristiano Hacer ostentación de su grandeza.
Con la rosada luz de la mañana Resplandecía en toda su hermosura La labor africana De aquella estancia regia, que figura Un pabellón de rica filigrana, Trabajo de algún Genio por ventura Según la tradición mahometana.
En torno de Muley, sobre divanes De púrpura, los viejos consejeros, Los kadís y los nobles capitanes Del ejército, estaban los primeros. De su Rey menos cerca, De pie, con respetuosos ademanes, Los demás cortesanos caballeros Ocupaban el patio de la alberca Á sombra de sus frescos arrayanes.
El estanque y las fuentes del palacio, Ornadas con vistosos surtidores, Poblaban el espacio De caños de cruzados saltadores Que, deshechos en gotas en la altura, Doblaban del ambiente la frescura Como perlas cayendo entre las flores, Que al borde crecen de la alberca pura Llena de pececillos de colores.
Del wazir precedido Y de diez caballeros Castellanos Por decoro seguido, Armado de los pies hasta las manos, Del manto de Santiago revestido, Con apostura grave y altanera, Por medio de los nobles Africanos El patio atravesó Don Juan de Vera.
Torva mirada de los ojos fieros Del círculo de Moros caballeros Pesó sobre Don Juan desde su entrada, Manteniéndose en él tenaz, clavada, Hasta los pies de el granadino trono; Bien revelando el animoso encono Con que su roja Cruz se ve en Granada.
Don Juan, empero, en ademán tranquilo, Y mesurado aunque orgulloso porte, Avanzó hasta el marmóreo peristilo Que da entrada al salón do está la corte: Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra, Sin humildad, hincando una rodilla, Presentóle una caja en que se encierra Su regia credencial dada en Sevilla.
Tomóla sin abrirla el Africano Con altivo desdén, y del prolijo Ceremonial haciendo al castellano Amplia merced, lacónico le dijo: «Ya te escucha Muley: habla, cristiano.» Púsose en pie Don Juan, y con pausada Voz, que pudo entender el más lejano, De esta manera expuso su embajada:
«Yo, Don Juan de la Vera, caballero »Comendador del Orden de Santiago, »En nombre de mi Rey vengo: primero, »Á reclamar el atrasado pago »De tu tributo anual íntegro, entero, »Y después, de Castilla con Granada »La tregua á prolongar, que es acabada.»
Dijo Don Juan y enrojeció el semblante Del Árabe la cólera: en la estancia Rumor universal cundió al instante De indignación terrible, la arrogancia De tal mensaje oyendo: más de un guante Se alzó en contestación de su jactancia: Más de un Moro dió un paso hacia adelante, Puesta la mano en el alfanje: empero Sus iras atajó Muley severo.
«Cristiano (dijo el Rey con voz airada), »Ve á decir á los Reyes castellanos »Que han muerto ya los Reyes de Granada »Que pagaban tributo á los cristianos: »Que la moneda entonces acuñada »No conocemos ya, ni nuestras manos »Labran ya más metales que el acero »De que forja su arnés el caballero.
»Oiste: parte, pues. Yo te perdono »La vida y la embajada. Á la frontera »Del reino salvo llegarás: mi encono »No infringirá mi fe: mas la postrera »Colina al transponer donde mi trono »Se respeta y tremola mi bandera, »De mí hablar oirás, yo te lo juro, »Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»
«Moros, dijo Don Juan con altanero Mas tranquilo ademán: si mi mensaje Os ofendió, ved bien que el mensajero Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje Fué exactamente el de mi Rey: y espero Que ninguno por él me hará el ultraje De esquivar con desdén, si es que me halla, El bote de mi lanza en la batalla.»
Dijo Don Juan. Los nobles Africanos, De los valientes siempre apreciadores, Abrieron en silencio á los cristianos Paso, ahogando en el pecho los rencores De raza y religión. Los castellanos Volvieron á montar sus piafadores Corceles: y, dejando á rienda suelta La ciudad, dieron á Castilla vuelta.
Cuando el sol de aquel día en Occidente Irradiaba sus últimos reflejos, Ya transponía la cristiana gente Los cerros fronterizos. Á lo lejos Les vió desde sus torres impaciente El árabe Monarca, cuyos viejos Mas perspicaces ojos todavía Penetran la confusa lejanía.
El brillo de las lanzas castellanas Apenas se sumió en el horizonte, Y apenas, embozada en sus livianas Sombras, la noche á descender del monte Comenzó, cuando Hasán sus africanas Armas pidió diciendo: «Que se apronte »Una hueste elegida y numerosa »Á partir en la noche silenciosa.»
«Yo la conduciré.» Llamó en seguida Á su wazir Abú-l'Kazín, que era Gobernador de la ciudad, y «cuida »(le dijo) bien de que se cumpla entera »Mi voluntad. Después de mi partida »Pon á Aija en una torre prisionera »Con su hijo, y á habitar manda que vaya »En el Generalife la Zoraya.
»Ten á ésta como mi única sultana, »Á Aija y Abú Abdil como traidores. »Yo á tocar á una villa castellana »Una alborada voy con mis tambores, »Y tardaré lo más una semana »En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores, »Á caballo y silencio! los soldados »En Bib-arrambla esperan convocados.»
Dijo Muley, su intimación postrera Dirigiendo á sus guardias: y, montando En su caballo de batalla, que era Un árabe veloz, partió tomando La cuesta de Gomeles, con guerrera Planta en la plaza real desembocando: Y, al frente de su hueste, de Granada Salió á empresa de todos ignorada.