Spanish poem
Una verdad como un puño
Se me ha puesto en la cabeza, y voto va San Ginés que aunque pese al universo atrás no me he de volver.
Y antes de seguir ¡oh Ayguals! quiero advertirte cortés que me remitas hoy mismo el álbum de tu mujer; porque es justo ¡vive Dios! que haga una excepción con él, ya que con todos los otros preparo un auto de fe.
Pues, señor, estáme atento porque quiero c por b espetar cuatro verdades que han de hacer bulto de diez.
Al ir a doblar la esquina de mi casa antes de ayer, me di de manos a boca con el elegante Andrés.
Ya le conoces… Buen mozo, equipado a la dernière, gran figurín de las modas, verdadero parisién en el vestir y el andar, en el dormir y el comer, dado que ni estuvo en Francia ni deletrea el francés.
Mas éste, Ayguals, es su fuerte, y como hay de este jaez tantos otros, pasa entre ellos por la torre de Babel.
Además, ya habrá llegado a tu noticia también, que aunque con duques se trata y vive como un marqués, ni tuvo nunca, ne tiene esperanzas de tener, más renta y bienes raíces que sus barbas y tupé (lo cual respondió Ventura a quien yo conozco bien en una ocasión que él sabe y por lo que yo me sé).
Pues, señor, Andrés es éste, y para la completez del individuo, oh Ayguals, que sepas es menester que no hay baile, ni paseo, ni tertulia, ni café, ni una fonda, ni un teatro, ni una reunión, donde él, parecido o convidado, socio o amigo, no esté.
Con éste, pues, cual lo pinto fué con quién di antes de ayer. –¡Oh dicha! ¡Zorrilla mío! —¡Oh suerte! ¡Mi don Andrés! ¿Cómo está usted? —¿Yo? tan guapo, Pepe del alma, ¿y usted? —Como siempre, también guapo (salvo mejor parecer). ¿Dónde va usted por aquí? —A su casa. —Suba usted, que a la puerta está. —Con mucho gusto. —Mírelo usted bien, que hay que apechar por seis tramos. —Aunque fueran diez y seis. —Subamos, pues. —Pues subamos. Y henos en un dos por tres en mi estudio cara a cara, él conmigo y yo con él. —Ya estamos solos, ¿qué es ello? le dije yo; y sin perder un momento, ante los ojos, con la dignidad de un rey me abrió un álbum, por un hoja de blanquísimo papel, quedándonos uno y otro ante la mesa de pie.
Me alegrara, Wenceslao, que hubieras podido ver los dos tan distintos gestos que pusimos a la vez.
Él con una sonrisita de importancia, y como quien dice «Yo soy todo un hombre», me miraba de través; lo cual me hizo, a pesar mío, recordar el cuento aquel, en que dijo a un castellano desde un pozo un portugués: «Casteçao, salva mi vida que te la perdonaré.»
Yo en tanto, frunciendo el ceño, le contemplaba también, entrambos como dos gatos que un plato por medio ven y recelosos se miran sin atreverse a comer.
Yo, al fin, con este descaro que Dios me dió, y este aquel que por ese mundo viejo yo mismo me procuré, con un tono entreverado de franqueza y de doblez, con el joven petit-maître así el diálogo anudé: —¿Conque mi firma en esta hoja es lo que usted quiere? —Pues, no fuera el álbum completo si faltara la de usted. —Pues ahí está —dije yo—, cogí la pluma y firmé. —No es eso, señor Zorrilla, lo que se quiere. —Pues ¿qué es? —Una composicioncita a propósito; ocho o diez estrofitas, de esas cosas tan bonitas que hace usted. —Es lisonja que usted me hace, mas vamos claros, pardiez, que eso va largo y me esperan, amiguito don Andrés.
Yo soy un hombre algo zaino, que, como usted sabe y ve, estoy hasta aquí de versos (y le señalé a la nuez). Si de llenar ese álbum se ha tomado el cargo usted, ha hecho usted mal, porque un hombre no se puede prometer que otro hombre de mal humor se dé un mal rato por él. —Por mí, no; por la señora dueña del álbum. —¿Quién es? —Es una niña hermosísima, mas no la conoce usted. ¡Si usted la viera! —En tal caso, no dude usted, don Andrés, que emborronara de ese álbum con mucho gusto el papel. Pero, pues no me conoce, ni a ella yo, perdone usted si le digo que no quiero hacer una letra en él. Nada esa señora y yo nos debemos. —Ya se ve. —Si mi firma por capricho tiene gusto de tener, ahí la lleva, y esto basta; pero que se aplauda usted de haber molestado a tantos con el álbum, y a los pies de esa señora hermosísima vaya usted solo a ofrecer los frutos apetecidos de la pluma y del pincel, sin que nunca en tiempo alguno esa señora ni usted al pintor, poeta o músico se lo hayan de agradecer, eso no será en mis días ni conmigo, don Andrés. —Pero un álbum… uno solo… cuatro estrofas… —Más de cien me han traído esta semana y no conozco ni tres de los nombres de quien son, y ni uno supo volver a decirme: Muchas gracias; con mi amistad cuente usted. —Eso raya en grosería, Pepe. ¡Un desaire! ¿Y a quién? ¡A una señora, en un álbum! —Acabemos, don Andrés, y excuse reconvenciones de cortesía, porque viven los cielos que ahora fuera mucho más cortés que esa señora hermosísima, en vez de enviármele a usted me mandara a su lacayo o algún mozo de cordel con el álbum, y un billete que me obligara a volver atención por atención, ya que esta ruin estrechez de los tiempos que alcanzamos, no la permiten hacer mejor expresión de aprecio sin precio vil, que vil es. ¿Me explico? Eso es cortesía y educación, don Andrés: dar mi firma por la suya, o si oportuno lo cree, con un mal ramo de flores o cosa así… ¿entiende usted? no pagar tan ruin servicio, la intención agradecer. Esto, don Andrés de mi alma, a esa hermosa dirá usted de mi parte, mientras yo, en un mal romance en e, se lo digo a todo el mundo, que le sienta mal o bien.