Spanish poem
El triunfo de la Filosofía
(A la clase metafísica)
¡Dulce recreo mío! ¿Puede por fin mi lira venturosa ensalzar tu grandeza y poderío? ¿Puede sonar mi voz en tu alabanza, Filosofía hermosa?
Lució por fin el anhelado día de alabar tu belleza y al monstruo confundir que pretendía encubrir su fealdad con tu ropaje, y tomando tu enérgico lenguaje de sombras rodear al ser humano cerrándole el Empíreo soberano.
¡Dichosa edad aquella en que habitaba ocultas soledades el sabio, y por su mano cultivaba sus cortas propiedades!
Los arcanos del orbe escudriñaba; en medio de sus flores, junto al manso arroyuelo, olvidaba sus penas y dolores; enajenado, absorto, el alto cielo contemplaba de estrellas tachonado, el denso velo de la noche oscura, el manto nacarado de la brillante Luna, la Natura de mágica belleza revestida, y mil y mil loores tributaba a el Hacedor que el Orbe conservaba.
Su mente sumergida en este delicioso pensamiento olvidaba la vida; mirando al firmamento en éxtasis dulcísimo arrobado, de celestial contento se sentía su espíritu colmado.
Otro, inspirado de su ardiente celo, en medio de las plazas declamaba contra el viento insolente: inspiraba el temor del alto cielo, y al dolo consternaba su honor mostrando a la obcecada gente, y al malvado sus crímenes mostrando sobre su mismo trono temblar tal vez le hacía despreciando su encono.
Y ¿quién tanta osadía, quién tal valor le daba? Tú sola, oh celestial Filosofía, que con tu escudo fuerte su corazón cubrías y aliento le infundías para mirar impávido la muerte.
Mas vino un tiempo ¡tiempo de quebranto!, tiempo infeliz en que gimiera el sabio por verte profanada. Cuando triunfante el engañoso labio del sofista traidor, viste afeada tu beldad soberana, acerbo llanto entonces derramaron cuantos vieron tu desgracia, infeliz Filosofía, y más cuando advirtieron alzarse la impiedad con ufanía y su flébil aliento obcecar el humano entendimiento; aherrojó el monstruo inmundo en sus cadenas los viles corazones, y con palabras de ponzoña llenas deificó la razón. ¡Ay! las naciones que escucharon su lengua seductora, su divinal origen olvidaron, en lóbregas tinieblas se abismaron, y ciegas y más ciegas mientras tanto que entre males sin número gemían, adorando al autor de su quebranto entre sí con orgullo se aplaudían.
Como funesta llama que el pastor encendiera descuidado, con el soplo del Bóreas irritado por el antiguo bosque se derrama, y convierte en pavesas las blondas olas y las ramas gruesas, do llegó la impiedad, en todas partes desmayaron al punto ciencia y artes.
Las deidades de Olimpo, los sagrados númenes del Parnaso, dejaron sus cantares regalados; alígero el Pegaso abandonó su fuente, y las estrellas y el astro luminoso del día presuroso dejaron despertar sus luces bellas. ¡Tú blasfemar del ser Omnípotente! ¡Tú negar de su brazo el poderío! ¡Calumnia atroz! Cuando la humana gente, de sombras por doquiera rodeada, sin ventura gimió; cuando el impío feroz politeísimo la oprimía, y la humana razón triste, ofuscada, su homenaje rindió a la Idolatría, ¿qué otra voz que la tuya declamaba contra tan torpe error? ¿Quién afeaba a la idólatra Grecia sus delirios, sino el sabio inmortal, que en tus misterios aprendió a despreciar letras e imperios, y a la superstición rasgando el velo supo hallar el Dios único que rige según su voluntad la tierra y cielo? Yo le vi, yo le vi cuando su labio clamaba por las plazas y las calles del Supremo Hacedor en desagravio; y cuando, ciega en su espantoso engaño la multitud sedienta de venganza, sacóle con furor el más extraño de su modesta estanza para llevarle por el ancho foro sin piedad, sin decoro, a la oscura prisión. Allí la muerte esperaba por premio su alma fuerte. ¡Y un sabio se asesina! Llanto, pena, dolores, aflicción, no bastaría a sentir un castigo tan injusto.
Los jueces, los ancianos, sus enemigos, con semblante adusto a las gradas marmóreas subían. ¡Oh consejo de tigres inhumanos por la vil ignorancia reunidos! Los lúgubres gemidos de sus tiernos discípulos se oían; un susurro espantoso resonaba por aquellas mansiones de quebranto; pero el sabio entretanto destinado a morir, se presentaba más que nunca sereno. ¡Tan cierto es que el bueno desprecia con valor los más potentes y más grandes peligros! Asombraba a Sócrates mirar entre la dura mofa del populacho, y siempre lleno de majestad y de sin par dulzura.
Grita el pueblo irritado al ver el gran valor con que sufría: sólo se escucha el eco malhadado que insano repetía su furor insolente y fascinado; el pueblo tan amado que en otro tiempo fascinado había el mismo sabio con la luz radiante de la bella inmortal Filosofía. A las aves nocturnas semejante que no pueden sufrir la ley del día y de inútil furor se vuelven llenas contra el astro brillante, así se vuelve la impotente Atenas contra la ciencia que dañar no es dado. ¡Qué situación tan triste y degradante la del mortal por la pasión cegado! El verdugo inhumano con corazón cobarde le presenta el puñal y el veneno. ¡Cruel afrenta! ¿Qué es lo que intenta tu homicida mano? Atiende, reflexiona, no derrames una sangre inocente; del Eterno la venganza no llames; mas no hay remedio, no; está decretado. Víctima de las furias del Averno, con reposo aparente el pueblo lo presencia; el inocente filósofo con mano generosa el veneno mortal toma sin miedo, y defendiendo la verdad hermosa en el tormento permanece ledo.
El verdugo temblaba y el sabio, más sereno en el suplicio cuanto más abatido aún enseñaba cuál era su virtud, cuál su inocencia, y a par vituperaba de Venus y de Jove el sacrificio.
Ya se acerca a los labios, ¡justo cielo!, la bebida mortífera; el aliento ya cesa de animarle; un denso velo ofusca el ilustrado entendimiento; las fuerzas le abandonan; a Natura cede el tributo de la muerte dura.
La ignorancia, creyéndose triunfante, iba a elevar el estandarte horrendo. ¡Monstruo! ¿Acaso ignorabas que había un Dios tremendo a quien ingrato entonces ultrajabas? Cuando el crimen estaba cometido, a vista del cadáver moribundo el pueblo envilecido reconoce su error; el más profundo funesto sentimiento de su alma arrepentida se apodera y la memoria atento de tan grande filósofo venera.
Del monstruo entonce el rencoroso pecho en ira se enardece, y viéndose vencido, el duro lecho torna a ocupar, que en el oscuro Averno su delito merece y le impuso la mano del Eterno. ¡Mártir de la Verdad! ¡Víctima hermosa del ciego gentilismo! Rompe, rompe la tumba silenciosa y ven a desmentir el ateísmo. Y di que por jamás ha fomentado la bella divinal Filosofía, por jamás, el error: que inútilmente en nombre suyo guerrear porfía contra el Criador excelso Omnipotente.
Antes ella aspiró con fuerte mano a derrocar los vergonzosos templos de la torpe infernal idolatría y a inspirar en lugar de un culto insano que del vicio aumentaba los ejemplos, el culto de una esencia toda pura pronta a llenar al hombre de ventura.