Spanish poem
Un apéndice a las ventanas de la Duquesa
Triste y lóbrega es la noche; no está en el cielo la luna colgada como una antorcha entre la niebla nocturna. No es azul el firmamento; que le encapotan y enlutan informes masas de nubes, que a paso tardo lo cruzan. Todo es silencio en Segovia; las ráfagas no murmuran, que el aire denso y pesado, vecina tormenta anuncia. Triste y lóbrega es la noche; yace la ciudad a obscuras en brazos del primer sueño, inmóvil, opaca y muda.
Con precaución cautelosa que intento secreto anuncia, corrió una mano el cerrojo de un postigo que se ofusca en un lado del alcázar, entre prolijas molduras. Por ella dos embozados salieron: ya que la alumbra débil luz de una linterna, por defuera la aseguran. Como mucho se recatan y es la sombra tan confusa, no se percibe a lo lejos ni su faz ni su figura. Porque es la sombra un cristal que los recelos enturbian, y el objeto que se mira se disminuye o se abulta. Tan velozmente caminan, que pueden dejar en duda si su acelerada. marcha es persecución o fuga. Doblan esquinas y calles, plazuelas y plazas cruzan; dijeran que van perdidos sin encontrar lo que buscan. Mas tan decididos siguen la dificultosa ruta, que bien se ve que no yerran ni se desorientan nunca. El ferreruelo cruzado, a los ojos la capucha, la barba sobre los pechos; el morterete sin pluma, van su camino en silencio con planta firme y segura, y el uno delante el otro, ni se paran ni se juntan. Debajo de unas ventanas que con labores difusas cercan muchos arabescos de primorosa escultura, detúvose el de delante diciendo: «Vela y escucha, esperando que yo vuelva sin que nadie me descubra.» Replicó el otro en voz baja, saludando con mesura: «Y si una ronda..... -Que pase, que mi grandeza te escuda. -¿Y si un curioso?..... -Que vuelva Atrás. -¿Y si me importuna? -Requiere, si no eres manco, la razón de tu cintura.» Siguió adelante, esto dicho, y primero que él acuda a dar, prevenido y cauto, o noticia o seña suya, abriéndose una ventana, lanzó de su sombra muda con una escala de seda una voz que dijo: «Suba.» Subió el galán; mas llegando veloz a la cuerda última, un brazo que sacó un hombre que esconde la catadura, dándole aprisa un saquillo, dijo: «Tome lo que busca.» Y cerrando la ventana, mano, voz y hombre se ocultan. A tal momento, en la calle, con voz de duelo y angustia un ¡ay! lanzando una dama, de la escala se asegura. Bajó el caballero, y ella, jadeando lo pregunta: «¿Vivís?», y asiendo el estoque, él replicó: «¿Quién lo duda?» Llegó en esto el apostado con la linterna, y a una, dama y galán prorrumpieron: «¡Don Enrique!» «¡Inés!» «Alumbra.» Abrió el Príncipe el saquillo, y sintiendo la tela húmeda, metió la mano, y asiendo con asombro lo que oculta, sacó de la hermosa Clara la cabeza infantil, mustia. «¡Santos del cielo! ¡Mi hermana!» «Su sentencia era la tuya, dijo a doña Inés el Príncipe; válgate, pues, tu fortuna.» Y dando a la dama el brazo, tomando su antigua ruta, entraron en el alcázar por la puertecilla oculta.