Versos Spanish José Zorrilla Príncipe y Rey

Spanish poem

Príncipe y Rey

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Está la noche serena; la luna, sin pardas nubes que la empañen, limpia y clara en el firmamento luce. En derredor las estrellas, con multiplicadas lumbres tachonan del aire vano los pabellones azules. Eresma por entre peñas su escaso raudal conduce a las plantas de un alcázar que en sus arenas las hunde; y ya en montones de espuma revoltoso se derrumbe, ya con transparentes ondas manso y humilde murmure, nunca es más que un corto espejo que adula la excelsa cumbre, porque permita al palacio que en su cristal se dibuje. Está la noche serena, y a pasos rápidos huye sobre la choza pajiza y la espléndida techumbre. Calla el viento; el aura apenas suelta ráfaga que ondule; Eresma hace que sus ondas no desvelen, sino arrullen, y si algún pájaro errante hay que el silencio interrumpe, avergonzado se duerme por no tener quien le escuche. Mas no es tan hondo el silencio que el aura a veces no crucen los incompletos compases que danza vecina arguyen. Oyese el rumor lejano de contenta muchedumbre que entre cánticos y brindis el sueño tenaz sacude. La danza es en el alcázar, que el príncipe Enrique cumple hoy años, y a malgastarlos, junta los más que le ayuden. La copa de los placeres, para que ansiosos apuren cuantas damas y galanes hay en Castilla, reúne. La vida es corta; los días se menguan y disminuyen; la molicie es cortesana, y los placeres son dulces. ¿Qué importa que el rey don Juan contra los rebeldes luche? El Príncipe vivo y goza, que como a quien es le cumple. ¡Fiestas y danzas! Los reyes no bon hidalgos comunes en cuya frente se ostentan el valor y las virtudes. Una frente coronada radia sólo tantas luces, que los ojos atrevidos a sus destellos sucumben. Por eso suenan alegres las chirimías y adules, haciendo que sus compases de sala en sala retumben; por eso amoroso abrazo, despertador de inquietudes, los talles de las hermosas al ceñidor sustituyen; por eso el cendal flotante gira en círculo voluble, revelando lo escondido tras lo que traidor descubre. ¡Oh! Hermosas son las hermosas cuando, aspirando perfumes, mas ocultos sus hechizos entre transparentes tules, sueltos los cabellos de ébano en espirales y en bucles, de amar y gozar sedientas a los salones acuden. Aquel aliento que envía un suspiro a que se cruce con un suspiro que deja que aquél su lugar ocupe; aquel murmullo continuo que hace que el aura susurre con mil acentos sin forma, que entre sus pliegues confunde; aquella blanda sonrisa que vida en un alma influye, mientras aguarda favores en penada incertidumbre; aquellos húmedos ojos a cuya luz se destruyen los hielos del corazón cuando de esquivo presume; tantos acasos pensados que en rodeos mil conducen al revuelto laberinto de amantes solicitudes; y todo ello en un palacio donde tormentosa bulle cuanta pompa, intriga y gala la faz de un Príncipe influye hacen que los corazones tan embriagados se ofusquen, que deliren paraísos bajo el cieno que les cubre. Espléndido está el salón, y aunque mucho disimulen las damas, están contentas cuando los maridos sufren. El Príncipe galantea, y las damas de más lustro le deben hoy tantas flores cuanto algunos pesadumbres. Porque él, con una en los brazos, toda una danza interrumpe, haciendo que en raudos círculos mil veces el salón cruce. Pie con pie, mano con mano, al muelle, lánguido empuje, la lleva en pos blandamente, la suspende y la sacude. Ella, adormecida, suelta, sobre brazo tan ilustre, más se abandona y descuida, porque más él la asegure. Flotan los rizos de entrambos, los alientos se confunden, crúzanse los pies veloces, vagan los mantos volubles; el labio pide a los ojos osadía, amor y lumbre, y los labios a los ojos suplican que no pronuncien. Los ojos suplen las voces, la sonrisa el fuego encubre, y así al amor y al placer todo sirve y todo suple. ¡Espléndido está el salón, todo el aire son perfumes, música, citas, suspiros, murmullo, plumas y luces! Mas hay un hombre sombrío a quien todos llaman Duque, y a quien ninguno aventaja en la gala que le cubre, cuyos dos ojos tenaces, sin que se aparten o muden, en el Príncipe están fijos cual si temiera que le harten: si algún importuno acaso su tenacidad reduce, siempre a su objeto ambiciosos, rápidos se restituyen. Al acero se parecen, que por más que se procure doblarle contra el imán, siempre hacia el imán resurte: mientras, descuidado el Príncipe, sin que su gozo perturben, con una dama en los brazos, por el salón baja y sube. Es cierto que alguna vez mira de reojo al Duque; mas éste, firme y tranquilo, ni lo busca ni la huye. Es verdad que alguna vez el primogénito ilustre su voluptuosa pareja por delante dél conduce; y tal vez, aunque no altivo, de distinguirle se excuse, no se alcanza a comprender si es que le honre o que le injurie; mas el Duque no por ello en desmán alguno incurre: siempre el respeto lo sobra, ya lo responda o le escuche.

Cesó la danza y la música, que ya el albor se descubre del alba, que por los vidrios asoma sus turbias luces: quedó el alcázar tranquilo, despejó la muchedumbre, sonó un beso, y don Enrique entregó su dama al Duque. Aquél dijo: «Hasta mañana.» Contestó éste: «Si a Dios cumple.» Y don Enrique, volviéndose, siguióle la servidumbre.