Spanish poem
Poesías italianas traducidas en castellano
Cuando la voz de Cristo postrimera peñas y tumbas con fragor violento hendió, medroso Adán y soñoliento el cuerpo del sepulcro sacó fuera.
Tendió los turbios ojos por doquiera sin concebir absorto tal portento, y balbuciente preguntó quién era quien moría en suplicio tan sangriento.
Al saberlo, con mano arrepentida mesó iracundo su mejilla inerte, frente arrugada y calva encanecida.
Y volviéndose a Eva, con voz fuerte que dejó la montaña ensordecida, dijo: «¡A mi Dios por ti traje a la muerte!»
Su oro arrojó, y al árbol despechado el apóstol trepó, traidor a Cristo; ató el cordel, y el cuerpo abandonado fué con horror balanceando visto.
Lanzó el alma en su pecho acongojado ronco estertor: y con lamento mixto de miedo e ira blasfemó el malvado: «¡Cuesta un Dios el infierno que conquisto!»
El alma impía vomitó rugiendo, la Justicia divina asióle airada, y el dedo en sangre de Jesús tiñendo
su sentencia en la frente amoratada le escribió, y desdeñosa sonriendo hundió su espectro en la infernal morada.
Cayó aquella alma en la mansión precita, y del golpe al estrépito violento la montaña tembló: mientras el viento su despojo mortal en lo alto agita,
De la cumbre del Gólgota bendita su vuelo alzando silencioso y lento, la vista horrible de su fin sangriento el coro de los ángeles evita.
Los demonios, saliendo del profundo, juntáronse en tropel a descolgalle, y en sus hombros cargando el tronco inmundo,
al infierno otra vez se abrieron calle, arrojando al espectro vagabundo el cuerpo vil en el maldito valle.
Al recobrar el alma condenada el cuerpo en que habitara antiguamente, de sangre en caracteres señalada su sentencia inmortal brotó a su frente.
A semejante vista huyó espantada del vil apóstol la precita gente, y del infierno le dejó a la entrada del odio universal blanco viviente.
Pugnaba el miserable avergonzado la marca por borrar de su delito, y arañaba su frente despechado
sin lograr de su tez borrar lo escrito: que con sangre de Dios fué allí marcado y el rastro de su sangre es infinito.
En esto un grande estruendo se sentía por la infernal mansión jamás oído. Era Jesús, que en gloria conducido a hollar los reinos de Luzbel venía.
Se halló en la senda que Jesús traía Judas; callado le miró y corrido: lloró al fin, mas el párpado oprimido, lava ardiente, no lágrimas vertía.
Sobre el semblante del traidor, de lleno reverberó su resplandor divino, y humo impuro brotó su inmundo seno.
Justicia entonces al tremendo sino infernal le lanzó: y el Nazareno tornó la faz, y prosiguió el camino.
Siempre amé, y amo aún y desde ahora amar espero más de día en día, aquel dulce lugar donde me guía el triste amor que mi ánima atesora:
y en amor estoy siempre el tiempo y hora en que olvidé cuanto cuidado había terrenal, y amaré más todavía aquella cuya imagen me enamora.
Mas ¿quién pudiera haber jamás creído que el tiempo en amarguras me volviera memorias a quien yo tanto he querido?
¡Oh amor, cómo has rendido mi alma fiera! ¡A no estar de esperanzas mantenido, do anhelo más vivir muerto cayera!
FIN